V


🕸️Touch presenta: capítulo 5.
Clases y pesadillas. 🕸️

—¿Emocionada por la clase de DCAO, linda? —la voz de Theo Nott rompió el hilo de pensamientos que ocupaban la mente de Amily, obligándola a mirarlo con desconcierto—. ¿Qué pasa? ¿Ya no puedo sentarme a tu lado?

Ella se encogió de hombros, sin prestarle mucha atención, volviendo su mirada al plato y empujando la comida con desgana. Tenía un mal presentimiento... como si algo oscuro flotara en el aire, rozando la piel sin tocarla del todo.

—¿Estás bien? —insistió Theo, esta vez con un tono más suave.

—Yo... —giró la cabeza hacia él, como si las palabras fueran demasiado difíciles de sacar. Tenía mil emociones revueltas dentro, como si jugaran un partido de rugby en su pecho. Ese deporte muggle violento que tanto le gustaba a su padre...

—Tus ojos —dijo Theo de pronto, con la voz teñida de una sorpresa amable. Amily pasó de estar ausente a alerta al instante. Deseaba cualquier cosa menos que él notara eso. Eso que siempre había escondido—. Son morados. No viene al caso, pero... te quedan bien. Te hacen ver aún más linda.

—¿Qué? —se le escapó, sintiendo el rubor subirle a las mejillas. Bajó la mirada con rapidez, dejando caer su cabello como una cortina para esconderse de la intensidad de su voz, del modo en que la miraba. Solo escuchó una risa breve, divertida.

Theo apoyó la mano en la mesa, demasiado cerca de la suya. Amily, instintivamente, la retiró. Estaba demasiado concentrada en evitar ese contacto como para notar la sombra de tristeza que cruzó el rostro del chico, aunque este se apresuró a disimularla. Luego, con un gesto despreocupado, levantó la mano y dejó a la vista una caja de rana de chocolate con cereza.

—Es para ti —susurró mientras se servía algo de comida, como si no le importara, aunque claramente sí le importaba.

—Gracias, Theo —dijo ella sin pensar, en voz baja.

Y entonces lo notó. Lo había llamado por su nombre.

Amily maldijo en su mente al darse cuenta, pero era tarde. La sonrisa traviesa del chico ya se dibujaba.

—¿Y el trato? ¿No habíamos quedado en que no había suficiente confianza para usar nombres de pila? —bromeó, alzando una ceja con fingida indignación.

—Pues entonces te vuelvo a llamar Nott si tanto te molesta, estúpido —masculló ella mientras se ponía de pie, notando que la hora de clase se acercaba con rapidez.

—¡Ey, no! ¡Espérame, Rosie! —la llamó él, apurándose a seguirla, con una expresión de niño que teme perder el último tren.

🕸️🐾🕸️

Se encontraba en el aula, observando en silencio las acciones del profesor. Algunos murmuraban críticas sobre sus ropas raídas, pero, desde su perspectiva, Lupin parecía el mejor profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras que habían tenido hasta ahora. Amily esperaba no equivocarse.

—Ahora —anunció el profesor Lupin, captando la atención general—.

En el fondo del aula, un viejo armario tembló violentamente contra la pared de piedra. Algunos estudiantes se sobresaltaron.

—No hay por qué alarmarse —dijo con voz tranquila—. Hay un boggart ahí dentro.

El ambiente se tornó tenso. La mayoría de los alumnos se removían incómodos en sus asientos, aún afectados por la experiencia reciente con las criaturas de Hagrid.

—A los boggarts les gustan los lugares oscuros y cerrados —continuó Lupin con serenidad—. Los armarios, debajo de las camas, el hueco bajo el fregadero... Una vez vi a uno metido en un reloj de péndulo. Se instaló aquí ayer, y pedí permiso para dejarlo, para usarlo hoy en una práctica. Pero antes de abrir el armario, ¿alguien puede decirme qué es un boggart?

La mano de Theo se alzó con naturalidad, siendo el único que parecía genuinamente intrigado.

—Es una criatura cambiaformas —dijo—. Toma la forma de aquello que más miedo nos da.

Lupin asintió.

