Capítulo 2: Sin salida

En medio de un silencio sepulcral, en el que Alma no podía pestañear, la puerta de la habitación se volvió a abrir. Era Yaco otra vez.

—El abuelo nos espera en su despacho. Una vez que Alma firme su contrato podrá volver a su casa.

La boca de Alma se volvió a abrir como décima vez en la noche, y otra vez las palabras brillaron por su ausencia. ¿Despacho, abuelo, contrato? No se decidía qué preguntar primero, en todo caso no le responderían de modo que entendiera.

Sería una noche larga, quizás la más larga de su vida hasta el momento.

No tenía escape. Gary y Yaco se esforzaban en parecer accesibles, pretendían dibujar la realidad. En cambio, Luca era crudo, intentaba escupirle en el rostro su situación, quería despertarla a cachetazos.

Alma regresaba a ese despacho. Yaco golpeó la puerta, y alguien los dejó pasar.

Eran demasiadas emociones para una noche. Alma vio al viejo ese, bien vestido y perfumado tras el escritorio repleto de papeles y objetos de valor. Un viejo de negocios, un viejo que tenía ganas de hablar con su nieta por intereses y no por amor. Bueno, eso era todo lo que la secuestrada por día dilucidar con la primera observación del anciano, que quería sonreír y a la vez apretaba sus arrugados labios mientras acomodaba sus pequeños lentes.

—Alma, estoy feliz de verte. —El anciano se levantó de su silla, quizás con la intención de darle un abrazo, pero la mirada de la castaña parecía lanzarle rayos ponzoñosos.

<<Mantente alejado, viejo>>, pensó.

—¿Feliz de verme? —preguntó Alma y dio un paso adelante—. ¿Incluso si es en una situación de privación ilegítima de la libertad? Sea conciso, por favor. Ya tuve demasiado show esta noche.

—Reprenderé a Luca por su accionar, pero lo que te han dicho es verdad. —Considerando la obvia distancia de Alma, el anciano tomó asiento—. Soy Timoteo Santamarina, presidente de la Sociedad de los Centinela de la sede de Filomena, y abuelo de Mateo, por ende soy tu abuelo.

Alma rodó sus ojos por completo, seguido de esto se cruzó de brazos. Las mentiras no tenían fin. Era verdad que se trataba de una historia demasiado elaborada para ser ficción, eso no le quitaba lo improbable.

—¿Qué tengo que hacer? —Alma buscaba la manera de huir rápido.

Algunas gargantas se aclararon ante la impertinencia.

Timoteo tomó tanto aire como pudo, no podía pretender una reunión emotiva de un abuelo con su nieta, lo que hacían con ella era horrible.

—Ocupar su puesto... —señaló Timoteo, extendiendo un papel sobre el escritorio—. Mateo sabía que pronto entraría en un coma, antes de esto dejó especificado, frente a todas las autoridades competentes, que tú serías su sucesora, que se te otorgara todo aquello que merecías por linaje.

—Desisto de ello. —Alma devolvió el papel, y Yaco no pudo evitar atragantarse.

—No puedes cambiar de sangre. —Timoteo sonó firme—. No puedes negarte a un legado. Además, una vez que sabes de la Sociedad no puedes desentenderte de ella. Son las reglas.

—O salgo en un cajón —masculló Alma—. Quiero irme a casa.

—Debes firmar —insistió el anciano, extendiéndole una pluma—. Mateo ya ha hecho todo el papelerío, falta tu sello.

<<¿Una firma y de vuelta a casa?>>.

No perdía nada con probar, ya se imaginaba que no la dejarían en paz hasta obtener lo que ansiaban. Alma tomó la pluma y firmó con avidez. De todos modos, aunque aparentara calma, en esa ocasión no podría haber leído ni una oración.

—Bienvenida a la Sociedad Centinela, Alma —dijo el viejo, extendiendo una mueca de amabilidad—. Yaco, Gary, pueden llevar a Alma a su casa.

<<¿En serio? ¿Así nada más?>>.

