Capítulo 11: Thomas Williamson
Canción para este capítulo: Dream-Imagine Dragons (amo esta canción :3)
Llevamos horas en la moto. No hablamos y no hemos hecho ninguna parada. Me duelen los brazos y se me han dormido las piernas pero no creo que sea buena idea pedir a Cole que se detenga después de la incómoda situación que hemos vivido. Haré como si nada hubiera pasado e intentaré cortar toda relación que nos una, que de todas formas no iba más allá del simple compañerismo. La Astrid fría está de vuelta y para quedarse.
Cuando por fin el vehículo se detiene, prácticamente bajo de un salto. Estiro un poco las piernas y los brazos mientras observo el lugar. Es un simple claro.
Bostezo y me giro. Cole está mirando con el ceño fruncido a su alrededor, probablemente calculando cuanto tiempo queda de viaje.
Resoplo y apoyo mi espalda y mi pie derecho en un árbol. Me cruzo de brazos esperando sin saber muy bien qué.
––Vamos a separarnos. ––revela Cole de repente.
Oculto a la perfección mi sorpresa ladeando la cabeza y encogiéndome de hombros.
––¿Por qué? ––cuestiono intentando sonar indiferente. Una parte de mi piensa que es por lo que ocurrió antes, pero es imposible, no tiene sentimientos. De todas maneras, apenas nos conocemos, y si le dejé acercarse tanto fue por pura lujuria o... necesidad. La última vez que un chico se acercó tanto a mi fue en aquel campamento. Hace años que no contacto con humanos o me relaciono con ellos.
No, no soy virgen. No fue muy agradable, ya que el acto se desarrolló en una cama muy dura y mi espalda sufrió bastante. Sin embargo tenía la extraña necesidad de quitarme ese peso de encima.
El alienígena se mueve a la velocidad de la luz sacándome de mis pensamientos, y en un segundo está delante mío. No cambio de posición. No me dejo intimidar.
––Tengo que hacer algunos arreglos para que cuando entremos en la Sede no nos reconozcan. ––responde mirando el tronco que hay detrás mío.
––Está bien. ––asiento tras pensarlo unos segundos. Coloco una mano en su pecho y le aparto de mi camino para después ir en dirección a la moto. Yo seguramente tendría problemas para entrar si fuese sola, ¿pero con él? Cada día se me hace más difícil entenderle.
Me subo y vuelvo mi vista hacia el Visitante.
––¿Por dónde tengo que ir?
Él suspira.
––Tienes que seguir todo recto, cada vez que haya una bifurcación gira en dirección a Potestamen, de todas maneras mañana por la noche nos reencontraremos.
Asiento. La estrella de los Visitantes queda en estos momentos a mi derecha pero a penas es visible. Sin mediar una palabra más arranco.
Dedo llevar aproximadamente dos horas cuando decido hacer una pequeña parada. Este parque natural es enorme y todos los sitios me parecen iguales.
Me siento en una roca a unos metros de la moto y me miro las heridas, las cuales están en proceso de curación. Compruebo que ninguna se me haya infectado y me levanto de nuevo, echando un vistazo a los árboles, zarzas y arbustos que hay a mi alrededor. Fijo la vista en una planta en concreto y abro los ojos como platos al darme cuenta de lo que florece en ella: moras.
Era una de mis comidas favoritas antes de que llegara el fin del mundo. Me paso la lengua por los labios, dando un paso hacia delante, con la intención de coger una.
Por suerte me paro a tiempo como para ver un fino hilo justo delante de la planta. Un poco más y habría caído en la trampa. Dejo escapar un pequeño suspiro y me aseguro de que no haya más a mi alrededor. Era demasiado extraño que entre todas estas hojas algo diera frutos.
No estoy sola. Pueden haberla colocado Visitantes para atrapar humanos, y si es así tengo que salir de aquí cuanto antes. Puedo contra uno y puede que incluso contra dos, pero a partir de ese número, estoy muerta.
––No te muevas. ––una voz tensa a mis espaldas. Cierro fuertemente los ojos para luego volver a abrirlos.
Genial, simplemente genial. Estoy acostumbrada a vivir al máximo, pero eso no significa que no me canse de no poder estar tranquila un maldito segundo.
––¿O qué?
Un gruñido más cercano llega a mis oídos, al igual que unos pasos. Deslizo mis pupilas levemente a la derecha para encontrarme a un chico de unos veinte años con el ceño fruncido y una pistola en mi cabeza. Sus ojos son completamente normales.
––Oh. ––susurro.––Soy humana, por si no te has dado cuenta... ––aclaro.––Estamos en el mismo bando. ––fuerzo una sonrisa.
Él niega energéticamente con la cabeza.
––No, eres uno de ellos... estás... estás en mi cabeza, lo sé.
Ruedo los ojos y resoplo al ver que el arma tiene el seguro puesto. Con un rápido movimiento, atrapo su mano y me coloco detrás suyo, torciéndole el brazo, de manera que la pistola caiga al suelo. Aprieto con toda la fuerza que puedo el agarre y hablo en su oído con la respiración levemente entrecortada.
