Capítulo 47
Ella
Esperé sentada en el borde de la fuente a que Ian regresara pero los segundos se convertían en minutos y el seguía sin regresar.
—¿Dónde te has metido?—pregunté debatiéndome entre ir a buscarlo o esperarlo hasta que regresara.
Comencé a sentir frío pues la Luna y el viento eran mi única compañía. Incluso me pareció escuchar a los árboles hablar al tiempo que sus ramas y hojas danzaban en lo alto de sus iluminadas copas.
"Vamos, no tienes por que tener miedo." me dije a mí misma.
Me levanté y observé la luna llena que, orgullosa, se exhibía en el oscuro cielo.
¿Cuántas veces me había parado a mirarla pensando en Ian?
Una estrella fugaz cayó del cielo y me apresuré en pedir un deseo.
—Por favor, permíteme ser feliz junto a él, aunque sea por poco tiempo...
Cerré los ojos con fuerza y deseé con todas mis fuerzas que se cumpliera. Me quedé así durante unos segundos hasta que un ruido me hizo regresar a la realidad.
Abrí los ojos y me dí la vuelta.
No había nadie.
—¿Ian?—pregunté alzando la voz.
No hubo respuesta alguna.
—Si esto es una broma que sepas que no me hace ninguna gracia—dije.
El crujir de hojas, probablemente, de alguien que se acercaba hizo que mi corazón se acelerara.
Metí rápidamente la mano en mi diminuto bolso de fiesta y busqué algo con lo que poder defenderme.
—Mierda—mascullé al ver que no tenía nada útil.
Tal vez un pintalabios resulte mortífero si lo usas mal, pero no, no era eso lo que necesitaba en aquel momento.
Alcé la mirada y observé las copas de champán vacías en la mesa de piedra. Me acerqué deprisa hacía la mesa y golpeé la copa contra la pared, haciendo que estallara en miles de pedazos. Recogí uno de los fragmentos más grandes y caminé en dirección al sonido.
Mi corazón martilleaba con fuerza dentro de mi pecho, la mano con la que sujetaba el cristal temblaba y mis ojos esperaban que un agresor se abalanzaran contra mí.
"Vamos, Ella. Sé valiente" me ordené mientras apretaba el cristal con más fuerza.
Cuando crucé la esquina observé una ardilla comiendo algún tipo de fruto seco.
Reí aliviada y observé como el pequeño animalito se alejaba a toda velocidad asustado.
—No sabía que le tuvieras miedo a las ardillas—dijo una voz detrás de mí.
Mis dedos se apretaron instintivamente en torno del cristal y me dí la vuelta azorada.
Cuando mis ojos dieron con el hombre que había hablado sentí sorpresa, alivio y enfado a partes iguales.
—Zack, eres tú. Casi me matas del susto.—dije expulsando el aire que había estado conteniendo.
—Estás sangrando—apuntó él.
Yo observé mi mano sangrante y solté el cristal manchado al suelo.
—No es nada.—respondí cerrando el puño.
Zack se acercó hacía mí y, sin decir palabra, me obligó a abrir a mano.
Puso sus negros ojos sobre la herida y la examinó detenidamente.
—Tenemos que limpiar la herida o se infectará. No es un corte muy profundo.—dijo.
El apretó la mandíbula y soltó su mano de mi muñeca.
—Al final has venido.
—Eso parece—respondió mientras arrancaba un trozo de su blanca camisa y la ataba a mi mano a modo de venda—Yo quería hablar contigo.
Lo miré a los ojos y asentí sin saber que decir.
Zack se sentó en un banco y yo hice lo mismo segundos después.
—Siento no haberte dado explicaciones, Ella.—dijo.
—Tranquilo, yo hubiese reaccionado del mismo modo—mentí.
—No, no lo hubieses hecho—respondió.
Apreté los labios y me miré las manos esquivando su mirada.
—Eras mi mejor amiga, Ella, y quiero que así siga siendo.—confesó.—No quiero que cambie nada.
—Yo tampoco lo quiero, Zack.—admití.