Las manos de Alma sudaron, ¿era cierto? ¿Iría a casa? ¿Qué acababa de firmar? De un momento a otro los nervios se acrecentaron en lo que era la situación más extraña en su corta vida.

Tan solo tuvo que seguir a Gary y a Yaco para salir de esa casona y subirse a una camioneta con ellos. Por lo cual se replanteaba el haber firmado sin leer.



Era real. Alma regresaba hacia su casa viajando a través de extensas autopistas en medio de la noche. Las estrellas tenues, la luna en cuarto creciente, los edificios invisibles en la oscuridad con sus miles de luces encendidas le devolvían un poco de alivio. Era la tranquilidad de lo conocido, de lo mundano, no tenía que dudarlo: pronto llegaría.

Yaco conducía, Gary ponía música en el estéreo, algo de ese rock viejo y gastado en volumen bajo, en tanto encendía un pequeño cigarro de marihuana y convidaba a Yaco, quien sacaba de la guantera una botella de ron.

En el vehículo comenzaba a formarse una espesa nube blanca y era necesario abrir las ventanillas para ver el camino. La ausencia de palabras convertía los segundos en minutos y los minutos en horas. Surreal, todo era surreal, no existía forma alguna de explicar lo que sucedía.

—¿Quieres? —preguntó Gary, extendiéndole el cigarro a Alma.

—Lo dejé —respondió ella, haciendo su vista hacia el paisaje.

—Vamos —insistió Yaco, viéndola por el retrovisor—. Al menos bebe un trago, fue una noche dura.

Gary le extendió la botella, y Alma la tomó de un arrebato. No diría que no dos veces. Necesitaba ese trago más que nadie en el mundo.

La garganta le quemó, y creyó sentir lo que cualquiera sentiría en medio del desierto luego de encontrar un oasis: felicidad plena. El alcohol adormecía sus extremidades, su cabeza. No quería pensar en nada más que en vaciar esa botella. Una vez que el licor se acabó, tomó el cigarro, el cual consumió de una fuerte pitada.



Con el retorno al barrio, las calles permanecían desoladas como en el momento del rapto. La luz de la senda parpadeaba, pronto dejaría de funcionar. El fresco de los primeros días de otoño le provocaban carne de gallina, no obstante lo importante era abandonar a esos sujetos para siempre.

Alma lo sabía. Soñaría con el rostro derretido de Luca hasta sus últimos días, soñaría con el escuálido cuerpo de Mateo conectado al suero, con el maldito anciano, y con los otros dos estúpidos que arruinaban su récord de sobriedad.

Observando la hora en su celular, vio que eran las dos y media de la madrugada, y no estaba segura si despertar a Cathy para contarle todo lo sucedido.

Trató de no hacer demasiado ruido con las llaves, sin llegar a una resolución.

<<¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago?>> repetía en su cabeza, las cosas no debían quedar así.

Miró a los alrededores de su modesta casa, todo permanecía igual que en la mañana; las luces apagadas del living comedor, en el cual podía reconocer la mesa con cuatro sillas y la televisión, y a un lado la cocina que aún tenía aroma a salsa de queso.

Alma tronó los huesos de sus dedos, no podía estar bien. No sería posible recobrar la paz. No, nunca más. Ella dudó sobre subir las escaleras o dirigirse al destacamento policial; pero, antes de pisar un peldaño, Cathy se asomó desde el piso de arriba.

La mujer de unos treinta y tantos se envolvía en su bata rosada y arrastraba sus sandalias por el suelo, llevaba su cabello castaño recogido y se colocaba sus lentes para ver mejor.

—¿Alma? —preguntó reconociendo a su sobrina al instante—. ¿Por qué llegas tan tarde?

Alma se preguntaba por qué no se había preocupado por su ausencia, en vez de eso rompió en un histérico llanto, que ni ella misma creía habérselo aguantado.

—¡Me secuestraron, Cathy! —gritó corriendo hacia su tía, la cual abrió sus ojos con espanto y no tardó en espabilarse—. ¡Me secuestraron!

—¡¿Qué...?! —inquirió la mujer, atrapando a Alma entre sus brazos—. ¿Qué dices? ¡Dios mío!

