Capítulo 5
Así es Lola tras el cambio de look
Vamos al baño, pero antes paso por mi taquilla para recoger la ropa que siempre llevo de repuesto. Cosas de mi madre.
—¿Qué vamos a hacer exactamente?
—Tú, estate quieta. Yo me encargaré de que estés preciosa.
—¿Cómo lo harás? —Parece preocupada.
—No preguntes tanto. Creo que me gustabas más cuando eras muy brusca.
—Lo siento... Es que estoy nerviosa. Hace siglos que no llevo ropa de colores.
—Oye, Lola. Entiendo que la muerte de tu padre haya sido dura, pero ir de negro no es la solución. Si quieres conquistar a ese chico, debes ser tú misma en todos los sentidos. Antes no eras así, cambiemos eso.
—¿Tú... tú crees que le gustaré?
—Chica, habría que estar ciega para no ver lo guapísima que eres. Y creo que eres mejor persona.
—Gracias —susurra con una sonrisa.
—Mira. —Saco un top—. Este top amarillo te quedará genial y si lo conjuntamos con los vaqueros que llevas puestos, aún mejor.
Se lo pone dentro del baño y sale.
—Genial y ahora quítate las extensiones moradas.
—¿Cómo sabes que son extensiones? —Abre los ojos
—Porque crecí con mi madre. Una aprende cosas.
—¿Por qué eres tan buena conmigo?
—Cariño, tengo un don para las personas. Sé quien vale la pena desde el principio.
—He visto las miradas que le echas a Jake. Él vale la pena. Es un chico increíble.
—¿No será el chico que te gusta? —Arqueo las cejas.
—Oh, no, menuda tontería. Me gusta Max.
—¿El empollón de clase?
—Sé que resulta raro, por como he sido siempre, pero me puede. —Se pone roja.
—¿Y él no siente nada por ti?
—Se esconde cada vez que me ve. Le doy miedo.
—Pues estoy deseando que te vea ahora. Mira. —Le doy la vuelta para que se mire al espejo.
—Madre mía... No parezco yo.
—Te equivocas. Esa eres tú. Siempre lo has sido. Y ahora entra a la cafetería y sé la reina.
Asiente emocionada y se dirige a entrar. Ese momento estelar en el que todos se giran a mirarla. Yo prefiero quedarme fuera. Escucho silbidos y palabras de admiración. Sonrío, mi trabajo ha terminado.
Entro yo y mis amigas me miran asombradas. Lola ya ha trasladado sus cosas a nuestra mesa.
—¿Cómo lo has hecho?
—Fácil, apelando a su sentido común. —Todas, incluso Lola, me miran arqueando una ceja—. O a su sentido de la moda.
—Bueno, Lola, encantada.
—Yo soy Cece.
—Oh, ya lo sé. Eres la chica que se pone a hacer el tonto en el centro comercial. Y tú eres Abby, la chica que nunca consigue amigos. Oh... Y tú eres Emily, a la que Sophie abandonó... —La miramos mal.
—Lola... —Advierto.
—¿Qué? Ah, perdón. Si tengo amigas no debería sacar los trapos sucios. Lo siento, es la costumbre.
—No importa. —Emily la mira con recelo.
Acabado el almuerzo, toca volver a clase. Otras tres horas de presentaciones a los profesores y a la lectura de mi expediente. ¿Algún día les diré a mis amigas los de la memoria fotográfica? No sé, las acabo de conocer. Más adelante, seguro que lo haré.
—Ey, ¿vienes a comer a mi casa? —Lola pregunta cuando salimos del instituto.
—No sé. Tengo que preguntarlo, espera.
Saco el móvil y llamo a mi padre.
—¿Qué quieres qué? —Me grita por teléfono.
—Papá, sólo es irme a comer con una chica que he conocido.
—A ver, ¿cuál es su nombre?
—Papá, ni se te ocurra investigarla.
—Anabel, dime su nombre. Ahora.
—Se llama Lola Martínez. —Me resigno.
—¿Qué? ¿La gótica?
—Es mi amiga, papá. —La defiendo—. Además, ya no lo es.
—Ve con ella. Pero como te utilice para algún encantamiento de Satán, no vengas llorando.
Y creía que mi madre era dramática.
—¿Vamos?
—Pues claro. —Sonrío.
—¡Hola mamá! —Saluda a su madre con alegría. Su madre casi se atraganta.
—Lola... ¿Cómo vas vestida?
—Con ropa mamá, que cosas dices. Por cierto, ella es Anabel, una amiga que se ha incorporado hoy.
—¿Tú, amigas? —La mujer sigue con la boca abierta.
—Sí, la he invitado a comer. Espero que no te importe.
La mujer la mira con recelo, me mira a mí como si fuera rara, la vuelve a mirar a ella y asiente.
—Tranquila, cielo. No me importa.
—¡Genial! ¡Vamos a comer!
La madre parece tan o más sorprendida que yo por la alegría que parece tener ahora. Pero es normal en ella, yo acabo de conocerla.
Comemos con rapidez y Lola me arrastra a su habitación.
—Tengo que darle otro toque. Algo más femenino. ¿Me ayudas?
