Capítulo 6
Un juego de palabras comenzó a sobrevolar mis pensamientos. Lo tenía en la punta de la lengua, pero siempre llegaba otra palabra que aplastaba todo intento de recordar ese nombre extraño que no se daba por vencido. Aquel nombre me acompañó toda mi luctuosa mañana. Era un cadáver andante por culpa de un desamor.
Luego de las soporíferas clases de la universidad, llegué a casa, aunque si me hubiera topado con un feroz oso pardo, con intenciones de comerme, no me hubiera importado. Era tan frágil como una jeringuilla y, a la vez, era una pistola cargada a punto de disparar. Aunque solo ver el rostro aburrido de mi padre me pondría como un rifle Ak 47.
Antes de que atravesara la linda puerta de mi habitación, que era como mi centro de rehabilitación, mi madre y yo coincidimos en la puerta y ella me ganó el saludo.
—Hijita, ¿qué tal las clases?
—Como siempre —dije sin dar a entender si era bueno o malo.
—Que bueno, hijita —dijo ella y clausuró sus palabras y me quitó los ojos de encima para mirar hacia abajo, y no porque haya algo interesante ahí, sino porque algo la ponía cabizbaja.
Era común ver a mi madre apesadumbrada y con ganas de soltar un grito que rompiera las ventanas. Conmigo era alegría y con mi padre era solo disgusto: el disgusto le había ganado a la alegría. La incertidumbre se veía en su semblante, que era un panteón ahora mismo. Sus ojos decían más que su lenguaje corporal.
—¿Qué pasa, mamá? ¿Papá llegó anoche? ¿Aunque sea ebrio?
—No, hijita. No llegó ese alcornoque de mierda. Y para colmo, hace unas horas, una mujer me llamó preguntando por Waldo.
—¿¡Qué!? ¡No! Espero que no sea lo que estoy pensando...
—De tu padre todo se puede esperar.
—¡Creo que odio a los hombres!
—No, hijita. No digas eso. Esperemos que llegue temprano. Ahí veremos qué pasa.
—Bueno, mamá, yo ya salgo a la casa de Violeta; tiene algo importante que decirme. Tal vez tarde un poco y me pierda tu sabroso té.
—No, hijita, tú ve nomás. No te preocupes.
Entré a mi habitación y dejé un par de gordos cuadernos en mi cama, cama que a veces sufría las calamidades de mis manos y pies. Pero mi madre convertía una frazada arrugada en algo pulcro y nuevo. Antes de salir le dediqué unos segundos al espejo: no me veía tan mal. En cambio ayer parecía una bruja vendedora de escobas.
Me puse la mochila y antes de cruzar la puerta, Broly me bloqueó el paso y entró a mi cuarto a esparcir su alegría infinita, la cual me hacía falta.
—¡Ay, mi pulgoso hermoso! ¿Qué pasa? ¿Quieres que te lleve?
Broly se estrujó los ojitos con su patita, como diciéndome que sí.
—Hum, pues vamos, vamos. Así no sales a perseguir autos.
Cogí el arnés, la correa y salimos de la habitación. Broly mostraba mucho entusiasmo tan solo llegar a la puerta.
—¡Mamá, estoy llevando a Broly!
El trayecto hasta la casa de Violeta fue bastante vertiginoso. Yo no llevaba a mi perro, él me llevaba a mí, y yo corría como si tuviera ruedas en vez de pies. Como las calles eran un cementerio de baches, los vehículos ni se acercaban. Tres manzanas de mi casa fueron pocas para mi pequeño Broly con ganas de competir en un canódromo.
Llegamos a la puerta y mi perro no sacaba la lengua de cansancio, pero yo sí. Mientras me recuperaba, inspeccioné la vivienda por si no nos habíamos equivocado de casa, y no porque muchas se parecían a la de Violeta, sino que mi cabeza era un lugar congestionado y enmarañado. Inhalé un poco de aire, mientras que mi perro se aguantaba las ganas de perseguir autos o monoplazas: le sobraban pulmones a mi perro.
«Bueno, ya estoy aquí, pidiendo prestado un poco de aire, pero ya llegué. A ver qué es lo importante que Violeta tiene que decirme».