Con el escándalo, Sofía abrió la puerta de su habitación. Somnolienta, frotaba sus ojos, ante los alaridos de Alma que rompían por completo con el silencio de la noche.

—¡Me secuestraron! —insistía Alma, en un estado de desesperación—. ¡Llama a la policía!

—¡¿Qué te hicieron?! —Cathy tomó a Alma por los hombros y la miró a la cara.

—No, no me hicieron nada... —balbuceó entre gimoteos—. Me dijeron muchas cosas, dijeron que tengo un hermano que tengo que ocupar su lugar en la sociedad secreta... y... ¡saben todo de mí! Luego firmé un papel sin leer y me trajeron a casa y... y...

De inmediato, Cathy encogió su entrecejo, ¿de qué hablaba? Buscó la mirada de Sofía, ésta se encogió de hombros para luego interrumpir la catarsis de su hermana.

—Está drogada. —Sofía no se inmutaba por su hermana—. Apestas a marihuana.

Cathy olfateó a su sobrina y descubrió que era cierto, y no solo era marihuana, de su boca escapaba un intenso vaho de alcohol. De pronto Alma negó con la cabeza.

—¡No, no...! —Intentó excusarse—. ¡Fueron ellos, cuando me trajeron! ¡La camioneta estaba llena de humo y solo lo respiré! ¡Y solo tomé un trago...!

La expresión preocupante de Cathy se evaporó para transformarse en pura furia.

—¡Alma, estás drogada! —acusó, soltándola, Alma llevó sus manos a la boca—. ¡Dices que te secuestraron, pero no te hicieron nada! ¡Solo te convidaron marihuana, alcohol y trajeron a casa a las dos de la mañana! ¡¿No?!

<<¡No estoy diciendo eso! ¡Tienen que creerme! Esta vez no miento...>>

—¡No, no, Cathy! —Alma comenzaba a temblar, era una pesadilla—. ¡Es una sociedad secreta! ¡U-una mafia! ¡Te- tengo un hermano mellizo! Y quieren que trabaje...

—¡Cierra la boca, Alma! —El grito de Cathy fue tal que Alma tuvo que tragarse hasta el vómito que quería lanzar—. ¡Estoy cansada de que no madures, de tus mentiras, de tus vicios! ¡¿Tienes idea la hora que es?!

—¡Cathy, he estado limpia! —bramó Alma, desesperada por algo de credibilidad.

—Deja de tomarme de estúpida, Alma. Dijiste que estudiarías con tus compañeras. —La voz de Cathy se quebraba de a poco, asimismo su tono de voz disminuía—. Si necesitas ayuda puedes regresar a terapia, puedo pagarlo, pero esto que haces nos daña a todas. Date un baño y duérmete, mañana hablaremos.

Dicho esto, Cathy fue rumbo a su habitación cerrando la puerta de un golpe. Aún Sofía miraba a su hermana de arriba abajo, despreciándola por su desconsideración.

—¿Si te secuestró una sociedad secreta, no deberías guardar silencio? —Sofía regresó a dormir, dejando a Alma sollozando en el pasillo de su hogar.

No lo había pensado. Si a ella, que lo acababa de vivir, le costaba creer que fuera real, no imaginaba lo estúpida que se veía tratando de explicarlo. Cathy no le daba una chance, no le creía debido a sus deslices en la adolescencia, y Sofía, como siempre, la trataba de idiota. Estaba sola.



A las seis de la madruga, el sol pegaba directo en la ventana circular de ático que era la habitación de Alma; pequeña y sencilla. La misma poseía una cama de una plaza, un velador negro y un escritorio agrietado, algunos papeles, un bajo en una esquina, apuntes y libros, incluso su guardarropa era minúsculo.

La falta de bienes materiales no eran un problema, el problema era estar acostada en su cama con los ojos abiertos, de par en par, observando la humedad de las maderas del techo, tratando de entender lo sucedido en la noche.

¿Era producto de las drogas? ¿Por qué persistían los efectos? ¿Por qué no se dormía? ¿Por qué se sentía tan lúcida, tan impotente?

