Capítulo 19

Recluida por mi propio padre en el hospital... ¡Habráse visto! Voy a matar a alguien cuando salga de aquí.Lo peor de todo es que no me vigilan enfermeras, me vigila Cece. Las otras se han ido a estudiar, pero ella no... A ella le hacía ilusión amargarme el domingo.

—Cecilia, llévame al partido.

—Órdenes de tu padre. No te mueves de aquí.

—¿Por qué me odias tanto?

—Solo quiero lo mejor para ti.

—Ya, claro. Pues que sepas que lo mejor para mi estado de ánimo es disfrutar de un partido, de una final de baloncesto.

—Lo van a echar en la tele local... Podrás verlo de todos modos.

—Te odio. —Me cruzo de brazos y dejo de hablar con ella.

Necesito otra manera de marcharme de aquí. Me han quitado las vías y ya como, pero lo tengo difícil. Apenas me he comido una manzana...

Veamos... Cece entretenida con una revista, la tele encendida, no hay enfermeras por los alrededores. Vale, no sé si puedo hacerlo.

Como si yo no te hubiera enseñado nada... Consigue que se duerma y te largas corriendo.

Ya claro, consigo que se duerma... ¿cómo hago eso? Hay otra opción que se me acaba de ocurrir que me gusta más.Sin hacer ruido cojo el palo de una muleta y se lo estampo contra la cabeza. No se queda inconsciente, pero se retuerce de dolor, momento que aprovecho para marcharme.

Nadie se fija en mí, así que cojo el ascensor tan feliz. Me pongo mi abrigo ahí, para tapar la bata del hospital. No ha sido tan complicado. La parte buena es que el hospital no está tan lejos del polideportivo, así que no me molesta caminar. Antes de lo que he pensado, ya estoy allí. Me pongo de incógnito para mirar el marcador.

¿Por qué van perdiendo de 15? ¿Qué ha pasado? ¿Qué me he perdido? Es el descanso, así que me dirijo al vestuario.

Se quedan todos mirándome según entro. Mi padre no está.

—Anabel, ¿qué haces aquí?

—¿Tú no estabas en el hospital?

—Por favor, ya tengo un padre. No necesito trece, así que ahorraros los reproches, que eso es lo mío. ¿Por qué vamos perdiendo?

—Las cosas se han dado así —responde uno de ellos.

—¡No! ¡Así no se dan las cosas! No es normal que vayáis perdiendo, sois muy buenos.

—No te creas, Bel. Perdimos contra ellos en el primer partido... ¿Quién dice que no volveremos a hacerlo?

—Oye, para eso estoy yo aquí. Ahora necesito que me escuchéis.

Consigo la atención de los doce jugadores y sonrío. Eso es nuevo.

—Tengo que reconocer que el día que vi vuestro primer entrenamiento me asusté. Lo peor de todo es que tenéis cualidades para ser buenos, pero hasta que yo aparecí no las habéis aprovechado. Sé que os he enseñado lo suficiente para que salgáis ahí a darlo todo. Podéis hacerlo, confío en vosotros.

—Anabel McClain.

Y ahora es cuando mi padre me descubre y me manda de vuelta al hospital. Me doy media vuelta con mi mejor sonrisa.

—¿Me quieres explicar qué haces aquí? Cece me acaba de llamar, dice que la has aturdido y has salido corriendo.

—Papá, lo siento pero tengo que estar aquí. Soy una de sus entrenadoras y tengo pleno derecho a darles la charla cuando vamos perdiendo en la final del campeonato.

—Supongo que contra ti no puedo hacer nada...

—Supones bien. —Me cruzo de brazos.

—Anda, continúa.

Pues ha sido sencillo. No me lo esperaba.

Sigo hablando sobre el tema un buen rato. Cuando hay que salir a calentar, van todos a la pista, pero yo me agarro a Jake.

—¿Estás bien?

—Estoy un poco mareada. Ayúdame a llegar al banquillo.

—Claro.

Al llegar, me libero de sus brazos y me siento en el banquillo.

—¿Seguro que estás bien?

—Perfecta. Es que he comido poco, pero tranquilo.

Jake parece relajarse y se va a calentar para la segunda parte. Me quedo mirándolos, parecen más relajados que cuando los miraba desde la tele. Debe de ser porque estoy aquí. Mientras ocurre todo esto, recibo un mensaje de mi madre.

"Ya que has salido del hospital, nada más acabe el partido nos volvemos a Washington"

De acuerdo, ya la he liado. Estar en ese hospital hubiera retrasado lo inevitable. Ni siquiera se lo he dicho a Jake, pero tampoco puedo hacerlo.

Despierto de mis pensamientos cuando suena el pitido del comienzo del tercer cuarto. Me pongo de pie y grito, grito todo lo que puedo. Les digo lo mejor que deberían hacer. A pesar de todo lo que hago por ayudar y hacen ellos por mejorar, vamos perdiendo durante lo que queda de partido, aunque cada vez por menos puntuación.

A falta de dos minutos, vamos perdiendo de dos puntos. Una entrada con falta o un triple serían las mejores opciones, aunque preferible la primera por sencillez. El árbitro pita tiempo muerto y los jugadores se acercan al banquillo. Parecen cansados, pero sé que podemos ganar.

—Tenéis que tranquilizaros, ¿vale? No hagáis cosas sin pensar, porque perderemos balones y a estas alturas no nos lo podemos permitir.

—¿Nos podemos permitir un triple? —pregunta Ed.

—Depende. Sé que parece estúpido, pero si acertáis, sí, pero si falláis lo mejor sería que apostarais por una entrada e incitar a una falta en ataque. Así al menos habría empate y prórroga.

—Yo creo que si se encarga Jake podemos hacer el triple.

—No. No. No. Me niego. No quiero fallar y que toda la culpa sea mía.

—No te vamos a echar la culpa porque has trabajado tanto como el resto. —Acaricio su brazo.

—Además, tío, eres el mejor del equipo. No vas a fallar.

—¿Y si fallo?

—Te desterramos, ¿no te jode?

Suena el pitido para volver al partido. Me levanto y empiezo a andar en círculos, pero mi padre me sienta.

—Si tú pareces nerviosa, pondrás nervioso a Jake y ahora mismo necesita la mayor confianza del mundo.

—No sé si puedo dársela. Ni siquiera he sido capaz de decirle que me voy en cuanto acabe el partido.

—Tampoco sería buena idea que se lo cuentes ahora. Estaría muy distraído.

Tanto hablar y nos hemos despistado del partido. La puntuación sigue igual, pero los equipos se turnan para robarse el balón. Esto es una estupidez.

—Quedan diez segundos. —Me codea uno de los jugadores.

Ed tiene el balón, se la pasa a Sam y este a Jake. Me pongo de pie de un salto, apretando la mano de mi padre, se la va a jugar... Un triple... Por favor...

¡CANASTA! Pita el final del partido y todos se lanzan sobre Jake, a matarlo a besos y abrazos. Yo me quedo de pie en la zona de banquillo, esperando a mi madre.

Jake me ve y se dirige hacia mí corriendo. Me besa ante la privacidad del banquillo, que hace que no nos vea nadie. Me encanta que sea cubierto.

—Anda, ve con tus amigos.

Me sonríe, me besa de nuevo y se va a celebrarlo.

—Anabel, nos vamos.

Me giro. Mi madre me mira, severa. Asiento con la cabeza agachada y me voy, mirando por última vez la felicidad de la que he formado parte.

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