Capítulo 12
Narrador Omnisciente
Hace 7 años, una niña de cabellera corta, por encima de los hombros, y ojos azules, se encontraba caminando a un lado de su maestro.
En la caminata, la mirada curiosa de Lennon recorrió las muecas jocosas de los estudiantes de Tempus, las mismas son dirigidas a la persona que camina a su lado, Fatheree, el director de la Academia.
El ceño fruncido de la menor es notorio, al igual que su expresión confusa por los gestos irrespetuosos de alumnado hacia la autoridad.
—Ellos se ríen de ti —murmuró, por lo bajo, observándolo de soslayo.
—Lo sé —tarareó—, ¿piensas que debería preocuparme? —preguntó.
—¿Cómo podrías saberlo? —escupió con ironía, enarcando una ceja—. Tú no puedes ver —declaró siendo obvia.
A cambio, el mayor esbozó una sonrisa dulce.
Al mismo tiempo, se escucharon las campanas para que el alumnado ingrese a las aulas, por lo que los pasillos quedaron desolados.
—¿Por qué se burlan de ti? —cuestionó, mostrándose interesada, colgándose en una ventana.
La llanura verde, del patio de la Academia, es preciosa.
En ciertos sectores hay árboles perdidos que brindan una agradable sombra en las tardes de primavera. A su vez, los estudiantes tienen el privilegio de obrar libremente por el lugar, ya que el edificio de Tempus rodea el espacio verde. Y, en el centro de ella, hay una fuente con estatuas imponentes de los antiguos soberanos y en medio, la cual libera agua, es la del dios de Urbs, Arán.
—Te vas a caer.
No prestó atención y siguió con lo suyo, teniendo la mitad del cuerpo adentro y la otra afuera.
La cabellera corta le obstruye la mirada, pero no supone un problema.
—¿No vas a responderme? —insistió.
Es agarrada del cuello de la camisa, por el contrario, ya que casi se cayó.
—Yo sé que es aburrido, Lennon —musitó con cuidado, colocándola en el suelo—, pero debes asistir a clases.
—Evades mi pregunta —se quejó abrumada, agitando los brazos y moviendo los hombros con nerviosismo.
Él se llevó una mano hacia la barba larga, empezando a peinarla mientras suspira y reniega en pensamientos por la descarada niña que tiene a su cargo.
Sus discípulos le dejaron un regalo poco agraciado.
Aún no comprende cómo fue capaz de sobrevivir tantos años con el pequeño terremoto. De hecho, siente que las preguntas de la menor le han sacado más canas.
—Soy un viejo —contestó resignado, empezando a oír las risas de la niña. Rodó los ojos, haciendo una pausa para que Lennon finalice con su burla. —¿Terminaste?
—Sí —concluyó, limpiándose las lágrimas—. ¿No deberías imponer más respeto, viejo? —cuestionó siendo maliciosa, haciendo énfasis en la última palabra que dijo.
Desde aquí, ella empezaría a llamarlo de esa manera, recordándole a Fatheree que es alguien vago y sin gracia.
—¿Por qué debo hacerlo? No voy a gastar energías por unos mocosos irrespetuosos —bramó disgustado, arrancándole una carcajada.
—Oh, vamos —parloteó, aferrándose a la túnica blanca de este—. Podrías ser un grato emperador, viejo —siseó con cinismo.
—Mis enemigos me reconocerán por la sabiduría y mis amigos me recordarán por la simpatía —informó siendo elocuente.
Lennon hizo una mueca disgustada.
—Eres un charlatán —bramó. Luego se sintió preocupada. —¿Puedo faltar a clases? Me encantaría estar con César. Según Van der Veen, él solo necesitaba reposo. Me dijo que mi acompañante es alguien perezoso —rio divertida.
No obstante, el ambiente agradable que los envolvía se disipó.
Lennon vio curiosa la expresión frívola del viejo, abriendo la boca con sorpresa, como si fuera una O, y enarcó una de las cejas con curiosidad.
—A mis espaldas —ordenó.
Entonces respondió con rapidez, sintiéndose desorientada por el repentino cambio en la tensión del ambiente.
No podría dudar de las acciones de su maestro, sus padres le enseñaron a respetar a los mayores, incluso cuando ellos estuviesen equivocados. Quiere decir, no tiene que burlarse del fósil que la está criando, porque Fatheree debe tomarse en serio.
—Saludos a la Sombra de Urbs —proclamó con profundidad—. También —hizo una pausa—, es un placer tener presente a mis alumnos, Antiguos Milagros.
Las pupilas de Lennon se dilataron, percibiéndose emocionada por la presencia del príncipe de Urbs en Tempus, ya que se dice que él no suele asistir a la Academia por cuestiones de la realeza. Al igual que Los Antiguos, quienes una vez elegidos empiezan a educarse de otra manera.
Por eso mismo, se siente impaciente. Es decir, comenzó a buscar con nerviosismo, a pesar de tener a Fatheree obstruyéndole la vista, a los presentes.
—¡Hola! —gritó, dándose a conocer, capturando la atención de todos.
Su visión recorrió las imponentes figuras de los adolescentes y adultos hasta toparse con el futuro soberano de su imperio.
Sin embargo, en el momento que cruzó miradas con aquel azul intimidante sintió un extraño hormigueo y la aparición de un ardor terrible en la espalda que la obligó a moverse inquieta.
Lennon hizo una mueca, llevándose una mano hacia el cuello por el calor que ascendió por su cuerpo. De todos modos, guardó silencio a pesar del dolor intenso y les brindó una sonrisa cálida a los presentes.
Algo no anda bien.
Asumió con preocupación, ahogándose en un vaso de agua por su nuevo sentir.
—Lennon —advirtió Fatheree, percibiendo un cambio radical en el maná de la niña.
