Capítulo III - El niño europeo
La mañana llegó y Alaska se rehusaba a dirigirle la palabra a su padre a pesar de que éste constantemente intentaba iniciar una conversación. A pesar de esto el día comenzó con normalidad, la familia de cuatro salió a disfrutar del día juntos ya que la joven americana tenía que partir antes del fin de semana. Después de pasar toda la mañana juntos regresaron a su hogar para comer y descansar. Alaska se la pasó con su hermano evitando de manera notoria a su padre ya que sólo le contestaba a su tía cuando le hablaba. Soviet claramente extrañado intentó preguntarle a su hermano por esto pero Alaska evitaba el tema.
- Mocosos, Finlandia está aquí - avisó la mujer rubia. Soviet bufó, no le caía de maravilla Finlandia mientras que Alaska frunció el ceño sospechosa acerca de la repentina visita del albino europeo.
- Finlandia? Por qué? - preguntó la de cabello azulado. Finlandia era un poco más mayor que Alaska por lo cual él tenía más responsabilidad cuando se trataba de la diplomacia del Imperio.
- Qué? Pensaba que les caía bien el muchacho - respondió la mujer con su típica mirada antipática. Soviet frunció el ceño mientras que Alaska miraba dubitativa a su tía, comprendía que frente a Soviet no podía decir el porqué, así que ni bien su hermano se fue se volteó hacia su tía.
- No me mires así, tu padre lo llamó, yo no sé nada - replicó la mujer. Alaska frunció el ceño ante las palabras de su tía, no le gustaba para nada a donde iba todo eso.
- Dale un respiro a tu padre, Alaska, en parte... Tiene razón - dijo la mayor. Alaska desvió la mirada pensando en las palabras de su tía, aún no sabía cómo sentirse al respecto de todo aquello.
- Hey mocosos... - la voz grave del albino se oyó. Tenía aquella típica voz de joven que ya atravesó la pubertad, grave y suave a la vez.
- Hey Fin - saludó la jovencita. Finlandia era amigo de Alaska, era como familia, crecieron juntos, comieron juntos, cometieron múltiples travesuras juntos.
- Estonia no vino? - preguntó Alaska por la menor. Finlandia negó levemente con la cabeza, Estonia aún era muy pequeña, era más joven incluso que Soviet, no quería exponerla a la diplomacia del imperio.
- Oh! Finlandia, ya estás aquí - comentó levemente sorprendido y a la vez deleitado el Imperio. Finlandia se inclinó levemente haciendo una reverencia al Imperio Ruso, a pesar de haber crecido bajo su tutela no lo consideraba una figura paterna.
- Cómo están las niñas? Espero y estés cuidando de ellas - comentó el ruso mayor. Finlandia asintió levemente ante las palabras del ruso como afirmación, sabía que se refería a las dos hijas del difunto Polonia-Lituania.
- Imperio, los europeos han llegado - comunicó la capital. Los dos menores observaron a su padre confundidos ante las palabras de la capital, Finlandia por su parte parecía ya haber pasado por esto más de una vez.
Las puertas se abrieron de par en par dejando ver a los mencionados europeos, las miradas de los menores analizaron curiosos a las figuras desconocidas. Un hombre alto de cabello negro con uniforme negro fue lo primero que llamó la atención. La jovencita de cabello azulado se enfocó en el rostro del desconocido, alrededor de sus ojos podía percibir claramente cicatrices. Los ojos del hombre eran de un color rojo oscuro profundo, tenía una mirada imponente, fría, le causaba escalofríos. Observó la postura del hombre, hombros en alto y espalda recta, mostrándose imponente e incluso algo amenazante.
- Niños, les presento al Imperio Alemán, actual líder de lo que solía ser el Reino de Prusia, supongo que recordarán a Prusia - dijo el ruso mayor. En su rostro una sonrisa tranquila intentando inspirar confianza a los menores.
- El europeo que la tía Zara odia? - contestó curioso el jovencito castaño. Tras sus palabras una risita curiosa se oyó en el lugar, aquello llamó la atención del ruso quién llevó su mirada al propietario de aquél sonido.
Detrás del imponente alemán se hallaban dos jovencitos, el mayor tenía el cabello negro y en su rostro tres franjas se mostraban. Los ojos del joven eran iguales a los de su progenitor, rojos y oscuros pero se veían más vivos que los del mayor. A un lado de este se encontraba un adolescente cuyo cabello era negro igual al de su hermano y el de su padre. El rostro del jovencito era completamente blanco, sus facciones eran delicadas como no se solía ver en un hombre, quizás porque su cuerpo aún no había madurado. Sus ojos eran rojos, pero a diferencia de su hermano y su padre, estos eran de un rojo carmesí. Su mirada resultaba inquietante y a la vez incluso algo hipnótica.
