3 "Tutorías a domicilio"

Ya terminaran las clases, se supone que iré a la casa de Alexis, pero él no me confirmó nada.

Tocaron la campana y fui a la salida. Me sorprendí mucho al ver a Alexis apoyado en su casillero. Me acerqué.

—Hola —le dije.

—Hola, ¿qué vamos a estudiar hoy? —dijo y ahí deduje que sí iremos a su casa.

—Mmm, lo que tú quieras. 

—Álgebra —dijo mirando al techo pensando decidido. Me agaché y abrí mi casillero. Guardé mis cosas, me paré y lo seguí. Salimos y fuimos a la parada de autobuses.

En el camino saqué mi teléfono. Alexis me habló de lo mucho que odia los autobuses, ya que nunca puede ir cómodo porque sus piernas chocan con los asientos de adelante y debe ponerse de lado. Yo en cambio quepo perfectamente. Luego jugué un juego en mi celular, él también quiso jugar, luego fue que cuando perdiera uno le tocaba al otro. En un momento se picó, y maldecía mucho, yo solo me reía intentando explicarle cómo ganar.

Llegamos a su casa. Es una casa grande de dos pisos, con un patio delantero muy bonito. Está en un condominio. Entramos y lo primero que vi fue a una niña correr hacia Alexis, quien la tomó en sus brazos.

—¡Anaís! ¿Cómo estás? —dijo jugando con ella. La niña se ríe. Es de una piel muy pálida, tiene el cabello negro muy parecido al de Alexis. Supuse que es su hermana. La pequeña me miró.

—Hola —le dije sonriendo. Pero solo me quedó mirando tímida.

—Saluda Anaís, dile "hola Mateo" —le dijo Alexis al oído.

—Hola Mateo —dijo la niñita, y Alexis sonrió. Fuimos a la cocina, están dos mujeres y un hombre.

—Hola mamá —dijo Alexis aún con la niña en brazos—. Hola Martina —dijo saludando a la otra mujer—. Hola Federico —dijo saludando al tipo. Todos se saludaron y yo estaba ahí, en modo invisible—. Él es Mateo, me hace tutorías —me presentó Alexis. Su mamá se acercó a mí.

—Hola —dije estirando mi mano, pero me ignoró y me besó en la mejilla. Todos los otros me saludaron también, es un ambiente muy acogedor.

—¿Ya se iban? —preguntó Alexis a la mujer que llamó Martina.

—No, en la noche, o más rato —dijo ella y Alexis asintió con la cabeza.

—Bueno, vamos a estar en mi habitación —dijo Alexis.

—Ve tranquilo hijo —dijo la mamá de Alexis y él bajó a la niña que corrió donde ella. Al irme sonreí y ellos igual hicieron un gesto amable. Subimos la escalera, su pieza está en el fondo del pasillo.

—Permiso —dije entrando.

—Ululá señor francés —dijo burlón tirando su mochila al piso, yo solo sonreí negando con la cabeza. 

Hay una cama con un cobertor azul, un escritorio lleno de cosas, un computador y tres pufs de colores. Entre las cosas que más destacan—. Yo voy a ir al baño, ponte cómodo —dijo saliendo. Me senté en una silla del escritorio y esperé. Miré de nuevo su habitación, en la pared hay una escopeta. 

Okey... Debe ser solo decoración.

Noté otra cosa que llamó mucho mi atención. Un oso de peluche, uno grande, un panda en su cama. Sonreí y lo tomé, es muy suave. Lo allegué a mi nariz, abrazándolo contra mi pecho y aspiré fuerte. Huele delicioso. Cerré mis ojos, disfrutando... Sentí pasos cerca y lo arrojé rápidamente a la cama, giré y abrí un cuaderno rápidamente. Alexis llegó y se sacó su polerón. Dejándome ver su prenda superior, una camiseta color azul que se moldea a su cuerpo perfectamente. 

