Capítulo 45

Ella

Abbie paso una última horquilla para sujetar mi cabello en un perfecto y elegante moño.

—Mi obra maestra—dijo satisfecha con una amplia sonrisa en la cara.

Me calcé los tacones de una altura vertiginosa y me encaminé hacía Ian que lucía un aspecto increíble con aquel esmoquin negro.

Ian me observó de arriba abajo desde el marco de la puerta.

—Estás preciosa.—dijo Ian con su voz aterciopelada.

A pesar de que Ian me decía todos los días lo hermosa que era, esa vez no pude evitar sonrojarme.

—Tú también estás muy guapo.—respondí.

Abbie se aclaró la garganta y meneó el brazo rápidamente en el aire tratando de captar nuestra atención.

—¿Hola? ¡Estoy aquí! ¿Alguien de vosotros va a decirme lo guapa que estoy o simplemente no existo para gosotroa?—preguntó fingiendo estar molesta.

—Tranquila, cariño. La única opinión que debe importarte es la mía, no hagas caso a estos dos ignorantes, no saben lo increíble que eres.—dijo Kyle inesperadamente mientras entraba a la habitación.

Se colocó a su lado y la cogió de la cintura, le susurró algo al oído que la hizo reír y beso su mejilla.

—¿Qué hay de Zack y de Robert?—preguntó Abbie.

Yo apreté la mandíbula. Desde aquel día no lo había vuelto al ver. Él intentaba evitarme y yo hacía exactamente lo mismo.

No sabía si se asistiría a la boda o lo dejaría pasar. Esperaba que apareciera allí, necesitaba hablar con él.

—No sé nada de ellos.—respondí.

Abbie calló y con su silencio entendí que el asunto había quedado zanjado, ya no volvería a hacer preguntas que pudieran incomodarme, pero sabía lo despistada y olvidadiza que era, por tanto, era muy probable que volviera a formular la misma pregunta pasadas unas horas.

Recogí mi bolso de mano que combinaba a la perfección con el vestido color borgoña que Abbie me había regalado y me coloqué al lado de Ian, quién estaba arreglando la cola del vestido de Harley.

Los cinco nos subimos al coche de Kyle. Abbie y él ocuparon los asientos delanteros, mientras Ian, Harley y yo los traseros.

—Me alegra que hayas querido acompañarme.—le dije a Ian.

—Esto no es nada comparado con lo que haría por ti, Ella.—dijo posando sus profundos ojos azules sobre los míos.

—De todas formas te lo agradezco, esto y lo siguiente que esté por venir.

Ian bajó la mirada y elevó las comisuras mientras trazaba círculos con su dedo en la palma de mi mano.

—Espero gustarle a tu madre—dijo.

—¿Estás de broma?—exclamé extrañada—¡Seguro que le encantas!

—Me aterrorizan las suegras.

—Mi madre no muerde.-dije- Sé tu mismo y todo irá bien. Eres el novio perfecto.

—En eso te equivocas Ella.—irrumpió Abbie desde el asiento del copiloto—Kyle es el novio perfecto.

Abbie besó a su novio quién se encontraba al volante un poco tenso por el tráfico.

—La próxima vez conduces tú. ¿A quién se le ocurre organizar una boda en estas fechas?—preguntó él molesto.

Abbie se dejó caer sobre su asiento profiriendo un suspiro y Ian y yo reímos.

Abbie y Kyle eran un desastre como pareja pero se amaban.

Kyle era la parte sensata de la pareja, la que ponía freno a los impulsos imprudentes de Abbie, Abbie... bueno, simplemente era Abbie.

Mientras ellos dos preferían tirarse en paracaídas, hacer surf o, incluso, puenting; Ian y yo preferíamos pasar una tarde hablando tumbados en la fina hierba de un parque.

Como solíamos hacer cuando nos conocimos.

—Nunca he ido a una boda. ¿Cómo són?—preguntó la pequeña rompiendo el silencio que de pronto se había creado.

"Tediosas" quise responder pero en vez de eso dije:

—Preciosas.

—Yo también quiero casarme—confesó ella mirándome a la cara.

—Aún queda mucho para eso, Harley.—se apresuró a contestar Ian.

—Me casaré con Antoine y viviremos felices y comeremos perdices, como en los cuentos, aunque no sé qué es una perdiz... ¿Habrán perdices en la boda?

—No, no creo que hayan perdices.—dije sonriendo.

Harley cruzó los brazos y se recostó sobre su asiento.

Cuando planté un pie en Burnham sentí como una oleada de recuerdos me sacudía. No, el pasado no iba a influir sobre mí. Ya no importaba.

Papá, Owen, yo... todos habíamos abandonado aquel lugar. Incluso mamá iba a marcharse de allí.
Estaba segura, jamás la había visto tan convencida, ella se marcharía a Nueva York y comenzaría de cero junto a Trevor, el hombre que ella había esperado durante toda la vida.

