42. Eupéptico

Tras haberle enviado quince mensajes a mi padre con emoticones muy violentos, haber echado a Malcom de mi habitación y haberme cambiado el pijama, bajo las escaleras.

Encuentro que Harriet y Ben duermen en el sofá. Están invertidos, el chico tiene sus pies a un lado de la cabeza de ella, y ella tiene los suyos sobre el estómago y rostro de Hamilton, que le abraza una pierna como si fuera un peluche. Tal mascota familiar, Chase se acurruca a su lado en la alfombra y deduzco que Jamie fue la que durmió sobre la mesa de la cocina.

Suena incómodo, pero cuando me topo con ella en el lugar no tiene el humor de alguien que yació sobre una superficie de madera toda la noche.

—¡Buenos días, bella durmiente! —habla con la boca llena y una dona a medio comer en la mano—. Debes probar esto. No son las de Blair's place, pero ocupan el segundo puesto seguro. —Se limpia las migas adheridas a las comisuras de los labios con el dorso de la mano.

—¿Kansas está despierta?

Me tenso cuando una mujer aparece con un plato de tostadas. Es alta, incluso más que Bill. Su cabello rubio está cortado estilo pixie, que acentúa un par de ojos miel súper redondos y nerviosos.

—Antes de que digas algo, déjame explicarte. —Deja la comida sobre la mesa—. Tu padre me pidió que viniera a chequearte, dijo que luego de cada partido hay una fiesta y las cosas a veces se salen de control. Me permitió usar la llave que esconden en la maceta. Sé que no esperabas encontrarme aquí y que probablemente te sientas invadida, pero que sepas que es un placer conocerte y que me iré si estás incómoda. —Sus cejas se juntan en una expresión de culpa—. No sé preparar algo que no sea cappuccino y tostadas, así que compré unas donas por si querías.

—Y están muy buenas. —Jamie lame los restos de glaseado de sus dedos.

Mi primer instinto es escoltar a la señora a la puerta y cerrarla en su nariz, pero hago un esfuerzo por ver a través del enojo inicial: ella no tiene la culpa. Esto es como cuando un hombre es infiel y lo primero que quieres hacer es darle un librazo en la cara a la amante. El que ocultó una relación de un año, un casamiento e invitó extraños a mi casa fue mi padre. Él me debe confianza y respeto.

Anneley nunca le ocultó algo a su hija y entró aquí porque se lo permitieron (aunque yo no lo hubiese hecho). Y solo intenta llevarse bien conmigo porque quizás sea mi madrastra algún día... La posibilidad forma un nudo en la boca de mi estómago. Dios, a veces dudo de las capacidades cognitivas de mi padre. ¿Cómo pudo hacerme esto? No quiero ser grosera con su novia, pero tampoco quiero desayunar con ella.

—Carezco de apetito —declino su oferta tan amable como puedo—, pero estoy segura de que los chicos estarán hambrientos cuando despierten. Gracias por la comida.

Preferiría que nuestro primer encuentro hubiese sido con mi papá como mediador. Ahora no sé qué hacer, solo quiero volver a la cama y arrastrar a Beasley conmigo.

—Te dije que no le agradaría ver tu cara. —Sierra baja las escaleras para reprochar a su madre. ¿Qué hacía en el segundo piso? ¿Cuándo subió?

—Yo no...

—No nos quieres aquí, lo entiendo. —Se encoge de hombros—. Yo tampoco quería venir de todos modos, menos para ver cómo desprecias a mi madre.

El rubor incendia mis mejillas.

—No desprecié a nadie. Me sorprendieron, eso es todo.

Rueda los ojos y toma su cartera del perchero.

—Toma tus cosas, mamá. Hora de irnos.

La mirada de advertencia de Anneley se encuentra con la de su hija y establecen una comunicación silenciosa. No me gusta la forma en que le habla a su progenitora, tampoco que me haga quedar mal frente a ella.

—En realidad, es hora de desayunar. —Arrastro una silla para sentarme—. Creo que sí tengo apetito después de todo.

Tomo una tostada y le doy un brusco mordisco solo para molestar a Sierra. Sus ojos se oscurecen, los de Anneley se esperanzan y los de Jamie se iluminan en cuanto toma otra dona.


—Espera un momento. —Dejo la taza sobre la mesa y levanto la mano—. ¿Tú fuiste la responsable de que mi padre tuviera gases por toda esa semana? Gasté todos mis ahorros en desodorante de ambiente y hasta le programé una cita con el gastroenterólogo.

—Recuerdo que se tiraba unos gases de muerte. —Chase arruga la nariz, ofendido— ¡Y me echaba la culpa a mí!

—Te llamábamos la flatulencia Timbergtosa. —Ríe Ben mientras unta mermelada en su tostada—. Esos gases se oían a través de todo el campus, eran ultrasónicos.