—Déjame sacar esto —balbuceó tomando todo lo del escritorio en conjunto, lo dejó encima de su cama, en un costado. Tomó otra silla que estaba sepultada bajo ropa y simplemente la levantó, dejando caer todo en el suelo. Finalmente se sentó a mi lado.

—Soy un poquito desordenado —dijo sonriendo.

—Un poquito —balbuceé y nos reímos. 

Nunca había interactuado tanto con alguien, aparte que él es Alexis, ¡Alexis! Ese chico de la escuela que pareciera que para juntarte con él debes matar a un familiar o darle la huella digital de tu progenitor. No es que sea un "chico malo" pero es un lobo solitario. La verdad me sorprendí mucho, es tan... sencillo. A veces es muy serio sí, pero también a veces muy divertido. Sacó sus cuadernos y un libro de álgebra. Pero antes me preguntó algo que dijo no había entendido con Macarena ayer.

Hemos trabajado muy bien, me siento realmente orgulloso de mi mismo, me siento como un gran tutor. Aunque ya hace un rato logro notar como va perdiendo las ganas, se va aburriendo y no tiene problema en decírmelo.

—Ya, ya —dice mientras empieza a hacer otro ejercicio.

Mis traviesos y porfiados ojos desobedecieron a mi cerebro y se posaron en Alexis, que por suerte está con su vista fija en su cuaderno. Su nariz es recta, tiene los pómulos sobresalientes, los colmillos afilados y los ojos color pardo. Si lo miras con atención se nota claramente su trabajado cuerpo, cosa que me parece bastante obvia, puesto que Alexis es muy bueno en los deportes. Hombros anchos, cintura... Pero no se nota nada exagerado.
Es demasiado atractivo.

Y luego yo, con mis gruesos muslos y mis toscos brazos.

Me dediqué nuevamente a mirar su habitación. En una pared hay un colgador lleno de medallas. En otra pared hay carteles, de estos números que se ponen cuando eres participe de una maratón. Son al menos diez.

—Ya —dijo estirándose en la silla. Revisé, ha tenido solo dos malas. Se equivoca en estupideces, le debo frecuentemente recalcar que eso puede fallar todo el ejercicio.

—Mmm, démonos un descanso —se quejó estirándose en la silla.

—Bueno —respondí. Y miré al frente.

Ya no lo miraré. Daña mi autoestima. 

Narra Alexis:

Nunca cambia esa expresión en su rostro. No tiene algo interesante que destacar. Su cara es rara, pero es lindo. Es aburrido y tímido, si yo no le hablo él no lo hace.

—Tu hermana se parece mucho a ti —dijo. 

Me retracto hacia lo de un momento.

—¿Martina? —pregunté extrañado. No nos parecemos en nada...

—No, la otra, la chiquita.

—Oh —dije asintiendo, sonreí—. No es mi hermana, es mi hija —dije y me miró, abrió sus ojos ampliamente y se sorprendió mucho. Lo miré tranquilamente—. No te creas —dije y me reí.

—Ah... —dijo y suspiró, igual se rio.

—Es mi sobrina, hija de Martina —dije y él asintió—. ¿Y tú tienes hermanos? —le pregunté. Él hizo un gesto como de sorpresa.

—No, no tengo, vivo con mi mamá.

—¿Y con tu padre? 

—No.

—¿Se separaron?

—Nop —sonrió.

—¿Fue a comprar cigarros y no volvió más? —dije y reímos.

—No... Es que... —dijo y carraspeó la garganta— ... Él falleció en un accidente —dijo y me quedé en silencio. 

Soy un idiota.

—Perdón... ¿Hace cuánto tiempo? —me disculpé cerrando los ojos avergo. Por un momento me puse en sus zapatos... Sin mi padre mi vida no tendría sentido.

—Fue cuando yo tenía como seis años, en un accidente de auto —dijo, noté que su voz se quebró un poco... No, no, no por favor—. Lo más triste es que del otro auto toda la familia murió —dijo haciendo una mueca. Una adorable mueca.