No tenía caso, debía ponerse de pie, debía cambiarse y seguir con su vida, o buscar otra alternativa para su problema.

Unos jeans, unos borceguíes negros y una blusa gris le quedaban pintados para un martes que se perfilaba a ser una completa mierda. Ni siquiera iba a peinar su cabello o tapar sus ojeras. Alma observaba el asqueroso cielo azul y lo único que esperaba era no oír un sermón de Cathy sobre la esquizofrenia como uno de los efectos adversos de las drogas.



Cathy aguardaba lista para ir al jardín de infantes, preparando el desayuno junto a la madrugadora Sofía, que seguro tenía alguna práctica con su equipo de roller derby, hockey, o cualquier otra mierda que demandara un exceso de energía, voluntad y tiempo.

Alma se sentó en la mesa redonda de la cocina, con la vista al horizonte, meditando sobre cómo seguir adelante, meditando si era buena la idea de hablar con un abogado. Sofía la ignoraba, y Cathy negaba con la cabeza.

—Llamaré a Margarita, le pediré un turno para ti —dijo Cathy, sin siquiera darle los buenos días—. Una recaída no es para tomar a la ligera.

—Está bien —respondió Alma, negada a recibir el beneficio de la duda.

—Vas a salir de esta. —Cathy suspiró y se acercó a Alma para envolverla en un cálido abrazo, el enojo se iba y se convertía en compasión por su sobrina drogadicta, a la que le servía un pedazo de dulce de membrillo para controlar la abstinencia.

Sin desayunar, y sin volver a pronunciar una palabra, Alma tomó su mochila, esa de lanilla que dejaba siempre en el sillón, para emprender viaje a la universidad. Ya podía hacer una predicción de lo que sería una extenuante jornada, en donde los engranajes de su mente no dejarían de crujir, rechinantes, hasta hallar respuestas y soluciones. Por el momento trataría de silenciar las infinitas conexiones mentales con algo de música en los audífonos.

Al llegar a la estación del tren, la multitud se agrupaba a treinta centímetros de las vías, a lo mejor contemplaban el suicidio como alternativa a la falta de libertad, no existía otra explicación. Toda esa gente aparecía de repente con el mero propósito de impedirle sentarse, y a pesar que siempre era lo mismo, esta vez le molestaba demasiado porque su cuerpo tambaleaba a punto de desvanecerse. Antes que eso sucediera, el recorrido finalizó. Tan solo restaba caminar algunas cuadras hacia el campus.

—¡Alma! —Una voz cantarina, y aguda por naturaleza, le sopló al oído generándole un ligero cortocircuito.

Alma se dio la media vuelta. Jazmín era su mejor amiga, y una de las pocas que le quedaba luego de la secundaria, a lo mejor porque eran vecinas. A veces creía que eran polos opuestos, pues Jazmín era la representación de la alegría y el optimismo; caminaba y parecía estar danzando, su cabello negro y largo siempre se bamboleaba de aquí a allá; hablaba y sonaba como una canción; sonreía y rayos luminosos salían de sus dientes. Sería perfecta de no ser por esos horribles tatuajes de flores que ocupaban su tersa piel y ese delineado asimétrico en sus ojos verdosos.

—¡Qué cara de sapo! —bramó la morocha—. ¿Mala noche?

—La peor —respondió Alma, y ambas siguieron el paso—. Jaz, ¿qué haría la justicia en un caso de secuestro si no te violan, ni te roban, ni te golpean y te devuelven a tu casa en menos de veinticuatro horas?

Jazmín elevó sus cejas cuanto pudo y cerró su boca tratando de encontrar una respuesta.

—¿Si no te hacen nada para qué querrían secuestrarte?

—Para formar parte de una secta, ya que tienes un mellizo que se está muriendo y su puesto debe ser reemplazado por gente de su sangre.

