Capítulo 03
Lennon Campbell
—No es habitual verte por aquí.
Levanto los hombros, restándole importancia a la idea de encontrarme en la enfermería.
—No es nada —mascullé, picando la cabeza de César, quien duerme sobre mi estómago.
Luego de rendirme en el encuentro contra Farrell, me dirigí hacia el edificio de medicina de la Academia para atender mi lesión en la nuca. Sin embargo, gracias a que César despertó, las enfermeras no tuvieron la necesidad de gastar recursos en curarme.
Los compañeros tienen la obligación de proteger a la persona que eligieron como su maestro, es decir, se trata de un contrato por el cual criaturas especiales cuidan la vida de la persona que los alimenta y les aporta maná. A ver, no solo se limita a ser ese tipo de relación, el vínculo es más complejo, pero no pienso extenderme más de la cuenta.
En resumen, en el momento que César fue consciente de la herida, él compartió su vitalidad a fin de que el corte se reduzca y sea menos perjudicial para mi salud.
En conclusión, por recomendación de las enfermeras, me recosté en una de las camillas con la finalidad de que César pueda recuperar la energía que perdió en atenderme.
Y, punto a considerar, no es fácil para él hacerlo porque hay una escasez importante a la hora de encontrar las gemas que necesita con el propósito de su ascenso. Ellas son las que lo fortalecen y hacen que una habilidad tan fácil como curar heridas no requiera de un descanso para recuperarse.
Aun así, el tamaño pequeño de César es adorable, porque puedo llevarlo a todas partes en la espalda. Por eso mismo, sí se presenta el caso de poder alimentarlo, espero que no crezca y se quede del tamaño de un bebé.
—Desde un principio —hizo una pausa, por lo que me enfoqué más en César—, tu intención nunca fue luchar, ¿no es así? ¿Por qué lo hiciste?
—Da igual —respondí a secas.
Hay muchas razones por las que no deseo ser un Antiguo Milagro y se debe a la carga que conlleva ser uno de ellos. Además, me parece absurdo pertenecer a una especie de escuadrón especial cuando sé que mi destino es otro.
No quiero que se malinterpreten mis pensamientos, de alguna manera, la magia hace una excepción a la hora de elegir a sus prodigios y eso es extraordinario, pero no cuando se trata de permanecer a un lado de la familia real.
—Lennon —llamó.
—No —murmuré.
Mis ojos se cierran con la esperanza de desaparecer, es decir, es difícil aceptar que mi vida está ligada a alguien más.
No quiero ser la acompañante de un mago.
—Hablé con Fatheree —anunció con tranquilidad.
Mi pecho se encoge, pero no me atrevo a responderle porque a pesar de tener los ojos cerrados sé que se sentó a un lado de la camilla.
—Él no va a volver a insistir en qué partícipes en estos eventos.
Veo el techo blanco de la sala para no encontrarme con la mirada de Date, mi maestro, amo o como deseen llamarlo.
He llevado una vida normal, incluso me sentí afortunada de tener a un compañero cuando César me eligió. Sin embargo, las piernas me temblaron en el momento que me encontré a un Antiguo Milagro.
Me di cuenta de que era su compañera cuando cruzamos miradas y la piel en mi espalda empezaba arder por el estigma que nacía en ella, una asquerosa marca de ganado.
Hay mucho que explicar respecto a lo que está ocurriendo en este momento, pero digamos que el tabú de Urbs es la maldición que poseen algunos hechiceros y ella es aceptar la vergüenza de ser el compañero de otro mago.
Esto implica que jamás podré utilizar la magia a mi antojo porque la persona que está enfrente de mí canaliza el maná que yace en mi cuerpo.
La impotencia de no poder realizar hechizos básicos por tu cuenta te produce vergüenza y saber que este contrato solo se puede romper si uno de nosotros dos muere te pone en una situación lamentable.
Lo extraño de mi postura, por lo que Fatheree insiste en que luche en las arenas, es que jamás en la historia de Urbs se dio que un compañero tenga su propio acompañante. Esto crea una esperanza, es decir, puede que sea la clave para romper el tabú.
Además, yo no necesito alimentarme de gemas como sucede con ellos.
Fatheree y Date, gracias a que pertenece a la realeza, han ocultado mi condición para que lleve una vida normal. No obstante, tarde o temprano todos van a mirarme de otra manera porque mi existencia se resume a vivir por mi maestro.
Me volteo en la camilla, acomodando a César con cuidado para no despertarlo.