––Créeme, no te conviene pelear conmigo. No soy uno de ellos, preferiría morir a serlo. Así que por favor, simplemente lárgate de aquí antes de que cambie de opinión y te rompa el brazo. ––mi tono de voz es tan frío como siempre.
El muchacho traga saliva y espero unos segundos para soltarle, no sin antes acercar el arma hacia mi con el pie.
––¿Has colocado tú la trampa? ––pregunto con los ojos entrecerrados mientras jugueteo con la pistola en mis manos.
Él asiente tembloroso.
––¿Te ha ayudado alguien?¿Hay más humanos cerca?
Se muerde el labio inferior con nerviosismo y se pasa una mano por el cabello color miel.
––¿Hay más humanos cerca? ––vuelvo a preguntar, esta vez más fuerte y despacio, resaltando cada palabra. Claro que hay más gente, pero quiero que las palabras salgan de su boca.
Pasan los segundos y nada. Literalmente. Lo único que se oye es su respiración agitada. Me encojo de hombros.
––Muy bien. ––murmuro antes de disparar al lado de su pierna. He fallado a propósito, para que lo considere un aviso. El pobre muchacho da un brinco y oigo un pequeño sollozo.––Oh, he fallado... ––me llevo una mano a la boca, exagerando.––Bueno, la siguiente se me dará mejor, estoy segura... Qué pena que no haya gente que te pueda ayudar en caso de que la bala dé en el blanco y te desangres, ¿No crees? ––hago una mueca.
Sus ojos están llorosos. Sé que está sufriendo, pero necesito saberlo. En caso de que haya más en el parque, Cole estaría en peligro. No me importa su seguridad, pero si muere o lo atrapan, las posibilidades de encontrar a mi familia lo harán con él.
––No estoy solo, hay más. –confiesa.
Sonrío victoriosa y dejo de apuntarle.
––¿Dónde?
Se encoge y niega suavemente con la cabeza.
––Oh, venga, ¡yo que pensaba que ya había confianza...! ––digo sarcástica.
Nada. ¿De verdad piensa que haría daño a humanos? Quiero decir, lo he hecho antes, pero solo porque era necesario. Mato para sobrevivir, no por placer.
––Bueno, parece que necesitas un estímulo... ––vuelvo a colocar la pistola en su posición anterior. La cargo y cuando estoy a punto de apretar el gatillo, él suelta un grito ahogado.
––¡Está bien! ¡Está bien! ––exclama con desesperación. Mis labios se curvan hacia arriba cuando hace un gesto con la cabeza indicándome que le siga.
Caminamos entre los árboles en absoluto silencio. El único sonido es el crujir de las ramas bajo nuestros apresurados pasos.
Me río internamente al ver como han cambiado las tornas, él amenazándome y ahora prácticamente llorando mientras yo estoy armada a sus espaldas.
Tras unos minutos, sin quererlo, mi cabeza recrea como será el reencuentro con mis padres. Una parte de mi no quiere confiarse, pero la otra simplemente quiere ser feliz, poder hacerse ilusiones.
Ellos me abrazarán y los tres lloraremos de alegría. Después yo les sacaré de donde estén y huiremos a alguna parte, a vivir, o al menos intentarlo. Literalmente.
No volveré a estar sola. Jamás. No volveré a sentirme falta de amor. Nunca.
––¿Cómo te llamas? ––me pregunta tomándome por sorpresa.
Me toma unos segundos responder.
––Astrid Jefferson, ¿y tú?
Se detiene de golpe y cuando se vuelve puedo ver incredulidad en su rostro. Sus ojos están prácticamente desorbitados y sus labios entreabiertos.
––¿Astrid?... Oh, Dios mío... ––musita antes de colocarse delante de mi y envolverme en sus brazos.
Coloco mis manos en su pecho y le aparto bruscamente.
––¿Qué haces, idiota?
Suelta una carcajada y toma mis hombros, agachándose levemente, de manera que quedamos a la misma altura. Sus ojos fijos en los míos.
Odio que la gente me mire a los ojos. Son la única parte de mi cuerpo en la que no puedo ocultar mis emociones: son como el pequeño agujero en el muro que hay construido a mi alrededor.
––Soy yo, ¿no me reconoces? Thomas Williamson.
Permanezco unos segundos procesando lo que ha dicho hasta que la chispa del reconocimiento se enciende en mi.
––¡Thomas! ––grito antes de colocar mis brazos alrededor de su cadera. Mi amigo me corresponde riendo.
Thomas Williamson, mi mejor amigo antes de que comenzara el Apocalipsis. La última vez que le vi, fue la tarde antes de que los Visitantes llegaran. No puedo recordar muy bien que hicimos aquel día, pero sé que éramos inseparables e imparables. Nos conocíamos de toda la vida, literalmente. Vivíamos en el mismo edificio desde siempre. Él venía con su familia de visita a menudo y a medida que pasaba el tiempo y yo crecía, nuestra amistad se hizo cada vez más fuerte. Cuando la destrucción hizo acto de presencia y mis padres y yo corrimos en busca de refugio, sentí que perdía una parte de mi al tener que dejar a Thomas.