—Que horrible —dije acariciando su brazo, dando golpecitos. Él miro esto y sonrió—. Lo siento mucho, enserio... Si te hice sentir incomodo —dije y me mordí el labio.

—Tranquilo, ni siquiera lo recuerdo, solo sé... que era un buen hombre —dijo—. Ahora está en el cielo cuidándome a mí y a mi mamá —dijo como imitando a otra persona, levantando las cejas y moviendo la cabeza hacía la derecha. Suspiró y me vio. Directo a los ojos. ¿Por qué a él le brillan tanto? ¿O acaso quiere llorar?—. Bueno, ¿sigamos? Flojo —dijo y sonrió, eso que haces cuando quieres destruir la incomoda sensación de querer llorar.

—Ya no sé, entendí muy bien todo. Deberíamos estudiar cada día una materia, ¿de acuerdo? —Mateo asintió y suspiró cerrando los ojos. Quedando sus pestañas húmedas. Y lo volví a mirar, puedo notar que tiene algunas pecas en su piel. Y un lunar en el labio inferior, nunca he visto algo así. Creí que mi lunar en la palma de mi mano era raro, pero esto lo supera. 

—¿Qué? —preguntó riéndose. Mierda... Me quedé pegado otra vez.

—¿Qué de qué? —dije jugando.

—Te me quedas mirando raro —dijo entrecerrando los ojos.

—Perdón —dije exageradamente y miré al frente. Él se río, suspiró y chasqueó la lengua. Tomó su celular y vió la hora.

—Uh —dijo preocupado, se paró y agarró su mochila.

—¿Ya te tienes que ir? ¿Por qué no te quedas a cenar? Mi hermana podría ir a dejarte a tu casa luego —le propuse y me miró.

—¿Enserio? 

—Sí —le dije y tomé mi celular.

—No, gracias... A mi mamá no le gusta que la casa esté sola —dijo e hizo una mueca.

—Pero igual podrías preguntarle, la propuesta ya está hecha.

—Bueno, le preguntaré —dijo sonriendo emocionado.

Bajamos y le dije a mi mamá, a ella le encantó la idea. Al final si le dieron permiso. Luego fuimos al patio con Anaís y Martina. Yo fui a jugar con la niña en el pasto y ellos se sentaron en la terraza.

—¿Y tú vas junto a Alexis? —le pregunta Martina a Mateo.

—No, yo estoy en segundo —respondió, conociendo a Martina sé que comenzará a molestar.

—¿Y qué edad tienes? —le preguntó nuevamente a Mateo.

—Doce —dije interrumpiéndolos y me reí. Mateo se rio y negó con la cabeza.

—Cállate tú —me regañó Martina.

—Dieciséis, ya casi diecisiete —dijo bastante emocionado, y luego sonrió nerviosillo.

—¿Pero cómo? ¿Eres como superdotado? —preguntó Martina y se rieron.

—No... No lo sé... Pero el otro día le hice tutorías a un chico de cuarto —dijo y yo rodé mis ojos, cosa que hizo reír a Anaís.

—¿Nunca te han dicho que te subirán de nivel o algo así? —preguntó chismosa mi hermana. 

Siguieron conversando un rato hasta que nos llamaron a comer. Federico, mi cuñado, es un chef profesional. Hace platos deliciosos, trabaja en un restaurante. Nos sentamos. Empezamos a comer y como era de esperarse, Mateo entrelazó sus manos, tomó su cadena y agachó la cabeza. Yo solo seguí comiendo, mientras mi madre, Martina y Federico le quedaron mirando colorados. Me miraron a mí y yo los ignoré. Mi familia es absolutamente atea, excepto mi padre, creo... Así que sí. Yo... pues no sé, me da lo mismo, nunca me he detenido a pensar en eso. Volví a ver a Mateo y sonreí. Ya no me causa nada. Algún tipo de incomodidad, cero. Eso es lo que corresponde... Aunque es divertido ver la reacción de otras personas.