El esbozó una media sonrisa y dejó que su ojos se centraran en los chorros de agua que caían dibujando formas en el aire.
—Lo que dijo Cassie...—comenzó a decir—...era cierto.
Apreté los puños contra mis muslos esperando lo próximo que tenía decir y me centré en el dolor de mi herid.
—Me hiciste ver el mundo desde otra perspectiva y te estoy tremendamente agradecido por ello, Ella.—confesó volviendo a posar sus oscuros ojos sobre los míos—No sé que tienes que haces que cualquier hombre caiga rendido a tus pies.
—Zack...
—No digas nada—pidió—esto ya es suficientemente duro para mí.—asentí.—Quiero que sepas que sentí cosas muy fuertes por ti, que a veces nos he imaginado paseando cogidos de la mano y que he querido ser el único en tu vida. Pero eso es lo que yo deseo.—dijo con amargura—Amo a Robert, como nunca lo he hecho por nadie. Con él es con quien debo estar.
Yo observé como sus puños se cerraban y su respiración se aceleraba. Realmente le estaba costando sincerarse.
—Te quiero, siempre te querré y me preocuparé por tu bienestar.—concluyó.
Yo sonreí y tomé una de sus manos con delicadeza.
—Gracias Zack. Gracias por decírmelo.
Él sonrió y yo le devolví la sonrisa.
El sonido de unos pasos nos hicieron fijar la vista en el joven de cabellos rubios que caminaba hacia nosotros.
—¿Ian, ocurre algo?—pregunté preocupada al ver su expresión de tristeza en la cara.
Me levanté y me coloqué delante de él. Zack se marchó sin decir nada.
Ian observó como mi amigo se alejaba y posó sus ojos azules, más oscuros que nunca, sobre los míos.
—Se ha ido, Ella. Se ha marchado.—dijo tratando de mantenerse fuerte.
Yo apreté los labios formando una fina línea.
—Yo... Era lo mejor...—continuó apenado.
—¿Qué ha pasado?—quise saber.
—Megan, una chica que conocí hace unos meses se la ha llevado.
—¿Megan?
No podía ser ella...
—Sí, su hermana.—respondió Ian—Te lo contaré todo, pero en otro momento. Ahora solo quiero irme a casa—dijo. Yo asentí.
Entrelacé mis dedos con los suyos y caminamos en dirección al coche pero, cuando nos propusimos entrar en él, mi tío nos detuvo.
—¿Dónde crees que vas?—dijo severo—Los discursos empezarán dentro de unos minutos y tú debes estar presente.
—No me encuentro muy bien, lo mejor será que me vaya a casa.—mentí.
Mi tío cruzó los brazos sobre su pecho y negó con la cabeza.
—De eso nada jovencita. Eres la hija de la novia, tú presencia es la más importante de todas.—respondió—Además has pasado de nosotros olímpicamente. Mara no ha parado de preguntar dónde demonios estabas, ahora entiendo por qué no estabas.—dijo observando a Ian.
Era cierto, ni siquiera había hablado con ella...
—Yo... lo siento. Ya sabes que todas estás cosas me agobian, tío.
Él suavizó el gesto y me perdonó.
—Está bien, nadie va a regañarte por ello. Pero ahora siéntate, escucha las bonitas palabras que le dedican a tu madre y dí un par de ellas cuando sea tu turno ¿Podrás hacerlo?—preguntó.
Asentí.
—Así me gusta.
Ian y yo nos sentamos en sillas contiguas y escuchamos todos los discursos que habían preparado los familiares de los novios.
La última en hablar fui yo.
Recuerdo que subí las escaleras despacio y aclaré mi voz antes de acercarme al micrófono.
Todos me miraban.
Mi madre sonrió y Owen me dio ánimos desde su asiento. Al lado de mi hermano estaba mi padre observándome sin expresión alguna.
Inspiré hondo y comencé mi discurso.
