Capítulo 44

Ella

La luz cálida del sol se abrió paso entre las blancas cortinas bañando la estancia en la que me encontraba.

Mis ojos se abrieron lentamente hasta que se acostumbraron a la luz del nuevo día. Estiré los brazos por encima de mí y sonreí. Mi vida era perfecta. 

Me calcé unas zapatillas y me encerré en el cuarto de baño antes de Abbie despertara y lo bloqueara durante horas. 

Deshice la trenza que solía hacerme para dormir y peiné mi cabello. Me quité el pijama con rapidez y lo lancé al suelo haciendo un montón. Una vez desnuda abrí el grifo y me introduje en la ducha.

Mientras el agua caliente mojaba mi blanca piel repasé mentalmente lo que debía hacer aquel día.

La boda de mi madre se acercaba, apenas quedaban dos días para el enlace.

Mi madre insistía en que yo no tenía por qué ayudarla, sin embargo yo no me sentía a gusto quedándome de brazos cruzados viendo como ella sola se hacía cargo de los preparativos finales, bueno, ella sola no, estaba también la organizadora de bodas. Pero no sentía que aquello fuera lo correcto...

Cuando salí de la ducha me sequé el pelo lo más rápido posible y me encaminé hacía el armario.

Después de unos pocos segundo de indecisión decidí que una camiseta de manga corta blanca a rayas negras y unos vaqueros pitillo eran la mejor opción. 

—Ella, es muy pronto ¿Dónde vas un sábado a las nueve de la mañana?—preguntó Abbie somnolienta, quién aún se encontraba el la cama.

—He quedado con Ian—dije. Ella se dio la vuelta y volvió a dormir sin cruzar una sola palabra más.

En poco tiempo Ian había conseguido un trabajo como camarero en una cafetería no muy lejos de la residencia dónde yo vivía.

 Sospechaba que lo habían contratado por su apariencia, unas buenas vistas alegrarían a las clientas. "Una buena estrategia de márqueting" pensé.

Me calcé unas botines negros con un poco de tacón y salí de la habitación tratando de hacer el menor ruido posible.

Baje las escaleras deprisa y caminé hasta la cafetería dónde trabajaba mi increíble novio. 

"Novio, me encanta como suena eso"me dije.

Y es que, en aquel entonces,  mi vida era maravillosa. 

Pero todo lo que sube, baja, y temía que aquello acabara pronto.

Una vez divisé a Ian a lo lejos, sirviendo un desayuno a un anciano que leía un periódico, alcé una mano y lo saludé pero no me vio así que me acerqué. 

Él se encaminó hacía el interior del local y yo lo seguí. Me senté en una mesa y miré un poco por encima la carta. 

Cuando al fin me vio, su mirada llegó hasta mis ojos y su boca se elevó formando una media sonrisa que yo encontré irresistible.

Se acercó hacía mí y mi pulso comenzó a acelerarse. Ian siempre causaba ese efecto en mí.

—Buenos días señorita. ¿Qué va a tomar?—preguntó él cruzando las manos por detrás de la espalda.
Yo fingí prestarle un mínimo de atención al menú, que ofrecía poca variedad, y puse un dedo sobre mi labio fingiendo indecisión. 

—Puesto que tú no estás en el menú me conformaré con unos churros con chocolate que están casi igual de buenos que tú.—dije. Él río.
—Tu lo has dicho, casi.—dijo Ian.—Aunque... a mi no me puedes mojar en chocolate—respondió divertido.

Me levanté de la silla y lo miré fijamente con una mirada pícara. Mis ojos se desviaron de los suyos hasta llegar a sus labios.

—No me hace falta mojarte en nada.—él sonrió y se apartó de mí en cuanto yo hice ademán de besarle.

—Aquí no Ella. Estoy trabajando y... me lo pones muy difícil.—Yo, sin estar de acuerdo con su decisión, asentí y me dejé caer de nuevo sobre la silla.
Ian dió media vuelta y se marchó.

Observé las calles comenzarse a llenar de gente. Familias, parejas, empresarios, ancianos... la ciudad comenzaba a cobrar vida conforme la gente se amontonaba en las calles de Chicago.

—Aquí tienes tu desayuno, Ella.—Dijo Ian esta vez con un tono menos formal. Me dí la vuelta y observé el apetitoso desayuno que me había servido.

—Por favor, siéntate conmigo. Sabes que es demasiado para mí.—dije señalando la gran cantidad de churros que había en el plato. 

Él negó con la cabeza.

—No puedo, tengo un alquiler que pagar.—dijo. 

—¡Oh vamos! Tómate un descanso.

