La dura realidad...

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El ambiente vibraba con una mezcla embriagadora de feromonas, un torbellino sensorial donde omegas y alfas se entrelazaban en la pista de baile del bar.

Ajeno a este frenesí, él permanecía en la penumbra de la zona VIP, consumiendo trago tras trago con una desesperación silenciosa. La noche se había convertido en un borrón etílico, un intento vano de ahogar la inminencia de su compromiso y la asfixiante realidad de su existencia.

Anhelaba desdibujar la cuenta regresiva hacia un futuro impuesto.

Quería evaporar la verdad latente de ser un omega.

Se perdía en la niebla de sustancias, buscando un respiro efímero.

Sus acciones eran un grito mudo, una súplica desesperada por una migaja de atención.

Pero al confrontar su reflejo, solo hallaba un vacío creciente, un abismo interior que intentaba llenar con el espejismo fugaz de las drogas y el alcohol.

Bebía con una obstinación autodestructiva, ciego al mundo que lo rodeaba, sin percibir la presencia del alfa que se aproximaba, envolviéndolo en una densa nube de feromonas posesivas, una silenciosa declaración de apareamiento.

Al principio, la idea le resultó absurda. ¿Quién podría fijarse en él? Un omega hecho trizas, un alma quebrada sin nada que ofrecer. Sin embargo, la insistencia del alfa lo desconcertaba. Se acercaba con una determinación palpable, hasta sentarse a su lado.

Él, en un intento de invisibilidad, permanecía inmóvil, la mirada perdida en la nada, esperando que su indiferencia ahuyentara al pretendiente.

Cuando menos lo esperó, una mano cálida se posó en su espalda, obligando a sus miradas a encontrarse. Antes de que pudiera reaccionar, el alfa desplegó su estrategia de seducción más elemental, la carnada de una bebida.

-Omega, ¿te interesa un trago a cambio de un beso para conocernos? -propuso el alfa, su voz grave y resonante llenando el espacio mientras se acomodaba a su lado, un vaso de whisky ámbar girando lentamente en su mano.

Y tal como lo había insinuado, el alfa se inclinó, ofreciéndole aquel trago barato como anzuelo.

Por primera vez en la noche, se atrevió a levantar la vista, enfrentando la intensa mirada del alfa, una inspección casi voraz que encendió una chispa inesperada. Una punzada de necesidad lo recorrió, el deseo urgente de liberar la tensión acumulada en su cuerpo. ¿Y qué mejor manera que un encuentro fugaz y apasionado?

Pero una sombra de duda persistía ante este alfa. Quizás era su porte elegante y enigmático, o la sonrisa que le aceleraba el pulso, o las feromonas embriagadoras como el vino añejo, lo que lo mantenía al borde del abismo, sin caer por completo en el juego. No era solo su atractivo físico; faltaba una pieza intangible.

Quizás era el momento de ensayar una coquetería sutil, casi seductora, para medir la profundidad del interés del alfa. Un beso robado, un cuerpo presionado contra la pared en un encuentro furtivo... cualquier desenlace sería una bienvenida distracción.

Abandonó el suave vaivén de la copa entre sus dedos, vaciándola de un solo trago. El vaso resonó con un golpe seco al ser depositado sobre la mesa, atrayendo la atención del alfa, quien lo observó con una sonrisa cargada de una promesa silenciosa. Una torpe sonrisa floreció en sus labios antes de que la tensión palpable entre ambos se atenuara. Se atrevió a tomar la mano del alfa, su voz un susurro apenas audible.

-Un trago podría funcionar -jugó con los dedos ajenos, evitando el contacto visual antes de añadir con un tono ligeramente más firme-, pero dime, ¿de qué tipo de bebida hablamos? No busco algo insípido o vulgar.

Ni él mismo comprendía la súbita osadía de sus palabras, un desafío lanzado a un alfa. Quizás era la atmósfera cargada de feromonas, el espectáculo de los cuerpos danzantes, o la embriaguez incipiente que nublaba su juicio, lo que lo impulsaba a adoptar una postura tan provocadora.

-Alguien tan desafiante como tú merece la mejor bebida que este lugar pueda ofrecer, ¿no crees, omega? -replicó el alfa, su mirada oscura y penetrante intensificándose, tiñendo las mejillas del omega de un carmín encendido.

Una punzada de anticipación recorrió al omega ante la respuesta del alfa. Su labio inferior tembló ligeramente mientras una sonrisa más segura comenzaba a desplegarse en su rostro. Soltó la mano del alfa solo para deslizar sus dedos suavemente por el dorso de la suya, deteniéndose justo antes de llegar a sus nudillos.

