Capítulo 08

Narrador Omnisciente

—¿Acaso es aceptable que un guardia de Tempus sea despojado de su arma por un estudiante? —cuestionó con amargura, dirigiéndose al director.

—Conoce a la perfección a Campbell, Su gracia —musitó, ganándose una mirada asesina por parte del recién nombrado.

—Usted también conoce a Tempus, incluso más que la familia real. Aun así, no tomó las medidas necesarias para evitar los asesinatos en masa que se cometieron —declaró siendo severo—. ¿Qué piensa decirle a las familias de sus alumnos? —gruñó con potencia, enfrentando al anciano.

La mirada zafiro destelló frente a Fatheree, quien tuvo que bajar la cabeza en respuesta a las palabras de su príncipe. No solo aceptando el reproche, sino la responsabilidad que conllevan las muertes del alumnado de la Academia.

Los ataques efectuados a los institutos más importantes de Urbs fueron un desastre.

—Su conducta no será ignorada por la familia real —amenazó.

Levantó el brazo para abrir la puerta de la habitación con magia, invitando al mayor a retirarse por sus medios.

—Buenas noches a la Sombra del Imperio.

Fatheree se despidió, saliendo del cuarto, dejando a solas al heredero.

Los ojos oscuros del príncipe recorrieron con paciencia cada extremo del cuerpo inmóvil de la joven. A su vez, deslizó la yema de los dedos sobre el brazo desnudo de la chica, contemplando los hematomas en su piel blanca.

No estaba dispuesto a aceptar un error cuando se trata de la locura en su presencia; Lennon es su locura. Y a pesar de las muertes contempladas, no comprende cómo ella logró sobrevivir a algo tan espeluznante de la manera que lo que vivió el alumnado en la isla.

En realidad, Date sabe la respuesta, pero debe proteger a Lennon de ella.

(...)

Lennon Campbell

Me siento a un lado de la ventana, apoyando el codo en el marco y el mentón en la palma de la mano. De igual forma, subo las piernas a la silla, tratando de que no se me vea nada gracias a que solo llevo puesto un camisón blanco.

No sé cuánto tiempo he dormido luego de lo que ocurrió en la Arena en Tempus, pero sí soy consciente de que no han parado de examinarme desde la mañana. Aunque no puedo quejarme, ya que el desayuno, almuerzo y merienda fueron deliciosos.

De todos modos, nada lo compensa, no tener a César a mi lado es deprimente. Además, no saber el estado de Zila o de mis compañeros me tiene inquieta.

¡Nadie me dice nada!

No obstante, siendo honesta, no tengo la energía necesaria para ser la misma de siempre. Siento el cuerpo cansado, a veces mi mente se desconecta y no soy capaz de controlarlo.

Sin embargo, el estar sola, me dio tiempo de examinarme y distraerme un poco. Mis extremidades adquirieron un color violáceo y puedo contemplar a la perfección los hematomas que dejó el agarre de los dedos de las manos podridas que me retuvieron. En la ceja izquierda tengo una cicatriz recta, ella baja hasta por encima de la mejilla, y en el labio inferior un corte sutil que desaparecerá con el tiempo.

Luego se encuentra todo en orden o eso creo.

—Te has levantado —la voz de la enfermera resonó en la habitación—. ¿Cómo te sientes? —preguntó, empleando un tono dulce.

—¿Y mis compañeros? —cuestioné, en un susurro, viendo el paisaje que me brinda la ventana del hospital.

—Ellos están... —no concluyó la oración, haciendo silencio de forma repentina—. Saludos a la Sombra del Imperio.

Hasta que te dignas a aparecer.

—... —Suspiré, viendo de reojo, la reverencia exagerada por el ingreso de la Molestia de Urbs al cuarto.

—Puede retirarse —manifestó siendo cordial, extendiendo el brazo en dirección a la salida.

La puerta se cierra, haciendo que el ambiente se perciba pesado entre nosotros.

