Capítulo 2
Me lo quedo mirando un buen rato. La verdad es que el chico es guapísimo. Tiene fuerza, se le nota porque me está sujetando después de un minuto sin dejar de mirarme.
—¿No piensas responder? —pregunta con su voz grave, aunque esta vez más suave.
Me muevo un poco hacia atrás, para que me deje alejarme. Que tenga ojos no quiere decir que vaya a serle infiel a mi novio.
—Pues tú podrías responderme a algo también. —Pongo mis brazos en jarras—. ¿Qué estás haciendo con la furgoneta de mi padre? ¿Qué pasa? ¿Quieres secuestrarme o algo?
Se ríe y niega con la cabeza. Por su bien espero que no se esté burlando de mí.
—Tu padre ha mandado que te recoja. Está entrenando al equipo de baloncesto y no tenía tiempo.
—¿Y por qué has empezado a perseguirme? —Yo no me creo nada.
—Porque te has ido justo cuando me he dado cuenta de que eras tú.
—¿Y cómo sabías que era yo? —Lo fulmino con la mirada.
—Por la foto que me ha dado tu padre.
Me la enseña. Efectivamente, esa foto la hizo mi padre este verano. Me ha pillado. Tiene que ser muy paciente por no haberme mandado a la mierda, pero lo cierto es que no puedo irme con cualquiera.
—¿Estás contenta ya o prefieres que llamemos a tu padre para que te lo diga él?
—Me lo creo. Podemos irnos.
Al pasar a su lado, nuestros brazos chocan. Lo observo con una mezcla entre superioridad y cabreo. Menudo comienzo. Contra todo pronóstico, mi maleta continúa en el lugar en el que la dejé. Eso en Washington no pasaría. Allí ya tendría que despedirme de mi ropa.
El chico tiene la amabilidad de subirme la maleta a la furgoneta. Yo me subo delante y me pongo el cinturón. Unos minutos después, el moreno me repite.
—Jake Jones. —Me da la mano.
—Anabel McClain. —Se la estrecho. Hay que ser amable.
Pone en marcha el coche. No deja de estudiarme por el rabillo del ojo. Yo finjo que no me entero y miro por la ventanilla. La verdad es que conduce bien para tener...
—¿Cuántos años tienes?
Le sorprende la pregunta, pero enseguida responde:
—Cumpliré dieciocho el mes que viene.
Lo dicho: conduce muy bien para tener sólo diecisiete.
El resto del trayecto transcurre en silencio. No es incómodo, pero tampoco agradable. Es... neutro. Me doy cuenta de que hemos llegado cuando apaga el motor. Ese sonido escandaloso es impresionante. Si estuviéramos en un cementerio, un cadáver reviviría del susto.
—¿Bajas? —Me llama, sacándome de mis cavilaciones internas.
Asiento y salgo de la furgoneta. Me quedo de brazos cruzados mirando el maletero. ¿Por qué tarda tanto en bajar él?
—¿Vas a tardar mucho más en sacar la maleta de ahí? —Asoma la cabeza por la ventanilla.
—¿Perdón? —Me hago la ofendida—. Ese es tu trabajo.
—¿Disculpa?
—Mi padre te paga por estas cosas, así que bájame la maleta y llévala hasta mi habitación. —Señalo el maletero.
Se baja del coche y se acerca a mí. Por fin.
—Yo no trabajo para tu padre —me dice a tres centímetros de la cara—. Soy jugador en su equipo y me ha pedido un favor. Deja de hacerte la niña rica y pija, porque no te sale, y saca tu maleta.
—Perdona, cielo, pero soy una señorita. Eso es de chicos.
—Mira, no sé en qué clase de mansión te has criado, princesita, pero las cosas no funcionan así. De donde yo vengo, cada uno hace sus cosas y ahora no va a ser una excepción.
—No voy a sacar mi maleta. Pesa demasiado y no estoy hecha para esos trabajos. —Lo miro desafiante desde abajo. Es muy alto.
—Pues mira tú qué bien. Yo tampoco estoy hecho para aguantar a princesas consentidas. Cuando quieras comportarte mejor, tendrás tu maleta —Vuelve a subir al coche.
—¡Espera! ¿A dónde vas?
—A entrenar. Por tu tontería voy a perderme todo el entrenamiento.
—¿¡Pero y mi maleta!?
—Última oportunidad para cogerla, princesa.
Hiervo de ira... Pero la necesito y no puedo esperar a que mi padre vuelva a casa. Abro el maletero y la saco, aunque casi se me cae encima. Lo cierro de un portazo.
—¡Eh! ¡Ten cuidado! ¡Tiene que durar!
-¡Vete a la mierda un rato! —replico.
Entro en la casa. Suerte que mi padre siempre deja una llave detrás de una maceta.