No deseo hablar, tampoco dispongo de la energía necesaria con el objetivo de empezar a reprochar las cosas que tengo estancadas en la garganta. A veces pienso que solo debo aceptarlo y someterme a la realidad que me tocó, pero en algún lugar de mi corazón hay esperanza de que todo pueda variar.
—No vas a poder seguir ignorándome por mucho tiempo, ¿lo sabes? —replicó, palmeando mi cabeza con cuidado.
A cambio, la moví con brusquedad para sacarlo.
—¡Vete! —grité, molesta, perdiendo la compostura—. Yo no elegí esta porquería —escupí siendo severa, sintiendo como mis ojos se humedecen por la rabia.
No llores, Lennon. ¡Eres más que esto!
Él se aferra a mi hombro para voltearme, obligándome a verlo a los ojos, por lo que me cohíbo en el instante que el zafiro de su mirada me intimida.
—¡No es fácil! —gritó—. Pero tuve que ceder en más de una oportunidad para que puedas llevar una vida normal, ¿piensas que evadiendo la realidad vas a resolverlo? —preguntó, acercándose de repente a mi rostro—. No puedo seguir posponiendo la coronación, ¿comprendes?
Mis ojos se llenan de lágrimas y la idea de decir algo desaparece en el momento que su mirada se vuelve electrizante, el claro de ella se aviva, a lo que golpeo su mano. Me aferro a César, quien despertó, y me alejo de Date.
—¡No es justo! —bramé, bajándome de la camilla con el fin de marcharme y en la acción apoyé el antebrazo en su pecho para empujarlo—. ¡No tienes poder sobre mí! Yo no te considero mi maestro —afirmé.
(...)
El cielo se encuentra despejado.
—¡Lennon! Baja de ahí, vamos a merendar. ¡Las pruebas de hoy terminaron! —estalló mi amiga.
A pesar de estar viéndola desde las alturas, me doy cuenta de que los raspones en sus mejillas son evidentes, por lo que deduzco que a Zila le dieron una buena pelea.
Me bajo con cuidado de la rama del árbol.
—¿Cómo estás? —pregunté siendo amable—. Déjame adivinar —la detuve haciendo un ademán—, ganaste.
—Pero no quedé satisfecha —concluimos al unísono.
—¿Puedes creer que mi oponente era superior en todos los sentidos? —reprochó a regañadientes, haciéndome sonreír.
Se pellizca el entrecejo con molestia.
—Según Tempus, los encuentros deberían estar equilibrados —gruñó, por lo que me encogí.
—Si te hace sentir mejor, a mí me emparejaron con Benjamín —musité, a lo que gritó—. Está claro que no te hizo sentir mejor —comenté incómoda, rascándome el cuello.
Ella se aferra a mi hombro para tomar asiento a un lado. A continuación, se cruza de brazos haciendo un mohín mientras empiezo a registrar su mochila para retirar los sándwiches envueltos que tiene.
—¿Willow? ¿Dónde está? —pregunté, mordisqueando el aperitivo.
Qué buena cocinera conservan, Zila.
—Ese maldito bastardo —escupió molesta, golpeando el césped con frustración. A cambio, César abrazó su pie para calmarla, arrancándonos una sonrisa—. Le apagó la llama a Willow —confesó, captando nuestra atención—. Nos asistió Van der Veen. Él me dijo que estará en observación una semana, por lo que tendré que buscar Ignis para que su recuperación sea más efectiva y rápida —explicó.
Me sorprende que él haya asistido a las pruebas, sabiendo que detesta que los acompañantes sean heridos. Es decir, no por nada, su asignatura trata sobre el cuidado que debemos tener con nuestros pequeños amigos. Se llama Práctica Maestra.
—Me sorprende que nos estén llevando a ese extremo —murmuré preocupada—. ¿Te encontraste con Fatheree, Zila? —pregunté con rapidez.
De su parte, recibo una respuesta negativa.
Qué extraño.
Frunzo el ceño, viendo a César regalarle una flor a Zila.
—También me sorprende que Van der Veen asistiera —musitó, viéndome a los ojos cuando volteó en mi dirección—. Tengo un mal presentimiento, Lennon —susurró preocupada, por lo que oprimí los labios.
Yo también, Zila.
No por nada el estigma que poseo en la espalda ardía cuando Willow estaba inquieta, es más, por alguna razón me perturba que incluso Date estuviera de encubierto en la Academia por las pruebas de los Antiguos. Es decir, sé que es un Milagro, pero la realeza no suele presentarse a esta clase de actividades y menos el futuro emperador.
—Saca a Willow de la Academia —aconsejé, limpiando su mejilla debido a que su herida empezó a sangrar.
—Más me preocupa que sea necesario.
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