Él se acercó a mí y depositó un breve beso en mi mejilla.

—Buen intento. A las dos acaba mi turno. Te llevaré a comer a alguna sitio bonito. Mientras tanto disfruta de tus churros con chocolate.—Me guiñó un ojo y yo asentí enfurruñada mientras me llevaba un churro a la boca y lo mordía. 

Él se dio la vuelta y atendió a un grupo de chicas que se habían sentado hace poco. Debían tener unos quince años, dieciséis como mucho. Aquellas chicas no le habían quitado el ojo a Ian desde que habían llegado y lo miraban de arriba a abajo sin ningún reparo. 

Sonreí.

Sí, desde luego era una buena estrategia de márqueting. 

Cuando terminé de desayunar fui a pagar dentro y me atendió una mujer regordeta bastante simpática. 

Mi mirada fue a parar a Harley, quién estaba en una mesa apartada dibujando algo que al parecer la tenía muy entretenida. 

Aquella niña era muy diferente a las otras, ya no sólo porque fuera capaz de hacer cosas fuera de lo común, sino porque cuando hablaba con ella me daba la sensación de que no estaba haciendo con una niña de nueve años, era demasiado madura para su edad y también tremendamente inteligente.
Me recordaba a Owen "Tal vez se llevarán bien" pensé.

Me acerqué hacía ella y me senté a su lado.

—Hola Harley ¿Cómo estás?—pregunté.

—Estoy...—la pequeña hizo una breve pausa y pensó la pregunta detenidamente—inspirada—dijo al fin.—Mira ¿te gusta?—preguntó haciendo girar el folio con un dedo. 

Yo lo tomé con una mano y lo observé.

Harley había dibujado un árbol que hundía sus raíces en la tierra. Sus gruesas y profundas raíces  me dieron la sensación de estar sosteniendo el mundo. 

—¿Te gusta?—repitió pasado un tiempo. 

Asentí.

 El dibujo estaba tan bien hecho que parecía una fotografía en blanco y negro. La pequeña verdaderamente tenía mucho talento.

—Sí, yo no sería capaz de hacer algo así.—confesé.

—No es tan complicado, solo tienes que fijarte en los pequeños detalles. Aunque mucha gente no sabe apreciar su importancia.—respondió la pequeña volviendo a colocar la hoja delante de ella para seguir dibujando. 

—¿Por qué un árbol y no otra cosa?—pregunté.

-Para no olvidarme de él.-confesó.

-¿Es importante?-quise saber. Harley me fascinaba, y era inevitable sentir afecto por ella. Ella me miraba desconfiada, sabía que jamás se sentiría a gusto conmigo de la misma manera que lo hacía con Ian pero confiaba que con el tiempo nuestros lazos se estrecharían. 

—Creo que sí. Me llama en sueños y todos los sueños son importantes.—dijo. Yo asentí fingiendo entender todo lo que me decía. 

—Y... ¿Qué tal te va con los estudios?—pregunté tratando de entablar una conversación. Ella se encogió de hombros y apartó el dibujo de el árbol a un lado para tomar una hoja el blanco y comenzar uno nuevo.

—No me gustan las matemáticas, son feas.—confesó. 

Yo no pude evitar reír. 

  —   Yo también las odio. —dije guiñándole un ojo. Ella sonrió.

  — Los números no me dicen nada. Son muy fríos. Mi profesora dice que son importantes, que lo pueden explicar todo pero... ¿pueden explicar esto?— Harley alzó una mano e hizo volcar el vaso sin siquiera tocarlo. 

  —Supongo que tienes razón.—dije.

 La niña encogió los hombros y puso toda su atención en la hoja que tenía delante y en el lápiz,que se movía como si fuera una propia extensión de su cuerpo.

—¿Por qué te gusta dibujar?—pregunté. Ella dejó el lápiz a un lado y se quedó durante más de diez minutos buscando las palabras correctas para describirlo.

  —Para mí es como respirar.—dijo finalmente. Yo asentí con la cabeza.

  —Ya he acabado ¿Nos vamos?—preguntó Ian a mis espaldas. 

 —Ya era hora 

Me levanté del asiento y él me plantó un beso en la mejilla, después, se agachó y saludó a Harley alborotándole sus rojos cabellos.

—Me muero de hambre—se quejó Harley.

—¿Qué te apetecería comer?—preguntó él.

—¡Pizza!—exclamó la pequeña sin pensarlo dos veces. El rió y yo no pude evitar esbozar una sonrisa.

—En realidad tenía pensado algo distinto.—Ian y yo cruzamos miradas mientras Harley hacía pucheros.

