9


Frenaba el coche, en el espacio de aquel doble vado libre, tratando de calmar su respiración. Ella estaba bien. Al menos, es lo que veía por el espejo retrovisor de su coche. Muy mal no estaba, si aun así tenía las suficientes fuerzas para mirarlo de forma agresiva, como hacía en aquellos momentos hacia su coche.

Aspiró con fuerza, antes de girar la llave del contacto y detener el galopar de su motor, como también trataba de detener de igual manera, el galopar de su corazón.

 Hacía apenas unos treinta minutos, que se hallaba con Laura en su despacho, cuando vio como se le borraba la sonrisa de golpe y mencionaba, que se hacía cargo de recoger al hijo de Estela del colegio.


No recordaba, si se había despedido de la persona que tenía al teléfono, solo recordaba colgar el aparato, ponerse en pie y con la mirada, indicarle que también contara con él en el asunto.


Ya mientras se dirigía con Laura al ascensor, para bajar al parquin y coger cada uno su coche, que le había contado lo ocurrido.

Recordaba haber sonreído un poco, cuando le había explicado, como el culpable del atropello le había arrancado el teléfono de las manos, al ver como intentaba evadir la verdad del posible daño. Y divertida, le mostraba que él era el culpable de que quisiera evadir aquello, pues sabía que cabía la posibilidad de que ella lo mandara a él, mientras que se hacía cargo de su sobrino.

No se había equivocado en nada.

Pero también recordaba, como se le había borrado al momento su sonrisa, al ver la preocupación que mostraba un completo desconocido por ella... Podía resultar un tanto sospechosa.

Pero ahora, desde su coche, veía que era un joven. Nadie, que pudiera ser competencia.

Volvió a respirar con profundidad.

Debía mostrar una autoridad superior a la acostumbrada con ella, porque sabía que le iban a llover quejas o excusas.

Era momento, de volver a mover ficha. Sonrió para sí mismo, al tiempo que abría la puerta del vehículo.



Maldita fuera Laura, pensó con rabia al ver llegar aquel coche... Por ello, que era ella quién quería haber contado lo ocurrido.

Con su versión, él no habría llegado allí nunca. Se prometía, que, si le ponían escayola, atizaba con ella a su hermana en el trasero.

Sus pulsaciones se alteraron un poco más, cuando escuchó como se abría la puerta, y aparecía él de espaldas, para girarse al cerrarla y cruzar así, su mirada con la de ella.

¡Maldito cretino!

Gruñó para sí misma, al ver como todo su sistema nervioso era dominado por su sola presencia.

Hombres así, deberían pagar multas cuantiosas, por bajar las bragas de forma mental a las mujeres. Puede, que de aquella manera sus egos no estuvieran tan crecidos.

Y justo ahora, le sonreía como el primer día. No le gustaba, es como si le dijera, que iba a ser de ella, o que ya lo era.

¿Servirían los crucifijos, para cosas así?

Nota mental, buscar por internet si algún friki, había creado algún repelente para el amor.

-Hola Estela –Saludó con tono serio, seguro, agachándose delante de ella, para después sonreír al chico-. Gracias por preocuparte.

-De nada –Medio sonrió, observando por un segundo, el ceño fruncido de ella-. Fue toda mi culpa.

- ¡Fue un accidente! –Protestó veloz ella, defendiendo al joven-. Su bici, se quedó atrapada en la calzada, y salió volando –Sonrió divertida-. Para llevarme con él.

-Lo sé –Volvió a sonreír Oliver, logrando atrapar su mirada en la de él-. No voy a comérmelo, Estela –Le guiñó un ojo-. No hace falta que lo defiendas.

Sus mejillas, adquirieron un tono bermellón precioso.

-Pues ya podrías hacer lo mismo conmigo –Soltó a bocajarro, pero con voz suave-. Siempre me miras con... -Calló, notando que no era momento de protestar como siempre hacía-. No sé para qué viniste.

-Obvio –Sonrió-. Para llevarte al médico a que te miren ése pie –Indicó con gran rotundidad-. ¿Puedes levantarte tú sola?

-No hace falta...

-Sí, que te duele –Intervino Alberto, con gran velocidad-. Si siquiera pudiste apoyar el pie en el suelo, para levantarte.

-Recuerda que sirves para jefe –Rio Estela, ignorando la mirada de él.

-Y por ello, te obligo a que te dejes llevar a que te miren ese tobillo –Se puso en pie, para tender su mano-. Vamos, que te ayudamos a ponerte en pie, pero ves con cuidado.

-Toma –Cogió la palabra Oliver, ofreciéndole el mando de su coche-. Abre el coche y la puerta, mientras que yo...

- ¡Puedo hacerlo sola! –Protestó casi indignada, al ver lo que pretendía él.

-No me vengas con tonterías –Achicó su mirada, volviendo a ofrecer la llave al joven, para después agarrarla con cuidado y sentarla en el lugar del copiloto.


Lo sabía.

Se admitió así misma, cerrando los ojos con fuerza y dando un profundo suspiro. Permitiendo que sus fosas nasales, se impregnaran del perfume fresco que llevaba el hombre y que, ya había captado más de una vez, cuando la había cogido en brazos.

A parte de todo eso, también había ésa sensación, que siempre había notado al más mínimo roce, que tenía su cuerpo con el hombre. Era, como un cosquilleo delicado por todas sus terminaciones nerviosas, más una dulce sensación de hogar.

