Acto 1: Capítulo 10

13 de marzo de 1912

(Dos semanas después, algunas horas antes de que Claude se despertara.)

—Elise. Tenemos que hablar —Jean insistió, golpeando la puerta del cuarto de visitas, donde la mujer había pasado a dormir desde su llegada.

Adentro de los aposentos, su amante se sentía desolada.

—No quiero hablar contigo ahora.

—Sé que viste lo que salió en el periódico. Por favor...

—¡No!... No. Mataste a cuatrocientas noventa y seis personas. No quiero; no puedo hablar contigo ahora —se mantuvo absoluta en su respuesta, apoyando ambas manos en contra del marco de la ventana, respirando todo el aire que podía en un fútil intento de tranquilizarse.

Por más que lo deseara, no se podía quitar de encima la congoja que la aplastaba, vil y desesperanzada, como si los dedos incorpóreos de un titán la estuvieran abrazando, listos para cogerla de la tierra y llevarla a una boca de dientes afilados, que anhelaban devorarla.

La situación en la que se veía involucrada le causaba un disgusto superior a cualquier pecado que hubiera cometido en toda su vida; la impregnaba con un miedo tan profundo, que era incapaz de reaccionar con racionalidad.

Días atrás, cuando el sol nacía fiero en el horizonte, vio en la portada de un periódico recién entregado una fotografía horripilante, que impactó su ser con su carácter bélico y conflictivo. En la página, un medio-tono de la iglesia de carbón, hecha ruinas por una explosión, la confrontaba. El texto que la acompañaba narraba un atentado de proporciones inigualables y de crueldad despreciable. En la página siguiente, otro crimen nefasto era descrito, en par con una ilustración del primer ministro, muerto en el suelo de su oficina. Más abajo en el reportaje, un retrato del ministro Chassier, declarado el único testigo directo del supuesto asesinato.


En aquel entonces, ajena a la oculta realidad, nunca se hubiera esperado que el autor de ambos delitos estuviera sentado a su lado, escuchando sus opiniones sobre las respectivas tragedias con una sonrisa culpable, endeble. Nunca se hubiera esperado que su alma gemela, el hombre que amaba, fuera capaz de semejante malicia.

—Elise... tienes que entender que lo que viste es parte de mi trabajo en la Hermandad...

—¿Y EN QUÉ MALDITO TRABAJO TE PAGAN POR MATAR PERSONAS INOCENTES? —bramó, golpeándolo con la intimidante ráfaga de viento de la puerta, abierta sin previo aviso.

Sus ojos deslumbraban, incendiarios. Con una ira erinia, escondía su decepción bajo trueno y tempestad, bajo dientes apretados y labios espumosos.

—Elise...

—¡NO! ¡Nada justifica lo que hiciste! —añadió, zurrando el pecho del criminal con su dedo índice—. ¡Yo conocí a tu mentor! ¡Conocí a Frankie! ¡Y aquel hombre solo estaba preocupado con el bienestar de su pueblo, con el bienestar de la nación! ¡Él nunca habría hecho esto! ¡Ser un ladrón no justifica haber hecho esto! ¡No justifica tener sangre inocente en tus manos!

—Lo siento.

—¡Lo siento no es suficiente! ¡¿En algún momento te detuviste a pensar en cuántas personas murieron por tu culpa?! ¡¿No solo en cuerpo, sino en alma?! ¡¿Cuántas familias destrozaste en el proceso?! ¡¿Cuántos niños crecerán sin padre y madre por TUS acciones desmedidas?!

—¡NO PUEDO HACERLO! —frenó su inquisición, con una agresividad descompasada—. ¡No puedo pensar en víctimas secundarias! ¡No con el trabajo que tengo! ¡Porque si lo hago, estoy muerto!

—¡Tonterías! —negó con la cabeza al cruzarlo, caminando hacia la sala de música.

—¡¿Sabes cuántas personas en esa iglesia trataron de asesinarme en todos estos años?! —la detuvo, irritado—. ¡¿Tienes idea de las atrocidades que me hicieron a mí, que le hicieron a todo el pueblo de Merchant?! ¡¿Acaso sobreviviste a hambrunas, plagas y exterminios masivos?!

—¡SÍ! ¡LO HICE! —se volteó, furiosa—. ¡PASÉ AÑOS EN EL SUR, LUCHANDO POR TU VIDA Y POR LA MÍA! – reveló, para su sorpresa. En seguida respiró hondo, fregó su cara, y usando lo poco que le quedaba de paciencia, continuó:— Ya te lo dije antes, lo diré de nuevo. Yo estuve en la prisión de Isla Negra contigo. Mi padre me encerró ahí, sin que tú lo supieras. Ayudé a Frankie y a los otros Ladrones a que te sacaran de tu celda con vida. Estabas inconsciente, después de tanta tortura. Sé que no te acuerdas de cómo nos salvamos. Sé que, por meses, estabas convencido de que ibas a morir. Sé de todo eso, Jean. Desde lo que te hizo Claude, hasta lo que hizo mi padre... Todo.

Desde la perspectiva de Elise, la información pareció inquietar profundamente a su amante. Sus pies tambalearon, mejillas palidecieron, y la mirada eólica, tempestuosa, que con brío en discusiones adoptaba, se desvaneció a una simple nube de algodón. La mujer supo en instantes, que sus palabras y construcciones habían tocado una herida emocional aún sangrienta, sin cuidados, que el tiempo había infeccionado y dejado corroer por la gangrena. Algo de lo que dijo, o tal vez su todo, logró detener el avance imperial de su rabia, trayendo a la vanguardia una profunda tristeza.