—Desayunar no es posible si hablan de temas relacionados con el aparato digestivo —Harriet aleja su plato con una expresión disgustada.

—Y de los residuos gaseosos acumulados en el intestino tras la digestión. —Malcom imita su gesto.

Si hace cuarenta minutos me hubieran dicho que estaría riéndome con Anneley sobre las flatulencias de mi padre no les hubiera creído. Sin embargo, mientras observo a la mujer con lágrimas en los ojos puedo admitir que me agrada. La dejaría pasar la noche aquí siempre que su hija duerma en el patio y me prometa usar bragas sin cierre.

Los primeros diez minutos fueron incómodos. Nos limitamos a comer en silencio y deseé que Ratatouille estuviera aquí: hablar de una mascota te salva de cualquier conversación, es terreno seguro. Cuando llagaron Timberg, Ben, Harriet y un educado Beasley —que se presentó como todo un inglés—, la tensión en el ambiente cayó en picada.

Incluso Sierra parece disfrutar el desayuno. No hablamos de forma directa y mis amigas le lanzan miradas de advertencia o aprietan el mango de sus cuchillos siempre que abre la boca, pero es suficiente. El casamiento me parece precipitado y no puedo decir que conozco a Anneley luego de pasar una hora con ella. Todavía estoy enojada, pero ese enojo será un regalo que le entregaré a Bill con un moño a modo de bienvenida.

—¿Qué órganos y cosas intervienen en la eliminación de desechos, tigre?

—Colon transverso, ascendente, descendente, la vesícula ileocecal, las bacterias, el colon sigmoideo, el recto, ano y... —Hace una pausa donde se tapa la boca y aparta la mirada de la comida, al borde de una arcada— ...por último, las heces. ¿Por qué preguntas?

—Por nada, solo quería ver tu expresión.

Beasley lo fulmina con los ojos al tiempo que suena el timbre. Me levanto para atender y encontrar que no hay nadie fuera. La calle está vacía mientras el sol asciende entre los tejados de las casas vecinas. Intento cerrar la puerta, pero algo me detiene.

—No es muy cortés cerrar la puerta justo frente la nariz de alguien.

—No te vi. —Bajo la vista—. Lo siento.

—Pocos te ven cuando mides un metro. —Empuja los anteojos por el puente de su nariz y me ofrece la mano—. Soy Adam Rickmount. Tú debes ser Kansas.

Parece tener la edad de Zoe, pero habla como si ya cobrara una jubilación. Sus ojos y cabello color arena me resultan familiares.

—Adam Hyland, en realidad —dice una nueva voz, y Gabe atraviesa trotando mi jardín delantero. Mi padre le metería la cabeza en la tierra por pisar su césped.

—Rickmount —corrige el niño mientras estrecha mi mano—. Ese es el apellido de mi papá, no le hagas caso a Gabriel.

—Eres un Hyland de pies a cabeza. —Da vuelta la visera de su gorra de los Denver Broncos—. Aunque tendríamos que renovar tu atuendo y lanzar ese libro a la hoguera.

Me percato de que Adam tiene en su mano libre un paquete y un libro: El viento en los sauces, un clásico. Es la novela favorita de Zoe.

—No le hagas caso a Gabe. —Me pongo en cuclillas y enderezo sus gafas, que quedaron un poco torcidas—. A las chicas nos gustan los chicos que leen.

—¿Eso quiere decir que moriré solo? —Hyland se cruza de brazos.

—Tienes a la abuela. —Adam levanta un hombro y pienso que a Malcom le caería bien cuando vuelve a prestarme atención—: Bueno, no queremos molestarte. Solo quería darte esto. Lo dejaron por error en nuestra puerta y Gabriel lo quiso abrir, pero lo detuve.

Me entrega el paquete con orgullo y arqueo una ceja hacia Gabe.

—Raro de ti tocar lo que no te pertenece.

—Sabes que no puedo resistirme, lo ajeno siempre es tentador. —Me guiña un ojo y apoya las manos sobre los hombros del pequeño—. De acuerdo, vamos. La abuela está haciendo galletas —le dice a su primo, alguien que no tenía idea de que existía. La familia de Mary es demasiado numerosa y recuerdo cuando creí que Beasley era parte de ella—. Tú y yo tenemos que hablar luego —añade mientras arrastra a Adam consigo.

—¿Sobre qué?

—Claire Whittle.

Desaparecen y me quedo pensando en el parecido que tiene Adam con Malcom: su forma de hablar, el cabello cuidadosamente peinado, la vestimenta. Es como su versión en miniatura.

—¡Kansas! —chilla Jamie desde la cocina—. ¡El idiota de Timberg se está por comer la última dona, haz algo o tendrás que oler y oír gases ultrasónicos dentro de media hora!

Reprimo una sonrisa. Es un domingo atípico, pero me encanta. Estoy por entrar cuando mis ojos caen en el paquete entre mis manos y noto la cantidad de sellos y colores que lo recubren, la caligrafía y hasta la estampilla.