—Correcto. El boggart, encerrado en la oscuridad, aún no ha adoptado ninguna forma. No sabe qué aspecto tomar, porque no sabe a quién enfrentará. Nadie conoce su forma real. Pero una vez lo dejemos salir, se convertirá en lo que más teme quien esté delante. Por eso —añadió, ignorando algunos murmullos nerviosos— es mejor enfrentarlos en grupo. Se confunden. No pueden decidirse. Una vez vi que uno quiso asustar a dos personas al mismo tiempo y se transformó en media babosa. Fue ridículo. Justo lo que queremos.

Algunas risas breves se oyeron.

—La clave para vencer a un boggart es la risa. El hechizo es sencillo: Riddíkulus. Pero exige enfoque. Vamos a practicarlo sin varita. Repitan conmigo.

—Riddíkulo —repitieron unos cuantos. Theo lo hizo con firmeza. Amily, en cambio, no dijo nada. Estaba distraída, mirando sus uñas, cambiándolas sutilmente de color.

Theo la miró con desaprobación, pero no dijo nada. Ella seguía atrapada en su mundo, ajena a los preparativos hasta que escuchó su nombre:

—Vamos, White-Roses. Tu turno.

Amily tragó saliva. Sus pasos resonaron en el aula mientras avanzaba, varita en mano. Sus ojos, oscuros como el carbón, delataban el miedo que no lograba disimular.

El boggart emergió del armario. En cuestión de segundos, las figuras de su madre y su tío ocuparon el espacio frente a ella.

—No... no... —susurró, retrocediendo medio paso mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

<<El día era soleado, pero para la niña de ocho años, el verano no significaba felicidad. Estaba sola. Y tenía miedo. Rogaba que su padre se quedara en casa. No quería quedarse con su madre... y mucho menos con su tío.

Los pasos se oían en el pasillo. El eco de los tacones de Eleanor la hizo correr. Se escondió en el armario, agazapada, temblando, conteniendo la respiración.

—¿Por qué te escondes, niña? —la voz de su madre era afilada, burlona—. ¿Tienes miedo de tu propia madre?

La puerta del armario se abrió de golpe. Amily fue arrastrada afuera sin compasión.

—No quiero ir con él, mamá —suplicaba entre lágrimas—. Él me hace daño...

—¡Deja de decir tonterías! —escupió Eleanor, arrastrándola por el pasillo—. ¡Muévete!

Fue empujada al suelo. Sus rodillas se rasparon con la piedra fría.

Y entonces, la voz de su tío:

—Mi muñeca preferida... Ven con tu tito Andrew...>>

Amily volvió en sí de golpe. Su respiración era entrecortada, pero sus dedos se cerraron con fuerza en la varita.

—Riddíkulo —dijo con firmeza, aunque su voz temblaba.

La escena se deformó. Las figuras se encogieron y se transformaron en un cerdito rosa bailando la canción de La Cucaracha junto a un gnomo barrigón, ambos vestidos con trajes de cumpleaños. Una carcajada general recorrió la clase.

Pero Amily no reía. Sus ojos seguían nublados por el recuerdo. Buscó al profesor Lupin con la mirada y, al ver su gesto comprensivo, asintió apenas.

Recogió su mochila. Salió corriendo del aula mientras las lágrimas, ahora silenciosas, comenzaban a caer por sus mejillas

🕸️🐾🕸️

El aire en los pasillos era más frío de lo normal, o tal vez era solo la sensación que le quedó después del boggart. Amily caminaba rápido, sin mirar a nadie, deseando que las paredes la tragaran. Cada paso la alejaba del aula, pero no del temblor en el pecho.

Se detuvo frente a una de las ventanas del tercer piso. La luz grisácea del cielo se filtraba entre las nubes bajas. Apoyó una mano contra el marco de piedra, intentando regular su respiración. El corazón seguía golpeando con fuerza.

—White-Roses.

La voz de Theo resonó suave detrás de ella. No se dio la vuelta, pero no necesitaba hacerlo. Lo había reconocido desde la primera sílaba.

—No quiero hablar —susurró. Le temblaba la voz, aunque trataba de mantenerla firme.

Theo no respondió enseguida. Caminó despacio hasta quedar a su lado, sin invadir su espacio. Se quedó en silencio por unos segundos.

—Lo sé —dijo al fin—. Solo... no quería que estuvieras sola. No después de eso.

Amily se mordió el labio con fuerza.

—Lo viste —dijo. No era una pregunta.

—No todo —respondió con honestidad—. Pero lo suficiente.