El silencio que siguió su imprevisto cambio de actitud fue absoluto, y la seriedad que enterró su desamparo fue rápida. Como si se hubiera percatado de su desliz, un velo negro cayó sobre la cara de Jean, disfrazando cualquier sensibilidad con una expresión fría, indiferente.

—Si sabes todo lo que pasé en las manos de esos monstruos... —empezó, acercándose—. Dime, entonces... tu padre, el ebrio sádico y pervertido de tu padre... —su voz, acuosa, se agitó con un rencor interiorizado—. ¿Merecía él vivir?

—No. —ella contestó sin pestañear.

—Sus guardias, que golpeaban a los prisioneros con cadenas envueltas en toallas mojadas... ¿merecían ellos vivir?

—No.

—Los jueces, que le seguían el juego por unas putas monedas de oro, ¡¿merecían ellos vivir?!

—No.

—¡¿ENTONCES POR QUÉ PAUL LEVI SÍ?! —rugió, haciéndola encogerse con temor—. ¡¿ACASO NO LO VES?! ¡Ninguno de los bastardos de esa Iglesia merecían vivir! ¡Mataron, torturaron y esclavizaron a millares de ciudadanos miserables, mientras disfrutaban de sus riquezas riéndose de su dolor! ¡Se juntaban a tomar el té con sus porcelanas chinas mientras millones morían de hambre en las calles! ¡Enviaron grupos de exterminio a reuniones sindicalistas, clamando que nada más eran agrupaciones de flojos, siendo que NUNCA pusieron cualquier empeño en su propio trabajo! ¡JAMÁS se importaron por ningún pobre del sur! ¡JAMÁS se importaron por las palabras de ningún obrero! ¡Robaron dinero público mientras familias enteras eran desalojadas de sus casas, sin trabajo, sin crédito, y bajo una economía pésima que ellos mismos crearon!... ¡Merecían MORIR por su omisión!

Elise no lo negaría. Ahora que los explicaba a fondo, sus motivos eran bastante sólidos. Y sí, juzgándolos apenas por sus crímenes, ninguna de las personas que había perecido en esa iglesia merecía estar viva.

—Tienes razón. Tienes toda la razón, ellos eran unos bastardos —alegó, rompiendo con su discurso—. Pero no me refiero a ellos, o lo que hicieron. Me refiero a ti y lo que TÚ hiciste —vino el contraataque que, sin duda, él no esperaba—. Tú no eres un Dios. No tienes el derecho de matar a centenas de personas solo porque en tus ojos y en los ojos del pueblo, los defraudaron. Existen cárceles, existe el exilio y diablos, ¡existe la manipulación!... Con el poder que tienes, sin duda hubieras podido usarlos como peones dentro del gobierno —siguió rebatiendo, sin miedo alguno a represalias—. Mi punto es: no era necesaria, esta matanza... Querías probar que eras mejor que ellos y caíste a su nivel, Jean. Hiciste justamente lo que ellos hubieran hecho... Y lo que más me decepciona, es que nunca esperé eso de ti.

Afectado por su respuesta, el comandante de los Ladrones desvió la mirada.

—No maté a toda esa gente solo por el pueblo, Elise—suspiró, al fin dejando caer sus lágrimas—. También los maté porque me separaron de ti.

La máscara de apatía que Jean usaba se deslizó de su rostro y cayó al suelo.

Elise intentó luchar con su instinto de reconfortarlo, de verdad lo hizo. Pero el amor que por él sentía habló más alto que su razón. 

Poniendo de lado sus conflictos morales, se apiadó de su sufrimiento. Alzó la mano, acarició su mejilla y lo obligó a que la mirara de nuevo. Con increíble perseverancia y paciencia, trató de demostrarle la verdad.

—Nunca lograron separarnos, no realmente... Yo sigo viva. 

—Pero yo no lo sabía...

—Pues ahora lo sabes —detuvo sus lamento—. Y ya no puedes pasar toda tu vida buscando venganza por una muerte que ni siquiera ocurrió.

—Te vi morir... —insistió, sosteniendo su llanto con suma dificultad—. Tú no sabes cómo se sintió... cómo dolió, ser culpado de tu muerte, encerrado por mi propia familia... No tienes idea de cómo sufrí —añadió, regresando a su ira melancólica—. Y sí, maté a esos hombres por ti... Pero también por mí, y por todo lo que pasé...

—Lo sé... de veras lo sé —apaciguó sus ánimos—. Pero no vale la pena hacer esto. No te llevará a nada. Por favor... no sigas ese camino. No vas a lograr recuperar nada de lo que perdiste haciendo sufrir a alguien más...

—Es muy tarde, ya llevo planeando esto años.

—¡No importa!... Jean... —sacudió la cabeza—. No necesitas de esto para vivir, puedes hacer otras cosas...

—No... no puedo —la interrumpió, apartándose por completo de su toque, como si su piel estuviera en llamas—. Dejar mi venganza de lado no es una opción. Defraudar a mis hombres, que por mi honor han peleado, no es una opción. Abandonar la Hermandad y todo por lo que luché, no es una opción. En primer lugar, porque son mi familia, y en segundo... Porque ser un desertor es ser un traidor. Prefiero mil veces ser torturado en una prisión y fallecer como un mártir, que morir siendo un cobarde, desleal a mis principios.

Incrédula a su petulancia, Elise soltó una risa seca.

—Si uno de tus "principios" es asesinar gente inocente, preferiría amar un cobarde.

Entró a la sala de música con urgencia, escapándose de su agarre con movimientos erráticos. Hubiera cerrado la puerta en su cara de nuevo, si su trémula mano no se hubiera estrellado en contra de la madera, implorándole con brutal torpeza que lo escuchara. Con la cabeza baja y semblante decaído, él captó su atención por segunda vez.

