28. La probabilidad estadística de una deshidratación

Cinco de cada diez personas creen que estudio psicología porque odio los números (spoiler: no importa qué carrera o trabajo elijas, no te salvas de ellos), cuatro de los restantes piensan que lo hago porque estoy loca o busco herramientas para solucionar mis propios problemas y solo uno de ellos está seguro de que decidí estudiar genuinamente lo que me interesa.

Cualquiera que diga que los psicólogos no saben matemáticas miente, porque sino me ahorraría esta clase de estadística.

—Moriré si no se calla —susurro con los ojos fijos en la profesora cuando ya me cansé de disociar.

—Pensé que dejarías eso para esta noche.

No necesito voltear para saber que Sierra Montgomery está sentada en el pupitre a mi espalda. Jamie me aconsejaría aprovechar mi posición y tirarme un gas, pero Harriet diría que otros de mis compañeros saldrían asfixiados por efecto colateral. Desisto.

—¿Qué tal si me haces un favor y dejas tus cuerdas vocales quitecitas?

—No hago favores, ya deberías saberlo.

—Supongo que eso se aplica solo a las mujeres. —Le lanzo una sonrisa sobre el hombro—. Porque los chicos siempre quedan satisfechos con tu ayuda.

Nuestro compañero Nevil nos mira de reojo con una expresión emocionada.

—Ni se te ocurra —espetamos y el chico baja la mirada de nuevo a su hoja.

Odio a Sierra, pero ninguna chica odia tanto a otra como para ofrecerla o entregarla a un hombre.

—Estás enojada por mi madre y Billy, ¿verdad? —insiste al inclinarse hacia delante para que nadie más pueda oírnos.

La punta de mi lápiz se rompe ante la presión que ejerzo. ¿Billy?

Estaba de buen humor, pero la vida se empeña en quitármelo hoy: la cena con una novia que nunca me presentaron, Sierra y su complejo de mosquito molesto que no deja de revolotear a mi alrededor, el chismoso de Nevil atento a nuestra conversación, esta clase que no entendería ni aunque me la explicaran con peras y manzanas... Tener que ver a Beasley.

Ya no sé si ubicarlo en la parte que me pone de buen o malhumor. Comparado al resto parece inofensivo. Observo las yemas de mis dedos sostener el lápiz y recuerdo la sensación de sus cicatrices bajo ellas. Me despertó una curiosidad visceral por conocer el resto de su historia y me pregunto si cuando estemos solos nacerá la oportunidad de que se abra conmigo otra vez.

Si quiere abrirse conmigo.

No solo porque me interesa saber qué lo hizo como es, sino porque hablar de nuestro pasado ayuda a curar el presente. Mientras lo escuchaba imaginaba a una versión más pequeña de él —escuálida, de redondos ojos azules y dientes de leche—, y me gustaría transmitirle que quizás estuvo solo una vez, pero ya no lo está: ese niño que creció a la fuerza ya puede descansar porque está a salvo.

Por otro lado, una voz en mi cabeza me aconseja que es mejor no involucrarse.

Los aires de superioridad, el perfeccionismo que busca en todo... Cuando yo soy lo más imperfecto que conozco. Antes no podía importarme menos qué pensaba de mí, ahora un poco lo hace, aunque no sé por qué. Soy incapaz de identificar con claridad mis sentimientos. En parte estoy agradecida porque si no puedo reconocer qué me pasa no puedo lidiar con ello.

Me aterra un poco descubrir qué me sucede con él.

Junto mis cosas tan rápido como puedo al terminar la clase, pero Sierra no se calla. Si le dedicara el empeño que pone en mí a la carrera ya tendría una licenciatura, un máster y la hipoteca de una casa saldada.

—En algún momento debes aceptar que tienen una relación, Kansas.

—No existe ninguna relación.

Al menos formalizada.

—Eso se llama estado de negación. —Resopla.

Que me psicoanalice es mi límite. Me giro para apuntarla con el lápiz, aunque reprimo la necesidad de metérselo por la nariz.

—Mira, acostarte con una mujer a espaldas de tu hija y no mencionarla ni una vez en más de trescientos sesenta y cinco días me hace creer que no durará o que él no está seguro de quererla en su vida. Sino se hubiera esforzado en presentármela. Así que déjalos disfrutar lo que sea que tengan y pon tu obsesión conmigo a un lado, que no seremos hermanastras. Por último, puedes decirle coach, entrenador, Bill, Shepard o señor... —Hago una pausa—. Pero no lo llamas Billy. Eso está reservado para la familia.

Papá, Zoe y yo. Mis amigas y los chicos del equipo.

—Si se estuvieron escondiendo fue por ti y todo lo que.... —Se aferra a la correa de su bolso con fuerza y por primera vez la veo titubear—. Todo lo que pasó con tu mamá. Ni la mía ni Bill y, por más increíble que parezca ni yo, queríamos presionarte a aceptarlo.