Enderezo la espalda, enfocando la atención en el bullicio del centro para evadir su presencia porque tengo tantas barbaridades estancadas en la garganta.

—¿Qué fue lo que viste? —preguntó con paciencia.

Las pisadas de Date son claras cuando se dirige hacia mi posición. Él se recarga en el marco de la ventana, cruzando los brazos por debajo del pecho para ver en mi misma dirección.

Su expresión se ve tranquila, pero puedo sentir que él por dentro está furioso.

—Dolor —respondí siendo sincera, pegando la frente a las rodillas para ocultar mi expresión—. ¿Cuántos sobrevivieron? —pregunté titubeante, tratando de suprimir las imágenes de mi cabeza.

Él no responde, por lo que su silencio me prepara para lo peor.

—Había 1000 estudiantes, orgullosos de participar en las pruebas a fin de alcanzar una meta, un sueño, pero solo lograron salir 105 con vida y, en su mayoría, heridos —contestó siendo sombrío.

Libero un monosílabo gracias al llanto que intento retener. Entonces me abrazo a mí misma, empezando a llorar en silencio porque me siento atormentada.

Se trata de una herida importante para Urbs, la realeza, Tempus, las familias y compañeros traumados por ver por primera vez la sangre de un amigo y/o hermano deslizarse de nuestras manos.

—No podía interferir en el suceso de Tempus, lo siento —susurró, por lo bajo, colocando con cuidado la palma en mi cabeza para consolarme—. Tu intento ingenuo por salvar a la hija de Sr. Reagan fue exitoso. Aun así, la chica y César estuvieron a punto de experimentar la pérdida de una amiga —musitó—. Si no hubiese sido por Farrell habrías muerto —sentenció con severidad.

—La muerte es honor cuando defiendes lo que crees que es correcto —murmuré, descubriendo el rostro.

—Aprende a vivir primero.

Mi mirada se cristaliza.

Yo tuve miedo, Date.

Su ceño fruncido me transmite muchas cosas, pero él no se atreve a decirlas.

—Eres capaz, sobre todo audaz, incluso cuando no dispones de la magia a tu antojo —por un minuto, traté de detenerlo—. Aguantaste entrenamientos de magos de categoría Magister. Y, aun así, no logro encontrar las palabras adecuadas para formular una sola pregunta... —confesó confundido, tomando distancia—. Tuviste suerte, Lennon.

—Lo sé —murmuré a su regaño, dándole la razón.

Me hago pequeña en el asiento porque me siento en aprietos.

—Sé trataba de un mago de categoría Magister o Peritus. No sabría descifrarlo con exactitud... —su mirada furiosa me advirtió, porque sabe que no hay posibilidad a la hora de enfrentar a alguien con esas capacidades—. Él era un usuario de Mors, al igual que César. Pero sentí una mezcla extraña de maná; Mors y Gehenna. Mi estigma reaccionaba cada que vez que usaba Gehenna y tuvo el descaro de mostrar su Eagna.

Relamo mis labios, aguantando su mirada escalofriante. De hecho, ella podría ser peor, si fuera electrizante trataría de lanzarme por la ventana, porque mi maná reacciona a su poder.

Mi mente duele cada vez que Date me persuade con su magia.

—No vuelvas hacerlo —ordenó fastidiado, aferrándose con cuidado a mi brazo para retirar las manchas y hematomas de mi cuerpo—. Te prohíbo actuar por tu cuenta.

—Es una hipótesis —musité preocupada, viendo su mirada aclararse—, ¡eso no nos dice nada! —chillé alarmada, ya que su pedido va a condicionarme.

Tiro de mi brazo, desesperada, porque no quiero curarme, ni mucho menos recibir órdenes. ¡Solo hará que me convierta en incapaz!

—Lennon —llamó mi atención.

—¡No quiero ser alguien inútil! —grité.