—Por favor... espera —rogó, aunque su corazón, desdichado, le gritaba que se quedara callado—. Lo que quiero decir, es que no puedo prometer que voy a dejar mi puesto en la Hermandad, porque no lo haré. Pero... —enfatizó, desgastado por el conflicto—. Puedo prometer que intentaré ser más justo en mi venganza... Y que escogeré métodos más "humanos" para lidiar con la gente que me dañó. Por ti, lo haré.

La mirada de la mujer le atravesó el alma, escéptica a sus cuentos.

Ella no creía ni un poco en dichas promesas. Le resultaban superficiales y vacías. Él, a final de cuentas, era un Ladrón, un criminal eximio y respetado, ajeno a la ley, a las reglas, a las buenas costumbres; mentir era parte de su naturaleza. No podía ignorar este hecho.

Además, si algo su desafortunada vida le había enseñado es que no se puede confiar en aquellos que en ti no confían. Él le había escondido la verdad sobre la Iglesia, sobre la muerte del primer ministro, y sobe Dios sabe qué más. Sin duda, le estaba mintiendo sobre esto también.

Pero, al mismo tiempo que la experiencia la hacía desconfiar de sus votos, su corazón reconocía que él era hombre al que amaba y que nunca, en todo el tiempo que permanecieron juntos, le había roto una promesa. También sabía que él prefería la muerte que verla sufrir. Ya lo había reiterado muchas veces a través de sus actos de sacrificio propio y a través de su inquebrantable fidelidad.

Sin llegar a un consenso sobre qué hacer, resolvió obedecer al afecto y no a la lógica, rezando a los astros que este dictamen no fuera uno del que arrepentirse en el futuro.

—Nunca te olvides que todas las decisiones que tomes en la vida, tienes que tomarlas con esto—depositó su mano sobre su pecho, arriba de su corazón—. Esto es lo que te separa de todos los hombres corruptos de esta nación. Esto es lo que separa a un justiciero de un asesino.

—Lo siento... —él volvió a disculparse, abrazándola con cariño—. Lo siento mucho...

—Lo sé, mi amor... —acarició su cabellera, resignada.

Ella sabía que él le estaba mintiendo y Jean sabía que eso era un hecho.

Pero no lo disfrutaba en lo absoluto; la culpa del engaño lo hundía. De hecho, si era honesto, genuinamente intentó bloquear sus pensamientos nefastos y por un segundo, intentó imaginarse un futuro sin matanzas, sin vendettas, sin cobranzas... pero no pudo. Aún teniéndola cerca, aún seguro de que ella estaba viva, y que toda esta barbarie era innecesaria. Le resultaba imposible creer que todo mejoraría. Le resultaba imposible rendirse. No podía hacerlo.

Su hermano lo había hecho pasar por muchas cosas a las que simplemente no podía perdonar. Y el destino ya le había comprobado que sentarse y esperar por una solución milagrosa, o por la providencia divina, no le resolvería sus problemas. Así que no se quedaría de brazos cruzados viendo la vida pasar. No, él debía vengarse, era la única forma en la que su espíritu agonizante y rencoroso encontraría la paz.

Aunque eso le costase, al final del día, el amor y la compañía de Elise.


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—¡ARGH! —reclamó el ministro de justicia, huyendo de las manos del doctor que le revisaba el corte en la cabeza—. ¡Eso dolió!

—Y le va a doler por unos días más, por lo que veo... —hizo una mueca apenada—. Algunas partes aún no se han cerrado por completo.

—¿Esto me dejará alguna cicatriz?

—Es muy probable. Considerando la profundidad de la laceración, me sorprende que quien le prestó los primeros auxilios no haya decidido suturarla.

—Maldita sea... —Claude volvió a protestar, mientras el médico aceleraba lo más que podía el proceso de limpieza de la herida.

—No se desanime, monsieur Chassier —sonrió su hijo, distrayéndolo de su suplicio—.  Mademoiselle Victorie dijo que a las damas les gustan los hombres con cicatrices—señaló con la cabeza a la joven, que había venido a visitar al ministro junto a él.

—¡Hey! Dije que yo las encontraba interesantes, no que a todas las mujeres de este planeta le gustan.

—Es lo mismo —debatió, recibiendo una irritada levantada de cejas como respuesta—. Bien, no lo es, pero tenga piedad de mí, estoy discapacitado —se excusó, levantando el brazo—. Y las pastillas que el doctor Misvale me recetaron son fuertísimas; el letargo me puede haber mezclado las ideas.

—Claro —ella se rio, girando los ojos.

—No son tan fuertes, monsieur —el profesional respondió, para la diversión popular. —Y no tendrá que tomarlas por mucho más, su lesión ha progresado bastante. En breve ya no necesitará ese cabestrillo.

—Al menos uno de nosotros está mejorando —Claude celebró, sintiendo el hombre aplicarle una especie de ungüento en la frente.

—Esto, votre excellence*, es una crema de cicatrización que yo mismo fabriqué —el médico le explicó, mostrándole al ministro y a sus acompañantes el contenedor cilíndrico de metal donde la almacenaba—. Está hecha de eneldo, aceite de eucalipto y extracto de limas porteñas. Aplíquesela durante siete días, antes de ir a dormir. Ayudará a evitar infecciones y hará con que este corte se sane más rápido —terminó de hacerle las curaciones, cubriendo su frente en gasas—. ¡Y listo! Es usted un hombre libre. No veo más motivo para que permanezca otra noche en este hospital.

—¿Habla en serio? —el político cuestionó.