Ella asintió despacio. Sus ojos, aún húmedos, miraban al exterior sin realmente ver nada.

—¿Y ahora qué? ¿Te alejarás como todos los demás?

Theo se giró hacia ella, serio.

—¿Eso crees? ¿Que voy a huir por lo que viste en ese armario?

Amily por fin lo miró, con los ojos agrisados, como si una tormenta se escondiera detrás de ellos.

—Todos lo hacen. Cuando la gente ve lo que realmente soy... se aleja. Como si lo que viví fuera contagioso.

Theo frunció el ceño. No por ella. Sino por la injusticia de sus palabras. Por lo que implicaban.

—Rosie... —usó el apodo sin pensarlo, con suavidad—. Lo que te pasó no define lo que eres. Y yo no me voy a alejar por eso. Al contrario.

—¿Por qué?

Theo dudó. No porque no supiera la respuesta, sino porque nunca se lo habían preguntado tan de frente.

—Porque eres fuerte. Porque tienes más coraje del que crees. Y porque... me importas, aunque no sé desde cuándo exactamente. Solo sé que me importas.

Amily desvió la mirada. Le ardían los ojos, pero no quería llorar de nuevo. Ya había llorado suficiente por un día.

—No necesito que me salves —murmuró.

—Lo sé. Solo... estoy aquí. Por si un día necesitas que alguien te abrace sin hacer preguntas.

El silencio se hizo entre ambos, pero esta vez no era incómodo. Era de esos silencios que cuidan.

Theo le extendió algo con la mano. Amily lo miró y no pudo evitar sonreír con cansancio.

—¿Otra rana de chocolate con cereza?

—Siempre llevo una de repuesto —dijo él, encogiéndose de hombros—. Por si acaso.

Ella la aceptó con delicadeza. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que no tenía que fingir que estaba bien.

—Gracias, Theo.

—Para ti... siempre.

🕸️🐾🕸️

La voz monótona del profesor Binns flotaba por el aula como una neblina soporífera, deslizándose entre los bancos con la misma emoción con la que un fantasma atraviesa una pared.

Amily parpadeaba lento. Su pluma resbaló entre sus dedos hasta caer sin ruido sobre el pergamino, manchando apenas el margen con tinta.

La noche anterior había dormido mal. Otra vez. Demasiados pensamientos, demasiadas emociones que aún no sabía manejar, y la escena del boggart no ayudaba.

Apoyó la cabeza sobre el brazo y cerró los ojos solo un instante. Solo un segundo. Solo para descansar.

Pero el segundo se alargó.

Y entonces vino la oscuridad.

Sueño.

Estaba en su habitación de la infancia. Las paredes eran grises, como si alguien hubiera robado todos los colores con una varita maldita. El aire olía a humedad y perfume barato.

—¡Sal de ahí ahora mismo! —gritó la voz de su madre desde el pasillo.

Amily, de ocho años, temblaba dentro del armario. Su respiración era un jadeo ahogado.

La puerta se abrió de golpe.

—¿Otra vez escondiéndote como una inútil? —La mano de su madre la agarró del brazo con fuerza, la sacó a rastras mientras la pequeña pataleaba.

—No, mamá, no... ¡No me lleves con él, por favor!

Pero la mujer no escuchaba. La empujó con violencia por el pasillo, mientras una sombra alta y delgada esperaba al fondo. Su tío. Su sonrisa.

—¡Vamos, muñeca! Ven con Tito Andrew.

Amily intentó correr, pero sus piernas no respondían.

—¡NO! ¡NOOO!

Aula de Historia.

—¡NO! —gritó Amily, incorporándose de golpe en su asiento.

Todos los alumnos la miraron, sorprendidos. Incluso el profesor Binns, que normalmente no se percataba ni del cambio de estaciones, flotó ligeramente hacia ella.

—¿Se encuentra bien, señorita...?

Amily no escuchó.

El sudor le cubría la frente. El corazón le golpeaba el pecho con violencia. La respiración se volvía cada vez más superficial.

Se puso de pie torpemente, recogiendo su mochila de forma casi automática, y salió corriendo del aula sin decir una palabra.

—¿Amily? —preguntó Nyra, su compañera de asiento, con preocupación—. ¿A dónde vas?

Pero la castaña ya había salido del aula.

