Capítulo 4
La hora del almuerzo. El momento en el que decides qué quieres ser en el instituto. Tu asiento en la cafetería te definirá todo el año. O al menos, eso decían en mi instituto de Washington.
Ya con mi bandeja llena de comida, me paro observando las mesas. Abby está a mi lado, con las mismas que yo.
—¿Dónde nos sentamos? —pregunta Abby con timidez.
Querida rubia... Ojalá lo supiera.
Miro todas las caras que puedo, para ver si me suenan. Me fijo en una chica morena, que está en una mesa sola. Otra antisocial, supongo. Observo a unos chicos chocando contra ella aposta para burlarse de ella. Pobre chica...
—Vamos con ella. —La señalo con la cabeza.
—Oh, no. Ni de broma. —Se queja cuando la identifica.
—¿Por qué? Parece maja...
—Esa chica es probablemente la más pringada del instituto. Está por debajo de lo antisocial. Aún más que nosotras. Nos hundirá a las dos.
—Ya estamos hundidas —observo.
Y me dirijo hacia ella. Al principio, Abby se queja a lo lejos, pero se harta y corre hacia mí. No sé si por miedo a que la dejen sola o a dejarme sola a mí. Supongo que ambas opciones tienen peligro.
—Hola...
La chica me mira con miedo en sus bonitos ojos verdes.
—No tengo dinero para el almuerzo, os podéis quedar el mío.
Abby y yo nos miramos. ¿Cree que somos chulas qué roban almuerzos? Sin evitarlo nos echamos a reír. Ella nos sigue mirando asustada. Lleva su comida en la mano, que nos entrega. Dios, está temblando.
—No queremos dinero.
—¿Y entonces qué queréis? ¿Mis libros? Cogedlos y dejadme en paz. —Su voz parece un gemido.
—Anda, Bel, vámonos. —Abby hace amago de irse, pero la sujeto para que se quede.
—Sólo queríamos sentarnos contigo. —Le sonrío.
—¿Para qué? —Me mira con desconfianza.
—Para charlar, hacernos amigas...
—¿Amigas? —Frunce el ceño—. Yo nunca he tenido de eso.
Abby compartimos otra mirada, esta vez de preocupación.
—Pues te vamos a enseñar lo que es tener amigos.
Ahora sí, nos sentamos sin que ella diga nada.
—¿Y cuál es tu nombre? —Apoyo la cabeza en mis manos.
—Me... llamo Cecilia, pero todos me llaman Cece.
—Hum... Es bonito. —Asiento.
—Gracias. —Se sonroja—. Vosotras sois Anabel y Abigail, ¿verdad? —La miramos raro—. Estamos en la misma clase.
—No me había dado cuenta... —susurra para sí Abby, pero le doy un codazo. Esta chica es realmente invisible.
—Me gusta la camiseta que llevas. —La halago—. Es muy bonita.
—¿Tú crees?
—Hazle caso, Cece. Bel ha vivido toda la vida en el mundo de la moda.
—¿De verdad? —Sus ojos se iluminan—. ¡Yo siempre he querido ser diseñadora de moda, pero no estoy segura!
—Pues tienes mucho estilo. Llegarías lejos.
—Gracias, Anabel... Eres un amor.
—Prefiero que me llames Bel. Somos amigas, ¿no?
Ella asiente, en su pequeña nube. Está contenta y tiene una sonrisa preciosa. No merece que la traten como lo hacen. A partir de ahora, me propongo protegerla. Es una buena chica, no merece que le hagan daño.
—Cece, ¿te importa llevarte mi moto? —Una voz demasiado conocida habla a mi nueva amiga—. Me voy con los chicos por ahí.
—Eh... Sí, claro.
Jake le tira las llaves y le revuelve el pelo. A mí, me dirige una mirada de odio, la cual respondo. Pero algo se remueve en mi interior. ¿Son celos? No digas tonterías, Anabel, es un imbécil.
—O sea, que sin amigos y con novio... —Intento que no se me note.
En lugar de responderme, Cece y Abby se echan a reír. ¿Pero qué les pasa? Las miro mal, hasta que la morena decide parar entre lágrimas de risa para contestarme.
—No es mi novio, tonta, es mi hermano...
Y siguen riéndose. Pero yo me acabo de quedar mucho más tranquila.
—¿Sabes qué, Bel? —Abby llama mi atención—. Me alegro de que nos sentáramos aquí. Me gusta Cece.
—Gracias... chicas.
Nos damos un abrazo que parece más bien una pelea. Por el lío que nos montamos.
—¿Y por qué no buscamos a más gente? Podríamos ser cinco, como las Spice Girls.
—Es que todo el mundo tiene su grupo ya.
Me fijo. Ya no queda nadie solo. Pero hay un grupo raro. Todas menos una son rubias y están almorzando en silencio. Más aburridas que un vegetal.
—¿Quiénes son ellas?
—Oh, eran las populares. Son muy estúpidas, y su cerebro se ha mudado a Nueva York.
—¿Y quién es la castaña?
—Es Emily Osment. Una más del grupo. —Cece se encoge de hombros.
—No sé por qué, pero tiene algo especial.
—No lo intentes. Son populares. No querrán nada con dos pringadas y una empollona. Con perdón.