Supongo que es un más en mi interminable lista de personas que quería y que perdí. Sin embargo el único al que he recuperado. Por ahora. Espero que el número aumente.
––¡No me lo puedo creer! Pensé que jamás te volvería a ver, Thomas. ––la felicidad en estos momentos puede conmigo.
Él asiente dándome la razón y me estrecha aún más contra su cuerpo. Nos quedamos unos minutos así, disfrutando de la cercanía que los dos habíamos echado de menos.
Pero como siempre, la tranquilidad es interrumpida.
Un ruido a mis espaldas hace que me separe rápidamente y apunte con la pistola en esa dirección. Un conejo sale de detrás de un tronco, con expresión asustada. Suspiro pesadamente y me vuelvo en dirección a mi amigo.
Sus ojos están entrecerrados y me mira como si acabara de darse cuenta de algo.
––Has cambiado. ––susurra.––Lo que me hiciste antes en el bosque...y esto... No eres la misma.
Me paso la lengua por el labio inferior y asiento.
––Ellos me hicieron cambiar, Thomas. No me dieron opción, lo he perdido todo. ––mi voz suena fría y distante. Ni una pizca de emoción, ni siquiera tristeza.
Silencio. Claramente no le voy a decir nada sobre mis problemas mentales, no sería buena idea darle a saber que me he vuelto loca y casi acabo con mi vida hace unas noches.
––Podrías venir a vivir conmigo al refugio. Allí hay mucha gente, siempre estarías rodeada de personas y nunca volverías a estar sola... ––ofrece acercándose de nuevo.
Sus manos se colocan en mis mejillas y deposita un beso en mi frente. Sus labios se quedan unos segundos ahí para luego volver a separarse.
––El destino te ha dado una segunda oportunidad.
Niego con la cabeza.
––Tengo... Planes, por así decirlo. No voy a quedarme contigo, Thomas. ––murmuro.
Mis padres son lo primero. Un sentimiento de tristeza me invade al pensar que tal vez esté siendo engañada por Cole y cuando me quiera dar cuenta habré perdido a Thomas y a mi familia. Aunque esta última puede llevar perdida desde mucho antes.
––Astrid... ¿No te das cuenta? Casi me disparas hace un rato, y no parecías sentir ninguna pena. Me atrevo a pensar incluso... ––su voz baja de tono considerablemente.––Que has matado antes.
No se lo niego.
––Por eso, ––continúa––debes venir. Todo lo que has hecho ha sido fruto de la soledad y del miedo, pero si me... si nos dejaras estar contigo, las cosas serían diferentes.
Sin poder evitarlo, un bufido escapa de mi boca.
––Qué ingenuo eres, Thomas... El daño ya está hecho, esta soy yo y ni tú ni nadie me vais a poder cambiar.
––¡Tienes que cambiar! ––demanda.––¡Tú no eres mi Astrid!
––¡Exacto! No me conoces. ––sus labios se abren para replicarme, pero lo interrumpo.––Conoces a una niñata de hace diez años que no sabía nada, absolutamente nada. Una niñata que tuvo la infancia que todas deseaban y no valoró lo suficiente. ¡Una niñata que murió cuando la gente a su alrededor empezó a desaparecer!
¿He mencionado ya que tengo pequeños problemas de ira?
Se da la vuelta y camina de un lado a otro pasándose nerviosamente la mano por el pelo.
––¡Todos podemos volver a empezar! ––exclama, como si esa frase fuera a solucionarlo todo.
––¡Ya lo he hecho! ¡Hace años! ––espeto.
Su respiración está agitada. Los dos nos quedamos en silencio unos minutos, calmándonos. Respiro hondo una y otra vez, tratando de disminuir las ganas que tengo de golpear algo.
––Por favor... ––susurra. Por su tono se que se está dando por vencido.––¿Qué te impide no seguirme?
Trago saliva. No puedo contarle que he hecho un trato con un Visitante.
Aunque claro, ¿qué harías si tu vida y la de tus seres queridos dependiera de tu mayor enemigo? Seguramente lo mismo que yo: arriesgarlo todo.
––No es asunto tuyo. ––respondo cortante.
Él niega levemente con la cabeza y a continuación saca un papel de su bolsillo. Hay un mapa. Coge con delicadeza mi mano y lo coloca en ella.
––Por si alguna vez cambias de opinión. Yo solía tenerlo porque los primeros días no sabía el camino para regresar, ahora que me sé esté bosque como la palma de mi mano, te será más útil a ti.
Me muerdo el labio y aprieto el papel.
––Gracias, pero no creo que ese momento llegue jamás.
Él esboza una sonrisa triste.
––Quédatelo, por favor.
Me doy por vencida y asiento.
De todas maneras, mis padres estarán en la Sede y no tendré necesidad de ir al refugio, bueno, podría ir con ellos... Ahora que lo pienso no es tan mala idea.
Odio las despedidas, y más aún cuando no sé si volveré a ver a esa persona a ciencia cierta. Sin embargo, algo me dice que nuestros caminos se volverán a entrelazar, ya sea para bien o para mal.
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