—¡Muy en serio! Sus reflejos están funcionando, su letargo ha disminuido bastante desde que despertó y todas sus otras lesiones ya se han sanado mientras estaba en su coma.  Aún no está completamente sano, pero está fuerte lo suficiente como para regresar a casa. Y como sé que usted tiene muy malos recuerdos de este lugar, le doy mi permiso para completar el resto de su rehabilitación en su hogar, ambos como doctor personal de la familia Chassier y como doctor residente del Hospital. Sé que se sentirá mejor allí... así que puede irse. Hoy mismo, si desea.

—Al fin... —exhaló, aliviado.

—Si quieren puedo solicitar un carruaje para el traslado...

—No será necesario —lo interrumpió Marcus, entrando de sorpresa a la habitación—. Gracias de todas formas, doctor Misvale —añadió, sacándose el sombrero—. Si no les es de mucha molestia, ¿me podrían dar unos minutos a solas con el ministro, por favor? Tengo un asunto urgente que tratar con él.

—Sin problemas —el médico accedió, afirmando con la cabeza—. Lo visitaré mañana por la tarde, para revisar su hombro. ¿Le parece, monsieur?

—Sí, doctor. Muchas gracias por la atención, como siempre —le dijo, antes que el hombre le sonriera con educación, se despidiera y saliera puerta afuera.

—¿Monsieur André, me acompañaría a comer algo? —Victorie preguntó, levantándose de su silla—. Escuché a una de las enfermeras decir que hay un nuevo café a unas pocas cuadras de aquí y quiero ir a visitarlo, a ver si es tan bueno como dicen...

—No tengo mucha hambre en verdad —él respondió con un tono rígido, dejando claro que quería quedarse.

—André...

—Mademoiselle Lavoie, déjelo —Claude contestó, más defensivo de lo que esperaba. Notando el retroceso de la muchacha, se regañó mentalmente y atenuó su voz:—Perdón, pero tengo la convicción de que lo que Marcus viene a decir nos incube tanto a mi, como a mi hijo. Lamento de verdad ser tan descortés y pedir que se retire sola...

—No está siendo para nada descortés, monsieur —la muchacha lo calmó con una sonrisa gentil.

—Mademoiselle Victorie solo quería que parara de entrometerme en sus asuntos —el escritor sonrió, mirándola con cariño.

—Eso no es cierto.

—Hm —asintió con incredulidad, solo para irritarla—. Voy a fingir que le creo.

Victorie hizo una mueca de desapruebo, sacudiendo su cabeza ante su comentario.

—En fin, les deseo a todos un buen viaje a casa, y a usted, ministro, una buena recuperación. Si me disculpan, me iré al café Paradis —agarró su bolsa, que estaba colgando de la silla y se arregló el vestido, alisando la tela con cuidado—. Comprobaré si los rumores que oí son ciertos y si ese lugar realmente tiene las mejores tartas de manzana de Carcosa.

—Cuénteme los resultados después, tal vez así pueda ir con usted la próxima vez que nos veamos —André sugirió, enrojeciendo a la muchacha.

—Pues claro, no me olvido que usted aún me debe un encuentro —ella lo sonrojó de vuelta, flechándolo con su encanto—. Hasta pronto caballeros.

Mientras los dos hombres más viejos se despedían cordialmente, con actitudes serias y taciturnas, el joven le regaló una sonrisa tímida, torpe y adorable, que certificó, sin pretensiones, lo enamorado que estaba. Con ternura, le dijo su adiós.

—¿Qué pasó ahora? —La voz de su padre cortó el aura de romance que sentía al medio con su aflicción.

—Muriel Walbridge —Marcus bufó, molesto.

—¿Y quién es ese?

—El secretario del fallecido ministro Paul Levi —el político explicó, antes de volver a dirigirse a su amigo—. ¿Qué quiere?

—Bueno, él no quiere nada. Pero, estaba revisando algunos procedimientos legales hoy por la mañana, cuando me acordé de que la Ley lo obliga a quererlo.

—No te sigo.

—Claude, ¿qué pasa cuando un ministro muere?

—El secretario se hace cargo del puesto temporalmente, hasta que se llamen las elecciones... — se percató, su semblante ceñudo reemplazado por exasperación—. ¡MALDITA SEA! —gritó, golpeando a la cama con toda la fuerza que tenía.

En seguida sintió un puntazo en su brazo y el dolor lo paralizó por completo, obligándolo a relajarse. Sus dos acompañantes, sobresaltados, apenas tuvieron la oportunidad de reaccionar.

—¡Claude, por Dios! ¡Mantén la calma! ¡Tú mismo lo dijiste, el secretario maneja el cargo de forma temporal, hasta que haya una audiencia para elegir al nuevo representante! ¡Aún podemos detener esto!

—¡YA ES TARDE MARCUS! —rebatió, desesperado—. ¡Él tiene el poder del estado ahora! ¡Puede hacer lo que quiera hasta las votaciones! ¡Y se puede lanzar como candidato para ser el nuevo ministro! ¡Así me eligieron a mí! ¡¿De verdad crees, conociendo a ese bastardo, que él no lo intentaría?!

—¡Claro que lo creo! ¡Pero no es tiempo de entrar en pánico!

—¡TENEMOS A UN ASESINO COMO PRIMER MINISTRO POR TIEMPO INDETERMINADO! ¡¿CÓMO QUIERES QUE NO ENTRE EN PÁNICO?!

—¿Ese tal Walbridge es un asesino? —André preguntó, cómo tantas veces esta semana, confundido—. ¿De quién? ¿Del ministro Levi?

—Claude —El jefe del departamento de policía lo reprochó—. Tienes que decirle la verdad.

—Esperaba hacerlo en mi casa, ¡al menos ese privilegio quería tener!...

—Ahora —lo cortó, cruzando sus brazos.

