Capítulo uno
Engañando al lobo
Kim Jongdae & Song (Oc)
~Breath~
En los últimos años mi vida se había reducido al contenido de una maleta y tres cajas de embalaje, nada más y nada menos; como si la pila de muñecos de felpa, juguetes y demás cachivaches que deje en la casa de mis padres realmente representaran mi idea de dejar atrás mi niñez. Y aun cuando todos los días me obligo a calzarme mis reservados zapatos de adulta, no hay día que pase en el que no extrañe el suave abrazo de mi oso jengibre. Trato de verlo por el lado amable, no había sido difícil hacer la mudanza a la antigua casa de la abuela, ahora convertida en mi nueva casa.
Lo realmente complicado fue sacar el polvo de este caserón, tanto Junmyeon como Hamma habían llegado a la conclusión de que lo más prudente era proveerme de ayuda, así que el alfa Kim puso a mi disposición a algunos de los jóvenes de la manada para ayudar. Se los agradezco, sin embargo, no sé cómo actuar frente a las miradas llenas de admiración que me da Lee Chan al verme acomodar los materiales de curación; intento tanto como puedo darle una respuesta a sus interminables preguntas, hasta que ellas se dirigen a cuando empezaran a aparecer mis nuevos poderes. Francamente, yo también quisiera saber eso.
Luego está la manera en la que Soon Young me habla; espero en Dios que solo sea mi imaginación y que eso que noto en su voz no sea filtreo, porque si es así; voy a tomar con mi puño toda la ternura que el pequeño beta me causa y se la voy a estampar en la cara. Doy un largo respiro y me calmo intentando entenderlo, es joven y sus emociones están a flor de piel; así que no se tiene que ser muy sagaz para descubrir el picante olor de su excitación mal oculto por una fuerte colonia.
"Alguien está tratando de lucir mayor, eh"—rebusco un poco de comprensión dentro de mí, porque no es como que no haya hecho algo similar cuando estaba en secundaria.
Doy un respingo sobre el banco en el que estoy parada para alcanzar las repisas más altas de mi botica, manoteando del susto, aferrándome con las uñas a la madera cuando siento unas temblorosas manos en mi cintura. Fue solo un por un momento, pero estoy a punto de golpear la nariz de ese adolescente mano larga. Ni por un segundo me creí el Pensé que te ibas a caer que entre balbuceos me dijo. Adiós comprensión.
"Recuerda que no se va a ver bien que golpees al niño que se supone te está ayudando"—se volvió en mí mantra diario hasta que terminamos de acomodar todo. Mi rabiosa aura violenta ayuda a encender el interruptor del principio de conservación de Soon Youn manteniéndolo cautamente alejado de mi espacio personal. Di gracias cuando otros chicos vinieron a relevarlos a los pocos días.
Doblo algunas viejas sabanas, dándole la espalda al atestado armario de blancos, apenas lo veo por el rabillo del ojo y saber que he pospuesto su arreglo manda una punzada directa a mi vena obsesiva compulsiva. Si mi madre no hubiera utilizado esta casa como una especie de bodega para las cosas de la abuela no habría tenido que pasar por tantas peripecias con la mudanza.
Mamá guardo aquí todo ese tipo de cosas que no pudo tirar a la basura como los papeles o los trastos inservibles. Aquí terminaron los instrumentos de curación más viejos y valiosos de la manada, sus libros y frasco sobre frasco de medicinas que aún no habían caducado. Asimismo los estantes se terminaron por llenar de ropa, tela, y materia de curación natural. Aunado a todo lo que Hamma me dio para que empezara a preparar ungüentos e infusiones.
Estoy terminando de colgar algunas ollas en los ganchos que cuelgan del techo de la cocina cuando las oscuras líneas del hangul en mi espalda se reflejan en los espejos de la ventana. No puedo evitar el impulso que me lleva a ver por encima del hombro buscando ver siquiera unos pocos trazos del tatuaje más rápido que me han hecho en la vida.
Recuerdo como llegue corriendo a casa después de la ceremonia para ver el nuevo y flamante gravado en mi piel. Esperaba encontrar en el espejo las figuras que representan la sanación, imaginaba que serían de un escarlata brillante; pero grande fue mi sorpresa cuando vi que el color en mi espalda era el de un bermellón renegrido. Suspiro y termino de colgar las últimas cazuelas que me faltan antes de por fin ir a dormir, esperando que tal vez mañana sea el día en que la lobreguez decida dejar de sitiar mi poder.
