Aquella noche el pequeño Scorpius acudió en compañía de su hermana Helena a la casa del mago. — Señor Ollivander, buenas noches – saludaron a la vez
— Pasa, están en tu casa — Los condujo hasta estar cerca a la chimenea — póngase cómodo.
— Me siento emocionado — Scorpius Malfoy lo miraba maravillado, ayer había contado la historia de sus padres y quería oír más.
— Yo aún más, Soy Helena Malfoy, Tengo 8 años. — La pequeña poseía los cabellos castaños de su madre y los ojos grises de su padre.
El señor Ollivander encendió una vela y entre sus manos tomó el fuego ocultándola de la vista de todos.
» Algunas personas nacen con suerte, es como si abrieran las manos y surgiera un pequeño rayo solar —al decir eso Garrick abrió las manos y ahí estaba el fuego de la vela, los pequeños lo veían maravillados —su personalidad les hace brillar, todos queremos a esas personas, traen felicidad. — apagó el fuego con un soplo. — Los gatos corren a su lado.
— ¿que? — el can lucía sorprendido.
» es una suerte, es un don, una bendición y eso nadie puede negarlo. Lo mismo sucede con las profecías, así que cuando una noche nace un niño afortunado y se predice que algún día será rey, da lo mismo lo pobre que sea el niño, da lo mismo lo malvado que sea el rey que ocupa el trono, da lo mismo lo monstruoso que sea el monstruo.
El señor Ollivander sacó un mapa inmenso, lo extendió sobre la mesa y los niños corrieron a verlo, cada cosa se movía como si fuera una foto mágica. El can se acercó con un hueso entre los dientes se puso en dos patas para poder observar el mapa.
» Bueno, no hace mucho tiempo muy al norte, donde el frío es tan frío que parece que hace calor, dos gélidos corazones tenían el poder. Uno pertenecía a un rey muy cruel, el reino de los reyes Granger, y el otro a una horrible bestia: el grifón.
» Y fue una semana con dos viernes, cuando llegó a oídos del cruel rey una profecía. "ha nacido un niño" le dijeron los espías. Un niño afortunado, pobre cual penitencia, rico cual nieve, séptimo hijo de un séptimo hijo.
» Los sabios o alguna bruja profetizaron que aquel niño sería rey.
»"Supersticiones, majestad, leyendas, chismes de viejas, tonterías, se trata del hijo de un humilde campesino, ¿cómo puede llegar a ser rey? " le dijo su malvado canciller. Pero el cruel rey quedó petrificado, como su le hubieran clavado un puñal en el corazón. así que se reunió con su malvado canciller y juntos a fueron a buscar al niño afortunado para matarlo.
En una cabaña vivía una la familia muy pobre, todos rubios. Era de noche y los padres oraban junto a sus hijos alrededor de la cuna donde se encontraba el recién nacido.
La puerta sonó, el padre fue a abrir la puerta, dos hombres ingresaron, eran el rey y su canciller iban vestidos con ropas de aldeanos.
— Venimos en busca del niño Afortunado, ¿vive aquí? — preguntó el rey.
— Pues...
— ¿vive o no? — preguntó el canciller mientras ingresaba a la cabaña seguido del rey. —¿Nos hemos equivocado de choza?
Ya dentro los niños observaban a los desconocidos, la mujer los recibía y conducía hasta la cuna del bebé.
— Le llaman niño afortunado, pero cuál es su fortuna si no tiene nada. — dijo la mujer observando a su bebé.
El canciller de una pequeña bolsa sacó unas monedas de oro las cuales les mostró a la mujer.
— ¡Santo cielo! — dijo sorprendida.
— Mi amigo que es muy generoso trae siete monedas de oro — dijo el canciller volvió a meter las monedas. — busca un niño para cuidarle y protegerle.
— Como si fuera mi propio hijo — añadió el rey.
— ya lo creo que es afortunado — el canciller trató de darle el dinero a la mujer — ¿no te parece suficiente?
— ¿sí o no? — preguntó el rey Impaciente.
La mujer levanto a su bebé en brazos, para arrullarlo — es mi hijito.
— Pero tienes otros seis hijos — dijo el canciller —que ahora se pondrán gordos y fuertes.
—no le daría por nada. — respondió acariciando al pequeño.
