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Así que el día había llegado, esperaba que no fuera así, pero: aquí estamos.

Todo sonaba tan bello en la teoría, durante tantos momentos había deseado creerlo de verdad. Algunas veces me encontré tan ebrio que estaba a punto de creerlo, pero entonces Marius decía algo tan inocente, o Coufreyrac mencionaba a su conquista actual, o Combeferre hablaba sobre no ser el más alto de la clase por primera vez en toda la facultad; y me golpeaba la certeza de que eran solo niños jugando a que cambiarían el mundo.

Recuerdo perfectamente la primera vez que mis ojos fueron bendecidos con la visión de ese muchachito de rizos imposiblemente rubios, y unos ojos tan azules como el mar; pero no el mar con la calma de una tarde de picnic en la playa, más bien con la fuerza de la peor tormenta convocada por Poseidón.

Esa fuerza que irremediablemente te arrastra al fondo, ¿fue la fuerza de la tormenta o la melodiosa voz de sirena que cantó por primera vez al verlo?

---Esta es una reunión privada, Mesieur.

Una cosa, o la otra, o ambas, me arrastraron al fondo en seguida; donde había aceptado felizmente quedarme.

---Por favor, queridos muchachos ---había sonreído, recargándome en el respaldo de una silla ocupada por un joven prematuramente calvo. De no estar examinando al rubio que claramente era el líder, habría notado el pánico que llenó los ojos del pobre chico que no estaba acostumbrado a tener tan cerca a ninguna otra persona--- . No dejarán que le partan esta hermosa cara al viejo Grantaire, ¿cierto?

---Es una reunión privada ---repitió el rubio con su voz de sirena en toda calma, pero el brío de los siete mares en sus ojos.

---Estaré callado como un ratón --- había insistido, con un ademán de cerrarme la boca.

---Vamos, Enjolras, no podemos dejar que le partan la cara, ¿no se supone que estamos aquí para proteger al pueblo?

No pudo quedar duda de quién era el líder, porque con una sola mirada, ese mar causó que quien había osado ponerse del lado del intruso agitara las manos disculpándose de lo que acababa de decir, sonriendo como un cachorrito regañado. Así que su nombre era Enjolras.

--- Coufreyrac, estamos aquí para proteger al pueblo de las injusticias y la opresión. Si alguien quiere golpear a este ebrio, algo debió hacer para provocarlo.

--- ¿Y si es un ebrio por las injusticias de la vida ---insistió quien acababa de ser llamado Coufreyrac--- ? ¿Si perdió su trabajo y su hogar y sus posesiones por los deseos egoístas del dueño del lugar donde trabajaba? ¿Y su único consuelo se encuentra en los brazos de Baco?

Enjolras le disparó una mirada glacial nuevamente, que lo hizo sonreír arrepentido otra vez.

--- Mesieur, le solicito por última vez amablemente que-

--- Tal vez ---interrumpió un joven con anteojos, con el rostro más benevolente que había visto en mi vida--- éste ebrio necesite escucharnos. Tal vez el destino lo trajo aquí para ser educado en nuestros objetivos. Y tal vez, está tan ebrio que para mañana lo habrá olvidado todo y no volverá, ¿qué podríamos perder?

--- Éste ebrio puede escuchar que hablan sobre él como si no estuviera aquí ---había fingido estar ofendido, pero en realidad no podía reprocharles, porque sí que soy un ebrio, y a toda honra.

La voz de sirena suspiró, y la mirada de mar pareció calmarse un poco.

---Bien, Combeferre, tienes razón. Pero como usted dijo, Mesieur Grantaire: callado como un ratón. O seré yo quien le parta la cara al sacarlo de aquí.

--- Ambas cosas me gustarían, Mesieur Enjolras.

Coufreyrac soltó una risotada, mientras otro joven que se había mantenido callado (y después se presentaría como Joly) emitió una exclamación escandalizada que parecía salida de los más puritanos jesuitas.

Y en medio de la tormenta y la sirena, pude divisar algo más: un asomo de sonrisa. El tipo de asomo de sonrisa tan sutil que solo puede distinguir un niño o un ebrio. El tipo de sonrisa que solo un niño o un ebrio puede entender: Bienvenido.

Así que ahora aquí estamos.

El Sol brillando sobre el mar, haciéndolo resplandecer, en lo más alto de la barricada que se alza orgullosa, a la espera de cumplir su función. Los rizos imposibles ondeando con la brisa de un medio día que huele a expectativa.

Enjolras luce tan espléndido y grandioso como la primera vez que lo vi, como cada vez que lo vi, y sé que podría seguirlo hasta el fin del mundo, y más allá, de ser necesario.

La tormenta se desvía por unos momentos desde esas alturas, hacia este humilde servidor, y la sirena canta:

— Resulta que al final era cierto: estás aquí, en el día decisivo.

Y esa sonrisa, que solo los niños y los ebrios entienden, en este día decisivo, igual que la primera vez que entré intempestivamente a su reunión privada huyendo de ya no recuerdo quién, me dice en silencio una vez más:

Bienvenido.

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