65. El laboratorio del clóset

—¡Quita esta cosa de mí! ¡Quítala, Kansas!
—Cállate antes de que Bill te escuche. —Busco mi camiseta debajo de la cama.
Hay mucho polvo, tengo que barrer.
—¡¿Cómo quieres que me calle si tengo un arácnido paseándose por mi órgano viril?! —chilla horrorizado—. Esta cosa es la especie más grande de la familia licósidos, se dedica a comer cucarachas, saltamontes y hasta roedores. ¡Podría acabarse a Ratatouille de un bocado!
Encuentro la prenda y la sacudo antes de pasarla sobre mi cabeza. Cuando me incorporo Malcom tiene la espalda pegada a la cabecera de la cama y las piernas totalmente rectas. Lo único que mueve son sus ojos que van de un lado a otro a una velocidad tan rápida como con la que su boca se abre y cierra diciendo un centenar de palabras por minuto.
—¡Es doméstica, no te hará daño! —Me exaspero—. Pero, ¿sabes quién sí lo hará? El tipo que duerme al final del pasillo. Baja la voz.
—¿Se supone que eso debe calmarme? —farfulla entre dientes—. ¡Quita esta araña de mi pene, ahora! Me siento víctima de una desfloración, esto es una profanación a mi persona.
De acuerdo, esto no está saliendo muy bien.
Me gustaría decir que despertar entre los brazos del inglés fue algo placentero, y sí, lo fue, pero solo los primeros cinco segundos. Empezó a reírse y me dijo que era insaciable. Le respondí que no lo estaba tocando ahí abajo y el color se drenó de su rostro mientras levantaba las sábanas para encontrar a un pequeño animal aferrado a su miembro.
No debería haber mantenido a la tarántula en mi habitación.
En Halloween tenía la intención de hacerle una broma con la araña, pero como terminamos en el Jeep haciendo cosas no aptas para todo público pospuse mi plan. Le había pedido a Jamie que llamara a su primo Héctor, quien trabaja en una tienda de mascotas, con el objetivo de alquilar al arácnido por una noche. Sin embargo, me lo quedé un poco más de lo necesario. Ahora tendré que pagar extra.
—Tranquilízate, encontraré su jaula.
—¡Terrario, no jaula! ¡Se llama terrario, Kansas!
—Ni con una tarántula sobre tu maldita cosa puedes dejar de decir palabras que nadie conoce —me quejo al recoger el rectángulo de cristal debajo del escritorio.
Puedo jurar que cerré la tapa tras darle de comer la última vez.
—No es mi culpa que seas una ignorante respecto a los términos propios de la terrariofilia —Sus fosas nasales se abren y cierran con frenesí—. ¡¿Por qué tenías una araña en tu cuarto? ¿Estás...?! —La oración se desvanece en la punta de su lengua en cuanto se oyen golpes desde la puerta.
—Kansas, ¿qué diablos estás haciendo? Deja de chillar como una niña, ya tuve suficiente con Zoe gritándome que le traiga más de esa insípida gelatina de hospital toda la madrugada. —La voz de mi padre me petrifica a medio camino de la cama—. Esa cría tiene más apetito que todos mis jugadores juntos.
Mis ojos se deslizan hacia el muchacho desnudo, que contiene la respiración. Sus globos oculares están a punto de salirse de órbita al observar con fijeza la puerta, rezando para que no la abran.
—Es que hay una araña en la pared, eso es todo —miento y me llevo el índice a los labios en cuanto noto que Malcom tiene intención de hablar.
—Está caminando —susurra al apretar los párpados con fuerza y tragar con dificultad—. Creo que padezco de aracnofobia y también que me voy a desmayar. La falta de oxígeno...
—Ni se te ocurra quedarte inconsciente justo ahora, Beasley —advierto tan bajo como puedo.
—¿Una araña? —pregunta Bill desde el otro lado de la puerta—. Tú nunca tuviste miedo de ellas, ¡Timberg le teme a las arañas! —Se oye un ruido que soy incapaz de descifrar—. A las hormigas, grillos... ¡de seguro le teme hasta a su propia madre! —Ríe—. Llegarás tarde a clases, déjame matar a esa pequeña y jodida... —Corro hasta la puerta al percatarme de que lo que acabo de oír era mi padre quitándose un zapato.
Sin embargo, para mala suerte del número veintisiete no llego a tiempo.
Me quedo petrificada en mi lugar con el terrario entre las manos cuando el entrenador entra con la zapatilla deportiva en alto como un arma. Queda helado. No pestañea ni respira, ¿seguirá vivo?