— Es natural— el canciller rodó los ojos — ¿quieres más oro para consolarte?
— No es oro lo que ella quiere — el esposo se acercó a ella — no se puede amamantar el oro ni escuchar los latidos de su corazón— acarició a su pequeño hijo.
— como queráis, tú te lo pierdes— respondió el canciller para darse la vuelta y acercarse al malvado rey. — enviaré a unos hombres la nieve se cubrirá de sangre.
Los padres le oyeron, no querían que ningún de sus hijos pereciera. — señor os entregaremos a nuestro hijo para que lo cuidéis— dijo el padre entregándole el niño — ¿qué más podemos hacer? — susurró.
— magnífico — el canciller tomó en brazos al niño para dirigirse a la puerta.
— os ruego que lo cuidéis. — pidió la mujer
— desde luego — empezó a caminar hacia la puerta.
— es el hijo de un séptimo hijo, un niño afortunado.
— ¡oh sí!, muy afortunado — respondió con sarcasmo para salir junto al rey, dejando a la familia desolada.
» Y eso fue todo, se quedaron sin habla, no podían creerlo se habían quedado sin el niño.
» El rey junto al canciller llevaron al niño hasta un acantilado desde ahí se podía ver romper las olas contras las rocas, el acantilado era conocido como: "los riscos negros"
El canciller estaba a punto de lanzar al niño, pero el rey no detuvo para observar la sonrisa del bebé — que bonita sonrisa
— yo también sonreiría si me dieran vuestro oro, vuestro reino y vuestras posesiones. — respondió meciendo al bebé.
— ¿es cierto? —preguntó el rey con tanta desconfianza— ¿te gustaría?
—No —respondió nervioso — su majestad me refería a él, a este pequeño. — el canciller se asomó por el acantilado dando un pequeño paso hacia delante— desde aquí por suerte que tenga se estrellará contra las rocas o se ahogará, no sobrevivirá.
— oh, no quiero mirar —dijo el rey desde atrás — ¿Que altura puede haber?
— pues unos...
El rey se acercó al canciller y de una patada lo arrojó por el acantilado.
— ¡Muere tú también traidor! — grito el rey — ¡Nadie me robará mi corona!
—¡Terrible! — Scorpius trataba de mantener el rostro inexpresivo como su padre, pero en sus ojos se veía asustado.
— esta historia es terrorífica — añadió Helena, que estaba abrazando sus rodillas.
Garrick Ollivander y el can los miraban con curiosidad — ¿qué? — preguntó.
— ¡Murió ese niño! — Dijo el can —es espantoso.
El Sr. Ollivander Miró a los tres niños y sonrió—¿quién ha dicho que muriera? Yo no, Era el niño afortunado...
Suspiraron de alivio los pequeños y el can.
» El niño cayó, cayó en la oscuridad atraído por el llamado de las rocas, sí cayó como un plomo y se hundió en el abismo, pero su refajo se enganchó en una rama y el golpe quedó amortiguado yendo a caer suavemente sobre la arena de la playa, sano y salvo. El malvado canciller tuvo peor fortuna ya que se lo tragó el mar, menudo festín se dio el grifón a la mañana siguiente.
» En cuanto al cruel rey más de una vez se sentía culpable, ligeramente culpable, sin embargo, pronto olvidó el crimen que hiciera por miedo a una profecía. además, la reina le había dado descendencia, una niña. Una niña que hacía vibrar las fibras más sensibles de su corazón, cuanto quería a su pequeña hija. Transcurrieron los años 10, 12, 15,16 y la niña se convirtió en una belleza, de cabellos castaños, los ojos color miel, de la piel blanca, tersa y suave, era la princesa con las que todos soñaban. Recibió cientos de proposiciones, pero el rey no quería que se casara, ¡no! ¡Por merlín! No estaba dispuesto a perderla. "que nadie la toque" pensaba el rey. "que nadie toque a mi hermosa hija".
En el pueblo un joven rubio atendía un almacén de las cosechas de trigo, maíz entre otros que el pueblo le vendía. Ahí era de donde se recogían los impuestos que debían de pagar al cruel rey.