—¿DECIRME QUÉ? —el escritor al fin explotó, levantándose de su asiento con un salto.

Su padre lo miró a los ojos, profundamente fastidiado.

—Muriel Walbridge es el hombre que mató a tu madre.


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Jean la miró desde la ventana de su escritorio, reflexivo.

Sentada en una de las bancas del jardín, una atribulada Elise observaba a horas la colosal fuente del centauro. Con una expresión neutral, ensimismada, no era capaz de removerse de su transe. Algo en su cabeza la incomodaba con ardor y él sabía perfectamente qué.

Sin embargo, por más que quisiese tranquilizarla, no podía siquiera tocar el tema de su venganza, al menos no por ahora. Aquel era un acuerdo no discutido entre ambos, pero aceptado por las dos partes. No se querían pelear de nuevo, ni interrumpir la tranquilidad que con continuo esfuerzo habían logrado restaurar.

Aun observándola desde la cima, el criminal respiró hondo. Se sentía culpable de causar su actual desánimo y sabía que algo debía hacer para reparar el daño. Saliendo de la habitación y bajando las escaleras, él pensó en un tema de conversación para distraerla, que no se vinculara a sus actividades "laborales".

Pese a sus intentos de encontrar un asunto casual y liviano sobre el que discutir, sólo una pregunta, problemática y difícil, surgió en su cabeza. ¿Cómo había fingido Elise su muerte?

Ya en los exteriores de la mansión, siguió el camino hacia la fuente,  clavando sus ojos en la bella Venus que lo aguardaba. Su cabello estaba parcialmente recogido en la cima, con algunas mechas cayendo libres por su espalda. Llevaba puesto un vestido rojo, acompañado de un grueso pañuelo negro, extendido sobre sus hombros.

Aquel era apenas uno de los variados diseños que Jean le había encomendado a su sastre, la semana de su regreso. Elise había llegado a su casa con tan solo la ropa de su cuerpo. Cuando le preguntó sobre sus pertenencias, en la primera cena que tuvieron juntos después de décadas, ella alegó haberlas dejado en un hotel, en el centro de la ciudad. En la mañana, fueron a buscarlas, y él se dio cuenta de que sus "pertenencias" eran en verdad tan solo un puñado de trapos desgastados y remendados, un par de zapatos, y un abrigo de lana que ya había visto días mejores. Entristecido más allá de lo que sus palabras podrían expresar, él se hizo cargo de que dejara aquella miseria atrás. En seguida, llamó al señor Brodeur y le dijo que no midiera ni dinero, ni recursos para complacerla. Al ver sus vestidos, nuevos y terminados, la mujer se desató en lágrimas, y él no pudo evitar hacer lo mismo.

—¿Apreciando el jardín? —inquirió Jean, sentándose en la banca.

Elise, ganando un poco de vigor al verlo, le sonrió, examinándolo de pies a cabeza. Aquel día llevaba puesto una camisa blanca de cuello redondeado, bastante bien planchada, acompañada por una corbata de rayas. Su pantalón y chaleco eran marrones. Sus zapatos, más caros que todo su atuendo combinado. Su cuerpo, de músculos cincelados, estiraba la tela de las prendas a su límite, y la mujer no negaría que aquel detalle era de un atractivo excepcional.

Pero, a la vez que se sentía encantada por su belleza estética, también reconocía que aquella no poseía el mejor de los orígenes. Sabía que su transformación de muchacho endeble y flacuchento a hombre robusto e intimidante no había sido saludable, o llevada a cabo por buenas razones. Había sido producto directo de dos décadas de torturas, encierros, altercados, de un esfuerzo físico absurdo, de entrenamiento constante, de dolor, sufrimiento, de un deseo de supervivencia inquebrantable.

—Algo por el estilo —la dama contestó luego de algunos segundos—. Más bien intento entender por qué tienes una fuente con un centauro en medio de él.

El criminal se rio, encogiendo los hombros.

—Sabes que a mí me gustan las metáforas.

—¿Y un centauro sería una metáfora de..?

—Él es Chiron, su rey... —apuntó a la estatua con su bastón—. Leímos sobre él una vez, mientras ojeábamos un libro de mitología griega en tu antigua casa...

—Eso... es cierto. — concordó, sorprendida—. Vaya, se me había olvidado de aquella tarde.

—No te culpo, fue hace mucho tiempo.

—Demasiado tiempo —añadió con un tono triste, antes de sacudir sus pensamientos y seguir con sus indagaciones—. Entonces, ¿qué pasó? ¿Te comparaste con Chiron y tus "empleados" con los otros centauros?

—Oh no, yo no... Mi arquitecto lo hizo.

Elise volvió a sonreír, negando con la cabeza ante su falsa pretenciosidad. La brillante constelación que se apoderó de sus labios hizo el corazón del criminal palpitar. Verla feliz era un logro tan hermoso, tan celestial, que por un minuto se olvidó de todos los problemas que lo plagaban, de toda la asquerosidad del mundo carnal y de sus viles tribulaciones. Por un breve instante, raro y fugaz, el pecador se dejó deslumbrar por la belleza del ángel que lo acompañaba.

—Extrañaba esa sonrisa —afirmó, permitiéndose ser sentimental. 

—Y yo te extrañaba a ti —la dama respondió, llevando su mano hacia su mandíbula, acariciando su piel con su pulgar.

Sus ojos conversaron en un silencio tranquilo. Él, admirando su boca con deseo; ella, fascinada por las chispas verdes, azules y amarillas que adornaban sus iris.

En medio aquel delicado intercambio, sus hombros se acercaron y sus rodillas se tocaron, con inocente timidez. Al mismo tiempo, sus dedos se deslizaron con titubeo hasta encontrarse, entrelazándose con delicadeza sobre sus piernas.