El cuerpo cálido de la joven dejó de verlo en la oscuridad, por lo que se quedó sin habla.
—¿Acaso es una nueva discípula suya? —rugió con rudeza un Milagro, inclinando el cuerpo para contemplar a la niña.
Sin embargo, Fatheree omitió por completo la pregunta del joven moreno porque ahora mismo es incapaz de encontrarla en la oscuridad de su mundo.
—Es un encargo —asumió con rapidez.
Tanteó para toparse con el hombro de la chica con el objetivo de aferrarse a él con fuerza a fin de advertirle lo que ocurre en silencio.
—Debemos retirarnos —anunció siendo expresivo, captando la atención de los presentes—. Lennon.
—Oh, sí —murmuró, haciendo una reverencia—. ¡Adiós! —saludó divertida, siendo radiante.
Ella es aprisionada de la muñeca por la mano de Fatheree, quien dirigió el agarre para que la niña se aferre a su túnica porque supone un problema el hecho de no poder verla en la oscuridad.
—¿Qué pasa viejo? —murmuró confusa.
Contempló de soslayo sus espaldas, encontrándose con la retirada de Los Antiguos a excepción del príncipe de Urbs, el cual se encuentra de pie observándolos con atención.
—Él nos está viendo —anunció, empezando a sentirse acalorada cuando contempló el destello de la mirada contraria —. Un bicho me picó —confesó molesta, tratando de rascarse la espalda.
Luego de un encuentro inesperado en los pasillos de Tempus, Lennon no tuvo otra opción que asistir a las clases.
Según Fatheree, se sentía descompuesto porque había dejado de percibir su presencia, explicándole que la magia que antes fluía por su cuerpo desapareció de la nada.
Sin embargo, ella no lo tomó en serio, cree que son excusas del viejo para librarse de su persona.
—¡Zila! —gritó, corriendo hacia la niña de coletas—. Mira —estalló siendo eufórica, enseñándole un sapo a la contraria.
—¡Qué asco! —escupió, haciendo una mueca.
—Lo agarré para Willow —explicó, viendo a la dragón bebé en el suelo—. ¿Puedes comerla? —preguntó curiosa, acuclillándose para enseñarle el anfibio.
—Tu regalo no le gusta —aclaró la niña, viendo a su acompañante agitar las alas con violencia.
—Oh, vamos —insistió—. Me costó cazarlo —lloriqueó apenada.
—¡Ya sé!
Zila llamó su atención.
—Hagamos una broma —susurró, señalando a los niños en la llanura de la Academia.
Los ojos de Lennon se ensombrecieron, siendo perversos en el momento que ella curvó la comisura de los labios.
—¡Me gusta! —chilló, colocando el sapo en su cabeza—. Vas a ser nuestro cómplice —exclamó, señalando al animal sobre su cabello, el cual emitió un "croar".
Las niñas rieron.
(...)
Lennon Campbell
Eran buenos tiempos.
Tengo mucho que pensar sobre el consejo de Fatheree, quiero decir, entiendo que debo ser sincera para evitar un conflicto con mis compañeros y más me importa lo que Zila piense al respecto.
Le tengo mucho aprecio a mi amiga, porque como ya lo he dicho antes, ella forma parte de mi media naranja junto a César.
Yo me siento fatal porque no puedo ser honesta cuando nos conocemos desde pequeñas. No obstante, en estos momentos, me siento incapaz de poder decir la verdad.
Además, una vez el secreto sea revelado, mi vida va a cambiar por completo, ya que voy a dejar de vivir como una persona común que le sirve a Urbs.
Me siento una impostora.
No tengo razones para encarar con madurez la situación y me agobia la idea de tener que elegir una vida que desde un principio no planeaba.
—¿Qué debo hacer? —suspiré resignada, viendo por la ventana de mi habitación.
La imagen del castillo siendo iluminado por la luna y las estrellas deslumbra en la noche.
Desde aquí, los barrios bajos, puedo contemplarlo a detalle. Es un imperio precioso, de hecho, no tengo mucho conocimiento sobre el alcance de sus territorios, pero es necesario decir que ni siquiera he explorado un 5% de ellos. Aun así, no dudo de la belleza de mis tierras.
A veces me gustaría volver el tiempo atrás y evitar ese encuentro.
Hay tantas emociones que me encantaría sentir antes de despedirme de la vida que llevo aquí.
—¿César? —pregunté curiosa—. ¿Te desperté?
Él trepa el cajón que está a un lado de la ventana para quedar a mi altura. A su vez, se aferra con cuidado a mi pijama con el objetivo de subir y sentarse en mi hombro.
—¿No puedes dormir? —murmuré.
Él apoya el cráneo en mi mejilla.
—Yo tampoco —susurré, viendo borroso por las lágrimas que retengo—. Estoy triste —confesé haciendo una mueca, encogiéndome en la silla para aguantar el llanto.
Las pequeñas manos esqueléticas arroparon mis mejillas y me guían con cuidado a fin de llamar mi atención.
—¿Qué debo hacer? —hipé desesperada, viendo una expresión afligida en él.
A cambio, chasquea sus huesos con el objetivo de animarme, tratando de ser divertido para arrancarme una sonrisa.
Limpia mis lágrimas con cuidado y deposita un beso dulce en mi mejilla, por lo que mi corazón se estruja en el momento de sentir su apoyo moral.
—Gracias.
Él me abraza, siendo cariñoso.
Los amigos son como los acompañantes.
Las palabras que dijo Fatheree hacen ruido en mi mente, dejándome helada cuando contemplo la calidez de César al abrazarme.
Me cubro el rostro, empezando a llorar con más fuerzas, oyendo sus crujidos desesperados por verme sollozar.
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