Se oyó la trompeta que anunciaba que el rey iba ingresar, unos soldados se pararon junto a las puertas, a continuación, el rey ingresó y todos hicieron reverencia cuando el rey pasó delante de ellos hasta llegar al joven rubio.
— Majestad — el joven inclinó su cabeza.
El rey se paró delante del joven rubio que tenía unas notas con las cuentas — vengo a revisar las cosechas de mis súbditos, ¿cómo van?
— Bien, señor, bien — respondió el joven despreocupado.
— el registro —ordenó el rey.
Una pareja adulta se levantó y habló el hombre moreno — Muestra las notas a su majestad, hijo.
El joven le entregó las notas al rey — aquí tenéis señor, vuestro pueblo suda hasta la última mazorca de maíz que siembra.
El hombre mayor se puso nervioso — lo que querrá ver su majestad son los diezmos que le corresponden, claro.
— por supuesto — añadió la mujer apoyando a su marido, lucía igual de nerviosa ante la presencia del rey.
— de lo contrario seríamos súbditos sin rey... ¿Y entonces qué? — dijo el joven rubio.
— exacto, ¿y entonces qué? — el rey dejó las notas a un lado y observó al joven, para luego mirar a la pareja adulta — ¿cómo es que el chico es rubio siendo ambos morenos? — preguntó el rey.
— veréis, es que soy huérfano— confesó el joven antes que lo dijeran sus padres adoptivos.
— Fue un regalo de Dios ya que no nos concedió el tener hijos — respondió la mujer.
El rey empezó a sospechar de quien era en realidad aquel joven —¿lo encontrasteis? ¿Donde?
— junto a los ricos negros — respondió el hombre — hace 17 años, ahí estaba sin un solo arañazo en su cuerpecito.
— entiendo — el rey lo vio — eres muy afortunado. ¿Cuál es su nombre?
— lo llámanos Draco. — respondió el padre.
— Draco, me vendría bien tenerte en la corte— anuncio el rey.
— Me necesitan aquí, señor— respondió el joven
—peor para ellos, papel y pluma— se le acercó un soldado con lo que el pedía —me llevaré al chico, te daré un decreto real, preséntate con esto ante la reina, ella te abrirá las puertas de la corte— escribió aquella carta —a partir de hoy este joven no volverá a pasar penalidades.
—¡Viva el rey! — gritó el soldado y las personas que yacían arrodilladas empezaron a repetirlo.
» ¡Oh! Gran día ciertamente, el rey podía apenas respirar de la emoción, aquel joven debía ser el niño que según la profecía le robaría el trono, el niño afortunado. ¡ASESÍNALO! decía su corazón, ¡ACABALO! ¡MATA! ¡MÁTALO!
Los hermanos se miraban sorprendidos, incluso Helena recordó ver a su papá ponerse pálido cuando su abuelo venía a verlos era como si en verdad quisiera matarlo por haber robado a su madre.
» Resulta que entre el almacén y el palacio había un bosque, atravesarlo a pie era imposible, si alguien lo intentó no volvió jamás, estaba lleno de seres extraños, el muchacho no tenía mapa, llevaba horas perdido y ya era de noche no veía nada, ni siquiera el agujero en el que estaba a punto de caer
Draco cayó por el agujero que daba la impresión de ser un tobogán de tierra, cayó sobre sus posaderas en tierra firme, se vio en una especie de cueva iluminada por unas cuantas velas y más allá estaba un hombre escondido tras un caldero que lo miraba sorprendido.
— ¿dónde estoy? — preguntó.
— ¡Dios mío! — exclamó el hombre —muchacho has caído en un nido de ladrones — se alejó un poco del caldero, tenía el cabello revuelto, la barba crecida y era muy alto — esta es la cueva del ladrón, es un sitio horrible.
Draco se levantó para acercarse a aquel hombre — he de salir de aquí, tengo que ir al palacio, mira una carta del rey —le mostró el sobre.
— Sí ya veo... — parecía nervioso —lo malo será cuando vuelvan mis hermanas, son salvajes, violentas. ¿Tienes hambre? — le pregunto mientras le servía en un plato.
— ¿no puedo salir? — Draco revisaba cada agujero de la cueva, ninguna se parecía dar salida. —¿cuál es tu nombre?