No tardó en llegar al baño de las chicas del tercer piso. Tiró su mochila al suelo sin preocuparse, y se sostuvo del lavabo, intentando controlar su respiración. Sus mejillas estaban empapadas de lágrimas que seguían brotando sin control. Todo su cuerpo temblaba. Se dejó caer lentamente hasta sentarse en el suelo, apoyando la espalda contra la fría pared de piedra. Echó la cabeza hacia atrás, buscando aire.

Cada bocanada le quemaba el pecho. El corazón latía tan rápido que parecía dolerle, y una sensación de mareo la obligó a dejar caer el cuerpo de costado.

No podía más.

—¡Amily! —la voz de Theo resonó desde fuera del baño, urgente, cargada de pánico.

—Está teniendo otro ataque... pero este parece peor que los anteriores —dijo una voz conocida, etérea y apagada. Myrtle la Llorona apareció desde el aire, flotando con preocupación sobre la escena—. Tal vez deberías entrar, no creo que le importe ahora si eres chico o no...

Theo no dudó.

Empujó la puerta y corrió hacia ella. Verla allí, en el suelo, encogida, con el rostro bañado en lágrimas y la respiración entrecortada, le hizo olvidar cualquier protocolo o prohibición.

—Amy... Amily, mírame —susurró al arrodillarse junto a ella. Le levantó suavemente la cabeza y la apoyó contra la pared con cuidado—. Está bien, estoy aquí.

Ella no respondió, solo apretó los ojos con fuerza, jadeando como si el aire no alcanzara.

—Es un ataque de pánico —dijo más para sí que para ella, recordando lo que había leído una vez en la enfermería—. Está bien... estás a salvo.

Colocó ambas manos en su rostro, suave pero firme.

—Mírame, Amily. Respira conmigo, ¿vale? Inhala... exhala —marcó el ritmo con su propia respiración, exagerando los movimientos para que pudiera seguirlos—. Eso es... inhala... uno, dos... exhala.

Ella trataba. Temblorosa. Desesperada. Pero trataba.

—Vamos, Rosie —añadió en un susurro—. Eres fuerte, mucho más de lo que crees.

Sin pensarlo demasiado, aflojó el nudo de su corbata y la de ella, dándole más espacio para respirar. Luego la envolvió entre sus brazos, acercándola a su pecho. Le acarició la espalda con suavidad, intentando no asustarla, solo acompañarla. Su propio corazón latía con fuerza, pero se obligaba a mantenerse tranquilo por ella.

Pasaron minutos. Lentamente, la respiración de Amily comenzó a calmarse. Los sollozos disminuyeron, y su cuerpo, aunque todavía tenso, dejó de temblar.

Cuando por fin se apartó, lo hizo con cuidado. Sus ojos aún estaban rojos, las mejillas húmedas, pero ya no parecía a punto de colapsar.

—¿Estás mejor? —preguntó Theo, sin moverse demasiado.

—Sí... sí —logró decir ella entre suspiros. Se pasó una mano por el rostro, limpiándose las lágrimas con torpeza—. Me ha pasado antes, pero nunca así de fuerte.

Bajó la mirada, avergonzada.

—Suele venir por pesadillas, o recuerdos —explicó con voz baja, casi inaudible—. Pero esta vez fue como si... como si estuvieran vivos otra vez. Como si pudieran volver a hacerme daño.

Theo asintió despacio. No la presionó. Solo la miró, dándole el tiempo que necesitaba.

—¿Puedo preguntarte qué los provoca? —se atrevió finalmente, con voz suave—. No porque quiera saber por saber... solo porque me importas. Y no voy a juzgarte.

Amily tardó unos segundos en responder. Pero mantuvo su mirada fija en la de él.

—Mi madre... y mi tío —dijo, tragando saliva—. Son la razón por la que me cuesta el contacto físico... y por lo que tengo estos ataques.

Theo no dijo nada. Solo asintió, con respeto, con cuidado. Y entonces ella añadió:

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por ayudarme... y porque vas a comprarme ranas de chocolate mañana —esbozó una sonrisa, débil, pero sincera.

Theo soltó una pequeña risa.

—Rosie... siempre tan linda. Pero trato hecho.

—¿Con cereza?

—¿Hay otra forma aceptable?

Y por primera vez en horas, Amily rió. No muy alto. No por mucho tiempo. Pero lo suficiente como para que el dolor retrocediera un poco.

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