—Cuando cumplí once años me regalaste una corona, para que me sintiera princesa. Cuando cumplí trece me regalaste unas alas, para que jamás olvidara como soñar. Cuando cumplí dieciséis me diste cinta adhesiva, para que remendara mi corazón roto. Ahora tengo veintitres años, mamá, y sigues regalándome día tras día tu amor. Hoy brillas, tal vez tu no te hayas dado cuenta pero, hoy, las estrellas son menos brillantes a tu lado.—dije dirigiéndole una sonrisa que me devolvió.—No creas que me he olvidado de ti, Trevor.—Trevor rió desde su asiento y acarició la mano de su esposa.—Eres un buen hombre, la miras como nunca nadie la ha mirado. Al principio no me convencías pero, la haces sentir especial y feliz.—El aludido gesticuló un gracias y yo le guiñé un ojo—Ya puedes respirar tranquilo, no voy a quemar tus calzoncillos cuando duermas.—los invitados estallaron en risas.—Mamá, Trevor, espero que seáis felices y, sobretodo, que el "hasta que la muerte os separe" sirva esta vez.—los asistentes aplaudieron una vez finalizado el discurso y yo bajé las escaleras.
Mi madre se levantó del asiento y me abrazó.
—Eres la mejor hija del mundo—dijo mi madre contra mi cuello.
—Mamá vas a estrangularme.
Mi padre se plantó delante de mí y sonrió.
—Ha sido un discurso muy bonito, Elisabeth—dijo deteniéndose en cada sílaba de mi nombre que, como puñales, se clavaron en mi corazón.—¿Qué le ha pasado a tu mano?—preguntó haciendo ademán de tocarla.
Yo la aparté bruscamente y lo miré desafiante.
—No es asunto tuyo.—respondí molesta.
—¡Ella! Es tu padre.—exclamó mi madre.
—Este hombre no es mi padre. Es un extraño—escupí.
Elliot se ajustó el puño de la camisa fingiendo que mis palabras no le afectaban ni lo más mínimo.
—Haz el favor de comportarte—pidió mi madre.
Yo inspiré hondo y traté tranquilizarme.
—Elisa...
—Ella—le corregí.
—Ella—repitió—Tú madre y yo queremos lo mejor para ti y para tu hermano—dijo con voz aterciopelada—No espero que me perdones de la noche a la mañana, por mucho que quiera, pero al menos déjame pedirte perdón.
—Disculpas no aceptadas—sentencié.
—¡Ella!—exclamó de nuevo mi madre disgustada.
—¿Hasta cuando vas a seguir así?—preguntó él.
—Hasta que te mueras—escupí.
Mi madre se dio por vencida y se marchó al lado de su marido.
—Escúchame Ella.—dijo mi padre agarrando mi muñeca sin ningún tipo de tacto. Clavó sus fríos ojos azules sobre los míos y me estremecí—no voy a tolerar que me humilles de esa manera. Menos delante de tu madre.—me advirtió—No me llames, no me felicites el día de mi cumpleaños, no asistas a mi funeral el día que muera. Haz lo que quieras. Pero no entorpezcas mi relación con Owen y tú madre. ¿Entendido?
Yo asentí. Jamás me había hablado de ese modo. ¿Dónde estaba el hombre cálido y amable de antes?
—No me perdones, podré vivir con ello. Pero, no te entrometas en mis asuntos.—continuó.
Soltó mi muñeca y yo la acaricié.
—Solo tendrás que fingir que me adoras cuando tú madre esté presente. No es tan difícil.—dijo.
—Que te den.—espeté. Él esbozó una sonrisa al ver que Ian se aproximaba a nosotros.
Se aproximó hacia mí y acarició mi mejilla, apartó una greña y me susurró al oído:
—Siempre has sido una niña muy lista.—Elliot se apartó de mí, se despidió de Ian y me dedicó una falsa sonrisa.—Nos vemos pajarito.—dijo de nuevo volviendo a ser aquel hombre encantador que todos, incluida yo, creían que era.
—¿Estás bien?—preguntó Ian acariciando mi espalda.
Yo observé a mi padre alejarse y asentí.
—Sí, perfectamente.—Ian me ofreció su chaqueta para que me tapara, pues comenzaba a hacer frío y me la puse sobre los hombros.—Vámonos a casa.
