Capítulo 8
Christopher
—Mathew, por aquí Christopher, ¿cómo va lo que te pedí investigar?
—Ah, señor, he estado trabajando en ello desde temprano en la mañana, pero aún no consigo nada sospechoso sobre él— responde el joven informático al otro lado de la línea.
—¿Aún nada? ¿Y cuándo pretendes encontrar algo? ¿El mes que viene?
—Es que está bastante complicado, no sé, es como si su expediente hubiese sido borrado de los registros del FBI.
Excusas, excusas y más excusas. Pedir una información a este chico resulta demasiado difícil, desquiciante.
—A ver, a mí no me interesa eso, haz magia o no sé, pero averíguame lo que te pedí sobre ese tal Edgar.
—Haré lo mejor que pueda. ¿Y qué planea hacer con él? ¿Lo quitará del camino?
Resulta irónico que se la pase preguntando acerca de mis planes cuando no ayuda en nada. Inútil, ingenuo y hasta chismoso, menudo combo.
—Por el momento no pienso en eso, aunque sí necesito saber más de él, presiento que será una piedra en el camino.
—Claro, entiendo, no se preocupe, pronto espero tener más información.
—Pues que sea rápido, sabes perfectamente que no me gustan las demoras. Y ahora tengo que colgar el teléfono, por ahí viene Ashley.
—Está bien, jefe, espero que le vaya bien con...
Cuelgo sin terminar de escuchar lo que tenía por decirme ante el avance de la agente. Ya ha caído la noche y la calle está oscura, pero se le puede detallar sin ningún tipo de problemas debido al vestido de color rojo intenso que lleva puesto. Camina unos metros desde la puerta de su casa hasta mi auto, donde aguardo con paciencia. Unos ligeros golpecitos retumban en la ventana del asiento que está a mi lado, así que abro para que pueda entrar.
—No sabes de caballerosidad, ¿verdad?
—¿Qué?
—Sí, ni siquiera has tenido la decencia de bajarte del auto para abrirme.
Apenas ha empezado la noche y ya comienza a irritarme, de continuar así no creo que termine bien el día.
—Ya que hablas de modales deberías revisar los tuyos. Según tengo entendido, lo primero que uno hace al ver a otra persona es saludar, y además, veo que te has tomado la libertad para tutearme. Enhorabuena, agente Brown.
—Lo he hecho porque en este momento no estamos trabajando, sino en una salida de amigos. Pero si quieres que lo haga, por mí no hay problema.
—No, tranquila, solo me defendía.
Nuestros ojos intercambian miradas asesinas, definitivamente no hemos comenzado con el pie derecho.
—Y dime, ¿cómo me veo?
Su pregunta hace que tome unos segundos para analizar qué responder. Me ha pillado por sorpresa, no esperaba tal interrogante.
—Bien, o eso supongo. Entonces, ¿nos vamos?
Trato de cambiar el sentido de la conversación, no es de mi interés tener que dar detalles de cómo luce. Realmente hago pocos o ningún elogio a las chicas con las que trato, no estoy acostumbrado a ello.
—Sí, claro.
Tras recibir su aprobación, pongo rumbo camino hacia nuestro destino, un lugar conocido como Cinemark Tinseltown, el cual en mi opinión es el mejor cine que tiene esta ciudad. Durante la media hora que toma el viaje, hablamos sobre Ohio y el lugar al que nos dirigimos. La comunicación no se hace tan complicada con ella, los temas van y vienen con facilidad, sin necesitar de tener que pensar tanto. Una vez detengo el vehículo, bajo para abrirle la puerta y que pueda salir con facilidad, al menos esta vez no podrá refutar nada.
—Ya ves, después de todo aprendo rápido.
—Me doy cuenta— responde sonriendo ligeramente.
—Venga, vamos a la tarima a ver si compramos los tickets—
Nuestros cuerpos caminan uno al lado del otro, aunque procurando no hacer contacto entre ellos. Por un momento vacilé si tomar su mano, pero hubiese sido catastrófico, apenas nos estamos conociendo. Se siente un poco incómodo estar andando con la preocupación de que pueda sentir el roce de mis manos, por lo que intento coger cierta distancia. Cuando llegamos a la recepción, una mujer nos recibe al instante.
—Buenas noches. Dentro de cinco minutos saldrán al aire dos películas: Titanic y Chucky. Ustedes deciden cuál van a ver— nos informa para permitirnos tomar una decisión.
—Deme dos para Chucky— digo sin tener que pensarlo dos veces.
—¿Cómo?— exclama sobresaltada la chica que se encuentra a mi lado.
—¿Qué?
—Que no me has ni preguntado, y desde luego veremos Titanic, no me gusta el terror.
—Y a mí no me gusta el romance.
—Pues tendrás que aguantarte.
En un acto de total autocontrol, termino cediendo, haciéndome de dos tickets para Titanic y de un cartucho de palomitas de maíz para cada uno.
El interior del lugar está muy oscuro, apenas se pueden distinguir los asientos. Terminamos escogiendo los dos últimos de una fila y no perdemos tiempo en sentarnos. Aguardamos en silencio durante unos minutos por el inicio del filme, hasta que le da por hablar.
—Así que no te gusta el romance.
—Para serte sincero, no es que no me guste, sino que no me trae buenos recuerdos.
Una parte de mí se arrepiente de haber soltado esto último, ya que podría apostar la pregunta que se viene a continuación. Después de todo, tratándose de una agente, va a querer estar al tanto de cada detalle.
