55. Camaradería

Ni siquiera sé cómo logramos anotar algo en lo que va del partido.

Los Saviors de Grettford se han empeñado en humillarnos desde que pisamos el campo. Los chicos me advirtieron que eran buenos contrincantes y lo demostraron en los últimos cuarenta minutos: fuertes, veloces e innovadores en las jugadas.

—Nos están pateando el trasero. —Ben se masajea las costillas. La última vez que intentó correr con el balón dos Saviors se le abalanzaron y es un milagro que siga de pie.

—¿Patearnos? —Chase tiene la voz distorsionada gracias al protector bucal. Me recuerda a Dustin de Stranger Things—. Eso es decir poco, están haciendo cosas con mi trasero que me avergüenzan.

—Menos quejas, más concentración. —Logan se saca el casco y desvía los ojos al tablero que resalta en luces rojas y azules—. Tienen catorce puntos a favor, así que comenzamos a anotar o esto termina con un Bill muy enojado usando nuestras cabezas como bolas de bowling.

—No ganamos ningún partido contra ellos en lo que va de la temporada —recuerda alguien.

—Eso puede cambiar. —Deslizo la mirada alrededor del pequeño círculo al que se redujeron los Jaguars—. Tuvieron más penalizaciones de las que puedo contar, intentemos sacar provecho de eso.

Mercury asiente en acuerdo.

—Es verdad, son impacientes y brutos. Usaron las manos de forma ilegal varias veces y cometieron holding e interferencia de pase contra Ben en dos ocasiones. Están demasiado pendientes del receptor, deberíamos usar a alguien más para anotar. —Terminamos de planear la jugada antes de que añada—: No nos seguirán humillando en nuestra propia casa, ¡¿entendido?!

Los cascos blancos y rojos se mueven de arriba abajo, dejándonos saber que captaron el plan. Logan ordena que tomemos posiciones y aplaudimos para animarnos. Con inquietud pero también optimismo trotamos a través del campo y contemplamos al contrincante determinados y algo rabiosos, listos para devolverles una cucharada de su propia medicina. En la tribuna alientan a todo pulmón y hacen temblar la estructura metálica al saltar.

Es fácil encontrar a Kansas cuando está sentada entre sus amigas. Harriet es tan pálida que ella y el pañuelo blanco que tiene atado al estilo francés alrededor del cuello resalta en el mar de colores, mientras Jamie no puede pasar desapercibida con el dedo de hule —tamaño Zoe Murphy— que agita en el aire. También luce una gorra y sudadera de la BCU a juego.

La hija del entrenador podría mezclarse sin esfuerzo en la aglomeración, pero para alguien como yo que vive atento a su presencia resaltaría en cualquier lugar.

Las posiciones sufrieron un pequeño cambio dado que Joe no se presentó al calentamiento y uno de los suplentes, que comenzó a jugar hace poco, tomará su lugar. Por otro lado, Mark influenció en la decisión del coach de mantenerme como receptor. Aunque sabe que jugué toda mi vida como quarterback cree que sacarme de mi zona de confort y evaluar mi adecuación y desempeño respecto a otra posición es útil, sobre todo dado que está convencido de que soy mejor receptor que mariscal, a diferencia de Bill.

—¡Retomemos la matanza, damas, caballeros y niños cuyas madres son irresponsables por traerlos a oír a alguien como yo! —La característica voz de Gabe Hyland se expande en una onda sonora desde la pequeña plataforma en uno de los laterales del campo. Pareció gozar de su trabajo como locutor durante el partido pasado ya que ahora se encuentra con micrófono y —presten atención—, diccionario en mano—. ¡Los Saviors les están dando la paliza del siglo a nuestros queridos Jaguars!

—Los visitantes siguen por el camino hacia la victoria con un total de 28 puntos sobre los 14 que han obtenido los locales. —Claire suena profesional, pero también ansiosa—. ¡Sin embargo, no todo está perdido, amigos! Por alguna razón el espíritu deportivo abunda en esperanza: la pasión crea ilusión y esta no acepta la derrota hasta que se ha dado el último aliento.

—Qué forma poética de decir que perderemos, nena. —Gabe se gana un abucheo de los fanáticos—. ¡Eh, no me odien! La victoria para el equipo de Betland aún es asequible. —Mis cejas y las de Claire se disparan al oírlo pronunciar la palabra. El chico probablemente usa el libro en su mano como pisapapeles, así que no esperas oír tal locución de su parte—. Y sí, acabo de decir asequible. —Abre el diccionario para leer—: En este caso significa que es algo que puede conseguirse o alcanzarse, y no me miren como la bella dama a mi lado lo hace —advierte—. Mi abuela dijo que debo ampliar mi vocabulario porque este se reduce a «sí», «no», «no sé», «tengo hambre» y «yo no fui» —Con la misma facilidad que logra ser abucheado, ahora es aprobado cuando la gente ríe—. ¡De acuerdo, el que quiera clases con el profe Gabe ya sabe cómo encontrarme en Instagram! Ahora tenemos un juego que retomar aunque sé que preferirían seguir oyendo mi melódica voz mientras digo cosas como paralelepípedo o birlibirloque.

Estoy anonadado. Hyland en verdad abrió ese diccionario por cuenta propia.

—¡El árbitro está listo! ¡¿Podrá la BCU recuperarse?! —La brisa nocturna levanta y enreda los rizos de la castaña—. ¡¿O será la Universidad Estatal de Grettford la que se mantenga invicta y se lleve la victoria esta noche?!

