Prólogo

Engañando al lobo

Kim Jongdae & Song (Oc)

~Breath~


La primera vez que había estado en este claro en un día de reunión era tan solo una niña. Fue una de esas pocas veces en las que mis padres dejaron que la abuela me trajera con ella. En esa ocasión, en vez de estar junto a mi papá antes de que él se uniera a los demás lobos para correr, estuve cerca del podio de presentación. Era un lugar exclusivo para los altos mandos dentro de la manada, el consejo y las sanadoras, sin embargo, yo estuve ahí.

Ha pasado tanto desde que estuve en ese lugar y siendo franca, no sé cómo afrontar esto. Desde que volví a casa no he dejado de pensar en lo que ocurrirá esta noche. Sé que habrá cosas que cambiaran y lo peor es que no sé cómo hacerles frente. Pienso en mi abuela; en como desempeñaba su papel en la manada, como vivía para y por ella, en lo entregada que fue para estas personas hasta el último momento de su vida.

Y luego pienso en mí, no encuentro en mí algo que siquiera parezca un poco de buen material para ser sanadora; yo no voy a ser ni la mitad de lo que era ella y tengo miedo de defraudarlos a todos. Yo no soy lo que necesitan, ellos necesitan a Jung Eunji, no a mí. Ellos necesitaban a la sanadora Jung, no a esta sanadora de remplazo.

He estado parada en el lindero del bosque cerca de dos horas. La ceremonia empezara en...vuelvo a ver el reloj aunque lo haya hecho hace menos de tres minutos, aún falta una hora para que empiece. El cielo empieza a dejar de ser azul para palidecer y pasar al naranja. Adoro cuando el cielo esta así, será un bello atardecer el que nos cubrirá en la ceremonia.

Camino sin descansar toda esa hora que falta. No llevo zapatos y los guijarros me lastiman los pies, se supone que lo haga de esa manera. Dicen que así sentiré una conexión más cercana al bosque, la manada y los ancestros. Hamma me comento que en un tiempo será algo natural, tanto sentir el lazo con el bosque como el caminar descalza por la maleza. Recuerdo todas esas veces que vi a Eunji caminar por las rocas calentadas al sol sin siquiera inmutarse.

El claro no ha cambiado en nada desde la última vez que lo vi. Los estriados postes de adoración rodeando todo el espacio descampado frente a mí, el pasto es aún más suave de cómo lo recordaba. Inhalo de puro gusto sintiendo la delicadeza de esa acolchada alfombra verde y como el aire es tan fácil de respirar después de la larga caminata. Quiero llenarme de él, creo que nunca tendré suficiente del olor de los árboles, el canto de las cigarras y el rocío lavando mis lastimados pies.

Ese reconfortante sentimiento de estar en un espacio familiar me calma los nervios y en cambio alebresta los chispeantes ánimos de la gama de suave pelaje castaño y brillantes ojos verdes que hasta hace unos segundos dormía en mi interior. Mi pecho pica ahí donde siento las garras de la loba buscando libertad y así esta pueda deambular por el territorio del que ha sido privada por tanto tiempo.

Al llegar todos voltean a mirarme. De pronto recuerdo porque estoy aquí. No se me da bien eso de ser el centro de atención y nadie quita sus ojos de mí mientras me dirijo frente al consejo y entre ellos veo un lugar que se supone es para mí. Aun cuando estoy aquí, esta idea sigue siendo tan irreal.

Veo al alfa Kim, a su padre, veo a Hamma, y a su compañero por casi cuarenta años, veo a los ancianos del consejo. Veo a los amigos y compañeros de mi abuela y no puedo evitar sentirme como una intrusa entre ellos.

Solo han pasado cuatro meses desde su muerte y no soy capaz de hacerme a la idea de dejar todo lo que había empezado en Gwangju y regresar a casa para heredar el puesto de mi abuela. Lo que yo quería era su puesto en el hospital, no este. No me importaba vacunar niños o tomar la presión a los enfermos, lo haría mientras me mantuviera lejos de este lugar, lejos de todo esto.