— No, no puedes salir, debes comer algo hasta que decida que hace contigo— al plato de comida le agregó alguna especie de polvo de lo que parecía ser un frasco. — Mi nombre es Rubeus, Soy cocinero y muy bueno — le señaló el plato — esto es...—Draco le recibió el plato—. Prueba gulash — un plato especiado, elaborado principalmente con carne de res, cebollas, pimiento y pimentón.
—gracias — tomó una cuchara y se aproximó a la pared para apoyarse.
— verás cómo te gusta— Rubeus lo miraba a la espera —no puedes irte.
— dicen que soy afortunado—cucharada a cucharada comía el gulash—mi nombre es Draco, está muy bueno — dijo con la comida en la boca.
— Gracias — respondió Rubeus que seguía viendo como el rubio engullía la comida.
— riquísimo — logró decir antes de caer dormido.
Rubeus se acercó en medio de una carcajada —Ya está, soy cocinero, soy envenenador y soy un ser muy malvado — sacó un cuchillo del bolsillo y empezó a registrarlo — veamos lo que llevas en los bolsillos, ni una sola salchicha — tomó la carta entre sus manos — una carta del rey, bien nunca llegará a palacio — abrió la carta para leerla— No llegará, te ha abandonado la suerte, muchacho.
» Pero escuchad, aquel hombre no podía creerlo, que horror, que carta.
"esposa, cuando leas esta carta ordena que el portador un joven llamado Draco sea cortado en mil pedazos, hazlo sin más demora.
El Rey"
— repugnante, pobre chiquillo, no permitiré que te maten — dijo Rubeus observándolo.
» Aquel pillo también era falsificador y lleno de buena voluntad se dispuso a escribir una nueva carta antes de que sus hermanas "las salvajes" volvieran a casa y le cortaran el cuello al joven huésped.
» A la mañana siguiente el niño afortunado se despertó totalmente recuperado y vio el castillo ante sus ojos "Que extraño" pensó. Pero se puso en marcha sin dudarlo más. "Traigo una carta de su majestad" gritó desde el puente "una carta de su majestad" dijo a los guardias y lo llevaron a la presencia de la reina que estaba en compañía de su hija, la princesa Hermione.
» la reacción fue inmediata, ¡boom! la princesa vio Draco, Draco miró a la princesa y boom ¡ya está! ¡El amor! Mientras tanto la reina asombrada leía la carta una y otra vez.
— abucheemos al rey. — dijo el Sr. Ollivander.
Los niños y el can lo hicieron.
— Se lo merece.
— Sí — respondieron los niños
» imagináoslo volviendo a palacio junto a sus soldados, regodeándose, lleno de satisfacción, orgulloso de su cruel hazaña, ya estaría hecho mil pedazos el niño afortunado, como él lo había ordenado, lo había conseguido, había deshecho la profecía, pero al ir acercándose más a palacio oyó campanas y más campanas y al fijarse en las almenas el malvado rey vio algo que no podía creer.
— ¡¿por qué?! ¡¿por qué?! ¡¿por qué?
» Gritaba, pero nadie de palacio le oía.
Tras ingresar a palacio corrió a buscar a la reina, hasta llegar a la almena donde estaba su hija junto a su ahora marido.
— ¡¿por qué?! — le preguntó a la reina al tenerla delante.
— Tú lo ordenaste — respondió la reina — me ordenaste casarlos bajo pena de matarnos a todos por no hacerlo.
— Yo ordené que contaras al portador en mil pedazos, mil pedazos decía y mil pedazos he venido saboreando por el camino.
— aún tengo la carta — se la entregó para que el rey la leyera — es un joven adorable, míralos — le señaló las almenas donde los jóvenes sonreían y se besaban — son tan felices, imaginé que habías hablado con una adivina.
Los jóvenes se acercaron hasta el rey con alegría rebosante.
Hermione usaba un elegante vestido de seda blanca, se acercó hasta su padre y le sonrió— ¡Padre! somos muy felices, ¡gracias! — le besó la mejilla y dio dos pasos atrás.
— majestad — Draco se arrodilló ante el rey — perdonadme, creí que erais un tirano, explotador de los pobres, pero me habéis convertido en vuestro hijo, vuestro heredero y en el esposo más feliz sobre la tierra.
El Rey se giró dándoles la espalda maquinando un plan para deshacerse del niño afortunado — ¿y la pluma dorada?