Martina, Federico y Anaís se quedaran, así que solo iremos a dejar a Mateo yo y Federico en el auto.

—Un gusto tenerte aquí Mateo, toma, este es mi número para que se lo des a tu madre. Eres bienvenido cuando quieras. Y gracias por ayudarle a este desgraciado —le dijo mi madre a Mateo. Él se río. Yo la abracé por detrás y sonreí mostrando los dientes exageradamente.

Salimos, Anaís por suerte está dormida, si no, hubiera rogado y llorado por ir con nosotros.

—¿No les importa ir atrás verdad? Este asiento está suelto —nos dijo Federico ya estando en la acera.

—No te preocupes —le dije y subimos. 

La casa de Mateo no está tan lejos. Fue fácil ubicarnos. Lo que sí me sorprendió fue notar que está en el barrio "Amoniaco", como le dicen. Es un barrio muy peligroso aquí en la ciudad, puesto que abunda la delincuencia.

Llegamos rápido.

—Un gusto, espero que esté bien —le dijo Mateo a Federico. Me bajé para que pasara y nos despedimos con un choque de puño.

—Chao Alexis, muchas gracias por todo —dijo sonriendo. Asentí con la cabeza. Ya me iba a subir al auto...

Pero vi a un tipo sin polera, con solo unos short y chancletas, que salió de la casa de al lado y se acercó rápidamente a Mateo, furioso.

En un microsegundo, alcancé a agarrar a Mateo del brazo, atraerlo a mi pecho y evitar que ese tipo lo tomara de la espalda bruscamente. Me puse firme. Mateo giró asustado y vió a ese tipo, que tiene el semblante fruncido y lleno de ira.

—¡Jimmy! —exclamó Mateo totalmente nervioso, sonriendo. Tragó saliva y posando mi mano en su espalda lo acerqué más a mí. No entiendo nada, el tipo lo sigue viendo furioso—. A mi mamá le p-pagan el viernes —dijo con la voz temblorosa y sonrió al final. Como si fuera poco, el tipo empezó a gritar creo que francés.

—Bon sang, dites à la chienne de votre mère de me donner l'argent demain ou je les tue tous les deux!* —exclamó el tipo. 

*¡Maldita sea, dile a la perra de tu madre que me dé el dinero mañana o los mataré a los dos!

—Jimmy no sé qué dices, pero... no te preocupes... Viernes, el viernes —dijo Mateo, temblando y riéndose nervioso de nuevo, como queriendo calmar a ese tipo.

—Fils du diable!* —dijo finalmente el tipo y se fue corriendo. 

*¡Hijo del diablo!

Mateo lanzó un hondo suspiro, yo estoy en total shock.

—¿Qué fue eso? —le pregunté a Mateo seriamente. Él me miró para arriba nervioso.

—Créeme que nada —dijo y sonrió, sigue estando muy asustado—. Ya... Creo que es mejor que te vayas, en las noches es peligroso por aquí —dijo mirándome. Yo aún con el ceño fruncido asentí. Estoy demasiado preocupado. 

Qué mierda fue eso... ¿Dinero?

Sonrió y nos volvimos a despedir. Giré para entrar al auto. Pero...

—Alexis... hace rato que tienes una pelusa —lo escuché reír y me volví de nuevo. Tocó un mechón de mi cabello, que caía sobre mi ceja. 

Una corriente extraña e inexplicable me recorrió el cuerpo. Odio que me toquen, pero esto... ha sido al revés. Se quedó viendo la pelusa y luego la tiró. Luego solo sonrió.

—Chao —dijo finalmente. Caminó hasta su casa. Me metí al auto y me aseguré de que entrara.

Con el ceño fruncido, el corazón acelerado y mi rostro serio pensé... ¿Por qué mierda me sentí así? ¿Y eso de en denante? 















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💓💓💓

—Dolly

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