Termine con el puesto que mamá y Minah –mi hermana– rechazaron. Incluso cuando sé la razón por la que mi madre tomo esa decisión, sigo sin entenderla; puedo ver las habilidades natas de una sanadora en ella. Su incansable paciencia, esa perpetua aura de quietud que la rodea, el que sea tan disciplinada pero también tan cálida; lo buena oyente que es y esa forma de ser que hace que todos encuentren consuelo con solo contarle sus penas.

Entiendo que no quiera cargar con esta labor después de haber estado al pie del cañón junto con su madre al atender a esta manada, detrás de los reflectores y sin ningún reconocimiento. Sé que está cansada y que suficiente tiene con ser la madre de familia que trabaja; sus manos ya no tienen espacio como para una responsabilidad de este calibre. Y Minah tampoco era una opción, ella al contrario de mí si tenía un empleo y una vida hecha en Gwangju, lejos de...bueno, de todo esto. La extraño mucho, por otro lado no la culpo por dejarnos, en su momento yo también lo hice.

Pienso en las condiciones en las que yo fui elegida y como Eunji fue elegida. Fue hace unos cuarenta años cuando la manada pasaba por una temporada difícil, en esa época la sanadora Kim no podía darse abasto con toda la gente del pueblo. Mi abuela había sido una excepción a las leyes establecidas por los ancestros, ya que el puesto de sanadora se reservaba para las omegas de la línea del líder alfa.

Hamma personalmente había elegido a Eunji, aun cuando ella era una beta; así ambas fortalecerían a la manada. Además teniendo en cuenta que los ancestros bendijeron a los Kim con varones alfas desde hace dos generaciones, y después de la partida de mi abuela; yo era lo más cercano a alguien instruido para desempeñar su trabajo.

Odio el tener que admitir que aun cuando los métodos de crianza de mi abuela no fueron lo más ortodoxos; me brindaron buenas costumbres. Mamá, Minah y yo, así como mis tías fuimos moldeadas por una fuerte beta que formo a toda mujer que tuvo a su cargo como una gama; pasó sobre nuestros estatus y nos crío como alfas, para que nadie se atreviera a pasar sobre nosotras. Se esforzó en dejar eso en claro, más a mí, teniendo en cuenta mi situación como omega. Me hubiera gustado nacer como beta y no haber sido considerada como alguien naturalmente débil por ella.

Respiro y pienso en que nos crio de la mejor forma que pudo. Solo quería lo mejor para mí; para todas. Mis pies se mueven solos, es automático. Es lo único que puedo hacer; eso y pensar demasiado en las cosas.

—Bienvenida omega Song—Junmyeon me saluda, el más joven alfa que ha tenido la manada en décadas y el que él esté aquí hace que no me sienta tan inadecuada al ser joven.

Le contesto con un amago de sonrisa que apenas se vislumbra en mi mirada, inclino la cabeza en señal de respeto y no hago por responder. No es como si debiera, todavía no tengo el rango como para contestar en esta situación.

Estoy de espaldas a la manada pero puedo sentir cosquillas recorriéndome la espalda de todos esos ojos clavados en mí. Esperando, expectantes de que algo pase. Todos guardamos silencio y vemos a Hamma moverse lentamente hasta que se agacha a tomar uno de los emblemas que está en el arcón cerca del podio; específicamente el de sanación y lo deja entre mis manos. Es de las pocas veces que he visto uno sin estar dibujado en un libro. Sin embargo, es la primera vez que toco uno; en especial uno tan importante.

Me mira y espera que haga lo que debo. Tengo que hacerme sangrar, y lo único que se me ocurre es rastrillar los dientes por la piel lacerada que tengo en la cutícula del pulgar.

Respira, lo harás bien. Sabes lo que tienes que hacer—me recuerdo.