-Oh, ¿la mejor bebida? -murmuró, elevando una ceja con fingida incredulidad-. Tendrás que esforzarte más que eso, Alfa. Mi paladar es... exigente.

Sus ojos finalmente se encontraron con los del alfa, sosteniendo su mirada con una intensidad recién descubierta. Había una chispa traviesa danzando en sus pupilas, un desafío silencioso que invitaba a ser conquistado. Inclinó ligeramente la cabeza, dejando al descubierto la delicada curva de su cuello, un gesto inconsciente pero profundamente sugerente.

El alfa no pudo evitar que una sonrisa depredadora se extendiera por su rostro. La provocación del omega solo encendía más su deseo. Elevó su mano y atrapó la del omega, entrelazando sus dedos con firmeza.

-Para un Omega tan exquisito, solo lo mejor -replicó el alfa, su voz ahora un ronroneo bajo y cargado de intención-. ¿Qué te parece algo tan único y embriagador como tú? Algo que te haga olvidar todo lo demás.

Acercó la mano del omega a sus labios y depositó un beso suave pero posesivo en sus nudillos. La piel del omega se erizó ante el contacto, una oleada de calor recorriendo su cuerpo.

-¿Y qué ofreces a cambio de tal exquisitez, Alfa? -preguntó el omega, su voz ahora un susurro apenas audible, teñido de una excitación creciente. Su mirada descendió a los labios del alfa, deteniéndose allí por un instante cargado de significado.

El alfa sintió el aliento cálido del omega rozar su mano. Sus ojos brillaron con una intensidad palpable. Se inclinó ligeramente, acortando la distancia entre ellos, su aliento mentolado acariciando el rostro del omega.

-A cambio, Omega -susurró, su voz áspera por el deseo contenido-, te ofrezco una noche donde solo existamos tú y yo. Un olvido profundo y placentero. Un sabor que querrás probar una y otra vez.

Sus dedos se deslizaron desde la mano del omega hasta acariciar suavemente su mejilla. El omega cerró los ojos por un instante, saboreando el contacto. Cuando los volvió a abrir, la vacilación había desaparecido, reemplazada por una necesidad apremiante.

-Muéstrame ese sabor, Alfa -jadeó el omega, inclinándose ligeramente hasta que sus labios rozaron los del alfa en un roce fugaz, una promesa silenciosa de lo que vendría.

El alfa no necesitó más invitación. Capturó los labios del omega en un beso que comenzó suave y exploratorio, pero que rápidamente se intensificó, cargado de urgencia y deseo. Las feromonas de ambos se arremolinaban a su alrededor, creando una burbuja sensorial que los aislaba del bullicio del bar. La lengua del alfa se deslizó dentro de la boca del omega, saboreándolo, reclamándolo.

El omega gimió suavemente contra sus labios, enredando sus dedos en el cabello del alfa, atrayéndolo más cerca. El beso se profundizó, una danza apasionada de lenguas y alientos entrecortados.

Cuando finalmente se separaron, ambos jadearon, sus ojos oscurecidos por la lujuria. El alfa tomó la mano del omega, su agarre firme e innegable.

-Ven conmigo, Omega -dijo, su voz ronca por la excitación-. Conozco un lugar donde podemos probar ese sabor sin interrupciones.

Sin decir una palabra, el omega entrelazó sus dedos con los del alfa y se dejó guiar a través de la multitud. Sus cuerpos rozaban mientras avanzaban, cada contacto encendiendo una nueva oleada de deseo. Salieron del bar, adentrándose en la oscuridad de la noche, la promesa de un encuentro apasionado latiendo entre ellos como un tambor silencioso. El alfa lo condujo por un callejón lateral, la penumbra envolviéndolos en un secreto compartido mientras la tensión entre ambos seguía creciendo con cada paso.

La oscuridad del callejón los envolvió como un manto cómplice, intensificando la electricidad que danzaba entre ellos. El alfa acorraló al omega contra la fría pared de ladrillo, sus cuerpos aún temblorosos por el beso apasionado. La respiración del omega era agitada, sus ojos oscuros y dilatados reflejando la intensidad de su deseo. No había vuelta atrás ahora, ni quería que la hubiera, pensó, una oleada de abandono recorriéndolo.

Las manos del alfa viajaron con una posesividad impaciente por el cuerpo del omega, deteniéndose en sus caderas, atrayéndolo más cerca hasta que sus pelvis se rozaron, encendiendo chispas de necesidad. El omega gimió, su cabeza cayendo hacia atrás mientras el alfa besaba su cuello, dejando una estela húmeda y caliente. Las feromonas del alfa lo envolvían, embriagándolo, nublando cualquier vestigio de razón. Solo esto importa ahora, este contacto, esta voracidad, se dijo, aferrándose a los hombros del alfa con manos temblorosas..