~O~
Dejo mis cosas en la canasta de mi bicicleta y sin darme tiempo de ponerme mis audífonos, me acomodo en el asiento y salgo hacia casa. Estoy en el centro del pueblo; pase la mayor parte del día preparando tinturas en la casa de Hamma, y ya que su casa no tiene relojes visibles, el tiempo se me fue como agua.
En momentos como estos me gustaría vivir más cerca del centro del pueblo, entonces no tendría que hacer un viaje tan largo en bicicleta. Pienso en la opción de pasar la noche en la casa de mis padres, no obstante, no puedo mirar el rostro de mi madre y mentirle descaradamente sobre lo bien que me ha estado yendo. Me hago a la idea que ya estoy a medio camino de llegar a casa así que dejo ese plan para otro día.
Todavía queda algo de tarde por delante, por tanto, decido tomar el camino corto a casa y aprovechar las horas libres para dormir. De niña casi nunca salía de casa, mucho menos para pasear en bicicleta por el pueblo, de ahí que ahora aprovecho cada oportunidad que tengo para usarla. Aunque lo menos que quiero hacer hoy es pedalear hasta casa.
En una que otra calle me detengo para ceder el paso, me acomodo los audífonos y me tomo un momento para encontrar una canción adecuada. Algunas jóvenes me saludan e intento escuchar que dicen; termino por aplicar mi técnica para estos casos, solo sonrió y las saludo con la mano antes de seguir pedaleando.
Ha sido una larga semana y solo quiero llegar a casa antes de que anochezca. Me espera una suave cama y diez largas horas de sueño. No he dormido bien desde que Mi Young ha tenido contracciones falsas toda la semana y ha estado con los nervios por las nubes. Él bebe no la ha dejado dormir a ella y ella a nosotras. No sé cómo es que Hamma puede seguir luciendo así de fresca y seguir siendo igual de paciente después de noches enteras sin dormir.
A estas alturas el agotamiento me deja cansada hasta el punto que siento que ya no lo puedo soportar más...
Doy la vuelta en la esquina de la ferretería y lo último que veo antes de impactar contra el pavimento y que mi bicicleta me caiga encima es el chasis rojo de un auto. Veo casi con enojo la rosada campana en mi manubrio, al final no la use para lo que debía. El plástico de los audífonos se clava en mi oído izquierdo y la música para abruptamente después de que mi celular cayera al piso y el golpe hiciera saltar la batería.
Sé que debo quedarme como estoy o puedo lastimarme al tratar de moverme, por el contrario, mis piernas están en un posición extraña, las estiro y mi piel se raspa contra los rayos de las llantas; con frustración me la quito de encima y mis brazos suplican que no me mueva más. Me arranco los auriculares de las orejas esperando que no se dañaran.
—Diablos, no—escucho un aterrado grito poco masculino acompañado por lo que parece un brazo tatuado emerger de la camioneta y trato de levantarme pero la espalda me está matando. Después del primer intento fallido, ruedo de costado y siento mi cadera tronar. Un agudo chillido de malestar me tapa los oídos y sé que mi inquieta loba castaña también está sintiendo mi dolor.
Agarrando todo la fuerza que tengo a la mano me levanto. El dolor me hace encorvarme y siento como si los huesos se estuvieran balanceando en sus coyunturas. Escucho los crujidos y cuando se detienen tengo la cara húmeda por el sudor y unas pocas lágrimas. Me examino un rato si es que no tengo algo más fuera de su sitio; creo que todo ya está tomando su lugar.
Ese pedazo de imbécil me va a escuchar. Levanto la vista del pavimento y con la vista algo borrosa por el golpe y las lágrimas veo la silueta de un hombre frente a mí. Tiene la cara preocupada, y debe estarlo. Cuando termine con él se va a tener que preocuparse por quien le va a regresar el brazo a al hombro. Mi nariz se frunce por el irritante olor a enojo que destilan mis cortaduras.
Sus manos se posan en mis hombros y siento a través de mi ropa el calor que despiden sus manos; es mucho, aunque no por eso menos agradable. Sinceramente, es agradable como se siente contra mis músculos tensos. Concéntrate.