Acerco mi dedo al emblema y remarco el símbolo en medio de la piedra con mi sangre –no creyendo que de ese pequeño corte pueda manar tanta sangre– esta parece irradiar luz entre mis manos y la calidez que desprende me cosquillea en la piel. Mis ojos se abren como platos al casi sentirla palpitar acunada entre mis palmas.

—Esta marca representara lo que fuimos, los ancestros—su voz choca contra los postes de adoración y se extiende como eco por todo el lugar— lo que somos, la manada...—mira a las personas detrás de mí y pareciera que está mirando a cada uno de ellos—lo que eres, nuestra guía...y lo que siempre seremos, una familia—me quita el símbolo de las manos, se pierde tras de mí y así bajar el cierre de mi vestido, para luego pegar la piedra directo a mi espalda.

Conteniendo un suspiro que se convierte en gemido en mi interior cuando la tibia piedra me toca; siento como el hangul pasa del sello a mi piel, como la suave calidez se convierte en un ardor punzante que entra por todos mis poros y se esparce por todo mi cuerpo; asentándose en lo profundo de mi estómago ¿Así que la magia viene de mi estómago y no de mi corazón?

Escucho el zumbido de mi cierre al subir de nuevo y mi espalda deja de estar desnuda para que todos la vean. Después de la marca del sello todo se siente extraño contra mi piel descubierta. Hamma extiende el manto que lleva doblado a la mitad en el brazo y con él me cubre los hombros, como si supiera del frío repentino que me cala los huesos.

Las lágrimas que se anegan en mis ojos caen por si solas. Por años vi esa tela en el fondo del closet de la abuela, ahí, sin oficio ni beneficio y ahora forma el manto que llevare todos los días que sigan después de este para cumplir mis deberes ¿Cuándo lo habrá cosido? Mis brazos pasan por las mangas con un ajuste casi perfecto, Hamma pasa sus brazos por mi talle y ata el cinto que tiene para ceñirlo; luego toma mi cabello entre sus manos para que quede fuera del manto. Un escalofrió me recorre la piel.

Pienso en la pesada capa que Eunji utilizaba. Tenía dos bolsillos a los lados en donde yo metía las manos cuando salía a caminar con ella y no podía tomarme de la mano... Siempre estuvo impecablemente planchada, olía a su perfume y tenía un broche blanco en la solapa; ahora ese manto la acompañara por siempre donde sea que este.

Mi cara está surcada en lágrimas para cuando ella se voltea y toma un cuenco de las manos de Sang Duk, su esposo. Dentro del mortero huelo limadura de madera de pino, aceite de castañas y mi sangre. Estoy demasiada ensimismada en los recuerdos como para pensar en los cortes que mis dientes me hicieron en el pulgar.

Sus dedos dibujan una media luna en mi frente y su pulgar marca una línea delgada en el medio. Es mi símbolo como integrante de esta manada, y ahora es mi sello como sanadora. Con su otra mano limpia mis lágrimas y con voz quebrada me dice que todo estará bien. Trato de creerle. Puedo ver como ella también tiene los ojos vidriosos y se retiene de llorar por mí; ella también perdió a una amiga y hermana, así como yo perdí a mi abuela.

Saca de su bolsillo un largo collar con un burdo dije hecho con una piedra, el cual le vi tejer hace unas semanas. Lo acomoda sobre el cuello del manto y la piedra de tamaño del puño de un bebe queda a la altura del nudo que tengo en la boca del estómago. Tengo ganas de encorvar mi cuerpo por todo ese peso que de pronto parecen cargar mis hombros.

Bajo la cabeza y lo miro. Se parece al que le vi llevar a ella y a mi abuela desde que tengo memoria y de alguna manera me siento más cercana a ambas. Junmyeon le entrega un alargado pedazo de madera, con una mano lo sostiene y con la otra toma mi mano entre las suyas, importando poco que la mezcla con la que acaba de marcarme me manche y me gira de frente a nuestra manada.

