Capítulo 49

Ella

4 años después

  —Me he recorrido medio mundo con Kyle, tal vez sea hora de sentar la cabeza y comenzar a plantearnos la vida de una manera distinta.—dijo Abbie acercándose el refresco a los labios—Aiden se parece a su padre.

Observé a mi hijo que escuchaba el cuento que Harley le contaba sentado en la hierba.

Sus cabellos dorados se mecían al viento y sus ojos azules claros observaban con atención el relato de Harley. 

La niña hizo aparecer una mariposa en la palma de su mano y está se posó en la nariz de mi hijo haciéndole estornudar. La niña me observó y yo la miré muy seria. 

No debía hacer aquello. 

El día en que Aiden nació decidimos que nuestro hijo se mantendría al margen de todo lo que comportaba ser un viajero. Ambos rezábamos por que nuestro hijo fuera un persona normal, tal vez si lo manteníamos al margen de todo eso el don nunca se manifestaría pero, tanto Ian como yo vivíamos con el temor de que nuestro pequeño descubriera lo que era en realidad. 

Harley hizo desaparecer la mariposa y continuó leyendo el libro fingiendo que no había pasado nada. Volví la vista a mi amiga y continué con la conversación:

  —Sí, se parece mucho a Ian. Estamos muy contentos con él, es tan bueno...

Abbie rió.

—Tan inocente y pequeño... Lo veo y me dan ganas de tener uno con Kyle pero luego pienso en pañales, lloros y en lo odiosos que se vuelven cuando crecen y se me quitan las ganas

—Suerte que tengo un marido maravilloso que se encarga estúpendamente de su hijo—respondí. 

Ella sonrió y bebió de su refresco, yo la acompañé.

—¿No echas de menos vivir conmigo?—preguntó.

—A veces. Pero lo que realmente echo de menos son tus borracheras—bromeé.

Ambas estallamos en carcajadas.

—¡Y tus bellos despertares!—exclamé.

Volvimos a reír.

—Me alegra que no hayas cambiado, Ella.—confesó Abbie con una sonrisa.

—¿Por qué debería haber cambiado?—pregunté.

—Ya sabes, hay mujeres que con los años se vuelven amargadas. Es la maldición de los treinta.—contestó.

—¡No exageres! Seguimos siendo jóvenes

—Pero ya no tan jóvenes.—rebatió con tintes de amargura en su voz.

Mi sonrisa se desvaneció. Abbie se limitó a beber de su vaso hasta vaciarlo.

—¿Recuerdas las fiestas?—preguntó—¿A Sean? ¿A... ella?

Mi mandíbula se tensó y fijé la mirada en un punto. 

—Yo sí. La veo todas las noches.—respondió al ver que no contestaba.—¿Sabes? Sean se ha convertido en jugador profesional, he oído que tiene varios negocios por ahí. Ahora está forrado y soltero.—dijo.— Bueno, creo que está con una modelo pechugona—continuó— pero no le pega.

—Tal vez se quieran—respondí sin darle demasiada importancia.

Ella alzó la mirada del vaso y se sirvió un poco más de refresco.

—Esto es una mierda. ¿No tienes cerveza o algo con alcohol?—preguntó—¡Ah, es verdad! No me acordaba de que ya no bebo.

—Y... ¿Que tal le va a Kyle?—pregunté evitando detener la conversación.

—Ahora que se ha convertido en cirujano a penas tiene tiempo para mí—confesó—Seguro que alguna enfermera me lo ha intentado quitar.

—Kyle te quiere, jamás haría algo así.

Abbie depositó el vaso en la mesa de cristal y me miró fijamente a los ojos.

—Oye, dejémos de hablar sobre mí ¿vale?—pidió.

—De acuerdo. 

Ella sonrió y se recostó sobre la silla.

—No puedo creer que mi mejor amiga sea la diseñadora de moda de la que todos hablan.—dijo cambiando de tema.

—Sí, la semana que viene viajo a París para presentar mi nueva colección.—dije—Lo que llevo puesto ahora mismo es parte de ella.—dije. 

Ella observó la chaqueta blanca con cremalleras plateadas a juego con la falda de tubo. Asintió en un gesto de aprobación y sonrió.

—Me gusta, simple pero rompedor.—opinó—Es muy tuyo.

—Tienes que acompañarme, Zack, Robert, Mia... ¡Todos estarán allí!—exclamé.—Será como en los viejos tiempos.

Mi amiga apretó mi mano con fuerza y yo esperé su respuesta.

—Por nada del mundo me lo perdería.—aseguró—Por cierto ¿Dónde está Ian?

—Él está en una sesión fotográfica.—Abbie se sorprendió y yo reí.—Sí, sé que es increíble pero es realmente bueno. Las cámaras y él se llevan muy bien.—confesé.

—¡Normal! ¿Sabes lo bueno que está tu marido?—dijo. Yo no pude evitar reír de nuevo.

No había cambiado nada y, en cierto modo, eso me aliviaba.

—¡Abbie, contrólate!

—Kyle no está mal pero Ian... te ha tocado la loteria—continuó.

Mi móvil comenzó a sonar en mi bolsillo y yo miré en la pantalla el número de Ian. 

—¿Ian?—pregunté.

—¿Es usted Elisabeth Jenkins?—preguntó una voz desconocida al otro lado de la línea. 

—Sí, soy yo.—respondí muy seria. 