—Dime cuantos dedos vez—esa voz. Levanto una ceja sin poder creer que esto es lo primero que se le ocurre hacer en un momento como este. Tanteando tomo sus dedos entre los míos y parece como si los estuviera contando. Los rodeo con mi mano y los empujó hacia atrás hasta que jadea de dolor.
—No Jongdae, yo no soy la que no ve—el cuerpo me tiembla mientras empujo hacia atrás hasta tirarlo sobre el pavimento. Él está poniendo una barrera entre mis horas de sueño y yo.
La expresión de Dae se contorsiona como si sintiera mi dolor y parece que va a vomitar. Sé que en un momento como este debería mantener bajo control las chispeantes emociones del lobo, pero al diablo con sus emociones; ¡Me acaba de atropellar! Siento el cuerpo caliente y un pegajoso sudor frío baja por mis cienes. Me mira como si no creyera posible esta situación. Está estupefacto allí, tirado sin hacer nada. Me va a oír ¿Es que no puedo siquiera terminar un día sin incidentes?
Mis rodillas se recienten al estar contra el asfalto. Mis manos caen directamente sobre su pecho y lo tomo con fuerza de la camisa; las uñas se clavan en mis palmas, sé que si aflojo un poco el agarre, mis manos se abrirán por si solas.
—Siquiera di algo—le golpeo el pecho y mi mano no es la única que se queja por el golpe. Mi espalda se hunde y empieza a arder, y no es que la sensación sea desconocida para mí, prácticamente la he sentido desde mi primer día de trabajo.
La piel me escoce tanto como si hubiera pasado horas al sol; no me había dolido así nunca, quema y sé que tengo que dejar que Jongdae se explique pero ya es muy tarde, no puedo dar mi brazo a torcer. Aun cuando el ardor es molesto no es algo que sea imposible de soportar. Y es cuando solo le toma un segundo en que bajare la guardia para que el tatuaje en mi espalda me champe en la cara mis palabras.
El hangul me hace sentir como si acabara de ser marcada por un hierro a rojo vivo y lo único que puedo hacer es apretar dientes por el dolor. Siento como si este quisiera atravesar mi ropa para salir a tomar algo de aire fresco.
Mis manos sobre el pecho de Jongdae pierden fuerza y su cuerpo tiembla bajo mi cuerpo cuando algunas de mis lágrimas caen sobre sus mejillas. Sus ojos abiertos de par en par me traspasan y aparto la mirada con vergüenza cuando sus dedos tratan de quitar las lágrimas que siguen cayendo. Simplemente no quiero que me vea de esta manera.
Su mano pasa por mi mejilla, recorre con la punta de sus dedos mi cuello y cuanto se posa entre mis omóplatos, colapso. Es reconfortante y cálido; es como estar recostada bajo los suaves rayos del sol. Mi cara se frota contra el hueco de su cuello como si fuera un cachorro y toma toda mi fuerza de voluntad no pasar mi lengua por su piel. Es como aire fresco y olorosa madera, es agua dulce y tierna añoranza, es tibieza y confort, no calor abrazante y músculos inflamados...
"Debe ser la contusión, porque él no puede estar oliendo tan bien..."
Estamos en medio de la calle, en una posición que cualquiera que nos vea puede malinterpretar, puede que tenga una lesión y huesos rotos, pero nunca había sentido que algo se sintiera así de correcto. Debe ser el sueño, ya no soporto. Y en este punto cualquier lugar puede ser cama.
"...No, no me voy a quedar aquí. No fui criada para ser una gama débil"
Me cuesta sacar de donde se escondió mi fuerza de voluntad, con lo poco que reuní me pongo de pie con piernas temblorosas y entre todo el ondulamiento de mi visión camino hacia mi bicicleta. Me agacho a levantarla, extiendo la mano y al recogerla ella sigue en el piso. Maldición; trato de tomar el manubrio correcto entre los tres que están rodeados de bruma.
Cuando por fin puedo levantarla sigo caminando. El constante tintineo de la campanilla martillea en mi cabeza, y el balanceo más largo de la rueda delantera ahora convertida en un ovalo me marea.
"Me estás viendo Jongdae, yo puedo seguir sola"—cada respiración me cuesta más que la anterior. Siento como el piso se inclina y sé que voy a terminar con la cabeza clavada contra esa pared que se está acercando.
