Capítulo Tr🐍s

—¡Te dije que no volvería a casa esta noche! ¿Cómo demonios tengo que decirte las cosas para que lo entiendas?

Los gritos de Felipe no provocaron ni una mueca de mi parte, mis ojos estaban fijos en la pelirroja que se vestía con rapidez y se despegaba uno de los tantos informes desperdigados por el suelo, del culo. La muy zorra tuvo la decencia de siquiera mirarme a la cara, estaba segura que en hubiese sido así, la mataba con mis propias manos. Sin ella tener la culpa.

Mi prometido resoplaba, él con menos vergüenza que la otra, sigue desnudo de cintura para abajo. Con la polla aún medio levantada, aunque para ser sincera, poco se notaba cuando se le ponía del todo dura. <<¿Qué cojones le vi yo a este hijo de puta?>> pensé a la vez que noté cómo una lágrima surcaba mi mejilla hasta desembocar en mi cuello.

La mujerzuela salió corriendo y escuché el inconfundible chasquido del mechero de plata cuando felipe se encendió un cigarrillo. Fue ahí cuando alcé la mirada hacia él y lo miré.

—Eres... —Empecé a decir sin poder acabar la frase.

Me fui de allí con el alma por los suelos, encontrándome enferma del estómago. Mi móvil sonó en algún lugar de mi bolso de prada, mas no le presté atención. Siquiera me di cuenta del camino a casa, nuestra casa, la cual pronto solo sería suya.

***

—Rubia, será mejor que despiertes o te haré beber agua del inodoro.

Unas nauseas insoportables me hicieron erguir de golpe. Me arrepentí, ya que el movimiento brusco hizo que me marease. Abrí los párpados y si no hubiera sido porque esos malditos ojos hacían cosas raras a mi sistema, hubiera puesto el grito en el cielo.

Damian se encontraba sobre mí, literalmente. La parte superior de su cuerpo estaba rozando el mío, su respiración no correspondía a la mía, por lo que el movimiento de nuestros diafragmas encajaban en cada exhalación. Y su rostro... endurecido, como si fuera más mayor de lo que realmente era. Entonces, cuando mi mente calenturienta casi se dejaba llevar, se alejó de mí.

—No sé porqué os empeñais las mujeres en llevar esos tacones tan altos, cuando apenas podéis dar un paso sin tropezar —gruñó sacándome de mi ensoñación. Donde esa barba raspaba mis muslos y yo gritaba desaforada.

—Para tu información no fue culpa de mis preciosos zapatos, sino del camino lleno de trampas mortales.

Damian me miró no dando crédito a mis palabras, algo en verlo desesperado hizo que un extraño regocijo me recorriera entera. Era tan diferente a...

Tragué saliva y desvié la mirada cuando se me vino a la mente lo ocurrido ayer. La cara de Felipe, tranquilo y sin el menor remordimiento por haberme engañado durante años. Porque lo sabía, lo que no tenía constancia de ello.

—Necesito mi coche —Dije en un hilo de voz, destapándome las piernas con aquellas sábanas blancas increíblemente suaves.

—Siquiera pude llegar a él que te desmayaste como dama en apuros. Pero el humo blanco que se veía a lo lejos, no tenía buena pinta, el motor se habrá jodido.

Negué con la cabeza y me levanté haciendo una mueca de dolor. Me dolían las rodillas pero no me atrevía  echar un vistazo por miedo a encontrar sangre en ellas.

—Pues arréglalo, no puedo quedarme aquí como tú comprenderás —dije observando a mi alrededor aquella especie de habitación sin sentido de la decoración.

Una cama de sabanas blancas, cortinas verdes con estampado cutre, lámpara del año uno y no quería ni hablar de la televisión. Estaba segura que la imagen sería en blanco y negro.

—La razón por la que tolero que me faltes al respeto es que eres una mujer. Otro me dice lo que tú y lo hago comer tierra o le enchufo la manguera de gasolina en el culo.

Su dedo acusatorio me señaló insistentemente mientras amenazaba con esa voz que Dios le había  regalado. Felipe más bien, parecía a veces tener complejo de piano de safinado. No sabía porqué razón me la pasaba comparándolos, quizás porque se había convertido en el primer hombre que había conocido estando soltera.

También era el primero por el cual no le veía sentido a sentirme atraída. Tenía demasiado vello facial, tanto, que casi no se apreciaban sus facciones. Vestía de cualquier manera, como si fuera a buscar la ropa a un contenedor, dudaba mucho que supiera qué era una tienda.

—Tú sigue quedándote en las nubes, no me pones fácil pensar que no estas loca.

Se giró y salió de la habitación azotando la puerta con fuerza. Yo me quedé quieta en el lugar sintiéndome atrapada. No tenía a nadie de confianza conmigo, tampoco un teléfono para pedir ayuda. Mañana podría amanecer muerta y nadie lo sabría.

***
Damian

—Malditamente genial... —Murmuré entre dientes sacando un botellín de cerveza de la nevera.

La puerta chirrió al cerrarse por lo que el cabreo incomprensible creció. Esa maldita mujer me iba a a matar, estaba seguro de ello. Y para colmo aún vestía ese diminuto vestido que poco dejaba a la imaginación. Un pecado andante, una manzana roja, jugosa y apetecible en mitad de un desierto.

Pegué un trago, encontrando consuelo en el frescor de a bebida, calmando la quemazón de mi garganta. Con una mano me rasqué la barbilla, mientras pensaba en qué podía hacer para deshacerme de ella.

¿Matarla, quizás?

Sin embargo la única forma de matarla que se me ocurría era a besos y follándola como un completo desquiciado contra la pared.

—¡Joder!

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