—¡Se levanta! —exclamo—. ¡Voy a hablar con ella!
—¡Anabel! ¡No lo hagas! Te condenarán al más profundo olvido. Te humillarán. Anabel...
Me estoy acostumbrando bastante a pasar de Abby cuando ella me dice que no haga algo. Es divertido como se desespera conmigo.
—¡Hola! —La saludo con mucha energía.
Ella me mira como si estuviera loca y continúa llenando su botella de agua.
—Soy Anabel. Tú eres Emily, ¿me equivoco?
—Debes de ser un genio.
—Oye... He visto que tus amigas y tú estáis muy distanciadas desde que se fue...
—Sophie. —Completa mi frase.
—Sí, esa. Me gustaría saber si te gustaría venirte con mis amigas y conmigo. Sería divertido y te lo pasarías bien.
—En primer lugar, todas estamos aquí por Sophie. Ella nos unió y no nos vamos a separar. En segundo lugar, no tengo ni el mínimo interés en estar con unas pringadas como vosotras.
Lo dice con asco, pero mecánico. ¿Cuántas veces lo habrá oído decir a la tal Sophie?
Vuelvo a mi asiento. Funcionará.
—Ya te dije que ella es imposible. Como todas las populares, Bel. No les interesa el resto del mundo.
—Mi hermano antes salía con Sophie —suelta Cece.
—¿Y qué pasó?
—Que Sophie se marchó y lo dejó. Ha estado destrozado estos últimos días, pero parece ser que volver a jugar al baloncesto lo ha animado.
—¿Sophie era mala? —Intento obviar el hecho de que está disponible.
—¿Qué si era mala? Sophie era una bruja, pero mi hermano no lo sabía. Era el único que no se enteraba de nada. Lo tenía pilladísimo.
Cece hace tantos gestos al hablar que no puedo evitar echarme a reír. Ellas también se unen, pero nos interrumpen unos gritos.
—¿A dónde vas?
—Con vosotras no, eso seguro.
Las tres miramos a la mesa de las populares. Emily trata de deshacerse de sus supuestas amigas. Menudas pesadas...
Se acerca a nuestra mesa, con una tímida sonrisa.
—¿Aún está en pie lo de sentarse con vosotras?
—Claro, ven. —Doy una palmadita en el sitio a mi lado.
Ella toma asiento. Se nota que está cortada.
—Supongo que a ellas ya las conocerás.
Se encoge de hombros.
—Me suenan, pero no me fijo demasiado. Sé que tú —señala a Cece— eres la hermana de Jake, el ex de Sophie.
Cece asiente. ¿Por qué están tan cortadas? No creo que muerda.
—Me... encanta tu camiseta. —Emily empieza una conversación.
Cece se emociona y se pasan diez minutos hablando de ropa. Y nos dejan a mí y a Abby de lado. Eso son amigas.
—Bueno, has conseguido que venga ella. ¿A qué Spice Girl buscas ahora? —bromea la rubia.
—¿Quién es ella?
Señalo la mesa de al lado. Una chica se acaba de sentar y los que ya estaban se han ido a otra mesa.
—Oh, es Lola Martínez. Mexicana. Va a nuestro curso.
—¿Habláis de la gótica? —Cece se mete en la conversación.
—Ajam... Creo que Bel le ha puesto el ojo.
—¿Qué pasa? ¿La quieres acoplar? —Asiento, como una niña—. ¿Pero se te ha ido la pinza? Esa chica da miedo. No es buena compañía.
—Mi madre siempre dice que las góticas se visten de negro porque han sufrido mucho en su vida. ¿Qué le pasó?
—Su padre murió justo antes de que ella entrara al instituto —explica Abby—. Antes era majísima, pero desde entonces ha cambiado mucho.
—Pobre... Voy a hablar con ella.
—Nada de lo que te diga te hará cambiar de opinión, ¿verdad?
—Exacto.
Abby resopla, unas horas y ya me va conociendo. No hay chica más cabezota que yo. No ando mucho y ya me siento a su lado. La miro con mi mejor sonrisa. Últimamente la uso mucho.
—¡Hola! —exclamo con entusiasmo.
—Lárgate —escupe.
—Sólo quería hablar, por si te interesa que seamos amigas y eso...
—¡Oh! Y también te gustaría que hiciéramos fiestas de pijamas con las amiguis, comamos helado y hablemos de chicos, ¿a que sí? —Su cara se ilumina.
Vaya, lo pilla rápido.
—Pues la verdad es que s...
—Te lo he dicho una vez. No te lo voy a volver a repetir. Lárgate. —Menuda mala leche...
—Vale, me voy. —Finjo ofenderme.
—¡Genial! —Me sonríe, sarcástica.
—¿Sabes qué? Ganarías mucho si no tuvieras tanta mala hostia y un poco menos de maquillaje.
Hago amago de irme. Pocas cosas sirven de todo lo que me ha enseñado mi madre. Esta es una de ellas.
—¡Espera! —Me detengo. Ella me mira avergonzada—. ¿Tú me ayudarías a conquistar al chico que me gusta?
—¡Claro! Pero para eso tienes que venir conmigo.
La arrastro hacia el baño. Será divertido.
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