*****
Aquella noche la pasé en el piso de Ian, dormimos juntos y a la mañana siguiente me acompañó a casa después de desayunar juntos.
Una vez llegué a mi habitación, antes de introducir la llave en la cerradura escuché a Abbie hablando con alguien. Me apoyé en la puerta y escuché la conversación en silencio.
—No podemos decírselo aún. Ella no es como nosotros, se sentirá culpable.—dijo Abbie—Zack, Ella no podrá soportarlo.
—Merece saberlo. Cassie no fue nunca una buena persona pero estoy seguro de que querrá despedirse de ella.—dijo el aludido.
—No está preparada.—volvió a decir mi compañera de habitación— ¡Oh Dios, Zack! ¿No puedes dejar que se pudra en su propia tumba sin que ella lo sepa?
Yo me llevé las manos a la boca reprimiendo una exclamación de espanto y cuando entendí lo que pasaba hice girar las llaves en la cerradura para pillarlos desprevenidos.
—Quiero saberlo todo, sin mentiras—dije tratando de sonar lo más dura posible.
Abbie tragó saliva y Zack me miró sin saber que hacer.
—Ha muerto ¿verdad?
Zack asintió y Abbie se dejó caer sobre la cama derrotada.
—¿Cómo y cuándo?—quise saber.
Zack se sentó en la cama y me miró muy serio.
—La han encontrado esta mañana muerta en su habitación.—respondió.—Sobredosis.—aclaró—Cassie no tomó su medicación en ningún momento, la estuvo guardando durante todo este tiempo.
Me apoyé en la pared y asimilé toda la información que me había proporcionado Zack.
—Ella, ahora ya no sufrirá más.—dijo colocándose a mi lado.
—¿Por qué me siento culpable?—pregunté. Él me abrazó y yo me dejé reconfortar entre sus brazos.
—Por qué eres buena persona.—respondió.
—¿Por qué lo ha hecho?
—Cassie nunca fue feliz.—confesó—el funeral es esta tarde, asistiré con mi familia para despedirla.
—Iré contigo—dije.
—No se lo merece—dijo Abbie, quién se había mantenido aislada de la conversación hasta el momento.
—Lo sé, pero si no lo hago no me lo perdonaré nunca—respondió Zack por mí.
Me senté en el suelo y me agarré las piernas, puse mi barbilla entre mis rodillas e intenté ponerme en la piel de Cassie.
La muerte es algo tan... frío.
*****
La madre de la difunta llora, su marido la consuela, el ataúd desciende y los asistentes guardan silencio.
El día es gris, los pájaros no cantan, nadie dice nada...
Cuando el cura calló me acerqué al altar con una foto sonriente de Cassie y deposité una flor blanca.
—Nunca fuiste buena conmigo, me trataste como a una enemiga e intentaste destruir todo lo que me hacía feliz.—susurré. "Como si ella me pudiera escuchar..."—Llegué a odiarte, Cassie. Pensé que el día que te marcharas de mi vida me sentiría liberada pero, no es así. Tal vez algunos piensen que es justo lo que te ha sucedido, que la vida te ha devuelto lo que has hecho pero... nadie, ni siquiera yo, sabe los motivos por los cuales lo hiciste. Abbie, te odia, ni siquiera ha venido a verte.—dije. Me aclaré la garganta y observé los ojos relucientes de la fotografía de Cassie—Estoy segura de que jamás te perdonará pero yo, en cambio, te perdono.
Zack apoyó ambas manos sobre mis hombros y ambos nos quedamos durante unos minutos mirando la foto en silencio.
—¿Crees que ella era totalmente mala?—preguntó Zack.
—No.—respondí.—Sus monstruos eran más fuertes que ella.
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La novela está tocando a su fin, espero que os esté gustando como la trama de la historia se va resolviendo. Nos encontramos a tan solo unos pocos capítulos del final de la historia y ya estoy preparando nuevos e increíbles proyectos.
Si os gusta recordad regalarme una estrellita y recomendar la historia a vuestros amigos lectores para que sigamos creciendo.
~Ana
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