Menudo desastre de sitio. Está todo asqueroso, como siempre que vengo. Me va a tocar limpiar. Me lleva casi diez minutos subir la maleta a mi habitación. No debí haberme llevado tantas cosas...
Meto todo en el armario y lo ordeno todo. Odio el desorden como la que más. Limpio lo que puedo de la casa. Después, preparo pasta y la pongo a remojo. Son veinte minutos. Me da tiempo a ducharme.
Me lavo la cabeza pensando en ese idiota. ¿Qué se habrá creído? Espero no cruzármelo demasiado. Aunque será difícil, siendo jugador de mi padre.
En el polideportivo...
—¡Juro qué es la última vez que te hago un favor! —Jake entra dando un portazo.
—¿Pero qué ha pasado? —preguntan algunos entre risas.
El entrenador resopla. Sus jugadores no se toman nada demasiado en serio.
—Tiene una hija que es increíble.
—¿Está buena?-pregunta otro.
—No lo sé, no me fijado. Sólo me he fijado en su irritante actitud. ¡Se cree que es la reina de Inglaterra!
—Ten en cuenta, Jake, que mi hija ha crecido con su madre. Siempre la ha odiado, pero hay cosas que se pegan.
—Pues no la soporto. Espero no cruzármela.
-Pues será complicado. Vendrá a menudo. El baloncesto es su pasión.
De nuevo en casa...
Esparzo tomate encima de los espaguetis. Escucho la puerta abrirse. Papá.
—Humm... Huele de maravilla.
—Gracias, gordinflón. Que solo piensas en eso... —Le pico un poco.
—Ja, ja. Muy graciosa. —Me da un beso en la mejilla—. Te he echado de menos.
—Y yo a ti, papá. Muchísimo.
—Aún no me creo que tenga tu custodia. —Me abraza—. Que ganas de verte todo el año, en lugar de en verano.
—Pues sí —suspiro y reparto los platos.
—Jake me ha contado lo que ha ocurrido.
—Y le habrás echado una bronca —presupongo.
—No, Anabel, nada de eso. Creo que tiene razón.
Me doy la vuelta para mirarlo. Mi propio padre...
—¿Te pones de su parte?
—Hija... Sabes que tiene razón. Te has comportado como una niña pequeña y pija, que consigue lo que quiere.
-¿Y no es así? Al menos, eso último.
—Hija, aquí las cosas son distintas. No estoy mal de dinero, pero no soy rico. Vivo solo, sin sirvientes ni recogemaletas. Entiende que tienes que hacer las cosas por ti misma. Hoy has actuado como tu madre.
—¿Como mi madre?
-Sí, Anabel, exactamente como ella. Has sido infantil y caprichosa. Y ese es uno de los motivos por los que lo nuestro nunca funcionó. Así que madura.
—No volveré a hacerlo, lo juro —digo con un escalofrío en el cuerpo.
Comemos en silencio. Pensar que mi padre me ha comparado con ella. A lo mejor si que nos parecemos en algo, pero no quiero ser como ella. Tengo que mejorar bastante.
Terminamos de cenar y me voy a mi habitación. Nada más tumbarme en la cama me suena el móvil. Sonrío.
—Buenas noches, Thomas...
—Cuántas veces debo decir que me llames Tom —me regaña.
Me río.
—Tenía muchas ganas de hablar contigo, cielo.
—Y yo. ¿Qué tal el vuelo?
—Lo mismo de siempre...
—Ya, oye tengo que dejarte. Sólo quería oír tu voz. Un beso.
—Adiós, cariñ... —Me cuelga.
Suspiro. Quería hablar con él, pero si está ocupado... No voy a molestarlo. Lo conozco desde siempre, pero no hace ni tres semanas que somos novios. Me gusta mucho.
Con estos pensamientos me duermo.
Cuando me despierto, me doy cuenta de la hora. Tengo que acostumbrarme al horario de California, no puedo despertarme a las seis de la mañana. Será malo para mí.
Para aprovechar el tiempo, preparo la comida y me visto. Cuando es la hora de levantarse, nos preparo a los dos el desayuno.
—¡Tortitas! ¡Cuánto te quiero!
Menudo padre más pelota me ha tocado. Un poco más y sale botando.
Desayunamos hablando sobre el nuevo instituto. Me alegro de que mi tía trabaje allí, así no estaré sola el primer día.
Mi padre se ofrece a llevarme a clase. Ya en la puerta, me da las últimas indicaciones. Que si no la líes, que si hagas amigos, que si pórtate bien... Y yo creía que mi madre era pesada.
Salgo del coche y noto cómo se aleja. Sobre todo porque se oye como si el coche estuviera pariendo. Entro en el instituto. Mi padre me ha dicho que vaya a la sala de profesores a recoger el horario y la llave de mi taquilla. Me lo dará mi tía.
Voy buscando en todas las puertas y no me doy cuenta cuando choco contra alguien.
—¡Tú! —gritamos a la vez.
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