El calor se agolpa en mis mejillas. Qué incómodo, deseo que la tierra se abra en dos y me succione hasta estar cara a cara con Hades.
Debo dejar de ver Hércules con Zoe.
Los ojos del coach se deslizan desde la ropa desparramada en el suelo hasta las sábanas arrugadas. El músculo de su mandíbula salta al ver la desnudez de su jugador y, a pesar de que sé que acaba de notar la tarántula posada en la entrepierna de Malcom, es lo que menos parece preocuparle.
Beasley está pálido y mudo, al borde de que se le baje la presión. Aunque no sé si es por la araña o Bill.
Estoy lista para inventar una excusa cuando mi progenitor se me adelanta:
—Hoy estaba feliz —dice tan tranquilo que resulta inquietante—. Tengo puestos mis pantalones favoritos, desayuné un gran tazón de cereal con leche, los Chiefs juegan mañana y estaba a punto de salir a trabajar y gozar de gritarle a Timberg. —Malcom, que intenta cubrirse pero se le dificulta porque teme tocar la tarántula, lo mira fijamente mientras mueve las manos en cámara lenta para tomar una almohada—. Cuando fui a tu habitación no te encontré y supuse que habías salido a correr, ¿sabes lo contento que estaba de no tener que levantar tu trasero? —Hace una pausa familiar. Está por gritar, lo noto por cómo coje aire y se le infla el pecho—. ¡Pero no, yaces desnudo en la cama de mi hija luego de gastar quién sabe cuántas calorías practicando el tipo de gimnasia por el que te irás al infierno!
Aprieto el terrario contra mi pecho y doy un paso atrás. Por lo menos yo estoy vestida.
—¡Correrás a lo largo de América ida y vuelta, y juro que morirás corriendo, Beasley! —Agita la zapatilla—. ¡Y más vale que me expliques por qué demonios tienes una tarántula posada en tu... tu...! ¡En esa cosa horrible que tienes entre las piernas!
—¡Se está moviendo, se está moviendo! —Malcom entra en pánico cuando la araña da vueltas alrededor de... de eso—. Sáquenla, mátenla ¡Aparten este licósido de mí!
—Con gusto la voy a aniquilar —gruñe papá.
Tira de su brazo hacia atrás y avienta el zapato.
Bill tiene una puntería perfecta, eso siempre lo supe, pero Malcom acaba de averiguarlo.

—Mi primo ya extrañaba a su tarántula. —Jamie desliza mi latte sobre la mesa de la cafetería—. Lo cual es un poco perturbador, no entiendo cómo pertenecemos a la misma familia.
—Exactamente por eso son parientes, sin ofender. —Harriet da pequeños golpecitos en el cristal del terrario—. ¿Cómo salió la broma que tenías planeada, Kansas?
Mi respuesta es apartar la mirada y darle un gran trago al café.
—¿Cómo salieron las cosas con Ben? —repregunto—. Ayer le llevó regalos a Zoe. Entre ellos un ramo de flores que me pareció sospechoso porque fue lo único que no le dio.
Harriet se muerde el labio superior y ancla la mirada en la Constitución abierta en la mesa, pero Jamie no la deja salirse con la suya y le cierra el libro.
—Te sabes esta cosa al derecho y al revés. Deja las tácticas de evasión para Kansas y escupe el chisme.
—Bueno, quizás las orquídeas eran para mí —suspira y el detalle no requerido del tipo de flores la delatan—. Y puede ser que él se haya presentado en mi casa por la noche para dármelas e invitarme a salir. Y tal vez, solo tal vez, me haya traído esta mañana a la facultad y...
—Creo que ya entendimos. —La libero de seguir porque sus mejillas ya están rojas.
—¡No, yo no entendí! —miente en una súplica la pelirroja, lanzándome una mirada de advertencia—. Dame los detalles sucios, Harriet. Carezco de romance y una vida sexual activa, solo me queda vivirla a través de mis amigas.
—Si no tienes amor es porque no le das una oportunidad. —Hago un ademán con mi bebida—. El pobre Chase demostró que está dispuesto a bajar la luna y cada planeta de nuestro sistema solar por ti, ¿y dices eso? Eres increíble...
—Claro que soy increíble —concuerda, pero de una manera muy distinta a la mía—. Y Timberg no es romántico, es diabético. Se pasa.
—Sabemos que te gustan más los chicos que usan chaquetas de cuero, tienen nula responsabilidad afectiva y golpean a otros para defender a su chica como Derek. Pero si ir tras ellos no te funcionó hasta ahora, quizás debas cambiar de tipo.
—Probar algo nuevo no te matará —apoya Harriet.