¿Qué si la ayudo? Necesita mi ayuda. La habitación da más miedo que ella antes. Pósters de payasos sangrientos, calaveras, empapelado negro... Trago saliva antes de empezar.
Pero al fin y al cabo he heredado una cuantas cosas de mi madre. Mando a la mierda en empapelado negro, tirando a su paso los pósters chungos. Mientras ella lo tira todo a la papelera, empiezo. La pared blanca queda bien, así que no la toco. Encuentro un edredón rosa en un armario y lo cambio por el que parecía sangre. Quito todo lo que asusta de todos lados y lo dejo en una bolsa de basura.
—¿Para qué es esta bolsa?
—Para Halloween. Por Dios, sácalo una vez al año.
Y ahora queda lo más difícil. El armario... No sé si voy a poder rescatar algo de ropa de ahí, pero sino, va a gastarse bastante dinero. Lleva sin comprar ropa de color desde los once años. No le viene nada de eso seguro.
—¡Oh, dios mío!
Miro a Lola. Está mirando su móvil, preocupada.
—¿Pasa algo?
—¿Qué sabes sobre Cece?
—Abby me repitió una y otra vez que no era buena idea acercarme a ella porque era una pringada.
—El caso es que la gente siempre se mete con ella y le gastan bromas pesadas.
—¿Qué están haciendo? —Me temo lo peor.
—Míralo tú misma.
Me deja su móvil. Son grabaciones en las que aparece en una especie de heladería. Todo se le cae de las manos y está totalmente cubierta de helado.
—¿Dónde está eso?
—En el centro comercial. A diez minutos en coche.
—Dime qué tienes coche...
—Lo tengo. —Me hace un gesto de cabeza—. Vamos.
Conduce rauda para llegar lo antes posible.
—Pregunta: ¿qué piensas hacer cuando estés allí?
—Respuesta: salvarle el pellejo.
—¿Cómo?
—Tú déjame a mí.
Llegamos al establecimiento. Han colocado una pantalla fuera para que se vea lo que hay dentro. En el centro del tinglado que han montado están las rubias populares.
—Voy a entrar. No vengas conmigo.
—No me lo digas dos veces.
Me hago paso entre todo el mundo. Abro la puerta y entro. La heladería está vacía, sólo que Cece está luchando contra los helados. Pero en una esquina lo veo.
—¡Jake! ¿Estás mirando sin hacer nada?
Me mira sorprendido.
—La ayudaría, pero no sé cómo. Estoy aquí porque es mi hermana.
—Si fueras su hermano la ayudarías. —Recrimino.
—Ya he dicho que no sé cómo. Si tú sabes tanto, ve y soluciónalo.
—Lo haré. Aquí tienes mi bolso y mis zapatos.
—Los zapatos. ¿De verdad? —Sus cejas se alzan.
—Oye, son Gucci. No quiero que se me ensucien de helado.
—Casi se me olvida, princesa.
Sarcástico... Si me vuelve a llamar princesa, no sé lo que le hago.
Entro a la zona prohibida. Si no recuerdo mal, en una esquina hay unas gigantescas máquinas que abren y lo cierran todo a presión. Y están encendidas. Las bajo, dando gracias a mi increíble memoria. Se escucha un sonidito, que significa que se han parado. Luego pulso el botón de absorber, que hace que todo el helado del suelo desaparezca por los alcantarillados.
Salgo a la zona común, donde están los hermanos.
—¿Qué? ¿Sorprendido de qué lo haya arreglado?
—Bastante. Jamás me hubiera esperado que supieras hacer algo.
—En primer lugar, yo trabajaba en una heladería de la misma compañía en Washington.
—¿Tú, trabajando? Eso tengo que verlo.
—Cállate un rato, imbécil. Sé perfectamente dónde está cada cosa gracias a eso.
—¿Cómo? Yo ni siquiera sabía que eso existía. —Se extraña Cece.
—Fácil, tengo memoria foto... —Mierda. Casi lo digo—. Tengo muy buena memoria.
—Eso explica las notas que sacabas.
—Ya. —Sonrío. No me han pillado.
Jake me mira intrigado.
—Pues vamos fuera. Mi turno por hoy ha terminado.
—¡Espera!
Ha quedado un helado encima de la mesa, que está medio decente. Lo cojo y me lo quedo.
—Pues ya podemos irnos.
Salimos. Todos empiezan a reírse de Cece, por todo el helado que lleva por el cuerpo. La que más se ríe es la que supongo que es la nueva abeja reina. Una rubia bastante irritante. Se va a enterar.
—¿Te hace gracia?
—Uy, sí, cielo. Hacía tiempo que no iba al circo. No hay nada como ver los monos.
—Al menos ella no se cree un unicornio.
—¿Un unicornio? ¿Y por qué iba yo a...?
Antes de que termine la frase, le estampo el cucurucho en la frente, quedando exactamente como un unicornio. Le sonrío, divertida, mientras todos se ríen de ella. Le hago un gesto de adiós y paso entre todo el mundo. Siento que me estoy ganando el respeto de la gente.
—¿Qué? ¿Ya te has divertido? —Se ríe Lola.
—Bastante. —Asiento.
Me giro para guiñarle el ojo a Cece, pero cruzo una mirada con Jake. Siento que algo me estalla dentro. ¿Qué me acaba de pasar?
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