Observé la iglesia adornada con flores blancas y como familiares y amigos conversaban alegremente a las puertas de ella.

Me aferré al brazo firme y fuerte de Ian rezando no tropezar.

—¿Qué te preocupa?—preguntó él en voz baja.

—Todo—respondí.

Y con todo me refería a mi padre.

¿Por qué demonios lo había invitado mi madre a la boda?

Sí creía que iba a perdonarle estaba muy equivocada. Ella era libre de perdonar a quién quisiera pero no podía obligarme a no odiarle.

—Me estoy mareando.—anuncié.

—Siempre podemos marcharnos.—dijo él avanzando hacia ellos.

—No me marcharé.

—En ese caso sujetate a mí, no dejaré que caigas.—apreté mi mano alrededor de su brazo y inspiré hondo.

Un hombre alto de ojos verdes e hipnotizantes  y cabellos negros, se dió la vuelta con una gran sonrisa en el rostro, exhibendo su blanca y perfecta dentadura. Era un hombre elegante y muy atractivo. Debía ser Trevor.

—Elisabeth. Que alegría verte. Tu madre me ha hablado mucho de tí.—Saludó el prometido de mi madre.

—Es un gusto conocer al futuro marido de mi madre al fin—respondí con falsa cortesía.

—Por cierto, estás preciosa.—continuó.

—Gracias. No todos los días se casa una madre.

Trevor sonrió y posó sus ojos verdes sobre Ian.

—Supongo que tu serás su acompañante. Encantado, mi nombre es Trevor Hemmings.—dijo tendiéndole la mano para que se la estrechara.

—Ian Jenkins. Un placer señor.—dijo mi novio en tono cortés.

—Os veo luego, será mejor que entréis dentro, la ceremonia no tardará en empezar.—se despidió él.

Ian y yo nos quedamos observando como el prometido de mi madre se alejaba de nosotros y se colocaba al lado del cura. 

La gente fué entrando y ocupando sus asientos, Ian y yo hicimos lo mismo.

—Otra boda más...—suspiré.—Deberían darle a mi madre el récord Ginnes.

—Mejor asistir a bodas que a funerales.—respondió él esbozando una sonrisa.

—Me da rabia admitirlo pero... Joder, me cae bien.—confesé.

Los ojos de Ian buscaron a Trevor y, una vez lo encontraron, asintió con la mandíbula apretada.

—Es gracioso que yo lo diga pero, todo el mundo merece una oportunidad.—respondió.

—Lo sé pero... —me mordí el labio.—¿Y si sale mal?

—Ella, no pienses tanto. Disfruta.—dijo colocando su mano sobre la mía. 

Yo lo miré a los ojos y asentí mientras apretaba su mano. 

Los presentes se levantaron de sus asientos y nosotros hicimos lo mismo. Harley se colocó a mi lado y me apretó la mano.

—¿Esa es tu madre?—preguntó la pequeña. 

Yo, alce la mirada y asentí al ver a mi madre, una vez más, tan hermosa como siempre. 

—Sí, ella es mi madre. 

Llevaba un largo vestido blanco de corte sirena que estilizaba su hermoso y esbelto cuerpo. 

Su pelo castaño caía en bucles sobre sus hombros y sus ojos azules y brillantes reflejaban lo feliz que era en aquel momento. 

Ella subió al altar acompañada de mi tío que esbozaba una sonrisa tan radiante como la de la novia. 

—Parece un ángel—dijo Harley. Yo sonreí.

—Lo es.

La parte que le seguía ya me la sabía, lo había vivido antes. 

Mi madre intercambió votos con su prometido y ambos colocaron sus respectivos anillos en el dedo anular del otro. 

Después del mítico "Si quiero" y el beso de película todos y cada uno de los invitados aplaudieron el enlace. 

Mi mirada vagó hasta la de Abbie que lloraba al mismo tiempo que aplaudía.

—Tú también estás guapísima, Elisabeth.—dijo de nuevo la voz aniñada de Harley.

—Prefiero que me llamen Ella—dije.

—¿Por qué? ¿No te gusta tu nombre?—quiso saber la pequeña.

—Harley, es algo complicado...—respondió Ian por mí mientras a nuestro alrededor la gente iba saliendo de la iglesia detrás de los recién casados.

Antes de que la niña de pelo pelirojo pudiera formular otra pregunta, yo caminé detrás de la gran masa de gente que vitoreaba a los novios huyendo de aquella situación incómoda.

Elisabeth... Sólo él me llamaba así pero, era mi nombre.

Sí, un nombre con demasiados recuerdos...

Pero ya lo había superado ¿no?

¿Entonces por que sentía mi como una espada se clavaba en mi pecho cada vez que alguien lo pronunciaba?

Alcé la mirada y observé como mi madre y Trevor posaban para las cámaras felices.