— ¿cómo decís? —Preguntó Draco aún de rodillas.
— La dorada pluma del grifón—volvió a darle la cara —¿la tienes?
— No señor.
— Tienes que traérmela — respondió. — decía bien claro que mi hija sin ella no podía casarse.
Draco se puso de pie y Hermione se colocó delante de él de manera protectora — padre, eso es imposible.
— ¿por qué? —preguntó el ahora príncipe.
Hermione se giró para verle — porque el grifón es un monstruo que de alimenta de hombres — respondió nerviosa.
— Sí no será fácil, pero no cualquier hombre merece casarse con mi hija. — dijo el Rey como si fuese lo más obvio.
— ¡ah! Muy bien, iré.
—¡No! —Hermione estaba desesperada. Apunto de las lágrimas.
— Te aseguro que volveré — le dijo viéndola a los ojos.
—Nadie ha conseguido volver— se abrazó a su marido.
— ¡Por desgracia eso es cierto! — afirmó la reina.
— veremos— respondió Draco, por algo le decían afortunado.
» Y el niño afortunado se puso en marcha, "voy por el grifón" se decía así mismo, "voy por el grifón".
» No sabía ni en qué dirección ni a cuanta distancia estaría, pero seguía caminando, a medida que avanzaba la tierra era más pobre, las praderas habían dado paso al polvo y el polvo al negro desierto del grifón. Siguió su larga y penosa marcha hasta que un día llegó a un lago en el que no había peces.
—¡Eh barquero! — gritó al hombre ya anciano que estaba cubierto por una negra túnica que guiaba una pequeña barca —¿puedes llevarme a la otra orilla?
— Yo tengo que cruzar el lago de un lado a otro incesantemente contigo o sin ti — respondió el anciano.
—Pues te acompañaré.
— como quieras...
El niño afortunado subió a la barca. Ya en medio del lago decidió hablar.
— Busco al grifón.
— Sí — respondió aquel hombre de aspecto cansado, poseía una inmensa barba blanca y ojos azules.
— ¿está cerca? — le preguntó Draco.
— allí — respondió viendo delante, donde parecía haber un castillo y la orilla brillaba.
— ¿que son esas luces que brillan? — preguntó el niño afortunado.
— Oro, piedras preciosas, nadie consigue llevárselo.
Draco se giró y observó al anciano — yo sí, yo si volveré.
— si vuelves tal vez consigas averiguar por qué he de continuar este cansado ir y venir interminable, ya me está doliendo hasta el alma.
— te lo diré cuando vuelva...
» Todo el que llegaba preguntaba lo mismo, ¿dónde está el grifón? Lo buscaban unos para amor, otros por justicia, fama o fortuna, pero todos acababan siendo la cena del grifón, todo terminaba en terribles lamentos, crujidos de huesos y espeluznantes sorbeteos de sangre.
Draco ingresó cuidadosamente al castillo y ahí llegó al comedor, había una larga mesa cubierta por un mantel, había huesos regados por el piso, escuchó un sonido y sacó el cuchillo para empuñarlo.
—¿quién va? — preguntó y ante sus ojos apareció Rubeus un tanto asustado.
—¡oh Dios! ¡que susto! — dijo bajando el recipiente que contenía vísceras.
—¿qué haces tú aquí? — preguntó Draco al reconocerle. —¿y tus hermanas?
Rubeus se encogió de hombros —por aquí esparcidas — señaló los huesos. — No lo sé exactamente — cogió un omóplato del piso para luego lanzarlo.
— ¿qué ha ocurrido? — preguntó el joven rubio.
— el grifón vino a la cueva, tenía hambre, me salvó el saber cocinar, pero escucha — se acercó a Draco para conducirlo hasta la salida— debes marcharte vamos, ven.
Draco evitó seguir siendo arrastrado — necesito quitarle una pluma, la dorada.
— ¿su pluma dorada? — el rubio asintió ante la pregunta — tendrás suerte si sales de aquí con vida — lo tomó del brazo para seguir arrastrándole—olvídate de la pluma dorada.
— es que se la he prometido a mi esposa — ante esa repuesta Rubeus dejó de arrastrarlo.
— ¿deberás?, válgame, válgame, estamos perdidos.
