Suspiro
La respiración de ambos demonios llenaba su recámara. Los aposentos en los que ahora estaban eran cortesía del último círculo del Infierno, el reservado para los demonios con más logros.
Normalmente un hijo del infierno tardaba diez años para entrar allí, pero Gragis y Gian habían causado tantos desastres en tan solo un año, habían provocado tales daños en la Tierra y habían corrompido tantas almas, que el mismo Satán había reconocido su trabajo.
Gragis había ascendido a Señor Demoníaco, con un millón de demonios bajo su jurisdicción. Gian estaba a pocos logros de estar a la altura de su pareja. Para haber sido humano, algo que normalmente jugaba en contra de los demonios convertidos, estaba a la altura de los demonios naturales. Nadie podía dudarlo.
Gian se abrazó al pecho musculoso de Gragis. Este le acarició una mejilla cortada. Cada vez se volvían más salvajes, más bruscos, incluso cambiaban a la forma luciferina mientras hacían el amor, haciendo que sus cuernos salieran de la carnes, que sus manos se volvieran garras y su piel ardiera como las llamas de su hogar.
Le lamió la herida a su novio, haciendo que esta sanara de inmediato, pero este simple gesto provocó que Gian despertara de nuevo, y no precisamente de u sueño, pues lo miraba directamente a los ojos.
La mano de Gragis viajo hasta la entrepierna del objeto de su lujuria, la acarició y sintió cómo era correspondido, recibiendo las mismas caricias. Una flama salió de sus fosas nasales al tiempo que aceleraba sus movimientos, igual que lo hacían los que él recibía, provocándole gemidos que no se preocupaba por ocultar.
Una mano viajo hasta sus partes traseras, tanteando la entrada que acaba de ser usada por su acompañante. Un dedo entró sin ninguna dificultad y comenzó a masajearlo en el interior.
Como respuesta, Gragis mordió el labio inferior de Gian, dejando que la sangre negra de su cuerpo se derramara en su boca. Que un demonio sangrara no era ningún problema, sino más bien un afrodisíaco.
El efecto que esta tenía sobre el cuerpo que la recibía era la provocación de una necesidad sexual total, una llamarada que cubriría las células infernales del receptor, volviéndolo insaciable, salvaje y feroz.
Gian sonrió al ver lo que hacía su compañero, y decidió hacer lo mismo mordiendo el cuello de este. Dos pueden jugar este juego, pensó, sabiendo que él podía escucharlo perfectamente.
El vínculo telepático que habían desarrollado era absoluto. No importaba si uno estaba en el mundo humano y el otro en alguno de los círculos, podían escucharse perfectamente y podían mantener una conversación sin problemas, además de leer la mente del otro.
Un gruñido salió de la garganta del superior, quien dio rienda suelta a su naturaleza dominante, encimó al convertido, dejando que este lo tomara mientras sus lenguas bailaban en medio de sus labios.
Las garras de Gian salieron de sus dedos, arañando la espalda de Gragis, la cuel estaba ardiendo cada vez más. El resultado fue un mordisco adicional en sus labios, algo que Gian tomó como una señal. Pronto terminaría de nuevo.
Gragis se movía tanto que Gian pensaba que en algún momento la roca donde dormían se rompería bajo el peso de ambos cuerpos chocando una y otra vez. Una risa débil llegó por la puerta.
Ninguno de los dos le dio importancia. El voyerismo era algo normal para los habitantes del infierno, algo sin importancia.
Gian tomó a Gragis con sus manos afiladas, lo apretó como si fuera a destrozar sus huesos, como si fuera humano, y comenzó a dirigirlo de forma que salía de su interior por completo para luego entrar de la misma forma, cada vez más rápido y con más fuerza.
Las manos de Gragis se crisparon sobre la pared de piedra roja que tenía en frente, rompiéndola y arañándola a medida que los ataques de Gian aumentaban su potencia. Estaba al borde del colapso, al borde del éxtasis.
Desde hacía ya un tiempo dejaba que Gian lo tomara como suyo, igual que él había hecho con su cuerpo cuando fuera humano en el pasado, y era una de las mejores decisiones que tomó, pues el placer que sentía en esos momentos no se comparaba con nada.
De repente, Gian salió de él y lo lanzó contra la pared contrario, saltando y colocándose boca abajo para comenzar a comérselo y seguir jugando con sus entrañas con sus dedos, algo que Gragis imitó.