—Le damos la bienvenida, sanadora Song—me palmea el hombro esperando que eso me saque del shock y por si no fuera poco entre nuestras manos unidas sostenemos el bastón de mando. Por Dios esto es real.

—Sea bienvenida—casi parece que hubiera ensayado ese saludo que realizan a una sola voz.

Tengo que decir algo. Soy parte de la voz que guía a la manada, pero estoy en blanco. Nada inteligente o sabio se me ocurre, y es cuando me doy cuenta que los "poderes" no llegan mágicamente después de la presentación. Un corto aullido de mi traviesa gama me invita a hablar, por el contrario, ni aun teniendo su permiso tengo la fuerza para hacerlo.

Tengo un zumbido en los oídos y la nariz inundada de señales dispersas. Frunzo el ceño y aprieto los ojos, buscando calmar toda la vorágine de emociones a mí alrededor. Tomo un largo respiro y todo se hace un poco más claro. Mis manos se vacían con la misma rapidez con la que estuvieron llenas y el bastón pasa a manos que lo usaran de mejor forma.

—La luna se está apresurando a su lugar en el cielo, creo que es buen momento para cambiar. Vamos a correr juntos hermanos—la voz del alfa suena por todo el lugar y deseo poder tener ese mismo don para hablar.

Las filas de personas frente a mí se dispersan, dejan de ser solo una maza de personas y empiezo a distinguir poco a poco a cada uno, entre ellos a los que se unirán al alfa en su paseo nocturno. Es cuando los lobos se preparan para ir al bosque; un escalofrió me recorre la piel y me eriza los bellos del cuerpo, como si yo también me preparara para correr.

"No chica, ni tú ni yo vamos a entrar a ese bosque..."—es mi turno de amonestarla, ella gruñe y se queja, sin embargo, lo entiende y después del berrinche inicial, se siente como si frotara su cabeza contra mi pecho buscando la manera de confortarme.

Mis ojos tratan de no detenerse en nadie Siento ganas de voltearme y darles la privacidad que necesitan para desnudarse, más teniendo en cuanta que reconozco a muchos de los lobos; para ellos era simplemente natural el hecho de mostrarse desnudos. Sé que no será la primera ni la última vez que se vaya a dar esta situación, así que solo queda aguantarse y acostumbrarse.

Los grupos de caza son los primeros en adentrarse a las profundidades del bosque y con ellos se llevan ese fuerte olor a brandy, avellanas y cedro que ha inundado mi nariz y hace que mis encías piquen ¿Es normal sentirse de esa manera? Pasan varios minutos antes de que la estela que dejaron desaparezca y el aire vuelve a sentirse fresco.

Entre el grupo de las cuadrillas de vigilancia reconozco a un alto lobo negro y este parece también reconocerme, gira su hocico hacia mi dirección y saludo a Jongin antes de que desaparezca entre los árboles. Me llena de nostalgia pensar que la última vez que lo vi transformase no alcanzaba el metro de altura.


Es casi la una de la mañana cuando por fin todo el ajetreo en el claro se detiene, todos se han ido a casa desde hace horas y lo único que rompe el espeso silencio del bosque es uno que otro aullido entre los árboles, pero ya nadie está cerca del claro.

Espere junto con Hamma a que todos regresaran por su ropa después de transformarse; se supone que esa es la costumbre, ser las primeras en llegar y las ultimas en irse. Cuando regresaron de correr y después de que prudentemente se vistieran, los Kim se acercaron a nosotras; me alegro ver que me saludaban con sincero compañerismo.

Minseok –el hijo mayor de los Kim– es solo unos años más grande que yo y ahora está casado y tiene una hija. Seol Hee había nacido en el periodo en que me mude para estudiar la universidad, así que oficialmente no había sido presentada con la pequeña de cuatro años. Hamma la recoge del suelo para dejarla en mis brazos.