—¿Ah sí? ¿Cómo es eso? ¿Cuáles malos recuerdos te trae?— inquiere tal y como se preveía.
—Prefiero no hablar del tema.
El ambiente adopta un silencio acogedor, puedo notar que Ashley está pensando qué decir a continuación. A pesar de estar con la mirada hacia el frente, llego a observar con mi vista periférica que tiene sus ojos puestos sobre mí.
—Está bien, no insistiré.
—Bien, mejor así— sentencio dando fin a dicho tema.
—O también puedo pensar que no querías ver este filme porque te hace llorar.
Hoy me he dado cuenta que esta muchacha es una cotorra, no para de hablar, ni siquiera porque estamos dentro aguardando por el inicio de la película.
—Estás muy equivocada, yo no lloro, y menos por algo tan insignificante.
—Apuesto a que sí, me resulta difícil de creer que alguien aguante las lágrimas ante las escenas finales.
—Pues comienza a creerlo.
La poca iluminación que quedaba en la sala desaparece y con ello se reproduce el inicio de la película. A medida que pasan los minutos, las sillas que quedaban libres terminan siendo ocupadas, quedando el cine casi a tope.
En general la paso bien, hacía bastante tiempo de la última ocasión que vi Titanic, ya ni me acordaba. Ya he sorprendido a Ashley varias veces volteándose a verificar que no esté llorando, pero no le he dicho nada. De dicha manera se comporta hasta que concluye la última escena, en donde finalmente se da por vencida.
—No puedo creer que no hayas soltado ni una lágrima— pronuncia al apagarse las luces de la sala.
—Yo avisé, pero no quisiste creer.
Una multitud de personas se aglomeran en las diversas salidas que tiene este local. Es inevitable que nuestros cuerpos se rocen al pasar por la puerta, aún cuando lo evité. Tras hallarnos fuera, caminamos hacia mi coche.
—Te dejaré en tu casa, tal y como habíamos acordado— le informo a medida que nos acercamos al coche.
—Gracias, la he pasado genial hoy. No recuerdo la última vez que me había tomado el tiempo para salir y despejar.
—Qué bueno, esa era la idea.
—¡Oh, mira! Venga, vamos.
Un fuerte jalón me toma desprevenido y acaba con mi estabilidad. Estoy siendo prácticamente arrastrado por Ashley hacia algún sitio. No se puede decir que no tiene fuerza, para ser una chica sí que la tiene. Avanzado unos metros, consigo recomponerme y aprecio lo que captó la atención de la agente. Frente a mis ojos se ubica un local en el que se practica tiro al blanco.
—¿Sabes tirar?— pregunta dejando a la vista su intención.
—¿Tirar? ¿Yo? La verdad que no muy bien— digo mintiendo descaradamente.
—No te preocupes, yo te enseño.
—¿A quién? ¿A mí? Ni lo creas.
—Bueno, no serás el primero en aprender de mí, recuerda que soy del FBI, tengo buena puntería.
—Bien por ti. Si tanto sabes, adelanta y muéstrame—
Apenas termino de pronunciar las palabras, veo cómo la agente le paga al encargado del lugar para recibir a cambio tres balas. Concentrada a tope, las coloca en el arma, se nota que forma parte de su rutina pues no le toma casi nada en hacerlo. Los proyectiles salen como flechas de la pistola, ha hecho un disparo detrás de otro, mostrando mucha seguridad en ellos.
—Diez, diez y nueve. Enhorabuena señorita, ha rodado la perfección— le comunica el muchacho que está al frente del sitio— Aquí tiene su recompensa.
Un peluche de oso de color amarillo es entregado a Ashley, lo cual provoca que suelte una leve sonrisa. Menuda mierda de regalos que ofrecen aquí.
—¿Pero no puede darme aquel rosado?— pregunta la muchacha que me acompaña.
—Oh, lo siento, aquel es la recompensa solo para los que lo hagan de manera perfecta. De hecho, creo que debería quitarlo del mostrador porque está cogiendo polvo en vano, hace bastante tiempo que nadie ha podido llevárselo.
La actitud de Ashley se torna diferente: parece enfadada, molesta. Sin pensarlo dos veces, vuelve a pagar una nueva tanda de disparos, al parecer se lo ha tomado a pecho. No sé si es cuestión del muñeco o de orgullo, pero está decidida a llevarse ese oso.
Lo intenta una, dos y hasta tres veces más sin lograrlo, aunque ha estado cerca. Con el paso de los minutos, la desesperación comienza a aparecer en ella, está al borde de la desesperación.
—Suficiente, dame esa pistola— exclamo quitándole el arma de las manos.
Le pago al hombre por las tres balas y, a pesar de que su mirada se vuelve confusa, me las alcanza. Mi acompañante también ha quedado confundida, desubicada. Ambos aguardan en silencio, expectantes por lo que haga. Intento apuntar al centro de la diana, así como aguanto la respiración antes de la ejecución.
Tres sonidos estrepitosos se reproducen casi a la vez. Creo que no me ha tomado ni cinco segundos en apuntar y apretar el gatillo. Luego de que recobro la vista, aprecio los agujeros de los proyectiles uno al lado del otro, justo en el centro del blanco. Al voltearme, la cara de sorpresa de Ashley se topa conmigo, incluso ha abierto un poco la boca.
—Coge el dichoso peluche y vámonos que ya es tarde— le digo para posteriormente continuar mi camino en dirección al auto.
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