8. La atrapada perfecta

—Mi padre no es consciente de que habla demasiado alto, por lo que tú no vas a ninguna parte, Beasley.
Le obstruyo el paso en la escalera cuando oigo la puerta del dormitorio de Bill cerrarse. Estoy en el segundo escalón, pero debo subir al tercero para que sus ojos queden a la altura de los míos. Él enarca una ceja con desinterés y echa a andar. Le pongo una mano en el pecho y lo empujo para que retroceda, pero apenas se mueve.
Maldito bloque de cemento hecho hombre.
—Si oíste lo mismo que yo, sabes que habrá consecuencias si te dejo conducir el Jeep. Como no está en mis planes correr diez kilómetros un lunes a las cinco de la mañana, hazte a un lado, por favor.
—Quiero mis llaves.
—Y yo un libro autografiado por George R. R. Martin y que desaparezcas, pero no todos los deseos se hacen realidad.
Pongo las manos sobre mis caderas y él cruza sus brazos. Algo me dice que corromper la lealtad de Malcom hacia su entrenador no es tarea fácil.
—Las necesito, en serio.
—No cambiaré de opinión y enfrentaré la ira de Bill porque tú necesitas salir corriendo a los brazos de Mercury.
En cuanto suelta las palabras abre los ojos como si no pudiera creer que acaba de decirlo en voz alta. Quedo tiesa, ¿de dónde diablos sacó eso?
—¿Mercury? ¿Logan Mercury? —repito sin poder evitar la risa—. Dije que Jamie me necesitaba, no que Logan y su órgano viril lo hacían.
Niega con la cabeza, confiado.
—Conozco la táctica, Kansas. Las chicas dicen que van con una amiga para luego escabullirse a la casa de algún individuo con ganas de usar sus genitales para fines de fruición.
O sea, no puedo negar que lo he hecho, pero no es el punto de esta conversación.
—¿Por qué siempre hablas con palabras tan raras? —Paso exasperada las manos por mi pelo—. Y debes estar bromeando.
Por la seriedad con la que me sostiene la mirada, él de verdad cree que estoy con Logan, lo cual me enfada porque Mercury no es más que un embustero engreído que eligió el fútbol antes que a mí. Sí Beasley lo sabe y dice estas cosas para molestarme, lo está logrando.
—Te estás burlando de mí —acuso.
Se encoge de hombros.
—No juzgo tu gusto para elegir compañero de cama. Solo te comunico que no te daré las llaves para que corras a verlo porque Bill se enfadará conmigo.
—Esto es increíble. Te acabo de decir que una amiga me necesita y tú te burlas de lo estúpida que fui en el pasado.
Algún imbécil del equipo debió contarle la historia y ahora él goza de restregarme en el rostro que un chico me botó por un balón. Es humillante, pero también me da bronca porque quise mucho a Logan.
—Nunca dije que fueras estúpida —se defiende.
—Pero lo pensaste.
Me mira como si me hubiera salido un cuerno.
—Excepto que tengas poderes telepáticos, dudo que sepas qué pienso. Además, mi opinión no debería importarte.
Sube un escalón y estamos tan cerca que solo puedo oír la pesadez de nuestras respiraciones. Nos perforamos el uno al otro con los ojos.
—Tienes razón, tú y tu opinión pueden irse al infierno, pero no se llevarán mis llaves con ustedes.
Tiro del cordón de sus pantalones de algodón y lo atraigo hacia mi cuerpo. Saco con rapidez las llaves que guarda en el bolsillo y me lanzo escaleras arriba.
—Hija de... —maldice entre dientes.
—Bill Shepard —termino la oración antes de meterme en el baño y echar el seguro.
Estrella los nudillos en la puerta.
—¿Por qué tienes que hacer todo tan difícil? —Lamenta desde el otro lado.
Guardo las llaves en el bolsillo de mis jeans y subo a la tapa del retrete. Si hay una forma de salir de esta casa desde el segundo piso es por esta ventana.
—A veces la vida es dura, acostúmbrate.
Si puedo mantener una conversación con él mientras trepo por el árbol pensará que sigo dentro del baño. Necesito que se quede detrás de esa puerta el tiempo suficiente para llegar al Jeep y arrancarlo, porque lo último que quiero es que descifre mis intenciones y me intercepte en la calle. Aunque si él decidiera quedarse de pie delante del auto y me viera obligada a atropellar a la nueva estrella de la BCU para avanzar, lo haría con gusto.
—Kansas. —Mi nombre es una advertencia—. Abre la puerta. Ya mismo.
Corro la cortina de la ventana preguntándome desde cuándo rayos tenemos cortinas aquí. Mi padre sabe de decoración tanto como yo sé sobre tomar buenas decisiones amorosas: nada.
Debe ser obra de Malcom. Seguro que el árbol bloqueé la vista de los vecinos no le alcanza y le da pudor que alguien lo vea ducharse.
—¿Abrirte para que me quites las llaves? —Paso la pierna izquierda por la ventana—. Claro, con gusto.
