1. Ojos
Ojos fuera de lo normal, cabellos llamativos, contextura delgada, piel porcelana, y aún era un simple niño. Oliver no podía ser un mejor blanco para cargar con los demonios de cualquiera que cayera frente a sus encantos. No, mejor dicho, cualquiera que fuera hechizado por una presa tan fácil. Un ser tan angelical como podía serlo un niño de cinco años, y que por mucho que pasaran los años, seguramente nunca se desharía de ese "algo" que lo volvía un objeto de uso público.
Un ser fácil de acallar para no enfrentar a las autoridades por tales atrocidades. ¿Cómo un crío de cabellos rojizos había terminado en un orfanato, rodeado de lobos, cuando él era semejante a un pobre e inocente corderito perdido en la inmensidad del cruel mundo?
Nadie nunca le contestó. Y él aprendió a no preguntar nunca más sobre su llegada a aquel infierno. Porque era pequeño, y no recordaba nada. Porque era ingenuo, y fácil de atemorizar. Porque con fuego, lo hicieron callar, sin consideración alguna.
Repetir esa agonía unas dos veces, sirvió para cerrarle aquella boquita de labios finos y palabras puras. De intenciones blancas como la nieve. Dos noches, en las cuales gritó hasta perder su voz, llorando sin consuelo alguno.
La primera noche fue la peor. Porque no sabía qué rayos sucedía, menos a esas horas de la noche, en el único lugar insonoro de toda la instalación, es decir, el despacho del director del orfanato. El primer demonio que aquel niño conoció, y el que más le aterrorizó por el resto de su infancia y adolescencia.
Uno de sus "empleados", si así se le podía llamar a aquel cómplice, le sostenía firmemente de los hombros para que el pequeño Oliver no se moviese de sitio, aunque éste solo se limitara a mirar con nerviosismo y confusión al que una vez consideró como un padre.
Aquel hombre, de mediana edad y rasgos no muy amigables a la luz de la chimenea encendida, tomó con cierto cuidado aquel fierro con un extremo al rojo vivo. Oliver pudo ver cómo aquel pedazo de metal hirviente se acercaba a él con una tortuosa lentitud, sin ser capaz de retroceder gracias al agarre del empleado, del cual no recuerda ni siquiera su rostro.
Las facciones aniñadas del pequeño mostraron el puro terror que sintió cuando le tomaron el brazo con fuerza y le arremangaron la camiseta, dejando su suave y blanca piel a merced de aquel fierro. Empezó a llorar antes de sentir aquel roce, aquel pequeño roce que le hizo gritar y removerse nerviosamente, mientras intentaba por todos medios no ver cómo su piel era quemada sin un atisbo de piedad. Aunque cerrara los ojos, aunque gritara, perdiera la fuerza en sus piernas para mantenerse en pie y rogara con la voz temblorosa y las mejillas húmedas, no se detuvieron hasta hacerle unas cuantas marcas en su pequeño bracito derecho.
Y moverse en un intento de escapar, solo empeoraba la cosa.
Lo soltaron, y lo primero que hizo fue caer al suelo, cubriendo el brazo afectado a pesar del dolor que aún persistía sobre todo. Su umbral del dolor era muy bajo, es decir, no soportaba éste muy bien. Sin tener en cuenta que era un niño ¡Un niño, maldita sea! ¿Quién creería que podría aguantar algo así?
Se desmayó finalmente. No podía con el inminente dolor. Su pequeño cuerpo en pleno crecimiento no era capaz de soportarlo.
Al menos tuvieron la consideración de vendarle el brazo y llevarlo en alzas hasta el cuarto que compartía con los otros niños de su edad o menos inclusive. Pero, tras recobrar la consciencia y fijarse donde se encontraba, el dolor no le dejó pegar ojo de nuevo en toda la noche, ni siquiera por casualidad. Apenas pudo hacer sus actividades al día siguiente, pero las hizo, pese a todo. Nadie le preguntó por su brazo.
Sin embargo, tuvo que volver a hacer esas estúpidas preguntas tiempo después. "¿Por qué mamá y papá me dejaron aquí? ¿Los conocen? ¿Volverán?" Era como si tocar aquel tema, mientras dedicaba una mirada llena de aquella inocencia característica de lo pequeños de su edad, abriera la puerta a los demonios sedientos de sufrimiento que todos a su alrededor ocultaban en lo profundo de su ser.
Que solo caer bajo el embrujo de ese rostro, de esa voz y de esos ojos, volviera al más honrado y controlado hombre, un maldito hijo de puta. Por que sí, eso sucedía. Y Oliver no lograba maquinar con su pequeña cabecita el porqué, la razón de eso. ¿Qué es lo que hacía mal?
Tan inocente, tan fácil de ensuciar. Tan él. Y ese era el problema. Quizas su apariencia no aportaba, ni su dulce voz temblorosa, pero todo ese conjunto de factores que lo volvían quien era, se puede decir que arruinaron su vida desde el nacimiento.
Volvemos a la segunda noche y, tal vez, a la que más sufrió en lo quedaba de su infancia. El director estaba ciertamente molesto, e intentó dejarle bien en claro que ese tema no debía mencionarse. Que Oliver no tenía derecho a saberlo. Y esta vez se lo demostró con quemaduras en el brazo izquierdo. Oh, pero no solo eso. No bastó que volviera a sufrir exactamente la misma agonía que la noche anterior. No.
Le tiraron sal a las heridas, literalmente.
Gritó como un condenado, quedandose sin voz, perdiendo de nuevo las fuerzas en sus piernas y chillando entre sollozos, removiéndose desesperadamente en el suelo en busca de calmar el ardor y dolor. Una mano grande y firme le tomó bruscamente de los cabellos, jalando éstos para que levantara ese lloroso rostro que tan bien se veía. Porque sí, ese niño se veía bien al sufrir. Tal vez, demasiado. Sus ojos rojos por llorar, el reflejo del dolor y el miedo en su gesto y mirada, sus mofletes mojados, sus ruegos, toda esa vulnerabilidad siendo acentuada...
- ¿Sabes? Eres lindo cuando lloras. Se notan más tus ojos al estar cristalizados y llenos de lágrimas. Aun así, espero que aprendas que hay cosas que no se preguntan - el pequeño, mirándole con un claro pánico, intentó tragar saliva, cerrando con fuerza sus ojos y provocando que algunas lágrimas estancadas en sus orbes se deslizaran por sus mejillas. Incapaz de balbucear siquiera, soportando aún el ardor en su extremidad izquierda, el cual no le dejaba pensar claramente y estaba provocando que empezara a perder la consciencia de nuevo.
El director pareció conforme con esos gestos temerosos, por lo que esa mano que sostenía sin delicadeza alguna aquellos cabellos rojizos, los soltó de forma tan repentina que la cabecita del niño impactó contra el suelo gracias a la gravedad, provocando un dolor extra y el esperado desmayo.
- Es por tu bien, Oliver. Hora de dormir.
Y el pequeño nombrado, luego de despertar, no volvió a decir una palabra. No por un día, o una semana, sino por un año. Se pasó todo un año, o parte de éste, en completo silencio, aterrorizado con solo el recuerdo de aquel castigo. Temblando con solo la idea de vivir lo mismo, de apartar esas vendas de sus brazos.
De ver esas quemaduras en otra parte de su cuerpo.
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