Capítulo 26

Lennon Campbell

—Adiós —susurré.

Miré el cielo estrellado.

—Gracias por haber cuidado de mí —murmuré, por lo bajo, viendo la entrada del castillo.

Ha sido hermoso, pero no deja de ser doloroso.

Las personas demostraron su amor y admiración a Urbs con cada flor puesta en el acceso de unas de las obras más hermosas del imperio. De hecho, hay millones de ellas en las escaleras de la entrada al castillo, incluso la idea de hacerlas a un lado para pasar es triste.

Solo hay que recordar el amor de las personas al haber sollozado en la mañana.

—Tengo miedo —admití—. De ver a mis amigos morir enfrente de mí... y no ser capaz de hacer nada —murmuré, recordando el encuentro con Daren.

¿Mi presencia en esta pelea es necesaria?

Me arrodillé para dejar un ramo de flores, algunas masticadas por César.

Supongo que esa es la esencia de nosotros dos y la que tenían en mente los emperadores de Urbs al verme llegar junto a su hijo.

—Necesito ser fuerte —gruñí, golpeando el suelo—. No puedo ir al frente, incluso si lo deseo, porque yo soy un estorbo —escupí desesperada viendo el retrato de ambos.

Un trueno se escuchó en medio de la noche, el cual me hizo temblar, pero a estas alturas estar sola y no sentir el consuelo de mis amigos ya no duele como al principio.

La lluvia cae representando mis sentimientos en la entrada de la conmemoración de la muerte de los emperadores.

¿Por qué el tiempo pasa tan rápido?

—¿Por qué no soy capaz de proteger a las personas que me importan? —pregunté, pegando la frente al pavimento—. Ni siquiera puedo garantizar el bienestar de mi acompañante, temo por su existencia, por la vida que no me pertenece —confesé—. Es una mierda, ¿por qué debo cargar con esto? —maldije.

Deseo gritar hasta deshacerme porque sé que no tengo otra opción, más que aceptar que mi vida no me pertenece y acoplarme a los deseos de los demás.

—Joven Lennon.

Despego mi frente del suelo para sentarme y observar a la persona que está hablándome.

Un paraguas cubrió mi cuerpo.

—Levántese, por favor.

El mejor amigo de Date, su mano derecha, me tendió su ayuda para ponerme de pie y a su lado se encuentra Fatheree.

—Viejo —dije.

¿Acaso tengo que aceptar mi destino?

Abrió los ojos con lentitud, desvelando el claro de ellos gracias a la ceguera.

—Entiendo.

No hacen falta las palabras cuando estoy en presencia del padre de la magia. Sin embargo, después de todo, debo desahogarme con alguien.

—Sé que todavía no lo aceptas —comentó, acuclillándose a mi lado—. Está bien sentirse desconsolado cuando te encuentras enfrente de un abismo —señaló con calma, rodeando mis hombros con cuidado—. Sabía que la presencia de mis alumnos sería necesaria para tu aprendizaje —soltó.

Mis ojos se abrieron de golpe al escuchar la mansión de mis padres.

—Yo no pude ser un reemplazo de ellos. Lo lamento —dijo.

—No hace falta, viejo. Está bien —respondí temblando, apretando con fuerza los puños—. Ellos tenían que cumplir con Urbs y yo también —declaré.

Cierro los ojos debido a las lágrimas, oprimiendo los labios porque no deseo seguir sintiéndome mal.

—Está bien —palmeó mi espalda.

En cambio, liberé un sollozo.

—Puedes llorar, yo no voy a juzgarte. Sé fuerte, mi querida alumna.

Me lamenté.

—Algún día, Urbs sabrá quién eres —animó—. La historia recordará tu nombre.

—Yo solo quiero proteger a mis amigos —confesé.

—Será inevitable la pérdida... vas a tener que ser fuerte, si no deseas ser consumida por el egoísmo de los más poderosos.

(...)

Luego de la tormenta viene la calma.

—¿Qué van a ponerse? —chilló Zila.

—Baja la voz —murmuré—. Intento dormir.

—Quizá... ¡Un vestido verde! —gritó Gwen, haciéndome refunfuñar.

Me giré en el césped para darle la espalda a mi grupo de amigos.

—No lo he pensado, ¿debería ser importante? —cuestionó Benjamín.

Me cubrí los oídos.

—Que poco agraciado —reprochó Maeve.

—¿Podrían bajar la voz? —gruñí.