—No seas necia y solo sube al auto—Dae separa frente a mí y solo volteo para ver que me he alejado de su camioneta escasamente dos metros ¿Enserio? Se sintió como un maratón.
Rodeándome con sus brazos, mis pies dejaron de tocar el suelo. Con un saltito me acomoda sobre su pecho y camina hacia su auto. Sonreí casi sin fuerza, al diablo mi cama, aquí se está muy bien.
—Todo está bien; no es necesario que llores. Te llevare al hospital...— ¿llorar? La verdad ya no sé qué le está pasando a mi cuerpo.
—Hospital n-no...—dije entre hipos siendo apenas consiente del lastimero tono de mi voz. Entre sus brazos, inmóvil siento el peso de los días y el cansancio cae sobre mí como un balde de agua hirviendo, corroe mi piel y me deja siendo una inservible masa de impotencia. Mi corazón esta exhausto de tener que continuar mañana, la incapacidad me llena el cuerpo y escapa por mis lagrimales.
"Solo quiero ir a ca-asa y dormir...solo quiero dormi-ir...—sorbí por la nariz—Dae; lo sient-to mu-mucho—la culpa me invade y empiezo a disculparme—No fue tu culpa, fu-ue mía—lloriquee, un lastimero sollozo deja mi garganta. No entendí su expresión, pero tampoco pregunte por ella—es solo qu-que ha sido una semana horribl-ble y yo solo...quería dormir... Da-ae solo tengo que recostarme, na-ada de hospitales.
—Aja; si te acuestas te dormirás—intento secarme las lágrimas con la manga de mi blusa, pero pierdo la fuerza a medio camino y esta vuelve a caer contra mi pecho. Me guardo las ganas de restregar mis mejillas contra el frente de su camisa.
—Dormir es delicioso—arrastre las palabras como si estuviera borracha y me guardo para mí mi respuesta sarcástica de Sí, ese es el plan, Capitán obvio.
—No si tienes contusión—una de sus manos me palmeo la cara espantando a dura penas el sueño. Era mi imaginación o eso significaba que me tenía contra su pecho solo con un brazo. Santo Dios ¿Qué tan fuerte es? Pienso en mí ensoñosa bruma.
No recuerdo mucho después de eso, unas pocas imágenes por aquí y allá. Mi cara adormilada y pálida reflejada en el retrovisor de su auto, uno que otro golpe en la sien por los cabeceos que daba evitando dormirme, las bajas y casi imperceptibles disculpas de Jongdae por haberme hecho tanto daño y lo cristalinos que se veían sus ojos. El suave colchón contra mi espalda y ser rodeada de esa fría luz azul es lo último que recuerdo antes de que todo se apagara.
~O~
Ha pasado unas semanas desde el incidente y no me he podido disculpar con Jongdae como se debe. Lo he visto algunas veces después de eso y no considero prudente tratar de disculparme frente a otras personas porque se nos puede ir de las manos como la última vez frente a sus hermanos. Termine con el cabello revuelto y las mejillas pellizcadas por las cálidas manos de Dae. En una situación como esa no cabía la seriedad.
Dejando de lado eso, las cosas están empezando a tomar su lugar y de una forma u otra me llevan con ellas. Poco a poco me adecuo a mi nueva rutina aun cuando no he terminado de acostumbrarme a todos estos cambios. Me está costando el dejar el cómodo rol de ser la ermitaña que se encierra a cal y canto en la seguridad de su zona de confort para convertirme en la chica que sale todos los días, visita enfermos, cuida de algunos cachorros de la manda, y saluda a sus vecinos; para variar.
Hace unas semanas empecé a notar como la espalda me dolía más cuando gruñía y crujía los dientes cada vez que tenía que visitar a alguien que no me agradaba y me quejaba, o cuando mis ojos taladraban a alguien esperando hacerle un hueco en la cabeza. Sé que tengo que realizar mis deberes con amor sincero y con interés de corazón pero cuesta mucho y el entendimiento de tener que trabajar más para lograrlo extiende una ola de frescura por mi piel húmeda por el sudor. Mis manos masajean todo lo que tienen al alcance de mi espalda.
Las lágrimas han tomado la costumbre de abandonar mis ojos con suma facilidad que no es extraño el verme a mí misma al borde del llanto después de un día fatigante, una reunión con el consejo o el simple hecho de hablar con los enfermos o las omegas embarazadas. Es desesperante la manera tan sencilla en la que pierdo los estribo y el control de mis propias emociones, como si mi propio cuerpo se rindiera y me estuviera diciendo que esto no está hecho para mí. Mi loba mitad omega mitad gama también lo piensa.