El lugar estaba plagado de gruñidos y gemidos, los cuales aumentaban de volumen en pocos segundos, volviéndose gritos desesperados por un final, desesperados por alcanzar el cielo que solo los demonios tienen permitido alcanzar.
Una corriente eléctrica semejante a una tormenta bañó sus cuerpos, seguida por un incendio abrasador que cubrió sus carnes. Las escamas estaban reemplazando la piel, las garras las uñas y el fuego el cabello.
Con un grito coordinado, como si fuera planeado, un rugido que hizo temblar las paredes, ambos terminaron adentro del otro, sintiendo como sus bocas se llenaban de líquido, el cual, sin pensarlo dos veces, tragaron.
El calor que los invadía aún seguía adentro de ellos mientras se dejaban caer en el suelo de granito, uno encima del otro, y dándose un beso cansado, sin lujuria, sin perversión, de esos que se dan sin razón aparente pero que dejan la sensación de estar completos, de esos que no muchos demonios se daban.
—Si destruyen como se divierten entonces no hay que explicar mucho en cuanto al porqué de su ascenso —se rió Azairel—. Tienen un nuevo encargo, muchachos, vengan a la sala del portal —y sin decir más, se retiró.
Gian y Gragis siguieron besándose por unos segundos, saboreándose lentamente, hasta que el primero, el que estaba entre la piel y la roca, separó los labios del insaciable de su compañero.
—Nos están esperando —dijo entre suspiros-
—Al cuerno con eso —le mordió el lóbulo de la oreja para reafirmar su respuesta.
—Piensa que mientras antes salgamos de esa molestia —un pequeño quejido salió de la garganta de Gian—, basta —gimió mientras que unas manos acariciaban sus pezones y los pellizcaban.
—Como quieras, pero me vas a pagar la espera, y a mi modo, ¿De acuerdo? —Gragis se apoyó en sus manos, separándose de Gian.
—Claro que sí —sonrió este—, ahora vámonos, nos están esperando.
—Sí, sí, sí —dijo con molestia, algo que le provocó otra sonrisa a Gian.
Lentamente, ambos se levantaron, tratando de luchar contra las vueltas que estaban dando sus cabezas. Se pusieron las muñequeras negras, símbolo de su partida, un aviso a los demonios de que no querían ser molestados, se vistieron y bajaron las escaleras hasta la sala donde estaba Azairel. En su mano tenía un pergamino negro, la materialización de un pacto que un humano estaba dispuesto a hacer.
—Hay una mujer que quiere matar a su marido, está dispuesta a todo —Azairel habló sin siquiera saludarlos— ¿cuál de los dos se anima?
—Voto por Gian, sería interesante velo manejar la situación —Bromeó Gragis.
—Sin problemas —Gian se encogió de hombros.
—Pues entonces sellado el trato.
Gian tomó el pergamino negro. Al instante este se volvió polvo, lo rodeó, lo envolvió y desapareció cuando la nube negra se volvió tan densa que parecía sólida.
Viajar al mundo humano de esa forma era algo a lo que aún no se acostumbraba. Se mareaba en ciertos momentos del viaje, pero al pisar el suelo todo volvía a la normalidad.
Fue cuestión de algunos segundos, de soportar las náuseas y hacer oídos sordos a los lamentos de los primeros círculos de infierno. Malditos novatos, pensó Gian. Vivían la vida loca y desvergonzada que querían, y luego venían a quejarse allí. Era realmente molesto, pero según Gragis la cosa se volvía hasta placentera cuando pasaba el tiempo.
Cuando apareció en el sótano de la mujer, se sorprendió al ver lo tétrico que era todo. Velas negras, pentagramas invertidos, huesos aparentemente humanos, sacrificios humanos, incluso un altar decorado con los nombres de su señor y las distintas representaciones que tenía. Realmente se había esmerado.
Gian bajó la mirada y la vio agachada, con la cabeza pegada al piso, haciéndole reverencia.
—Gracias por atender a mi llamado, demonio de los avernos —su voz se escuchaba extraña, como rasposa, aunque Gian no pudo realmente identificar la palabra adecuada para describirlo.
—¿Qué es lo que quieres? Habla rápido y claro.
—La muerte de mi marido, quiero que muera ya mismo, en este instante, de la forma que sea, pero que también sea condenado al infierno —habló sin levantar la vista.