—Hablo en serio, señorita ironía. Abre la puerta o...
—¿La tirarás abajo? —Paso la otra pierna.
—Iba a decir que te acusaría con Bill, no tengo ni la menor intención de infligir daños materiales.
Ruedo los ojos. Mis zapatillas encuentran una de las ramas y me estiro para alcanzar otra que hay sobre mi cabeza, poco a poco doy pasos de costado con el objetivo de llegar al tronco. No es la primera vez que hago esto y algo me dice que tampoco será la última.
—No vas a deshacerte de mí. —Su voz llega mucho más débil a medida que me alejo—. Entrega las llaves o yo mismo te las quitaré.
—Ven por ellas —lo provoco.
No entrará. Excluyendo el fútbol americano, no parece del tipo que se ensucia las manos. Puede tener la fuerza y los medios necesarios para hacerlo, pero su ética le impide hacer bestialidades. Mientras desciendo por las ramas me doy cuenta de lo extremista que es esto, pero no me quedaré de brazos cruzados mientras Harriet se encuentra con Jamie en aprietos.
Llego a aferrarme al tronco del árbol y solo me queda saltar al césped. Mis ojos vuelven hacia la ventana y mentalmente me doy unas palmaditas en el hombro. Malcom es un dolor de trasero, se merece correr los kilómetros de Bill Shepard.
Entonces salto, pero nunca toco el suelo.
Una silueta se mueve con rapidez desde el jardín delantero y ahogo un grito cuando dos fuertes brazos me capturan en el aire. Mi corazón se acelera y me aferro a su cuello como reflejo para no caerme mientras mis pechos se aplastan contra el suyo.
—¿Qué diablos, Malcom? —espeto en un susurro agitado.
Estamos tan cerca que siento su respiración sobre mi boca. La calidez de su cuerpo se filtra a través de su ropa y me recorre un escalofrío. No contesta, pero afloja su agarre despacio. Mi cuerpo se desliza sobre el suyo hasta que mis pies encuentran tierra firme. Sin embargo, me sigue sosteniendo. Creo que si no lo hiciera perdería el equilibrio. No puedo despegar mis ojos de los suyos.
Y de pronto, en un segundo tan fugaz como algunas estrellas, sus manos aprietan mi trasero.
—¡¿Qué haces?! —Lo empujo lejos de mí—. Las manos donde pueda verlas, Beasley.
La comisura de sus labios se tuerce en una sonrisa y levanta ambas manos en señal de rendición. La luz de la calle capta el brillo metálico de las llaves del Jeep que cuelgan de su sucio dedo índice.
Debería haberlas guardado en mi sujetador.
Palmeo mis jeans para asegurarme de que esto es real y no fui una imbécil por tener un momento de vulnerabilidad mientras presionaba su cuerpo contra el mío.
Planeó todo.
Maldito manipulador.
—Te lo advertí. —Levanta un hombro y da media vuelta para regresar a la casa—. Mis disculpas por tocar tus glúteos sin el debido permiso y consentimiento.
Lo sigo y, tras una larga discusión, logro que me deje ir a ver a Jamie con un ultimátum: me da las llaves o me voy a pie, sola y a mitad de la noche. Con la advertencia de mi padre resonando en su cabeza, pone su propio ultimátum: me lleva él o nada.
Acepto el trato a regañadientes y trepo al asiento del copiloto. Le doy instrucciones para llegar a destino mientras deseo que mis ojos tengan la capacidad de incendiar sus manos sobre el volante. No me gusta que conduzcan mi Jeep.
—Tus características encajan con el perfil de una maquiavélica.
Con eso en psicología nos referimos a un tipo de personalidad que es un maestro de la manipulación. Suelto una risa ácida y miro por la ventana.
—No, cariño. El maquiavélico aquí eres tú.
—Tú me manipulaste para que desobedeciera a Bill. Sabías que no te dejaría venir sola porque me exprimiría la cabeza como a una naranja. —Dobla en una esquina—. Y no me digas cariño.
Hago una nota mental porque acabo de encontrar algo que le molesta. Lo usaré más tarde.
—Te di opciones, eso no me hace una manipuladora. —Enciendo el estéreo—. En todo caso, el maquiavélico eres tú que frotas tu cuerpo contra el mío para provocarme un desequilibrio hormonal y poder obtener las llaves.
Subo el volumen para no oír su respuesta. Para mi sorpresa, se mantiene callado el resto del viaje. La canción hace vibrar con suavidad las paredes del coche. Es relajante escuchar cómo su respiración y la música se fusionan. Cuando está inconsciente o en modo mute me cae mucho mejor que cuando tiene la lengua suelta.
Sin embargo, la paz se va por el desagüe cuando doblamos en la última esquina antes de llegar a destino. Los neumáticos chillan en cuanto Malcom frena de golpe y yo salto fuera del Jeep. Oigo la puerta del piloto abrirse y él corre hasta mi lado con una expresión de horrorizada.
—Por amor a la hora del té, ¿qué es eso?
—Esa... —susurro tan espantada como él—. Es mi amiga Jamie.
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