Con una urgencia palpable, comenzaron a despojarse de sus ropas. Botones desabrochados con dedos torpes, cierres bajados con un sonido áspero que resonó en el silencio del callejón. Pronto, solo la tenue luz de la luna que se filtraba entre los edificios iluminaba sus cuerpos desnudos, tensos y expectantes.

El alfa tomó una corbata que llevaba alrededor del cuello y, con una mirada intensa, ató las muñecas del omega a una tubería oxidada que recorría la pared. El omega no ofreció resistencia, una mezcla de excitación y sumisión recorriéndolo. Esto es lo que quiero, perder el control, entregarme por completo, pensó, sintiendo un escalofrío recorrer su piel.

El alfa regresó a él, sus ojos oscuros consumiéndolo. Lo besó con una ferocidad posesiva, sus lenguas entrelazándose en una danza salvaje. Sus manos exploraron cada centímetro de la piel del omega, dejando una huella caliente y húmeda a su paso. El omega arqueó la espalda, sus caderas buscando instintivamente el contacto..

El primer contacto fue brusco, impaciente, pero rápidamente se convirtió en un ritmo frenético y apasionado. Gemidos ahogados y jadeos llenaron el aire nocturno. El omega se aferraba a los brazos del alfa, sus uñas marcando su piel mientras las olas de placer lo recorrían. Cada embestida era una punzada de éxtasis, cada beso una promesa de olvido. Olvídame, Alfa, hazme olvidar todo, suplicaba en silencio, su cuerpo retorciéndose bajo el dominio del alfa.

La noche se desdibujó en una vorágine de sensaciones. El alfa lo penetraba con una intensidad implacable, sus cuerpos unidos en una danza primitiva y visceral. El omega gritaba de placer, su cuerpo temblaba con cada espasmo. Las estrellas parecían girar sobre ellos mientras alcanzaban cumbres de éxtasis una y otra vez, perdiéndose en un torbellino de sudor, jadeos y gemidos.

Finalmente, con el alba tiñendo el cielo de tonos grises y rosados, el cuerpo exhausto del omega se rindió. Se desplomó contra la pared, su respiración superficial, su mente en blanco. El alfa lo besó suavemente en la frente antes de que el omega se deslizara hacia la inconsciencia, el cuerpo entumecido y dolorido, pero extrañamente vacío.

Cuando el sol ya estaba alto, el omega despertó con un escalofrío. El callejón estaba bañado por una luz cruda y despiadada. Sus muñecas estaban libres, la corbata del alfa ya no estaba. Su cuerpo desnudo estaba cubierto de magulladuras y marcas rojas. Con horror, se dio cuenta de que su ropa y sus pertenencias habían desaparecido.

¿Qué... qué pasó?, pensó, la confusión y el pánico apoderándose de él.

Se levantó con dificultad, sus músculos protestando por el trato brutal de la noche anterior. La frialdad del pavimento bajo sus pies descalzos lo hizo estremecer. No tenía nada. Solo el recuerdo confuso y punzante de la pasión desenfrenada.

Con una sensación de vulnerabilidad abrumadora, comenzó a caminar por el costado de la carretera. Cada paso era doloroso, cada mirada de los transeúntes una punzada de vergüenza. El sol quemaba su piel desnuda, el asfalto ardía bajo sus pies. ¿Dónde estoy? ¿Qué voy a hacer?, las preguntas resonaban en su mente como un eco desesperado.
Después de lo que pareció una eternidad, un coche destartalado se detuvo a su lado. Un hombre corpulento con una sonrisa grasienta se asomó por la ventana.

-¿Necesitas ayuda, muchacho? Te ves perdido.

Con la desesperación nublando su juicio, el omega asintió con la cabeza, un hilo de esperanza encendiéndose en su pecho.

Quizás no todo esté perdido, pensó, acercándose al vehículo.

Pero la ayuda ofrecida pronto se convirtió en una pesadilla. En lugar de llevarlo a un lugar seguro, lo condujeron a un bar sórdido en las afueras de la ciudad. Allí, bajo la amenaza de hombres rudos y la influencia de drogas que le ofrecieron a la fuerza, se encontró atrapado en un infierno desconocido, su vulnerabilidad explotada sin piedad. El recuerdo fugaz del placer de la noche anterior se convirtió en una burla cruel, un contraste amargo con la nueva y aterradora realidad que lo envolvía.

¿Cómo pude ser tan ingenuo?, se lamentó en silencio, mientras las sombras del bar lo engullían por completo.

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