—Te aseguro que morirá, pero solo si sus pecados son suficientes irá a nuestro reino.
—Irá, claro que irá —en ese momento, la mujer levantó la cabeza y le mostró a Gian el cuello, recientemente cicatrizado. Las imágenes de una pelea entre ella y su marido comenzaron a danzar en el aire, y lo entendió todo. Una sonrisa se dibujó en su rostro.
—Ya veo, entonces dime, ¿qué estás dispuesta a ofrecer?
—Lo que sea necesario, no me interesa, pero lo quiero muerto.
Gian chasqueó los dedos. Un humo salió de ellos en el acto, así como también algunas ascuas que por medio segundo parecían el preludio de una flama. Era energía perdida, pero Gragis le había dicho que con el tiempo aprendería a controlarla. Casi al instante, se escuchó un suspiro y seguidamente un golpe seco en el suelo.
—¿Listo?
—Sí, su cerebro y corazón colapsaron, pero por causas naturales, los médicos creerán que fue por un problema de nacimiento, así que no hay de qué preocuparse.
—Puedes tomar de mí lo que...
En ese momento la cabeza de la mujer estalló en mil pedazos. Gian sintió una nueva presencia en el lugar, y aunque se le hacía conocida por alguna razón, no atinaba a adivinar de dónde o quién era.
La nube de odio que se formaba a su alrededor era bastante densa, la podía ver contrayéndose y expandiéndose de forma acelerada. Frunció el ceño cuando descubrió la identidad de quién lo estaba cazando.
Apenas si le dio tiempo de reaccionar, aunque tarde.
—Azairel, ya es para que esté acá.
—A lo mejor está dando un paseo, no amargues tu existencia por eso.
El desinterés del demonio volvía loco a Gragis. Hacía ya casi dos horas que Gian había ido al mundo humano y aún no volvía. Él sabía cuidarse solo, no por nada era un demonio y estaba en el nivel que estaba, pero Gragis no podía evitar pensar en que algo estaba realmente mal con todo ello.
Con un bufido subió a su habitación, esperando que pronto su chico apareciera.
El sonido de sus zapatos sonaba en el vacío del sótano. Gian podía escucharlos sin ninguna dificultad. Uno, luego el otro, de nuevo, una sinfonía repetitiva, robótica, monótona, infinita. O finita, más bien, pues llegó un momento en que se detuvo.
No le costaba imaginar aquél cuerpo enfrente de él, imaginar la respiración condensada que salía de sus fosas nasales, las garras que estaban por desgarrar la carne y los ojos furiosos que lo estrían mirando de arriba hacia abajo.
No pudo evitar soltar una sonrisa. Suponía que era oscuro el lugar en donde se encontraba; no sentía ningún rayo de luz, ni natural ni artificial, sobre sus sensibles poros demoníacos. No pasaba nada.
— ¿De ríes de mí?
Eso lo descolocó por completo. Apretó la mandíbula. Entonces era otro ser sobrenatural, ¿pero cuál de todos? Evidentemente tenía que ser algo poderoso para poder hacerle frente a un demonio, pero era imposible que fuera un ángel. Era una posibilidad menos, pero quedaban muchísimas más. ¿Cómo adivinar?
— ¿Qué es lo que quieres?
—Lo que cualquiera en mi lugar quería, venganza.
Nuevamente, el sonido de los zapatos, esta vez alejándose, fue lo que llegó a los oídos de Gian. Suponiendo que Gragis no viniera, tenía algunos minutos para tratar de salir de allí.
Ya habían pasado horas y Gragis seguía sin saber nada de su demonio. ¿Qué había sido de él? Azairel no estaba por ningún lado, pero el desespero le ganó a lo obediencia, a las reglas.
Sin pensarlo mucho, bajó hasta la sala del portal, revisó el expediente de salidas y consiguió la dirección exacta a la que se había ido Gian. No estaba permitido ningún rastreo sin la aprobación de un superior, pero Gragis ya no estaba pensando con la cabeza.
Abrió la puerta, esperó al momento indicado y saltó hacia ella, sintiendo cómo su nombre aparecía en la lista de usos. Tendría problemas por ello, pero prefería eso a perder a Gian.