La pelirroja junta las manos sobre la mesa, cruza las piernas y arquea una ceja:
—Tú probaste pasar una noche con Ben y mató tu virginidad.
—Al menos usé protección —replica en un tono acusatorio que va dirigido hacia mí.
—Kansas toma anticonceptivos desde que estaba con Logan —defiende Jamie y chocamos los cinco, para que luego ella me propine un golpe en la nuca que me descoloca—: Lo cual es bueno para evitar el aumento de la población, pero no te salva de que te contagies una enfermedad de transmisión sexual. Esperaba más de ti, Shepard.
Tiene razón, pero se equivoca al pensar que siquiera existe una chance de que suceda cuando hablamos del hipocondríaco de Malcom Beasley. No me sorprendería que tenga montado un laboratorio dentro del clóset y se autorealice los tests.
De camino a clases me asomo al campo de fútbol con la esperanza de verlo. Bill grita a todo pulmón mientras los Jaguars hacen un circuito de entrenamiento que combina tantos ejercicios que ni siquiera sé con cuál se empieza y con cuál se termina. No hay nalgas europeas a la vista, así que deduzco que el inglés está reunido con Mark.
A papá no le queda otra opción más que descargar su frustración con Chase, porque una cosa es que acepte el hecho de que no puede meterse en mi relación con su jugador y aparte la vista de nosotros, pero otra muy diferente es hallar a Malcom desnudo en mi cama.
Eso es algo de lo que cuesta apartar los ojos, lo digo por experiencia.
Apenas me acomodo en el aula alguien deja caer apuntes sobre mi mesa.
—Lo resaltado a partir de la segunda hoja son temas que puedes encontrar en el material de lectura, lo primero es una introducción de mi cortesía —dice Sierra y ojeo las hojas. Está todo organizado, debió tomarle tiempo hacerlo—. Si tienes problemas con mi caligrafía te las arreglas sola, y mi madre compró un ridículo disfraz de una tal Elsa de Frozen como regalo para Zoe, ¿te importa que te acompañe al hospital luego de clases? Quiere que se lo dé.
Su noto es molesto, como si dirigirme la palabra fuera una tortura, pero la forma en que cambia el peso de su cuerpo de un pie al otro delata que la pone nerviosa la última parte.
—¿Y desde cuándo te importa si estoy de acuerdo con algo?
—Tienes razón, no me importa —Toma asiento en la silla frente a mí y me echa una mirada sobre su hombro—. Me llevarás con la mocosa de todas formas.
Me da la espalda, pero oigo la sonrisa en su voz y reprimo la mía mientras el profesor Ruggles saluda a la clase y deposita su maletín en el escritorio. Pasan dos horas y, si hace unas semanas me hubiera dicho que mi archienemiga estaría en el asiento del copiloto de mi Jeep, les hubiera dicho que usar drogas está mal.
Intento ocultar mi inquietud en el camino, pues hoy le dirán a la señora Murphy cuándo podrá Zoe regresar a casa. Sin embargo, Sierra me distrae al criticar la música que suena en mi estéreo y creo que lo hace para salvarme de mis pensamientos. Funciona por los siete minutos que nos toma llegar, pero poco puede hacer una vez que atravesamos la puerta y nos envuelve el olor a antiséptico.
Voy directo a los elevadores, pero la ceñuda enfermera de turno me llama la atención de mala manera. ¿La otra habrá renunciado luego de la aparición de los Jaguars o solo se trata de una rotación de horario? Cualquiera sea la respuesta, la prefiero a ella. No parecía tan rigurosa ni me obligaba a firmar los diez papeles que ahora me apresuro a garabatear.
—Veo que no eres familiar directo de la paciente. —Su voz es monótona al leer las planillas—. Aunque tienes autorización para ver a la niña. Completa el registro y espera para subir, ella se queda aquí. —Escudriña a Sierra de arriba abajo con una mueca de desagrado—. Zoella Murphy está con visitas en este instante y no se permiten a tantas personas en la habitación. Políticas del hospital.
—¿Quién está con ella? —pregunta la castaña mientras yo firmo los papeles.
—Madre y hermano.
Levanto la mirada de golpe.
—Disculpa, ¿dijiste hermano?
—¿Es que acaso no oyes? Él se registró antes de ti, niña. —Me quita y da vuelta la hoja para demostrarme que no se equivoca.
El nombre de Malcom está escrito en una elegante letra cursiva.
—Eso no es posible, él... —comienzo, pero Sierra me interrumpe.
—Es su hermano —concluye y fija sus intensos ojos color cielo en los míos, tensa—. No hay error en eso.
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