—¡Deseo protegerte! —estalló, deshaciendo el agarre.

Me siento de golpe debido al tirón que le di a mi propio brazo para alejarme, siendo sorprendida por su confesión.

La habitación queda en silencio.

Y, por un momento, dejo de contemplar hostilidad en él.

—Existe la posibilidad de que allí afuera haya magos más poderosos que Los Antiguos, incluso que Fatheree o yo —confesó furioso—. He deducido que quizás los ataques efectuados a Urbs sean por una viable rebelión, si no quien se arriesgaría a enfrentarme —musitó a regañadientes.

—Las Alianzas se deben a eso, ¿verdad? —pregunté con rapidez—. ¿Y a qué te refieres con "ataques"?

Se cruza de brazos con el objetivo de calmarse, cubriéndose el rostro con una de las manos para dejar de verme. A su vez, trata de que su mirada vuelva a la normalidad con el propósito de no alterarme.

—¿A qué te refieres con que "hay magos más poderosos que tú"? —susurré, por lo bajo.

Oprimo los labios, suavizando el semblante debido a sus palabras.

¿Cómo podría existir alguien más poderoso que Date?

La familia real cuenta con magos únicos, es más, su maná es superior cuando se trata de compararlo con el de otros usuarios, ni hablar su Eagna que podría destruir ciudades enteras o aniquilar la vida en la tierra.

Quiero decir, son pocos los magos que poseen esa virtud. La Eagna es más escalofriante de lo que parece y lo que relato solo es la punta del iceberg.

De hecho, si fuera por antojo de Date, él no me necesitaría como su acompañante y hago mención de esto para que comprendan la capacidad de su magia en el mundo en el que vivimos.

Es decir, no se trata de un simple mago que tenga que enseñar sus habilidades para asumir su fuerza. La familia real nace con esa aptitud y es incuestionable el nivel de superioridad de poder que poseen. Sin embargo, el ser poderosos los limita a la hora de participar, porque el equilibrio debemos mantenerlos nosotros. Ya que su actuar conllevaría la ruptura de la estabilidad.

Ellos no necesitan demostrar que son fuertes, porque nacen siéndolo.

—No voy a involucrarte —musitó, retomando su postura habitual—. Vive con calma, Lennon —aconsejó, apoyando una mano en mi cabeza—, por el momento, no necesito que estés a mi lado.

Hubo silencio.

—¿Vas a retirar tus palabras? —pregunté con ilusión, refiriéndome a la prohibición.

—No —respondió con simpleza.

A cambio, me pongo de pie con rapidez, viéndolo furiosa.

—¡Necesito de mis capacidades físicas para seguir en Tempus! —proclamé, rechinando los dientes—. Lo sabes.

—Mira —evadió mi protesta.

Su vista se dirige hacia la puerta, por lo que la sigo y mis ojos se iluminan en cuanto me encuentro con mi amigo.

—Alguien estuvo preguntando mucho por ti.

Las manos pequeñas abriendo con timidez la puerta y el cráneo de mi huesudo amigo, asomándose por ella, me arrancan una sonrisa.

—¡César!

Si fuera posible, caerían lágrimas espesas de sus huecos. El crujir de su mandíbula que expresa felicidad cuando me ve es sublime, por lo que extiende sus manos y empieza a correr en mi dirección por la emoción.

—Oh, César —lloriqueé con alegría, rozando nuestras mejillas cuando lo recibí de cuclillas.

Sus manos envuelven mi cabeza y el sonido frenético de sus chasquidos de exalto me producen un estallido de emociones en el estómago.

—Yo también estaba preocupada por ti —confesé.

—Me retiro —murmuró, caminando hacia la salida—. Ha sido difícil retener a César, tuvo un ataque de ira y por poco mata a varios de mis soldados —anunció, por lo que lo miro sorprendida y él se escondió detrás de mi espalda—. Tendrás que castigarlo. Es una orden, Lennon.

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