Años atrás, la escena sería ridícula. Años atrás, la intimidad que alcanzaron se reiría de la sutileza del momento. Pero habiendo pasado tantos días, meses, décadas, separados, la lentitud y suavidad de sus movimientos era necesaria. Volver a conectar la cinta que amarraba sus corazones era una tarea esencial para el renacimiento de su romance, del amor que los unía. Ambos sabían que el proceso sería demorado, pero no le temían a la espera. Por tanto tiempo se habían resignado a aguardar por la muerte pensando que jamás se reencontrarían en vida, paciencia para vivir era algo que les sobraba.

—No te lo iba a decir, pero ya que estás siendo tan amable desde nuestra discusión, creo que lo mereces oír.

—¿Hm?

Ella lo ojeó con picardía.

—Envejeciste como un vino.

Él se rio, sorprendido por la respuesta.

—Bueno, tú sigues siendo tan hermosa como siempre fuiste —coqueteó de vuelta, atreviéndose a besarle a mejilla.

—Gracias por el cumplido... —se sonrojó, sin hacer el mínimo intento de disfrazar sus nervios—.  Pero debo añadir algo y es urgente; esa barba de cabra tiene que irse.

Por primera vez desde que había regresado, escuchó a Jean carcajear con fuerza y entusiasmado, con un genuino buen humor.

—No es tan mala, vamos... —intentó defenderse, dejándola arrastrar sus dedos sobre el espeso pelaje que crecía en su mentón.

—Nunca dije que era mala, solo creo que te hacer ver más...

—¿Sabio?

—Viejo —lo cortó, sincera.

—Puede que tengas razón y por puede me refiero a que la tienes —se disculpó por adelantado, antes de alzar las cejas—. Pero si me saco la barba, ¿supongo que también tendré que cortarme el cabello?

—De hecho, no te lo recomendaría... te ves bien así.

—¡Ah! —exclamó, fingiendo indignación—. ¿No te gusta la barba, pero sí el cabello?

—¡Con esa barba te pareces a Napoleón III! —respondió, antes de disolverse en risas junto al hombre, quien apenas se encogió de hombros, continuando a conversar con casualidad.

Rodeados por el canto de los pájaros y por el dulce sonido de la fuente, no percibieron cuanto tiempo pasaron hablando bajo el sol, intercambiando chistes ingenuos, girando los ojos con sarcasmo, escuchándose el uno al otro como si nada más en el mundo importara, como si nada más tuviera sentido o importancia.

Jean solo se recordó del real motivo de su aparición al oírla mencionar una anécdota sobre sus largos años en el sur, entrenando y trabajando para las Asesinas de Merchant. Cuando ella reveló su amistad con Linda Stix —la respetada comandante del grupo—, él apretó sus dientes, volviéndose inquieto, preocupado. Aunque ambas facciones criminales tuvieran una excelente relación en el presente, lo mismo no podría decirse sobre el pasado. Elise, por suerte, percibió su agitación y le aseguró que se había apartado del grupo en buenos términos, con el permiso de sagrado de la comandante, y que no debía temer a una posible quiebra de su pacto de paz. A final de cuentas, su alianza seguía beneficiando a ambas facciones de igual manera.

El Ladrón entonces exhaló con fuerza, sintiendo un peso siendo levantado de encima. Antes de que ella pudiera seguir hablando, él apretó su mano, pidiendo que le cediera el turno —algo que hizo sin hesitar—.

—Elise... ya que estamos hablando sobre tu pasado...

—Dime —lo incentivó a hablar, comprensiva.

—C-cómo... —su voz se le quebró—. Cómo lograste...

Cabizbajo, él suspiró. No sabía por dónde empezar, o cómo continuar. No sabía qué decir, cómo decirlo, ni siquiera sabía si debería decirlo, en lo absoluto. ¿Cómo se supone que le preguntas a alguien cómo fingió su muerte por más de dos décadas?

—Sabía que me preguntarías eso —ella se desinfló.

—Todavía no he dicho nada.

—No necesitas hacerlo —agregó, entristecida—. Te conozco, Jean-Luc, y tu rostro no es tan estoico cómo crees. Al menos no para mí... Supe a lo que venías cuando llegaste.

—Lo siento.

—No, no... está bien —besó su mano, conforme—. No te culpo por estar curioso... —insistió, respirando hondo—. Es natural que quieras respuestas, que quieras entender cómo me "morí".

—Necesito saber la verdad —soltó su confesión, exhausto—. Pero si te incomoda hablar sobre ella, encerramos este tema aquí y nunca más digo nada al respecto —juró con omnímoda lealtad—. No te quiero incomodar... No después de todo por lo que has pasado.

—No lo haces —ella aseguró con tranquilidad—. Además, en algún momento tendré que revelar mi historia de todas formas... y creo que es mejor hacerlo ahora, ¿no?

—Cariño puedo esperar el tiempo que quieras. Puedo hasta olvidar el pasado, si es que me lo pides. Sólo no quiero que te sientas obligada...

—Puedo hacerlo — reiteró, antes de cerrar los ojos y respirar hondo, tan nerviosa como un gladiador a punto de entrar al coliseo—. Quiero hacerlo; solo, por favor... ten paciencia mientras te explico todo...

—Claro —murmuró, cariñoso—. Toma el tiempo que necesites.

Las dulces palabras de Jean lograron calmarla un poco. Él le dio un apretón gentil a su mano, asegurando que estaba a su lado, que la apoyaría sin importar lo que le dijera. Solo entonces, logró abrir la boca:

—Fue un día después de que le pedí la separación a tu hermano, cuando todo empezó...