La presencia de Gian se sentía sin dificultad allí, eso era seguro, pero no había ni rastro de él. ¿En dónde mierdas estaba? Estaba comenzando a desesperarse, algo que tampoco era bueno en ningún sentido.
Gragis cerró los ojos, respiró hondo, expulsando una densa, casi sólida, nube de humo negro y tóxico por la nariz. De allí no se iba a ir sin su chico, así tuviera que incendiar la casa entera, no precisamente por causas del sexo.
El rastro se perdía fácilmente, y aunque estaba allí, muy bien enmascarado, Gragis podía seguirlo. Llegar a donde estaba Gian no era seguro, pero al menos podría estar bastante cerca, por lo que comenzó a seguir con su mente la línea que dejaba.
Inestable. Esa era la palabra que mejor describía el estado del rastro. Se le complicaba de vez en cuando mantener el rumbo, saber a qué dirección ir, incluso había momentos en que el rastro desaparecía, en los que no sentía absolutamente nada.
Se prometió mentalmente en que si algo le había pasado a Gian haría que el responsable lo lamentara por el resto de su existencia.
Se retocó el maquillaje tal y como él lo había hecho varias veces. Jamás había sido de usar máscara, rímel o algo por el estilo, pero quería que la ocasión fuera para recordar, por ello mismo es que se había puesto un vestido de cuero apretado.
Se miró al espejo, lucía tal cual quería lucir. Atrevimiento, depravación, nada quedaba a la imaginación; era el reflejo de lo que sentía en su mente. No solamente deseo, sino furia también. Una furia que estaba deseando poder desatar.
Cuando escuchó los pasos de Gragis entrando a la habitación, supo que era su oportunidad. Ya había llegado el momento que tanto había esperado. Le sonrió al espejo, detallando su reflejo mientras una grieta se dibujaba violentamente en este, rompiéndolo en pedazos.
Era el reencuentro que tanto había deseado, el que había anhelado por mucho tiempo, y ahora estaba por cumplir todas las fantasías que tuvo en el tiempo que le tomó rastrear a Gragis. Todas y cada una de ellas.
Tomó uno de los pedazos de espejo y se lo pasó por los labios, coloreándolos con su sangre. Las ojeras, su palidez, el nuevo color rojo de su cabello, el vestido. Todo tal cual como había soñado que fuera.
En ese momento no pudo evitar pensar en que lo bueno siempre se hacía esperar. Era cierto, completamente, porque su venganza sería perfecta, exactamente como quería que fuera.
Cerró los ojos para volverse humo negro, voló hasta la habitación en donde estaba Gian, a la que Gragis estaba por entrar, y segundos antes, volvió a su forma verdadera, dejando una parte del humo como cortina entre ella y Gian; solo ella y él podrían ver a través, pero Gragis no podría.
—Que gusto volver a verte, Gragis —lo saludó Nidia.
Sin darle tiempo de reaccionar, Nidia materializó una lanza y ensartó a Gragis con ella en la pared que tenía detrás. El grito de dolor del demonio fue música para sus oídos y una promesa latiente para sus labios sedientos de sangre.
— ¿¡Qué mierdas haces aquí!?
—Tengo derecho a tomar lo que me pertenece, ¿verdad? —su voz era seductora, pero se podía entrever un tinte sádico en ella.
— ¡Aquí no hay nada que te pertenezca!
— ¿No? La última vez que me enteré estaba casada con Gian, ¿o acaso se te olvidó?
— ¿Cómo puedes estar viva? —Gragis trató de sacarse la lanza, pero sintió que se quemaba y parte de la piel quedaba pegada en ella— ¡¿Maldita qué es esto?!
— ¿No te gustan mis propios trucos? —se mofó ella—. Te cuento que ahora soy una súcubo. Poco después de morir un vampiro llegó a la casa, me mordió y tuve la suerte de convertirme en una raza más poderosa que la de él, aunque claro —se mordió el labio inferior—, primero me alimenté—apretó la carne hasta sacarse sangre y lamerla con la lengua.
Al segundo siguiente, Nidia estaba al lado de Gragis, trazando una línea en su cuello con la uña.
—Si le hiciste algo a Gian juro que te voy a matar.
— ¿Mi esposo? Tranquilo, lo estoy cuidando como se merece —volvió a reírse.
—Puta del infierno, será —con un movimiento de manos, Nidia creó una mordaza negra, evitando que el demonio siguiera hablando.