Jazmín detuvo su paso, y con el ceño fruncido observó a su amiga. De verdad se quedaba corta con lo de cara de sapo era un desparpajo; Alma parecía llevar a rastras a la muerte, una nube negra sobrevolaba su cabeza. Sus ojeras tocaban las comisuras de sus labios, sus ojos marrones no tenían una sola pizca de brillo, sus labios resecos y cuarteados no eran capaces de sonreír, y su cabello ¡su cabello era un nido de loros!

—¿Es algún tipo de acertijo? —preguntó Jazmín.

—Es lo que me sucedió anoche —confesó Alma, y siguió con el paso hacia adelante.

—Alma, te lo diré una vez más —suspiró Jazmín, siguiéndola—, detesto cuando te pones misteriosa, no puedo ayudarte así.

—No esperaba que me creyeras, hasta Cathy me trata de drogadicta. —Alma resopló al suelo—. Estoy cansada de decirle que la marihuana que consumía no es alucinógena.

—¿Por lo tanto fumaste hierba y no me convidaste?

—No. —Alma se detuvo en seco observando a Jazmín con la mirada contraída y sus labios sellados—. Olvídalo, tengo el SPM.

Jazmín rodeó sus ojos y bufó al cielo.

—¿Qué quieres que te diga, Alma? —Jazmín sonó resignada—. Si algo como eso fuera real no podríamos hacer nada. Hay que agradecer que estás con vida.

—¡¿Por qué hay que agradecer por algo que no pedimos?! —Alma aceleró el paso dejando a Jazmín atrás—. ¡Por culpa de ese pensamiento los humanos vivimos tratando de justificar el aire que respiramos! ¡Estoy harta!

—¡Alma, no te enojes!

A pesar que las personas las miraban de reojo a ellas no les importaba gritar; sin embargo, cada una siguió su camino. Jazmín hacia la facultad de Letras; y Alma hacia la de Filosofía.

<<Cathy no cree en mí, menos Sofía, ni siquiera puedo contar con Jazmín. Si presento una denuncia todos se reirán de mí, y un abogado me quitará el dinero que no tengo>>.



Alma se recostó en un pupitre del fondo, temía dormirse o que le preguntaran algo y que no supiera responder. Por momentos miraba a los lados, temerosa de ser raptada otra vez, temerosa de ser vigilada, temerosa de todo y de todos.

—¿Tienes las copias de la clase? —preguntó alguien sentado a su lado.

Alma, le traspasó sus apuntes ya subrayados con marcador fluorescente y anotaciones personales.

—Ah, Marx da asco —murmuró aquel compañero de al lado, logrando rebalsar a Alma por completo.

Élla lo miró con la ira impostada, casi olvidando su desdicha.

No recordaba haberlo visto en otra clase de Filosofía Política. A simple vista podía deducir que no tenía nada que hacer en esa clase, quizás por lo prolijo de su sweater color arena y su camisa planchada con aroma a suavizante, por lo blanquecino de su piel lechosa adornada de ínfimas pecas y su cabello renegrido de ondas brillantes. No, no era estudiante de Filosofía, a lo mejor era un despistado de Ciencias Exactas.

—¿Cuál es tu argumento? —preguntó Alma, curiosa.

El chico la miró a los ojos, y Alma descubrió algo más, los ojos violetas existían, y ahora un par de esos la inspeccionaban fijo.

—¿Argumento? —El joven elevó una ceja—. No hay, quería tu atención...

Alma elevó su ceja y miró a ese joven. No era su tipo, pero le generaba cierta curiosidad que alguien quisiera su atención, aunque no estuviera de ánimos para nadie.

El chico continuó hablándole:

—Lo importante es mantenerte vigilada —aclaró el muchacho, presumiendo una adorable y aterradora sonrisa—. Mi nombre es Lisandro, y soy amigo de Mateo.

La sangre de Alma abandonó su cerebro. La pesadilla no tenía fin. Lo sucedido en la noche no era producto de drogas, ni de alcohol o de un delirio por abstinencia. No, era real, aunque nadie quisiera creerle.

La falta de sueño, la falta de comida, y la desgracia que la hostigaba, le dieron el último empujón hacia el abismo. Su cuerpo pesado se desplomó en medio de la clase ante unos ojos violetas que la observaban sin inmutarse.

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top