La mujer entró al despacho del ministro con la furia de un huracán. Claude, con un vaso de whisky a medio beber en la mano y con los ojos fijados en algunos papeles que estaban arriba de su escritorio, rápidamente se dio cuenta de su presencia.

Elise...

Antes de que pudiera lanzarse a sus pies e implorar su perdón lo que se había acostumbrado a hacer, todas las veces que se veían, ella le lanzó a la cara cuatro palabras que destruyeron, sin ninguna piedad, el agrietado castillo de arena que era su relación.

Quiero separarme de ti  el rencor en sus palabras era notorio—. Tú eres el ministro de justicia maldita sea, tú descubre el cómo, pero yo no quiero y no voy a seguir siendo tu esposa.

Hablemos un poco...

¡NO! ¡YA ESTOY HARTA DE HABLAR! ¡DECÍAS AMARME Y TE LANZASTE A LA PRIMERA MUJER QUE SE TE VINO ENCIMA!

Liz, cálmate por favor. Déjame explicarte....

¡Nada de lo que digas que me hará cambiar de opinión! ¡No hay nada que explicar!... ¡Eso ya lo dice todo! apuntó, colérica, a un periódico que estaba arriba de la mesa, titulado: "Ministro de justicia y su amante atrapados en flagrante acto por su esposa"—. Yo desisto... Adiós, Claude Chassier.

¡ELISE! él saltó de su silla, rodeó el escritorio, y agarró el brazo de su mujer.

Suéltame.

No antes de que me dejes hablar...

En ese preciso momento, Jean abrió la puerta. De cabello bien corto y barba ausente, su delgada complexión contrastaba bastante con la del ministro mucho más corpulento y musculoso. Aún no tenía cicatriz alguna sobre la cara, solo unos anteojos metálicos y redondos, que se apoyaban de la curva prominente de su nariz con precariedad.

¿Todo bien aquí? él le preguntó, ignorando por completo a su hermano.

Sí Jean. Te dije que esperaras afuera Elise contestó, sacándose el sacudido cabello de la cara.

¿Qué haces aquí?

Yo escuché el gritarío y decidí entrar; ¿estás segura que estás bien?

Sí... Yo y tu hermano solo estábamos conversando respondió con cierto desprecio, dándose la vuelta para encarar a su pronto ex marido—. ¿Supongo que ahora me dejarás ir?

Sin alternativa a no ser obedecer, Claude soltó su brazo con una expresión miserable – la cual ella ignoró con plenitud. Se marchó callada junto al muchacho, sin encontrar fuerzas en su ser para decir siquiera un adiós.

— Pero eso fue once meses antes de tu... muerte —Jean la devolvió a la realidad.

—Lo sé, déjame continuar...

—Sí, sí... perdón.

—Al día siguiente, mi padre se enteró de lo sucedido. Él temía lo que el divorcio le podía hacer a él, su reputación y sus planes... así que me amenazó.

Caminaba tranquila por la estación de Reordan cuando fue abordada por un hombre viejo, barbudo. Su apariencia desajustada le llamó la atención, pero fue la cantidad asustadora de alcohol presente en su aliento, lo que le confirmó su identidad.

Padre... lo miró, irritada—.Que sorpresa...

Cállate. Solo cállate y escúchame. él ordenó, agarrándola del brazo con bruta fuerza—. ¡Sé lo que piensas hacer, pero no lo harás muchacha!

¿Y qué sería eso?

¡Separarte de Chassier, pues claro!

Es mi decisión.

Y es mi fortuna. No pienses que permití que te casaras con ese idiota solo por tu estúpido corazón enamorado. No... cuando él te pidió matrimonio fue la oportunidad perfecta para conseguir todo lo que siempre quise... ¡y tú no la vas a tirar a la basura!

¡No soy tu propiedad! reclamó, soltándose de sus manos.

—Y es ahí donde te engañas... Siempre fuiste y siempre serás mi propiedad Aurelio declaró con voz tambaleante e imprecisa —. Ahora escúchame, chica insolente... Si te separas de Claude Chassier, lo mataré a él, a su hermano y a sus padres.

¿Ya no te bastó amenazar a Jean? ¿Ahora me estás amenazando a mí?

No te amenazo, solo te aviso.

¿Acaso no ves que no te tengo miedo?

Pues deberías.

Negando con la cabeza, ella aprovechó su torpeza alcoholizada para empujarlo lejos de sí y salir corriendo, desapareciendo entre la multitud con pasos acelerados, determinados a huir.

—Aunque nunca te lo dije, fue por ese encuentro que pedí que nos cambiáramos definitivamente al Puerto de Levon. Seguro, tendríamos que dejar todos nuestros sueños y negocios atrás, pero creía que estando allí, él no podría dañarte... Fui demasiado ingenua —exhaló con culpa —. Y claro, en ese entonces, también pensé que Claude tampoco saldría herido, estando rodeado de guardias, con una posición privilegiada en Las Oficinas. Pero no lo estaba. Su escolta no servía de nada.

—¿A qué te refieres?

—Debes acordarte que en el día en que le di a luz a André, él sufrió un accidente con su carruaje.

—Sí, sí. Se quedó cojo de una pierna, igual que yo.

Ella inclinó su cabeza, con una expresión de profunda desilusión.

—¿Adivina quién estuvo por detrás de eso?

Él pestañeó un par de veces, antes de que sus ojos se abrieran por completo, pasmados.

—Aurelio.

—Sí, y no solo eso. La muerte de tu padre también fue responsabilidad suya.

—Lo suponía — Jean frunció el ceño, sacudiendo la cabeza—. Al menos ahora sé por qué lo abandonaste todo. No fue solo por el embarazo, fue para escapar de Aurelio.