—Me tienes cansada con tanta palabrería, ¿sabes? Prefiero hacer algo más… divertido, digamos —una sonrisa sádica apareció en la cara de la vampira.
Con otro movimiento de manos hizo aparecer una segunda lanza, la cual rompió para tener solamente el filo. La cara de Gian era de puro terror, ella sabía que podía adivinar lo que venía.
Comenzó lentamente a cortar la piel del demonio que tenía en frente, sintiendo la excitación del dolor ajeno. La sangre que corría por su cuerpo herido era una tentación inmensa; quería lamerla y disfrutar de su sabor, pero podía esperar un poco. Ese sería su postre.
—Una interesante forma de sentir que tu piel ya no es tuya, que tu cuerpo no te pertenece, ¿verdad?
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué no podía sacarse la lanza? Gragis se lo preguntaba mil y un veces, pero seguía sin dar con una respuesta sensata. Se suponía que era un demonio de alto rango, que tenía el poder suficiente para quitarse esa maldita cosa de encima, pero sin embargo, por más que tratara, no podía.
Sentía la carne perforándose a medida que Nidia empujaba cada vez más profundamente la lanza. Morir desangrado era imposible para un demonio, pero no quería aventurarse a pensar en qué clase de locura tenía la vampira en mente. Sería tentar al destino.
Gian, por su parte, estaba desgarrándose las muñecas tratando de soltarse. ¿Cómo es que su demonio no pudiera con esa zorra inmortal? ¡Imposible! Jalaba con todas sus fuerzas, pero no lograba hacer que los eslabones cedieran. ¿Acaso había alguna especie de magia que lo impedía? Gian empezaba a pensar que era así.
Con ver el sufrimiento de los dos, Nidia se sentía dichosa. Un año siendo una maldita marioneta, una puta de aquellos dos, un simple pedazo de carne para la cama. Los haría pagar a ambos.
Se regocijó en sí misma cuando vio la esclerótica de Gragis volverse roja. Significaba que estaba perdiendo sangre suficiente como para desmayarse. Solo unos minutos más y estaría listo; no podía matarlo estando consiente, quería que despertara a punto de recibir la sorpresa que le tenía preparada.
Gian estaba mirando frenético a todos lados; necesitaba hacer algo, lo que fuera, pero si no encontraba algún objeto que le diera la oportunidad que necesitaba simplemente no podría.
La habitación estaba prácticamente vacía, podía saberlo ahora que sus ojos se habían adaptado a la poca luz. Era una habitación de concreto, el piso estaba lleno de polvo y la sangre de Gragis. Eso le dio una idea a Gian. Nunca había intentado una invocación, pero la ocasión no le permitía nada más.
Comenzó a murmurar lo más bajo que podía, dejando que las palabras leídas hacía pocos días salieran solas de su boca. Apenas si había dado algún vistazo a los libros de la biblioteca del infierno, pero esperaba que fuera suficiente para poder estructurar correctamente una conjuración.
Lentamente la sangre demoníaca de Gragis fue moviéndose, tornándose negra, trazando líneas en el piso a medida que lo hacía. Gian solo esperaba que la mujer no se diera cuenta de lo que estaba sucediendo.
Gragis podía ver la sangre, obviamente, pero algo le decía que debía mantener silencio, que era mejor aparentar no saber nada; su instinto nunca lo había defraudado, así que optó por hacerlo en esa ocasión.
Cuando ya estaba por dejarse caer, una serpiente viscosa de color negro estaba subiendo por las paredes, le pasó por el cuello y atacó directamente a Nidia en el pecho, haciéndola retroceder.
En el piso estaban formándose más de las mismas criaturas, las cuales atacaron inmediatamente a Nidia. La súcubo trató de deshacerse de ellas, pero el charco de sangre era demasiado grande, y apenas cortaba a una, aparecían cinco más.
Mientras Nidia luchaba incansable contra los animalejos, algunos salían y trepaban por las paredes del lugar. Gian podía ver todo lo que pasaba mientras dictaba las instrucciones.
Se estaban enrollando en la lanza de Gragis, jalándola y empujándola de adentro hacia afuera. Un demonio no tardaba mucho en recuperarse, pero el suyo necesitaría ayuda para hacerlo. Otras estaban dando la vuelta, llegando a su lado, haciendo lo mismo con las cadenas que lo tenían preso.