—Su marido ha sido encontrado en la calle inconsciente.—anunció la voz al otro lado de la línea. Mi sonrisa se desvaneció y la felicidad dio paso a la preocupación.

—¡Oh dios! ¿Se encuentra bien?

—Sí, su marido está perfectamente.

Mi corazón volvió a latir en cuanto el médico me anunció que se encontraba consciente de nuevo. 

Recogí mis cosas a toda prisa de la mesa y apunté la dirección dónde mi esposo se encontraba.

—¿Que ocurre?—quiso saber Abbie preocupada. 

—Ian, se ha desmayado. Tengo que ir a verle.—anuncié.—Por favor, quédate con los niños hasta que regrese. 

Mi amiga asintió y yo me despedí de Aiden antes de marcharme hacia el hospital.

Puse las manos en el volante y conduje lo más deprisa que los límites de velocidad y el tráfico me lo permitieron. A pesar de que aquel médico me había dicho que mi marido estaba en perfecto estado sentía una opresión en el pecho que me indicaba lo contrario.

"Vamos Ella, solo habrá sido una bajada de tensión. No hay nada de lo que preocuparse."pensé.

Aparqué el coche en el primer sitio que encontré y entré casi corriendo en el hospital dónde el amor de mi vida se encontraba.

—Buenos días. Soy la mujer de Ian Jenkins, lo han trasladado aquí hace apenas dos horas.—dije tratando de mantener la calma. La enfermera comenzó a teclear y buscó el nombre del paciente en la pantalla del ordenador. 

Me indicó el piso dónde se encontraba y el número de habitación.

 Subí a toda velocidad las escaleras y abrí la puerta de la habitación dónde Ian se encontraba postrado en una cama. 

Los tubos que se introducían en sus fosas nasales me hicieron estremecerme. Odiaba los hospitales y odiaba verlo así.

—Hola.—saludó con voz débil.

Yo sonreí con lágrimas en los ojos y me acerqué a él.

—Hola.—respondí acariciando su mejilla.

Él llevo su mano hasta la mía y la acarició.

Un médico irrumpió en la habitación y yo me froté los ojos en un intento de secar las lágrimas derramadas.

—¿Podría hablar un segundo con usted?—preguntó el doctor refiriéndose a mí.

Yo asentí y me levanté. Cerré la puerta detrás de mí y el doctor observó la libreta que sujetaba con ambas manos.

—Hemos hecho unas pocas pruebas a su marido mientras usted no estaba presente.—dijo. Yo inspiré hondo. Los médicos rara vez decían algo bueno.—Todo parece indicar que su esposo padece algún tipo de cáncer.

El mundo pareció detenerse a mi alrededor, había dejado de girar y la sangre parecía haberse helado por completo dejándome totalmente inmóvil. 

—¿C-cáncer?—me atreví a pronunciar. El hombre asintió.

—Aún no sabemos con seguridad la clase de cáncer que es pero sospechamos que es de pulmón y se encuentra en una fase bastante avanzada.—respondió.—Lo siento.

Mis ojos comenzaron a arder de nuevo y las lágrimas amenazaban de nuevo en salir al exterior.

—¿Me está diciendo que mi marido se muere y ustedes, panda de incompetentes, no pueden hacer nada por él?—dije casi gritando. 

—Por favor, tranquilícese, es totalmente normal lo que...

—¿Que me tranquilice?—pregunté—Mi marido se muere.

Admitir que se moría era lo que lo hacía más real. 

¿Por qué? ¿Por qué él? 

Días atrás estaba saltando y jugando con nuestro hijo y ahora se encontraba tendido en una cama, conectado a un montón de fríos tubos que lo mantenían vivo. Yo no podía hacer más que esperar a que me lo arrebataran. 

Me sentía impotente y traicionada.

Dejé que las lágrimas recorrieran mi rostro y comencé a sollozar desconsolada. Me senté en el suelo y lloré todo lo que en siete año no había llorado.

El doctor se marchó y me dejó sola con mi sufrimiento y desesperación.

Me levanté del suelo y abrí la puerta. 

—Ella ¿Por qué lloras?—preguntó Ian al ver mis ojos enrojecidos y mi maquillaje arruinado.

Me acerqué a él y lo besé olvidándome de todos eso cables que mantenían sus constantes vitales estables.

—Te quiero—le dije volviendo a derramar lágrimas—Todo va a estar bien.—mentí, pues nada estaba bien. 

Él posó sus ojos azules y asintió sin entender que pasaba.                    

—Yo, también te quiero pero... no entiendo por que lloras.—respondió. Yo cerré los ojos y volví a besarlo. 

¿Cuánto tiempo le quedaría? ¿Meses? ¿Semanas? ¿Días?

—Te quiero, Ian.—volví a repetir. 

Él acarició mi mejilla y yo observé detenidamente sus labios, sus ojos, sus manos... todo.

No quería olvidar al hombre que me había hecho conocer la felicidad.

  —Te quiero, Ella.—repitió.

"Supongo que estáis enamorados, que creéis que vuestro amor es eterno y que nada ni nadie os separará. Pensáis que sois tan infinitos como el viento pero, os diré una cosa, nada es para siempre" las palabras de Dana, la tía de Harley, se me vinieron a la mente después de tantos años.

Lo abracé y él acarició mi cabello tratando de reconfortarme, pero nada podía hacerlo. 

Nada.

----------
Ya sólo queda un capítulo! Os espero en el final :)

   

                                                                                            

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top