- Soviet, por favor - respondió el ruso mayor. Soviet volteó los ojos en cuanto su padre le llamó la atención, mientras que Alaska se fijaba en como el alemán mayor miraba de reojo a su hijo menor con aquella mirada tenebrosa causando que la sonrisa del niño se desvaneciera al instante.
- Zarist, no calles al niño, dice la verdad - respondió la mujer de cabellera rubia. El Imperio Ruso mantuvo la sonrisa en su rostro a pesar de sentirse verdaderamente avergonzado de lo dicho por su hermana.
- Y estos adorables niños supongo que son tus hijos? - cambió de tema. El alemán volteó la mirada a sus descendientes sin cambiar aquella expresión sin vida que solía llevar diariamente.
- Imperio, mi nombre es Weimar, soy el hijo mayor del Imperio Alemán, es un honor estar aquí frente a usted y su familia - se presentó el mayor. El imperio observó impresionado la formalidad del niño, los rusos menores se miraron entre sí para luego mirar al niño como si fuera un bicho raro.
- Vaya, y tú pequeñín? - preguntó sonriente el ruso mayor. El pálido jovencito pintó una sonrisa en su rostro dejando ver dos hoyuelos en sus mejillas, más antes de que pudiera hablar su padre lo interrumpió.
- Él es Dritte, es el más pequeño - respondió. Entonces el ambiente se tornó denso, el adolescente dejó de sonreír para bajar la cabeza apenado.
La forma en la que su padre se refirió a él dejó más que claro la importancia que tenía en la poderosa familia alemana, absolutamente ninguna. Dritte era el menor, era el pequeño niño inofensivo, a pesar de ser un adolescente su padre continuaba refiriéndose a él de aquella manera. Lo hacía sentir pequeño e insignificante, como si tuviera la misma importancia que una diminuta cucaracha. Alaska frunció el ceño enfadada, si antes no le agradaba el alemán ahora menos que menos. Semejante a su sobrina, Zara también frunció el ceño ante la manera en la que el alemán se refirió al niño.
- Espero y no hayan tenido que escuchar de él por los rumores - dijo la tercera voz. El antes mencionado prusiano hizo acto de presencia, su típica voz cínica causó que la sangre de la rubia hirviera.
- El pequeño maricón - continuó Prusia. Los menores abrieron sus ojos de par en par ciertamente impresionados por el término que utilizó el prusiano.
- Que asco das - ladró la rubia. El prusiano arqueó sus cejas mostrando aquella sonrisa cínica y despreciable que solía tener Prusia.
- Finlandia, estás a cargo de los niños, en lo que los adultos hablamos - dijo el Imperio Ruso. La voz de éste sonaba más seria que normalmente, su mirada amarilla apenada mirando al Imperio Alemán.
Finlandia asintió levemente y le hizo una seña a los rusos menores para que lo siguieran. Llevó entonces su mirada a Weimar quién miró a su padre a la espera de su confirmación. El alemán mayor sacudió levemente de mano dando a entender que podía ir con los eslavos y entonces siguió al finlandés. Detrás e incluso un poco alejado les siguió el alemán menor, éste iba con la cabeza gacha mientras miraba sus manos. Las pequeñas manos pálidas del adolescente se mostraban levemente marcadas por sus uñas. Bufó molesto, talló sus palmas contra su abdomen intentando borrar las marcas con histeria. No tardó en llamar la atención del menor de los rusos, éste le miró extrañado y ciertamente confundido.
- Qué miras, niño bonito? - gruñó. No sonó como halago si no como un insulto cosa que causó que el ruso frunciera el ceño molesto.
Sin decir más el menor aceleró el paso evitando al resto de jovencitos mirando al suelo con el ceño fruncido, su hermano ni siquiera se molestó en decirle algo. Esa familia era cuanto menos rara, él jamás dejaría que alguien insultara a su hermana y viceversa. Estaba tan ensimismado en sus pensamientos que ni siquiera notó que su hermana había desaparecido.
Alaska se negaba a continuar en la ignorancia, era una jovencita testaruda, estaba decidida a enterarse de qué estaba pasando. Regresó al interior del lugar, se quitó los zapatos para no hacer ruido y se escabulló rápidamente al pasillo de donde provenían las voces. Se acercó lentamente hacia las voces, trató de respirar lo más suave posible disminuyendo las probabilidades de que la descubrieran. Oyó entonces claramente la voz de su tía diciendo barbaridades al prusiano, no solía escuchar a su tía hablar de esa manera. La curiosidad le picó y tenía ganas de acercarse a ver qué estaba ocurriendo, pero no se arriesgaría.
- Silencio mujer, no te metas - replicó el prusiano. La mujer tomó al contrario del cuello de su camisa, gruñó molesta de manera amenazante.