Cuando una de las serpientes rodeó la garganta de Nidia, algo pasó que lo dejó asombrado, casi lo suficiente como para hacerlo perder el hilo del hechizo, provocando que algunas de sus criaturas se descordinaran.
Una neblina apareció de repente, tapando la imagen que tenía en frente, vibró como si fuera un vidrio y se rompió en mil pedazos, deshaciéndose todos cuando tocaron el suelo. Cuando llegó a Gragis, este ya estaba cediendo a su propio peso, libre al fin de la lanza y la mordaza.
—Estoy aquí, estoy aquí —le dijo tomándole la cabeza.
—Pensé… creí que…
—No hables, casi te desmayas allí mismo, ¿sí? —Gragis asintió ante sus palabras —tenemos que salir de aquí.
—¡¡NI LO PIENSES!!
La voz de Nidia sonó como un trueno en el lugar; este comenzó a moverse violentamente. Gian se maldijo por desconcentrarse. Sus serpientes estaban volviéndose sangre de nuevo. Comenzó a conjurar de nuevo, esta vez a toda voz.
Del charco que quedaba volvieron a salir, pero Nidia ya estaba preparada. Sus uñas se volvieron garras y trepó por las paredes. Gian envió a los animales tras ella, los cuales, volviéndose líquidos, se deslizaron más rápido que nunca.
Algo captó la atención de Gian cuando miró la ruta que trazaba la vampira en las paredes de la habitación. Estaba tratando de alcanzar un rociador, de esos contra incendios. Entonces esa era su arma…
Sin pensarlo mucho, sopló una densa nube de humo negro, dirigiéndola directamente al rociador. Antes de que estese activara, creó un portal en la pared y salió de allí con Gragis apoyándose en sus hombros, justo cuando el agua bendita salía a chorros descontrolados, quemándole la piel a Nidia.
Cuando llegaron al infierno lo primero que hizo fue llevar a Gragis a la cámara incendiaria; solo llamas genuinamente demoníacas podrían curarle la herida, aunque seguía preguntándose qué clase de magia había usado la vampira para mantenerlos presos allí.
El lugar estaba formado por distintas formaciones rocosas que se estiraban desde el piso al techo, formando cilindros huecos por los que pasaban las llamas sanadoras para los demonios.
Allí se encontraba Azairel. Aunque no terminaba de caerle bien, sabía que él podría darle las respuestas que necesitaba. Con un golpe, abrió un hueco en la pared, puso a Gragis en su interior, lo encerró allí y dejó que el fuego hiciera el resto.
—¿Cómo carajo esa maldita nos podía tener inutilizados?
—Me alegro de verte también, Gian, bienvenidos de regreso —la sonrisa que tenía era más falsa que la bondad de Lucifer.
—Ajá —Gian le dirigió una mirada asesina.
—Ella era una súcubo, y las armas de los súcubos solo surten efecto en quienes han tenido sexo recientemente —una sonrisa lujuriosa se dibujó en su cara—. Ustedes no paran de hacerlo, así que fue peor que el agua bendita estar a su disposición.
—Esta maldita…
—Pero el truco con el rociador terminó con ella, y si no, la habrá dejado inútil. Los vampiros, especialmente los súcubos e íncubos son muy débiles antes los objetos religiosos.
—Ajá —Gian relajó los puños; sin darse cuenta los había apretado hasta hace que se le agrietaran las manos.
—En fin, ya llegaron, todo está bien, mataron a una puta sobrenatural, tu novio se está curando, iré a otro lado —y se fue.
En algunos minutos Gragis saldría del crematorio, totalmente sano, y Gian no podía imaginar ni de cerca la cara que pondría cuando le dijera acerca de las armas de Nidia; no quería hacerlo, siquiera.
Sin darse cuenta, se quedó dormido, o mejor dicho, cayó desmayado. A pesar de ser un demonio de alto rango, las invocaciones no eran algo que había hecho antes de esa vez, así que cuando Gragis salió, totalmente sano, lo encontró tirado en el suelo rocoso.
Lo tomó por los brazos, lo llevó al cuarto de ambos, sabiendo que ambos estaban agotados por tan movido día. No había sido realmente placentero, y precisamente por eso la idea de una sesión incendiaria le resultaba más atractiva que nunca, pero eso sería cuando despertara, y luego de que él mismo tuviera una siesta.
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