Después de perder el miedo a dejarla caer, y la sorpresa inicial de ver tantos rasgos de Jongin en ella; la acuno entre mis brazos, llegando a la conclusión de que los Kim tienen genes fuertes. Mientras hablo con sus tíos y algunos de mis antiguos compañeros de instituto, ella se entretiene jugando con el dije de mi collar tribal. La acomodo entre mis brazos y no puedo evitar pensar que en unos años Hamma y yo, si ella lo desea, le enseñaremos como ser una sanadora.

Mis fosas nasales se dilatan cuando siento de nuevo ese fuerte olor del vaporoso alcohol, paso mi lengua varias veces por mis colmillos tratando de rascar mis encías; pican y no dejo de salivar; casi es como si saboreara el esponjoso pan de avellanas. No sé de donde viene, y aun entre toda esta revoltura de aromas ese destaca y por mucho. Tanto mi gama como yo gruñimos frustradas e intento ignorar el hecho de que las puntas de mis colmillos se raspan contra mi lengua.

Salude a todos en el claro, y trate de hablar lo más posible con ellos. No tengo problema en reconocer a las personas, soy buena con las caras. Al contrario, lo que me incomodan son las caras que reconozco; y con todas mis fuerzas deseo que muchas de estas personas realmente no me conozcan. Estar bajo su mirada me hace sentir como la niña tonta de la primaria que he deseado enterrar por años. Creo que esa es la razón por la que me fui en primer lugar.

Me siento pequeña e indefensa mientras más personas se acercan a darme la bienvenida, en cambio de mí, la loba en mi interior no se deja intoxicar por esos sentimientos, estoy segura de que ella me rasgaría la piel solo para darme verdaderas razones para sentirme mal. Me concentro en la ahora seca pintura de mi frente, en la chispeante electricidad que hace cosquillear mi piel al mínimo toque y no en cómo se convierte en una tarea titánica el controlar que las lágrimas no caigan.

Entiendo que ha pasado poco tiempo y que mamá aún no está lista para volver a este lugar, así que no voy a llorar por no tener a mis padres conmigo en este momento, o sentir como las punzadas de abandono corroen mis huesos. Aun sabiendo eso, cada tanto escaneo a las personas en el claro tratando de encontrar las caras que realmente quiero ver.

—¿Es abrumador no es cierto?—una mano apretando mi hombro me saca de mi ensimismamiento. No tengo que voltearme para reconocer de quién es ese par de manos delgadas –más delgadas que las mías– y el suave aroma de su cabello rubio.

—Baek—me abstengo de arrojarme a abrazarlo porque no sé si es correcto que lo haga y le regalo una de las pocas sonrisas verdaderas que he dado en toda la noche—Dios tu cabello—haciéndole caso a mi vena osada no me aguanto las ganas de acariciar su ahora cabello negro. Me pregunto cómo lucirá el pelaje de su lobo cuando cambie.

El tiempo es poco y trato lo mejor posible de hilar frases coherentes y no entorpecerme con la emoción, él lo nota y cada tanto me dice que me respire, porque terminare ahogándome con mis palabras. Hablamos por unos minutos antes de que más personas se reúnan a nuestro alrededor.

—No olvides que debes seguir siendo tu misma—me susurra al oído como despedida antes de alejarse para dar paso a las demás personas, no sin antes darse el lujo de agendarse una cita para almorzar conmigo.

Todos me saludan tomándome del antebrazo, algunas de las omegas mayores me abrazan y una que otra hozada me besa las mejillas. Un grupo grande de jóvenes me regalan un perfecto saludo de noventa grados, yo les regreso el saludo; me hacen sentir especial y un calorcillo agradable me llena el pecho.

Hace solo unos segundos los cachorros correteaban por el claro, luego cerré los ojos y pasaron cinco años frete a mí, ahora el que se hayan convertido en jóvenes lobos, me hace sentir vieja y me recuerda lo lejos que he estado de todo esto.

Tampoco puedo evitar sonreír solo por educación cuando escucho cosas como "Veo mucho de ella en ti" o "Hazla sentir orgullosa"; era una tontería creer que la imagen de Eunji no estaría cosida a mí.

...

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