Yo sabía de antemano que Violeta no respondería a dos golpecitos en la puerta: más de cinco ya era para preocuparse. Pero a la tercera abrió y salió algo desmelenada y jacarandosa, como de costumbre.
—¡Kari, no te esperaba con...!
—Ay, no. Ya te olvidaste que hoy venía a tu casa.
—Sí, sabía. Lo digo por tu gato, digo perro. ¿No muerde, verdad?
—No, no. Él es una ternura. Es educado y muy cariñoso.
—Confío en ti, porque hace poco o creo que fue hace mucho que un perro casi me...
—Si, si. Ya me contaste. Casi te come y lloraste un poco. Tranquila, amiga.
—Bueno, pasa Kari y el mamífero...
—Broly, se llama Broly. Por hermano en inglés y lindo.
—Se ve bonito, en cuanto Broly no ladre porque me pondré histérica.
—Tranquila... —dije con una sonrisa, ya que era muy raro ver a Violeta asustada.
Unas largas escaleras que parecían no tener fin fueron la antesala a la habitación de Violeta. Mucha de esa tranquilidad lo necesitaba mi casa, donde las malas noticias se cocinaban como pan caliente.
—¿Y tú mamá? —dije muy curiosa.
—Anda envuelta en asuntos laborales y también en busca de queso. A veces pienso que hace lo imposible para no estar conmigo. Bueno, no me importa. Tengo más tiempo para mí. Puedo hacer lo que quiera. Si quiero masturbarme lo hago y ya.
—Sí, ya veo —sonreí.
La habitación de Violeta era la cuna del sosiego. Era tan calmado y silencioso que fácilmente podía poner un estudio de grabación. Mi amiga tenía una seria obsesión con el color rosa pastel, que era preponderante en su habitación.
Me senté en su cama, tan suave como para dormir sin despertarme más. Broly acababa con toda la tranquilidad de la habitación y Violeta buscaba con tenacidad algo en su computadora de escritorio.
—Violeta.... ¿Violeta? ¡Violeta!
—¿Sí?
—¿Qué era lo importante que tenías que decirme?
Ella se acercó y se sentó a mi lado. Me miró con picardía durante unos segundos.
—Ya dime. Me estás poniendo nerviosa.
—Mira... tengo el pack de fotos de mi cantante favorito, del que te hablé la otra vez.
—¿¡Qué!? ¡Muéstrame!
—¿Segura?
—Sí, sí, sí.
Cogí el móvil y quedé con la boca abierta por un tiempo prolongado: suficientes como para que un mosquito busque refugio. Pero Violeta me daba poco tiempo para ver. Faltaba que me cobrara por ver algo que solo a ella podía darle orgasmos visuales.
—Hermoso, ¿verdad? Es un papacito.
—Es verdad, pero ¿solo para eso me llamaste?
—Bueno, también para regalarte algo.
—¿En serio? Estas bromeando.
Fue como un meteorito hasta su guardarropa y extrajo varios ropajes.
—Sé que te quedarán bien —dijo Violeta, pero no le creí.
—Espera... Yo no uso ni short ni faldas ni vestidos. ¿Es una broma?
—Bueno, yo creo que siempre hay una primera vez. No seas así, necesito espacio en mi guardarropa.
—Ah, claro, claro.
—Por favor, acéptalo.
—Hum, bueno, bueno, pero se llenará de polvo en mi habitación.
Broly se aguantó las ganas de destrozar la habitación de Violeta hasta la hora de irnos. Puse el obsequio de mi amiga en mi mochila y abandonamos su casa.
Salí de casa con el semblante animado, pero todo eso se derrumbó cuando un vil rostro cambió todo en segundos: Ezequiel. No tenía ni la más mínima vergüenza al venir a mi casa y, de paso, con un ramillete de flores. Era muy valiente al venir a verme: él no sabía que mi ira no era un mito.
—¡Karina, dame un momento, te lo pido!
—Ezequiel... Lo único que conseguirás con esas flores es que los lleves a tu futura lápida. No hagas que mi enojo haga aventar cosas, como tu moto, por ejemplo. Si no quieres salir en las noticias vete antes de que te traumes con mi ira. ¡Cernícalo!
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