- Hipócrita, te atreves a humillar a una inocente criatura por algo que ustedes hacen diariamente - respondió molesta. Prusia le miró despectivamente mientras que el Imperio Alemán mantuvo su típica expresión seria.
- Qué los trae por aquí? - preguntó finalmente el Imperio Ruso. Su voz sonaba agotada por la situación y su mirada se fijó en el alemán menor quien simplemente le miró sin expresión.
- Pues, como dije, rumores de que el mocoso está enfermo comenzaron a salir por su obvia apariencia, debido a esto tuve que ajustar ciertas cosas para asegurar la reputación de mi hermano - relató el prusiano. Los dos rusos le siguieron con la mirada, la mujer con enojó y el hombre con clara confusión por sus palabras.
- Me dediqué a hablar con Habsburgo - fue interrumpido. Al mencionar al Imperio Austríaco la mujer volteó los ojos riendo incrédula ante las palabras del cínico que tenía frente a ella.
- Por la reputación de los dos Austria-Hungría es... Mi pareja... - continuó el alemán menor. El Imperio Ruso no tardó en demostrar su impresión e incluso cierta desilusión ante las palabras del mencionado. Repentinamente todo se sumió en un silencio sepulcral.
- El punto es, debido a que estoy instruyendo a Weimar dejé al menor con Austria-Hungría - relató evitando la mirada del ruso. La mujer rubia empuñó sus manos fulminando al alemán menor con su mirada impareja resplandeciendo con rabia.
- Y Austria-Hungría es madre de dos niñas, por lo que atribuí su comportamiento a la falta de interacción con varones de su edad - explicó. Hablaba de manera monótona sin demostrar emoción o simpatía, mucho menos afecto y ni siquiera preocupación en su voz.
- Una vez dicho esto, veo que has criado a un buen jovencito, Zarist, por lo que me atrevo a preguntar si el menor podría pasar tiempo con su hijo para que... Se recupere... - finalizó. El lugar se mantuvo en silencio, Prusia con una sonrisa narcisista como siempre y los dos rusos desconcertados.
- No, suficiente, lárguense de aquí - reclamó la rusa. El alemán menor frunció el ceño y dirigió su atención al ruso quien mantuvo su mirada en el suelo, se veía confundido, desorientado incluso.
- Zara, no te metas - ladró en respuesta el prusiano. Esto desató otro altercado entre los mayores de edad mientras que los dos menores se miraban en silencio con los nervios a flor de piel.
- Silencio! - replicó repentinamente el ruso. El silencio se estableció en el lugar, Imperio Ruso no era una persona que solía levantar la voz, era extraño verle hacerlo.
- Por favor, retírense - pidió amablemente. El Imperio Alemán frunció el ceño confundido mientras que Prusia se mostró enfadado por la respuesta otorgada por el ruso.
- Zarist, no seas irracional! Second te está pidiendo un favor! - replicó. Por su parte el ruso suspiró pesado cerrando los ojos ciertamente estresado por la situación.
- Los niños están juntos en estos momentos, ahora, les pido amablemente se retiren - pidió nuevamente. Los dos alemanes se miraron entre sí y Prusia a regañadientes asintió levemente dando a entender que se fueran.
Alaska ya se había esfumado, su corazón latía fugazmente mientras corría cruzando el jardín con rapidez. No se molestó en ponerse los zapatos, tan sólo corrió y corrió, su mente estaba abrumada por tanta información, tantas palabras. Se sentía diminuta ante tal charla, era demasiado densa, demasiado complicada, quizás aún no era tan adulta como pensaba. Jadeó exhausta, una vez se adentró en la arboleda se dejó caer en el césped, sus ojos soltando lágrimas de impotencia. No podía creer todo lo que ese europeo era capaz de hacerle a su propio hijo, como hablaba de él, pareciera que ni siquiera lo quería. Jadeó nuevamente, era una pesadilla, su corazón dolía por el pobre adolescente, empatizó con él y no pudo evitar sentirse agobiada.
- Te encuentras bien...? -
→Una patata XD se ha conectado←
Fuaaa, capítulo pesado, ahora las cosas se pondrán bastante serias y dramáticas-
Debí poner una advertencia de homofobia porque habrá bastante, también habrá misoginia y básicamente todo lo que se puede esperar de imperios durante los 1910's.
Finlandia no es hijo del Imperio Ruso, a lo mejor en un futuro hable de la familia de Finlandia, es larga y compleja. Supongo que ya conocerán a Weimar, Prusia y Second, para los que no saben Prusia y Second son hermanos en mi canon. A lo mejor ya tienen una idea de quién es, pero para los que no les daré una pista, "Dritte" significa tercero en alemán.
Diría que eso es todo, ah sí, adivinen los ships, quiero ver que tan atentos están a la trama, pero bueno mejor me callo y sigo escribiendo a-
→Una patata XD se ha desconectado←
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top