Willow se removió sobre mi cabeza cubriéndome el oído con su cola mientras el cráneo de César cuelga en mi espalda y sus piernas en mi estómago. Al mismo tiempo, Tania también decidió tomar una siesta sobre mi cadera.

—Están exagerando —manifestó Benjamín, quien se ganó unos cuantos reproches por parte de las chicas—. Oye, tú. ¿No vas a ayudarme?

—No me metas en tus asuntos, mago —dijo Duncan del otro lado.

Reí por eso.

—Todos vendrán a ver la coronación del príncipe heredero —anunció Zila—. Deberían ser más serios.

—Soy un soldado —manifestó Duncan—. Así que, llevaré vestimentas militares, si eso es lo que quieren saber —dijo burlesco.

Las chicas gritaron.

—¡Qué encanto!

¿Por qué son tan ruidosos?

—Lo sé —respondió con simpleza.

—Qué arrogante —escupió Benjamín.

—¿Acaso no soportas ser el centro de atención, chamán? —bromeó con perversidad Maeve imitando a Duncan.

Reí.

—Vamos a dejar de reírnos del presidente y hablemos de lo que sí es importante —aclaró Zila.

—Tú también eres arrogante —inquirió Benjamín.

—¿Y tú no? —reprendió.

Los demás silbaron.

—No es necesario empezar a discutir —aconsejó Gwen.

—Es su forma de decir que se aman —comentó Maeve.

Me ahogué por ello.

—¿Qué? —pregunté.

Me exhalé y por consecuencia desperté a los acompañantes sobre mí, quienes cayeron al suelo.

¿Zila con Benjamín?

—¿Qué estás diciendo? —reprochó mi mejor amiga, cruzándose de brazos—. Una noble no debe perder el tiempo, Maeve. No como tú lo harías —afirmó.

—Basta —murmuré sintiendo la tensión en el ambiente.

Fruncí el ceño, viendo la expresión de odio de Maeve.

No la juzgo, Zila no sabe bromear a menos que se trate de mí y muy pocos comprenden su retorcido humor. Incluso puede ser muy orgullosa.

—¿Una noble? —cuestionó—. Ni siquiera podrías llegarle a los talones a los de sangre imperial —escupió.

Ambas se pusieron de pie.

—Chicas, por favor. No arruinen el ambiente —suplicó Gwen.

—No te metas en esto —declararon al unísono.

—¡Silencio! —rugí con fuerza, ambas voltearon a verme con sorpresa—. Si van a montar un espectáculo que sea en privado, pero nadie debe tolerar sus berrinches y menos sus faltas de respeto —farfullé al cruzar los brazos sobre el pecho—. ¿He sido clara? —inquirí con autoridad—. ¿Estás bien, Gwen? —pregunté suavizando el semblante.

Ella me miró con los ojos vidriosos, pero asintió y me regaló una dulce sonrisa.

—¡Sí!

—Una mujer con presencia —murmuró Duncan, a lo que mis mejillas se encendieron.

—Campbell es así cuando hay injusticias. La detonante fue el carácter dócil de Gwen —explicó Benjamín.

—Me siento celosa —farfulló Zila.

—Tú me haces perder la cabeza —reí, rodeando sus hombros con mi brazo—. Ya no lo hagas, por favor.

Ella fingió lloriquear.

—La contienda terminó por heridos —sollozó, mostrándose dramática.

—¿Qué vas a ponerme, Lennon? —preguntó Gwen.

Las miradas se centraron en mí. Sin embargo, aún no lo sé porque Date me dijo que no podía abrir la caja hasta el día de la coronación.

—Voy a hurgar en las pertenencias de mi progenitora —mentí.

¿Qué me habrá regalado?

—¡Oh! No lo saben, pero la madre de Lennon fue una mujer muy hermosa —estalló Zila con enamoramiento—. Su apariencia elegante le daba un aire... único.

—Oh, es cierto —musitó Gwen con la mirada iluminada—. Ella parecía una emperatriz.

Supongo que era así.

Mi madre fue una mujer preciosa, de hecho, podría decir que era la más bella de todo el imperio. Mi padre se consideraba un hombre con suerte.

—¡Oh, ya lo sé! Los invito después de clases a mi casa, ¡vamos a registrar mi guardarropa! Por cierto, ustedes dos también van a ir —bromeó Zila con los chicos, quienes intercambiaron miradas.

—Será divertido estar entre nobles.

—Tu padre no me agrada —confesó Benjamín, haciéndonos reír.

—Es un hombre intimidante —suspiré.

—No exageres, Lennon —sonrió Zila.

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