Capítulo 22
Thoma rio al recordar el momento en el que llegó al hogar de los Kamisato. Era solo un niño, pero le hicieron sentirse como uno de la familia. Los hermanos consiguieron que él tuviese sus estudios aparte de los de amo de llaves. Lo que había hecho que Thoma fuese un chico inteligente y responsable, todo gracias a sus señores.
–Aún sigo sin haberos agradecido lo suficiente el haber convencido a vuestro padre que me dejase acudir a las mismas lecciones que vosotros –dijo sonriendo mirando el rostro de su señor, disfrutando de poder verlo tan cerca.
–¿Acaso creías que Ayaka y yo no íbamos a hacer que fueses instruido para ser inteligente en el futuro? Ibas a ser nuestro amo de llaves, pero queríamos que supieses valerte por ti mismo –Ayato no dejaba de lado aquella parte solemne que le caracterizaba.
Antes de responder, Thoma llevó a Ayato hacia unas piedras donde podían sentarse y, al hacerlo, apoyó su cabeza en el hombro del contrario haciendo que Ayato apoyase la suya sobre la de él.
–La verdad es que nunca me he arrepentido de que me mandasen a ser amo de llaves a la familia Kamisato, gracias a ello he podido conocer a las mejores personas de mi vida... y he encontrado algo más... –las mejillas de Thoma se colorearon al momento, aún no podía creer que aquello se estuviese haciendo realidad.
La pareja deseaba que sus compañeros de viaje tardasen más en llegar y encontrarlos, querían pasar más tiempo a solas y poder disfrutar de poder estar juntos... las cosas estaban siguiendo su camino.
–¿Y recuerdas los entrenamientos? –Ayato acariciaba y entrelazaba sus dedos con los de Thoma con tranquilidad.
Thoma estaba acabando de recoger sus cosas y colocarlas en su habitación. Sus lecciones habían acabado y no sabía qué hacer, Ayaka estaba ocupaba con su madre y Ayato estaba recibiendo lecciones de entrenamiento de la espada con su padre... hacía pocos meses que había llegado a Inazuma y ya se sentía parte de la familia, pero no quería molestar.
–¡Thoma! –la fuerte voz del patriarca de los Kamisato se hizo escuchar desde el patio, algo que hizo que el mencionado se acercase corriendo a la ventana y mirase por ella. Allí vio a Ayato y a su padre mirando en su dirección. –Baja un momento, por favor. –No necesitó que se lo dijesen dos veces. Al escucharlo, desapareció de la ventana y corrió escaleras abajo, apareciendo rápidamente donde estaban ellos.
–Thoma, hace unos días te estuve entrenando con diferentes armas, como amo de llaves y miembro de la familia Kamisato debes saber defenderte –el niño asintió a aquellas palabras sin saber adonde quería llegar. –Bien, tuviste mucha afinidad con la lanza y por eso, he mandado a hacer esto. –En ese momento, uno de los criados se acercó a él con una lanza que le ofreció. –Ahora esta lanza es tuya, ha sido especialmente creada para ti.
A Thoma le brillaron los ojos cuando tuvo la lanza entre sus manos, mirándola como si estuviese viendo lo más hermoso del mundo.
–Mi señor, muchas gracias, prometo que cuidaré de ella como el más preciado de los tesoros –dijo lleno de emoción, sentía el amor que los Kamisato tenían hacia él.
–No lo dudo, Thoma. Sabes que en esta familia eres tan importante como cualquiera de nosotros para que sigas entrenando y puedas defenderte. Deseo que te unas a mis entrenamientos con Ayato y a los que se unirá Ayaka en poco tiempo –en ese momento, después de las palabras de su progenitor, Ayato dio un paso al frente, adelantándose un poco a su padre y le tendió la mano de nuevo a Thoma.
–Vamos, entrenaremos juntos –dijo sonriéndole, Thoma siempre pensaba que Ayato tenía la sonrisa más bonita que había visto nunca y eso que, en su nación natal, todos sonreían, pero ni siquiera pensaba en lo importante que iba a ser esa sonrisa para él en el futuro.
Thoma tomó su mano y Ayato tiró de él para irse juntos a entrenar, uno con su espalda, el otro con su lanza seguidos por el padre de los Kamisato, encargados de enseñarles todo lo que sabía.
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