Y aquella última, es la que la tenía acojonada. Era como el demonio, que temía batirse en duelo.

Gruñendo por lo bajo, como regaño así misma, se obligó a volver a la realidad, al momento...

Oliver, con su maldita sonrisa torcida, la acababa de sentar en el asiento del copiloto, pero al ver su gesto de querer abrocharle el cinturón, con el cabello encrespado le gritó.

-Gracias –Achicó su mirada, al ver que sus ojos estaban realmente muy cerca.-. Pero donde me duele, es en el pie.

-Como quieras –Rio por lo bajo-. Pero tampoco iba amarrarte con cuerdas –Bromeó, sacando su cuerpo de encima del suyo, para cerrar la puerta con un golpe seco.

-Gilipollas –Lo insultó por lo bajo, cuando él se despedía del chico mientras volteaba el coche-. Adiós –Articuló con una enorme sonrisa al joven, para despedirse de él.

Oliver, se puso el cinturón y con un decidido gesto, puso el coche en circulación de camino a que le miraran el pie.

-Gracias, pero yo misma... -Empezó hablar, pero él no la dejó seguir.

-Todos, en algún momento necesitamos que nos echen un cable, y no por ello, somos más gilipollas –Dijo con tono cortante, mirándola por un segundo al rostro, observando como se sonrojaba de forma leve-. Siento, que te moleste mi presencia en ésta ecuación –Observó como hacia cierta mueca con sus seductores labios-. Pero tú hermana, es una buena amiga para mí –Se encogió de hombros-. Y simplemente, le estoy echando un cable.

-Vaya –Soltó con tono suspicaz-. Debo deducir, por tus palabras –alzó sus manos al aire, para hacer unas comillas con sus dedos, al tiempo que repetía lo dicho-, mi hermana, es tú amiga...

-Correcto –La volvió a interrumpir con la mirada puesta en la carretera-. Puedes respirar tranquila, pero teniendo un círculo de amigos con Gemma y Laura, no es mí culpa, que podamos coincidir más de una vez en un mismo lugar.

-Lo veo difícil –Le respondió con el ceño fruncido, pues estaba intentando comprender la sensación de decepción que había sentido por sus palabras-. No voy a muchas cosas, por tener actividades programadas con mi hijo.

-Lo veo muy normal –Respondió, justo cuando accionaba el intermitente para entrar en la rampa del parquin de un edificio de cristal-. Ya hemos llegado.


Treinta minutos después.

Sonriendo de forma muy agradecida por tan amable atención, se despedía del doctor, amigo de Oliver, mientras le abría la puerta de la consulta para que saliera a la sala de espera, donde estaba él hablando por teléfono.

-Mira, ya sale –Le escuchó comentar, mientras daba los pasos pertinentes hasta detenerse delante de ella-, se lo dices tú –Soltó de forma cortante mientras le ponía el teléfono en la oreja-. Tú hermana. 


-OH –Frunció el ceño-. ¿Dime? –Escuchó a la chica-. Me torcí, pero no hay esguince -sonrió aliviada-. Me hicieron masaje, pusieron crema y que haga reposo éste fin de semana –Volvió a escuchar atentamente a su hermana-. Vale, tranquila no pasa nada –Volvió a sonreír, para colgar la llamada y devolver el teléfono al hombre-. Dice que me lleves en donde está Gemma, que llevó allí a Daniel porque ella necesitaba ir hacer unos recados. Que, por lo visto, es muy cerca de aquí.

-Ya veo –Masculló éste, para guardarse el aparato en el bolsillo interno de la americana-. Ha ido todo bien, ¿verdad?

-Sí –Le sonrió por primera vez agradecida-. Tú amigo, tiene unas manos increíbles. Te lo voy a robar para mí, si no te importa.

-Vaya –silbó con una sonrisa torcida-, casi has dicho lo mismo que le dije a Laura de ti –Soltó a bocajarro, dejándola un poco descolocada-. ¿Nos vamos? –Saltó con normalidad, como si no hubiese dicho lo anterior-. ¿Puedes caminar o necesitas apoyarte en mi brazo?

- ¿Qué? –Un segundo, carajo... Aún estaba repasando la primera frase, como para haber entendido sus preguntas.

-Toma –Le ofreció su brazo. - Reposo, menor esfuerzo... Recuerda –Dijo, con tono amable y un guiño de ojos.

No tubo opción, solo pudo asentir, sujetarse y rezar, porque no se le notara tanto el sonrojo por su desconcierto.


Minutos después, fruncía el ceño, cuando observó a Oliver picar el botón del vestíbulo y no del parquin, mientras le sonreía y se encogía de hombros al pillarla mirándolo con el ceño fruncido. Segundos después, la hizo caminar por un pasillo que había en una puerta de cristal medio escondida en el gran vestíbulo, que los conducía a otro ascensor metalizado, el cual, lo llamó empleando una llave en la ranura que había en el panel izquierdo.

Las puertas se abrieron y él, con delicadeza la empujó dentro para presionar el botón que conducía a la planta décimo tercera, el ático. Allí, ya no pudo evitar de reír algo nerviosa.

-No irás a matarme en un ritual... -Soltó sonriendo-. Me tienes intrigada.

-Y a mí, me tienen intrigado Laura y Gemma, créeme –Soltó con cierta intriga.

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