—¡Ajusten sus cinturones porque estamos a punto de acelerar, y les recuerdo que en este momento con los Saviors y los Jaguars luchando en el campo no tenemos frenos! —grita Hyland simulando conducir un automóvil desde su asiento, con el diccionario como volante.

Cierro los ojos y me permito oír el correr del viento, el cántico desde las gradas y el chasquido de las manos que chocan mis compañeros. Las palabras de aliento, las inhalaciones nerviosas, las risas y, si presto atención, mi propio pulso en mis oídos.

Hay un segundo de silencio.

Y cualquier pensamiento se esfuma en cuanto el silbato suena para desatar el caos.

—¡El centro pasa el balón al quarterback y Logan retrocede, creo que hará el pase a Hamilton! —Claire se aferra al micrófono con ambas manos—. ¡No, esperen, no lanzó! ¡Tras un engaño es Chase Timberg, el corredor, quien porta el balón!

—¡Son como caníbales! —grita aterrado el número dieciséis cuando aparezco a su lado como respaldo—. ¡Nos van a comer, Malcom!

Un Savior se abalanza, pero otro de los nuestros llega a bloquearlo.

—¡Yo me los voy a comer a los dos si no anotan, imbéciles! —advierte el entrenador detrás de la línea que limita el campo.

Esto se siente como una película de terror. Los de la Universidad Estatal vienen desde todas las direcciones. Saltan sobre nosotros, gruñen e intentan taclearnos. Cuando caen se ponen de pie a una velocidad inhumana, preparados para volver a atacar. Nuestros jugadores orbitan alrededor de Chase y de mí para practicar el bloqueo cuando un adversario se acerca demasiado, pues la barrera a nuestro alrededor se debilita con cada metro avanzado y está a punto de romperse.

Aumento la velocidad y me precipito al último par de yardas con el sudor goteando de la frente. Mi pecho se desgarrará por lo fuerte que sube y baja. Es como si mis piernas estuvieran envueltas en hormigas, pican y arden. Los fans se ponen de pie y la adrenalina me da el último empujón.

—¡Estamos a punto de anotar, tan cerca de...! ¡Cuidado! —chilla Hyland al mismo tiempo en que me giro para bloquear a un adversario que está a punto de alcanzar a Chase—. ¡Bien hecho, Marcos! Yo sabía que servías para algo más que lecciones de física, matemáticas y langue française —añade con un pobre acento francés.

Mis tímpanos lloran ante su pronunciación.

—¡Esto es inédito, casi tan extraordinario como mi nacimiento! —El locutor salta de su asiento—. ¡Chase Timberg acaba de hacer un touchdown, por Dios!

Tan rápido como los Jaguars se abalanzan sobre nosotros para envolvernos en un abrazo, Gabriel se gira y toma en sus brazos a Claire.

Y la besa.

Perdimos.

Tal vez por eso esta fiesta se siente como un funeral.

Los Jaguars siempre fueron la clase de equipo que festeja tanto victorias como derrotas. En el primer caso el alcohol sirve para celebrar y en el segundo para ahogar penas u olvidarse del partido con música, mucho coqueteo y una cantidad de cerveza que los hígados desaprueban.

Esta vez es diferente.

Según lo que dijo Jamie cuando veníamos en el Jeep, la BCU jamás logró vencer a los Saviors en lo que va de la temporada. Además, hay que añadir que acaban de quedarse fuera de la final y lucharán por el tercer puesto.

Música electrónica suena por lo bajo y a duras penas hace vibrar un poco las paredes, los universitarios están distribuidos a lo largo y ancho de la sala de estar de Chase, observándose los unos a los otros sin ánimo o con los ojos pegados a las pantallas de sus celulares.

—De acuerdo —digo lo suficientemente alto—. Esto es deprimente, hagamos algo al respecto.

—¿Qué quieres hacer, Sunshine? —inquiere Ben, sentado junto a Harriet. Ni siquiera se miran, pero noto la forma en que el muslo del chico se presiona contra el de ella y el brazo de este se extiende a lo largo del respaldar del sofá: sus dedos juegan con un mechón del cabello de la rubia—. Porque yo solo quiero irme a dormir. Este día apesta. —Se lleva un vaso plástico rojo a los labios.

—Quedan muchas temporadas por jugar y todavía pueden ganar el tercer puesto. Así que levantarás tu bonito trasero de ese sillón e iremos afuera, ¡todos! —aclaro al deslizar la mirada alrededor—. Tengo una idea.

—Eso no suena como algo bueno o legal —dice una voz a mis espaldas.

Malcom entra a la sala y me mira de arriba abajo, con ojos brillosos. Me gustaría saber qué ha hecho en la hora y media que hemos estado aquí porque desapareció en cuanto llegamos.

—Si viene de Kansas, es posible que no lo sea. —Jamie hace fondo blanco de lo que queda en su bebida—. Y exactamente por eso lo haremos.

—Bien. —Pongo los brazos en jarra—. Quiero que depositen un billete de cinco dólares sobre la mesa, ahora.

Beasley es el primero en acercarse.

Sin apartar su mirada de la mía, saca su billetera y toma un billete de veinte entre el dedo de corazón y el índice. Lo levanta hasta la altura de mis ojos.

—Quédate con el cambio —articula bajito para que solo yo lo entienda.

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