Malcom Beasley.

Roosevelt y Trinity Street 327, Betland, Mississippi, USA.

Remitente: Gideon Beasley.

Me lleva la que me trajo, mierda.

Estoy solo en casa.

Casi anochece y hace tiempo se fueron todos, incluida Kansas. Apenas me dirigió la palabra al salir, solo avisó que volvería tarde. La percibí tensa. Tal vez por la idea de que volveríamos a estar solos.

Mientras preparo un salteado de pollo con verduras y escucho a Vivaldi, me pregunto qué me ocurre. No debería estar desarrollando sentimientos por ella, pero aquí estoy: cortando cebollas y decepcionándome por el hecho de que no esté.

Bill volverá en algún momento y no sé si está bien o mal lo que pienso, pero creo que deberíamos aprovechar el tiempo a solas porque cuando él vea que hay algo que va más allá de lo amistoso con su hija querrá freír mis partes privadas en una sartén.

Además, no sé cuánto tiempo me queda aquí.

¿Cómo lo explico? Ella y yo no somos nada, apenas nos hemos dado un beso. Pero ¿Qué cruzara el mundo por mí? ¿Que yo fuera el responsable de que volviera a tocar el piano? Me esperó en la tumba de mi padre por horas, yo casi golpeé a alguien por ella. Incluso me subí a un escenario y le pedí disculpas en público... Físicamente no ocurrió nada, pero a nivel sentimental es una historia diferente.

No sé si el coach lo entenderá.

—¡Al fin fui liberado de esa pocilga de hospital!

La puerta principal cruje y, como si hubiera sido invocado, el entrenador entra a la sala. Deja caer un bolso con un ruido sordo en la alfombra. No lo veo hace cuatro días, pero luce más grande e intimidante que la última vez. Me pregunto si la imaginación y la culpa alteran mi percepción.

—Bill —saludo y aparto el sartén del fuego para estrechar su mano—. Veo que el fanático de los Broncos no pudo contigo.

—¡Lo hubieras visto, Beasley! —Me jala para envolverme en un abrazo que se asemeja más a exprimir una naranja que a un gesto afectuoso—. Me dieron el alta primero y casi se muere de envidia. —Da media vuelta sobre sus talones y grita a las escaleras—: ¡Kan...!

—No está aquí, salió con Harriet y Jamie.

Me mira con desconfianza un momento, pero al otro se desploma en una silla y se adueña del plato en el que iba a cenar.

—Tengo hambre, niño. Más vale que tu comida sea buena, estoy cansado de alimentarme a base de gelatina y guisantes congelados —dice mientras busco otro plato y calculo la porción adecuada de alimento—. ¿Kansas dijo a qué hora llegaría?

Toma el tenedor y se lo clava a un trozo de pollo. Puedo verme reflejado en esa pobre ave.

—No lo sé, pero si está preocupado por el encuentro con Anneley, permítame decirle que salió bien, aunque Kansas tiene sus... comentarios para hacerle. Tal vez no haya sido un touchdown, pero sin dudas fue un field goal.

El tenedor queda a medio camino de su boca. Suele tener un aire desafiante, pero su mirada se suaviza un instante.

—Y hablando de field goal... —Se aclara la garganta e intenta que no note su reacción al enterarse de que su novia y Kansas podrían llevarse bien en un futuro—. Ese último touchdown fue bastante sorprendente. Todos pensábamos que perderían. Trabajas bien bajo presión y no fui el único que notó eso.

—¿A qué se refiere? —Lleno mi vaso con agua.

—A que tu potencial como quarterback está en la mira y boca de todos. No te lo dije antes porque quería ver de qué forma sobrellevabas la situación, tampoco creí conveniente avisarte que varios cuerpos técnicos de otros equipos venían a verte jugar. —Dejo la jarra antes de derramarla, incrédulo—. Hay muchas personas interesadas en ti, Malcom. No me pareció correcto decírtelo por teléfono, pero ya hay algunas ofertas y ni siquiera has jugado tres partidos desde que pisaste tierra norteamericana. ¡¿Sabes qué quiere decir eso?!

Necesito medicación eupéptica para digerir la información. No contesto.

—Que en un futuro te comprarán y, cuando lo hagan, te irás lejos para jugar con un equipo profesional.

—¿Y cuándo cree que ocurra eso, entrenador?

—Tan pronto que no tendrás ni tiempo para despedirte. Tendrás que enviarme una postal. —Engulle unas rodajas de zanahorias con entusiasmo—. También una para el equipo y otra para Kansas, aunque dudo que mi hija quiera recibir cualquier cosa de ti.

Coincido en que a ella no le gustaría recibir postales.

Y, en lo que a mi persona se refiere, no me gusta la idea de enviárselas.

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top