—Exacto... bueno, empezó por el embarazo y lo de mi padre solo aumentó mis razones de quedarme por allá— ella onfesó, suspirando—. Pero ya en los últimos meses sabía que no podría esconderme para siempre de él. Tu padre estaba muerto, tu hermano estaba en el hospital... Yo sabía que el próximo en ser atacado serías tú —mordió su labio inferior, hesitando sobre contar o no la siguiente parte de su narrativa—. Así que hice un acuerdo.

Hubo una pausa significativa en su conversación, en donde Jean se vio inseguro de querer continuar hablando.

—¿Elise?

Ella miró al suelo, siendo evidente el dolor que sentía, y que en vano intentaba vencer.

—Dame un minuto...

Cerró los ojos, acordándose de la incómoda conversación que tuvo con su padre, a tantos tormentosos años atrás. Fragmentos de imágenes y memorias se infiltraron en su mente y antes de que pudiera detenerse, ya le estaba contando toda la absurda y enferma verdad.

¿Qué quieres de mí?

Quiero que estés muerta.

—Fingí mi muerte. Para que tú y mi hijo no fueron asesinados, lo hice... Con mi muerte, mi padre se volvió el propietario de mi restaurante, se quedó con mi fortuna... y tuvo la vida que siempre quiso. —confesó, acongojada. —Pero créeme, no tenía idea de que él haría lo que hizo contigo. No sabía que iba a culparte de mi supuesto asesinato, no sabían que te encerrarían... Que me encerrarían... Caso contrario... —se tragó su amargura, en una constante batalla interna. — Nunca, jamás hubiera aceptado ese destino. Para ninguno de nosotros.

Llorando, se quedó quieta, callada, esperando una respuesta de parte de Jean —que nunca llegó—. Temiendo lo peor, miró con hesitación hacia su amado, ahorcada por la aflicción y por el arrepentimiento, suponiendo que él la odiaría, que la culparía por todos los tormentos que tuvo que sobrevivir. Pero, como siempre, su amabilidad la sorprendió. En vez de dejar la ira consumirlo, en vez de descargar su odio sobre ella... Él la abrazó. No se quejó, reclamó, o exaltó en ningún momento. Simplemente la abrazó.

—Lo lamento t-tanto....

—El que debería decir eso ya está muerto, tú no hiciste nada malo —él declaró, besando el costado de su cabeza—. No tienes culpa de nada, ¿ya?... Nada.

Ella asintió, hundiéndose entre sus brazos, inhalando el reconfortante aroma de su perfume. Cuando recobró sus fuerzas para levantar la cabeza y hablar, fue con una voz húmeda, exhausta.

—También tengo que contarte lo que pasó en Isla Negra... —se apartó un poco de su torso, para continuar con su explicación—. Después que hui de la celda donde mi padre me tenía presa, ayudé a Frankie a escapar de ahí, junto a los otros prisioneros. Ninguno de nosotros estaba dispuesto a irse sin que tú vinieras junto, así que empezamos a revisar la prisión de arriba abajo, hasta que te encontramos junto a André en la enfermería, bajo custodia de mi padre... Lo confrontamos y logramos rescatar a ustedes dos, pero él huyó... Y yo sabía que regresaría para matarte, más temprano o más tarde —se detuvo, limpiándose las lágrimas—. Yo tenía que asegurarme de que él no te encontrara... Tenía que asegurarme de que  tú y mi hijo quedarían a salvo... Así que le imploré a Frankie que no te dijera que yo seguía viva, que los cuidara, que los protegiera en mi lugar... y pasé los últimos veinte años en las sombras, peleando en su contra.

—Siempre sentí que había alguien observándome —murmuró—. Todas las veces que alguna reunión de los Ladrones iba mal, o que me veía preso en una trampa... Alguna fuerza superior me ayudaba a escapar con vida —él pestañeó, perplejo—. Pensé que era un ángel, o tal vez buena suerte, pero... eras tú —besó su mano, emocionado—. Todo este tiempo... eras tú.

—Sí... —ella confirmó con una sonrisa triste—. No podía decirte que estaba viva, no mientras él siguiera intentando matarte. Me intentarías proteger y saldrías herido de todas formas —Jean no pudo ir en contra de aquel argumento; reconocía que era verdadero—. Pero cuando descubrí que Aurelio había muerto... Que tú lo mataste... Fue el mejor día de mi vida, con toda sinceridad. Estaba tan feliz... No tienes idea. Luego de tanto tiempo luchando, corriendo, huyendo... Al fin pude salir de las sombras para encontrarte. Para decirte que nunca dejé de amarte, y que al fin éramos libres para retomar nuestras vidas y revivir nuestra felicidad —llevó una mano hacia detrás de su cuello, enterrando sus dedos en su cabello—. Y mira... lo logramos. Estamos juntos otra vez.

—Elise... —él balbuceó, apenado—. Estoy sin palabras. De verdad, no sé qué decir...

—Solo abrázame... —imploró—. Eso es lo único que necesito ahora.

—Ven aquí—le concedió su deseo, dejándole claro, apenas con la intensidad de su mirada, que nunca, jamás, tendría que apartarse de él. Se inclinó hacia adelante, la besó y envolvió su cuerpo con sus brazos, dejándola acurrucarse en contra de su pecho—. Me salvaste la vida más veces de lo que podría decir... Pero ahora ya no tienes que temer. Nada nos pasará y nadie nos volverá a separar... Lo prometo.

—Gracias —suspiró al fin, completamente exhausta—. Te amo Jean-Luc.

—Yo también — él le respondió, profundamente enamorado—. Yo también.


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*"Votre Excellence": "Vuestra Excelencia" en francés.

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