Observé mi alrededor.

Ni rastro de él.

Tal vez al final decidiera no venir.

La gente se retiró y se subió a sus respectivos coches después de que la pareja lo hiciera.

La fiesta continuaba en otro lugar no muy lejos de allí pero lo suficiente como para usar un coche.

—Oye Ella. ¿Estás bien?—preguntó Ian detrás de mí.

—Sí, sólo pensaba en por que odio escuchar mi nombre.—confesé.

El asintió y depositó un beso en mi frente.

—Vamos, la fiesta no es aquí.—dijo sonriente. Yo asentí y le dí la mano.

—¿Harley no viene con nosotros?—pregunté al darme cuenta de que la niña no nos seguía.

Ian abrió la puerta del coche para que entrara y negó con la cabeza.

—Pensé que estarías más cómoda sin ella. Abbie y Kyle la llevan consigo. Ella hace demasiadas preguntas y no quiero que te haga sentir mal.—respondió.— Hoy solo tú y yo.

El viaje fue breve y en cuanto divisé el enorme palacio que Trevor había alquilado para la boda, recordé que era asquerosamente rico.

Odié reconocer que aquel lugar me fascinaba.

Los invitados hablaban y bebían de sus copas de champán ocupando gran parte de los jardines. Sólo reconocía unas pocas caras.

Mamá, además de haber invitado a la familia y amigos, había invitado a todos sus compañeros de trabajo, los del trabajo de Trevor, amigos de amigos y muchos otros que no tenía ni siquiera idea de dónde habían salido.

Saludé cordialmente a todos los asistentes que se percataban de mi existencia. Todos ellos preguntaban lo mismo.

"¿Como estas?", "¿Ese es tu novio?", "¡Hay que ver como has crecido!", "¿Cómo van los estudios?"...

Cuando conseguí al fin escabullirme con Ian de toda aquella gente sentí un gran alivio.

El lugar en el que nos refugiamos gran parte de la fiesta, se encontraba bastante apartado. Ian llevaba una botella de champán en la mano y la colocó en una pequeña mesa de piedra que había junto a la fuente.
Las pequeñas luces que habían colocadas sobre las copas de los árboles y columnas hacían que el lugar pareciera mágico.
Casi tan mágico como los sueños en los que solíamos reunirnos.

—Por fin solos.—dije acercándome a él.

Ian colocó una mano sobre mi mejilla y la acarició.

—Tu madre se estará preguntando dónde te has metido, y esos amigos pesados que tiene también.—dijo.

—Que pregunten lo que quieran. No soporto ni un minuto más respondiendo a sus estúpidas preguntas.—Ambos reímos y nos aproximamos hasta fundirnos en un tierno beso.

—Espera.—dijo despegando sus labios de los míos.

Yo arqueé una ceja y el sacó su móvil de el bolsillo de su chaqueta. Lo dejó sobre la mesa junto a las copas y botella de champán y unos segundos después una balada lenta comenzó a sonar.

—¿Me concede este baile?—dijo haciendo una reverencia. Yo reí y tomé su mano.

—Será un placer.—respondí.

Ian puso las manos alrededor de mi cintura y yo pasé mis brazos por su cuello.

—¿Crees que nos encontrarán?—preguntó él.

—¿Y olvidarse de la deliciosa comida que ahora mismo están sirviendo?

—Cierto.—respondió divertido.

Mis pasos seguían los suyos que se movían al son de la música.
Ambos nos mirábamos fijamente.

—Al fin de cuentas esto no ha estado tan mal.—me oí decir.

—La noche no ha terminado aún.—apuntó.

—Cuando he visto a mi madre subir al altar he sentido como si me hubiese quitado un peso de encima.—dije.—Ian, jamás la he visto tan feliz como hoy la he visto. He visto en la mirada de Trevor amor, miraba a mi madre de la misma forma en la que tú me miras a mí.

Él entrelazó los dedos con los míos y apoyó su nariz sobre la mía.

—Ambos estamos enamorados de mujeres maravillosas.—dijo.

—¿Crees que será feliz?—pregunté llena de dudas.

—Trevor la quiere. Estoy seguro de que la tratará estupendamente.

—¿Y nosotros? ¿Crees que esto es para siempre?—cuestioné de nuevo.

—Te amo ahora y te amaré después. No importa lo arrugada que estés, seguiré deseándote como el primer día. Prometo no caer en la rutina, tus días siempre serán diferentes y maravillosos. Y si existe otra vida después de la muerta te seguiré amando desde allí.—dijo muy serio.
Mi respiración se agitó y sin pensarlo dos veces volví a besarlo.
Su lengua jugueteaba con la mía y mis manos se enredaron en su cabello.

—Te quiero.—dije de nuevo.—Hasta que el sol se apague.

—Hasta que el sol se apague.—repitió antes de presionar sus labios contra los míos una vez más.




















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