— y también tengo que averiguar cuando podrá descansar ese pobre barquero. — Draco señaló por una ventana a donde se encontraba el barquero remando.
— escóndete ahí abajo — Rubeus le señaló bajo la mesa — haré lo que pueda.
— Gracias buen amigo— respondió mientras se metía bajo la mesa
— No es nada — le respondió con una pequeña sonrisa para luego en las vísceras verter algo de somnífero.
El castillo empezó a temblar, la mesa y el piso a moverse y el aire era muy fuerte. El grifón ingresó, poseía cuerpo de león, garras de águila, alas de dragón y la cabeza de un águila con ojos amarillos. La pluma dorada reposaba en la parte trasera de su cuello.
— Huelo, huelo a rica carne humana — dijo mientras olfateaba, se sentó a la mesa.
— claro que hueles a hombre, a mi— respondió Rubeus.
— ¡no! Estoy oliendo a otro hombre—El grifón bajó la mirada hasta su cocinero.
— pues aquí no hay nadie más, Bueno ¿tienes hambre? — preguntó señalando el recipiente con las vísceras podridas.
— me comería una casa — respondió el grifón.
— No me extraña — manifestó Rubeus aguantando reírse.
— No hables tanto — le dijo intentando darle un manotazo al hombre que lo esquivó agachándose. — Huelo, huelo, huelo a carne humana — mientras el grifón hablaba Rubeus subía a la mesa, ya que el grifón era demasiado grande para comer inclinándose sobre el recipiente — Como me gusta la carne. —Rubeus cargó el recipiente en brazos hasta alzarlo a la altura del grifón— anda dame — al decirlo empezó a engullir la carne.
» Acurrucado bajo la mesa del grifón, Draco escuchaba respirando en silencio aquel ambiente impregnado de olor a vísceras podridas.
Rubeus bajó el recipiente mientras el grifón tragaba lo último de las vísceras, luego le eructó en el rostro.
— Ya he terminado — respondió como si fuera un pequeño.
— Bien, me alegro, ¿te rasco un poco ahora? — preguntó.
— Sí ráscame — afirmó la bestia mientras lo abrazaba con sus garras para poder acercarlo a lo alto de cuello donde las plumas le molestaban.
Lo que en verdad Rubeus intentaba era arrancarle la pluma dorada, cuando logró encontrarla tiró de aquella pluma más no pudo arrancarla. El grifón dio un inmenso grito de dolor así que separo a Rubeus para verle a los ojos.
— ¿qué me has hecho? — preguntó mientras le sostenía de las cadenas en el aire.
— Perdona soy muy torpe, te he arañado, lo dejaré — respondió.
— no, sigue rascándome— respondió medio adormilado. Lo acercó nuevamente e intentó arrancar la pluma sin éxito, el grifón de un movimiento ya tenía la cabeza de Rubeus en su enorme y apestoso pico de águila.
— Perdón, perdón, ¡tendré mucho más cuidado! — decía tratando de zafarse del pico del grifón — ¡lo juro! Mucho más. — tras esas palabras lo soltó y pudo pararse sobre la mesa.
— No me arranques cosas — le advirtió la bestia.
— claro que no, eres un monstruo muy sensible — se acercó al grifón para volver a rascarse mientras buscaba la pluma.
— ¡No soy un monstruo!
— He querido decir una bestia incomprendida y genial — dijo con voz ronca y estaba vez Rubeus cogió la pluma de un tirón la arrancó para luego soltarse, echarse sobre la mesa y luego entregarla disimuladamente a Draco mientras el grifón gritaba de dolor.
— Soy ave, un pájaro incomprendido — con una de sus garras de la pata derecha presionaba el pecho de Rubeus. Con las garras de la pata izquierda presionaba sus piernas contra la mesa para evitar que escapara—¡no soy bestia! — le gritó.
— Claro que no, eres ave, un pájaro muy bonito — respondió Rubeus hablando muy rápido — debo irme y volver a mi agujero, a esa oscura y horrible cueva, ese es mi sitio.
—¡no! — gritó el ave, el grifón.
— No me detengas, le pediré al barquero que me cruce el lago, estará ahí como siempre esperando algún pasajero, ¡pobre hombre! ¿Por qué estará siempre ahí? ¿Por qué no puede irse? — preguntó.