Dejo mi manto en el perchero donde todavía cuelga el bolso favorito de Eunji, el cual no permití que mamá regalara. Hasta la pregunta me ofendió cuando me comento que se lo llevaría para regalar.
A nuestra manera todos tratamos de volver a nuestra rutina, nos ha costado un mundo acostumbrarnos a todas las cosas nuevas. Mis padres me visitan cada tanto y pasan la noche conmigo cada vez que pueden. Aunque me cuesta expresárselos con palabras, adoro ese tiempo que toman para estar conmigo. Con su solo presencia en casa me recuerdan que no estoy sola y si caigo hay personas que me aman dispuestas a ayudarme. Y les estoy sumamente agradecida por ello.
Mamá está detrás de mí cada vez que desordeno algo a lo que ya le encontró un lugar, y a pesar de que la mayor parte del tiempo me desagrada que me riña por eso, sé que si no lo hiciera este lugar estaría patas arriba. Papá siempre esta moviéndose ya sea arreglando el techo, algunos desperfectos en las paredes o ayudándome a encargarme del poco jardín que quedo. Eunji cosechaba sus propias plantas medicinales así que yo trato de hacer lo mismo.
Estoy lavando los platos de la cena, las voces del noticiero de la noche apenas se escuchan por la voz de mamá hablando con Minah en su regular llamada nocturna cuando de repente todo se difumina mientras me pierdo en mis pensamientos. El interés que las personas del pueblo –mi nueva familia– tiene para conmigo derrite poco a poco mis defensas. Todo lo que desprendidamente me dan, me mueve a también actuar de esa manera. Desde niña siempre me costó ver por los demás y no solo por mí. Odiaba tener que estar al frente de un grupo y ver por su bienestar primero que por el mío, era más fácil perderse entre las personas y seguir órdenes. Era más cómodo.
Sin embargo, por más que el símbolo en mi espalda siga ardiendo cada vez que reniego de mis deberes, sé que habrá un punto en el que ya no sea tan frecuente como al principio. Con el tiempo la sensación se ira definitivamente cuando ya que no necesite del recordatorio constante como al principio.
El fuerte aunque por ahora esporádico sentimiento que me hace sentir completa cada vez que termino el día me hace desear sentirlo más seguido, y que el dolor de pies no se convierta en mis quejas constantes hace sentir que está valiendo la pena. Me pregunto si esto era lo que sentía la abuela después de un largo día y solo seguía pensando en que más dar a todas estas personas.
~O~
Hace unos días la tubería del fregadero decidió abandonar este mundo, o eso creí, porque cada tanto revive solo para dejar unos molestos charcos por todo el piso de la cocina. Lo he utilizado a la mitad de su capacidad desde que papá parcho el tubo para que resistiera un poco más. Pasaron unos días hasta que me empezó a cansar eso de llegar a todas partes con la ropa mojada. Solo trataba de lavar los trastes sucios, no de bañar a un rebaño de búfalos.
Así que decidí llamar al teléfono del plomero que hace unos días Minseok me había recomendado después de ver como en una de las reuniones exprimía el dobladillo de mi playera. Decía que era algo caro pero que bien merecía la pena por el buen trabajo que realizada.
Por los siguientes veinte minutos fingí que hacia algo en vez de solo estar parada junto a la puerta esperando al plomero, tampoco es que tuviera mucho que hacer. Así que muy pronto me vi sentada en el brazo del sillón más cerca de la puerta con la pequeña tarjeta de presentación todavía en mis manos. Las palabras Servicios de plomería Jjong-dda ocupa gran parte del pequeño pedazo de cartón, eso y solo unos poco datos como el teléfono y la dirección del local son acompañados con la imperdible frase El trabajo eficaz define nuestro servicio de calidad.
Solo salgo de mi ensimismamiento cuando dos fuertes toques fueron dados a la campana colgada de la puerta me hicieron saltar como un resorte y de un tirón abrí la puerta.
—¿Dae...?—apreté los labios—No te lo tomes a mal, pero estoy esperando a...—y poco a poco la caja de herramientas que no esperaba que Jongdae trajera entra a mi campo de visión y es cuando mi cara se terminó de fruncir en una mueca de escepticismo.