Bueno, no están haciendo un gran trabajo. Acabo de enterarme hace dos días, necesito procesarlo. El hecho de que papá haya hablado de lo que nos pasó con las Montgomery antes de siquiera decirme que ellas estaban su vida me retuerce el estómago. Quiero largarme a casa. Comer, sacarme los zapatos, hundirme en la cama, no salir hasta que se me pase el dolor de cabeza o haya cambiado el presidente por uno decente.

—Dejémoslo aquí, estoy cansada de hablar contigo. —Sacudo una mano y me encamino a la puerta—. Solo deja de hablar como si fuéramos familia.

Hay un breve silencio.

Es que pronto lo seremos.

Bill me deja en su casa antes de dar marcha atrás con el Ford Sierra y emprender el viaje al supermercado. En el camino dijo que tendríamos visitas esta noche, así que irá a comprar los ingredientes para cocinar lo que mejor (y quizás lo único) que le sale: salsa.

Su novia y la hija de esta se materializarán a las ocho. Me preparo mental y físicamente para enfrentar lo que sea que haya detrás de la puerta principal, porque no sé cómo se lo tomó Kansas. Puede que me arroje un plato o a Ratatouille.

Sin embargo, no estoy preparado para afrontar algo peor: Zoe.

La bola de pelos rubia aparece en mi campo de visión. Está sentada en el piso de la cocina con una bandeja sobre sus piernas, rodeada de galletas de chocolate que parecen habérsele caído y junta del suelo para colocarlas sobre el plato de nuevo. También hay un vaso de agua fría al que le echó un saco de té.

Es una aberración.

—¡Malcom! —Levanta la cabeza—. ¿Quieres una galleta? —Me ofrece la que se encontraba bajo su trasero.

Repaso las posibilidades que tiene la galleta de resultar letal para un organismo. En términos generales no puedo confirmar que la comida que agarró del suelo está contaminada, tampoco suponer que es un riesgo real de infección bucal. Y si alguien —porque claro que yo no deglutiré nada que provenga de donde apoyo las suelas de mis zapatos—, decide comer esa galleta, probablemente los microbios morirán en su estómago por la presencia del ácido clorhídrico. Si el ácido no hace su trabajo tenemos a las sales biliares del hígado y la microbiota intestinal... No resultará fatal, en conclusión. Aunque eso no me impide caminar hasta la niña y quitarle el plato. En cuanto se despiste tiraré todo a la basura.

No importa si el peligro de ataque bacteriano es mínimo, ella no es una rata para comer cosas del piso. Se parece a una, pero no lo es.

—¡¿Qué haces?! —Se ofende—. ¡Esas galletas son para Kansas!

—No puedes comer cosas del suelo, tampoco Kansas.

—No lo entiendes. —Deja la bandeja a un lado y se pone de pie para enfrentarme con las manos en las caderas. Apenas me pasa las rodillas—. Ella me estaba ayudando con mi tarea cuando le empezó a salir agua de los ojos. Dijo que se estaba deshidratando, ¡le quiero llevar las galletas y el vaso de té!

—Taza, el té se prepara en tazas.

Mis ancestros se revuelcan en sus tumbas. Que alguien pretenda hacer té con agua fría y un vaso de plástico me indigna como británico.

—Te mintió, seguro dijo que estaba deshidratándose para no confesarte que en realidad estaba lloran... —me detengo.

¿Cuáles son las probabilidades estadísticas de que Kansas Shepard esté llorando?

—¿Sabes qué? —Le revuelvo el pelo—. Será mejor que le lleves las galletas —Le tiendo el plato, no sin antes fingir que se me resbala de las manos.

Las galletas se dispersan por la cocina y Zoe me lanza una mirada amenazadora. Una vez que me aseguro de tener un tiempo a solas con la hija de Bill, subo las escaleras de dos en dos. La puerta de su habitación está entreabierta, pero golpeo con suavidad antes de cruzar el umbral.

—¿Kansas?

Está sentada en el ojo de un huracán de útiles rosados, púrpuras, con formas de animales y llenos de glitter. Se limpia rápido las mejillas con el dorso de las manos al verme.

—No estoy llorando —gruñe.

—Lo sé. —Me arrodillo para estar a su altura—. Estás deshidratándote.

Levanta el mentón y veo lo aguados y enrojecidos que están sus bonitos ojos. Tiene el cabello recogido en un moño desprolijo y está en pijama a las tres y media de la tarde. Por un segundo creo que me empujará por las escaleras, pero la mueca de tristeza e impotencia se transforma en una risa.

Acabo de hacerla reír.

Me sonríe en un agradecimiento silencioso. Sin embargo, las lágrimas no se detienen y ruedan por su rostro. La pena vuelve a ocupar espacio en la habitación y, a pesar de que las advertencias de Bill aparecen en rojo neón por cada rincón de mi cerebro y oigo sirenas, desenchufo la electricidad.

No me importa ni me resisto. Necesito hacer esto.

La abrazo.

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top