— está maldito y así seguirá hasta que otro le coja el remo, entonces le pasará la maldición al otro, ¡sencillo! — respondió el grifón.
— De modo que ¿si le pasa el remo a alguien este tendrá que remar y el quedará libre? — Rubeus sonrió — ¡que fácil! Voy a decírselo al infeliz, debo decírselo, deveras tengo que decírselo enseguida.
El grifón bostezaba, ahora el somnífero Empezaba a hacer efecto. — No, me gusta tu gulash y que me rasques la pechuga.
— deberías dormir un poco — el grifón recargó su cabeza sobre el cuerpo de Rubeus — anda duérmete — Rubeus le acariciaba el pico — te espera un largo día, devorando gente y destruyendo haciendas.
— Sí, voy a dormir un poco— cerró los ojos.
— eso es, dulces sueños — tras un par de segundos Draco salió de su escondite sosteniendo la pluma dorada, le agradeció en silencio a su amigo que lo despidió con movimiento de la muñeca.
» Y el niño afortunado después de coger algunas piedras preciosas, salió corriendo con su pluma dorada dichoso de volver junto a su bella esposa.
Y estaba otra vez en la barca donde el anciano estaba sorprendido — No puedo creer que hayas obtenido la pluma. Sin embargo, has vuelto y nadie lo había conseguido.
— pues ya ves, yo sí y sé cuál es tu solución, al próximo viajero que pase dale tu remo, tu suerte pasará a él y tú serás libre. — le informó Draco mientras sostenía su cofre de madera.
— que fácil... Era muy fácil.
» y por primera vez después de muchos años, siglos tal vez, resurgió la esperanza en el barquero, se dibujó una sonrisa en su rostro, una pequeña sonrisa que cada vez se fue haciendo más grande.
El rey estaba sentado en su trono creyendo que Draco ya había sido comido y digerido por el grifón.
— ¡ha vuelto! — grito un soldado mientras ingresaba al salón del trono, tras él venia la reina — ¡ha vuelto!
—¡Sí! Y trae la pluma dorada— dijo la reina muy emocionada
— Sí, he regresado — Draco ingresó de la mano de Hermione, ambos muy felices — y traigo la pluma dorada.
» "sí, he hecho lo que me pedisteis" dijo, y el rey no tuvo más que darle sus bendiciones a pesar de la amargura que le causaba, cuando vio el tesoro le brillaron los ojos, joyas, piedras preciosas.
— ¿Donde las conseguiste? — preguntó el rey.
— crucé el lago en una barca para llegar hasta el grifón, en la otra orilla hay oro en vez de rocas, esmeraldas en lugar de arena y cuando rompen las olas caen diamantes.
— es cierto Draco, eres afortunado.
» y al decir esto los ojos le brillaron de codicia y la boca se le hizo agua, así que el rey decidió ir el mismo, aquella noche salió del palacio a escondidas y emprendió viaje hacia la mágica orilla del lago.
— venga, vamos, vamos — decía el rey sobre la barca del anciano — ¿no hay forma de que vayamos más de prisa?
— sí señor, hay una forma...
» remad vos mismo, remad vos mismo.
» así que si algún día vais a un lago y hay una isla con una barca llevada por un viejo barquero que va y viene daos la vuelta allí vive el grifón y puede que nunca más regreséis, pues el barquero fue un malvado rey que se burló de una profecía, que tenía un corazón cruel y la naturaleza pequeños, pequeños amigos míos, es muy sabia y hace justicia.
— ¡oye! — el can puso una pata en la pierna de Garrick —Y ¿Hermione y Draco vivieron felices y comieron perdices? — preguntó volviéndose a sentar.
— Sí, fueron enormemente felices, ¿es que no recuerdan? Era el niño afortunado.
— es que se nos olvida — respondió Scorpius — me dan miedo las profecías al único que conozco que haya estado en medio de una es el tío Harry. El niño que sobrevivió y mató al calvo sin nariz.
— creo que si nadie les temiera a las dichosas profecías sería poco probable que se cumplan— añadió Helena.
— en todo caso ha sido un hermoso relato — expresó Scorpius. — ya quiero saber de qué tratará el de mañana.
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