—A un plomero, lo sé...—me miro directamente a la cara y me regalo un brillante sonrisa. Me sentí expuesta bajo su mirada, sobre todo me asusto el sentimiento de desear que esos ojos me siguieran mirando de aquella forma.
"Quiero que esos ojos deseen verme"—en el momento que lo pienso oculto esa deseo en lo profundo de mi mente. No podía volver a darme falsas esperanzas.
Baje la cara y lo único que pude hacer fue voltearme y decirle que pasara. Avance rápido hacia la cocina para poner los suficientes metros posibles entre él y yo. No quiero que vea mi cara de sorpresa, es casi ridículo el que no le preguntara nunca a que se dedica. La verdad es que nunca se me paso por la mente preguntar; creo que el hecho de que trabajara aunque no supiera en que, era algo obvio.
Cuando pensaba en un plomero, la imagen que venía a mi mente era la de un hombre de mediana edad con un amplio overol azul, no la de un veinteañero ataviado en tejanos rasgados y una franela arremangada hasta los codos. La imagen solo parece mejorar cuando recorro cada línea de sus fuertes brazos, como debajo de los tatuajes que cubrían su brazo izquierdo se marcaba un juego de venas que iba desde el codo hasta el dorso de sus manos sosteniendo con fuerza una stillson.
Me senté en la mesa, balanceando los pies de un lado a otro; viendo el matiz lila de las uñas de mis pies como si fuera la cosa más interesante de mundo en vez de ver a Jongdae recostado en el piso de la cocina con la mitad del cuerpo debajo de mi fregadero.
—Seol Hee ha estado hablando de ti, no deja de pregúntale a mi abuela cuando es que puede volver a verte. Le causaste una gran impresión a la pequeña—se medió asoma por debajo de los tubos y su sonrisa se abre paso en su cara hasta que las comisuras de su boca se curvan. Ya no sigas por favor, no la sonrisa de gato.
—En serio, es raro... No, no es que no me agrade—trato de componer lo que dije—Es que es extraño que le agrade a los niños—dejo de ver esa franja de piel que su playera no alcanza a cubrir, y le echo un último vistazo a esa fino camino de bello que se pierde en su pantalón. Busco sus ojos en la sombra que proyecta el metal sobre su cara—Es una niña preciosa...
Un estremecimiento me recorre el cuerpo, tengo un vacío en el estómago que sé que en unos segundo se llamara con el aleteo de decenas de mariposas. Espero los rabiosos regaños de parte de mi gama por comportarme de la misma forma que me prometí no volverlo hacer, pero estos no llegan. La loba al parecer también cayo rendida ante los encantos de un gato.
Así no es como se suponía que pasaría la mañana de mi sábado, no comiéndome con los ojos a Jongdae. Se suponía que terminaría de coser las bolsas de té que le entregaría a los enfermos la semana que viene; pero queda en un segundo y hasta tercer plano cuando veo la manzana de adán de Dae cada vez que traga al beber de la infusión que prepare hace algunas horas. Puedo jurar que en mi vaso hay más baba que bebida.
Después de despedir al plomero, me aferro tanto como puedo a lo que paso en la última hora. Luego respiro un poco de aire fresco; mientras pasan los minutos el ambiente deja de sentirse tan viciado. Aun sentada en la mesa pienso en que ya sabía porque cobraba tanto, si seguía viendo esa sonrisa realmente tendría que pagarle cargos extra.
Con el pasar de las horas y ahora frente al refrigerador buscando un bocadillo de media tarde, la visión de la pequeña cartulina de nueve por cinco centímetros de la tarjeta de presentación –de lo que ahora se es el negocio de Jongdae– me deje inerte en mi lugar a unos centímetros de alcanzar el paquete de galletas que deje la noche anterior.
—Minseok-ah, perverso demonio con cara de ardilla—porque ahora que la presencia de Dae se siente notablemente disminuida a mi alrededor y deja de embotarme los sentidos voy cayendo en cuenta poco a poco de las cosas—Maldito, gran mentiroso... Is ilgi ciri piri vili li pini pir si tribijo, mi trasero; hijo de tu madre... que merece respeto ¡Pudiste siquiera avisarme!—le grito a la nada, queriendo que eso se lleve un poco de mi tensión y me mi vergüenza.
...
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