—¿Por qué no? Pizza está bien.—dije finalmente. Harley me abrazó pillándome completamente desprevenida, Ian sonrió y yo le devolví la sonrisa mientras abrazaba a la niña.

—Te lo compensaré.—susurró Ian a mi oído una vez Harley no estuvo presente.

—Estoy segura de que lo harás.

Los tres nos sentamos en una pizzeria y disfrutamos de algo tan sencillo como lo es comer un poco de pizza.

Observé como Harley se acababa una porción tras otra con suma felicidad. Ian me había contado todo lo que aquella niña había sufrido, a veces hablábamos del tema y no entendía como una niña de su edad, tan pequeña y vulnerable, pudo resistir tantas injusticias y trajedias.
Harley poseía muchas cualidades de las cuales yo carecía: era fuerte, valiente, soñadora... y jamás perdió la esperanza.

Mientras siguiera creyendo en la esperanza ella seguiría en pie.

Tanto Ian como yo teníamos mucho que aprender de ella.

Tal vez eso fuera lo que la hacía especial, lo que la hacía única. 

Cuando acabamos de comer Ian me acompañó a la residencia junto con Harley que deseaba ver a Abbie.

Una vez allí entramos a la cafetería, dónde se supone que habíamos quedado. 

Nada más ver a mi amiga Harley se lanzó hacia ella y esta la abrazó. 

 —Le ha cogido mucho cariño—me susurró Ian entrelazando sus dedos con los míos.

Yo hice caso omiso de sus palabras, solo me podía fijar en los ojos de Sean que se clavaban en los míos como cuchillos. 

Él se levantó del asiento deprisa y se marchó rabioso por la puerta sin decir nada. Yo solté la mano de Ian y fui tras él. Ian no entendía nada y la verdad es que yo tampoco entendía por que había reaccionado así. ¿Por qué me sentía culpable si Sean y yo no éramos nada? ¿Por qué lo seguía? 

—Sean, por favor, espera.—dije tras él. 

El chico de cabellos color arena se detuvo y apretó los puños antes de girarse.

—Es eso, verdad. Es a él a quién amas.—dijo con desdén.

—Sí, pero no debería importarte con quién esté.—respondí.

—¿Que no debería importarme?—preguntó él mosqueado.

—Sean... Tú y yo no somos nada.—me oí decir. Cuando me percaté de las palabras que había salido de mi boca quise retroceder en el tiempo, pero ya era demasiado tarde.

—Espero que él sea más inteligente que yo y se aleje de ti en cuanto pueda. Eres igual que Cassie. Ambas utilizáis a la gente a vuestro antojo, hacéis lo que os place sin importaros los sentimientos de los demás...

—No, Sean. Yo no soy así...—dije con la voz rota. Él puso sus manos sobre mis muñecas y las apretó contra la pared inmovilizándome.

—No, tienes razón. Eres peor. Cassie al menos reconocía que era mala, tu juegas a ser la chica perfecta.—susurró a mi oído mientras acariciaba mi mejilla. 

— Sean, yo te quie...—Las palabras no querían salir de mi boca. No podía hacerlo.

—Venga, vamos dilo—instó Sean mientras acercaba su rostro al mío—Te lo perdonaré todo, Ella. Empezaremos de cero...

 —No puedo—dije girando mi rostro hacia un lado al tiempo que una lágrima descendía por mi mejilla. Él, furioso, le propinó un fuerte puñetazo a la pared, lejos para lastimarme pero lo suficientemente cerca como para sobresaltarme. 

—Te lo he dado todo. No entiendo que ha podido salir mal, Ella—susurró.—Estaba dispuesto a observarte en la distancia, a ver como rehacías tu vida pero es demasiado pronto, no estoy preparado para dejarte marchar. Y te veo con ese... tío, tan feliz, y la sangre me hierve.—Puse una mano en su mejilla y el la apartó con suavidad.—A veces me pregunto por qué te sigo queriendo. Cuando me pediste que te acompañara a la boda pensé que tal vez hubiese una segunda oportunidad para hacer las cosas bien. 

—Nada de esto es culpa tuya, Sean.—dije obligándolo a mirarme a los ojos. 

—Quiero estar enfadado contigo, quiero partirle la cara a ese nuevo novio tuyo pero... no puedo, si me miras así no puedo.

Sean tomó mi cara entre sus dos manos y pasó un dedo sobre mis labios. 

—Sean, no me hagas esto...—supliqué.

—Me he cansado de ser bueno, Ella.

Acercó sus labios a los míos y nos fundimos en un beso lleno de dolor, ira e incluso desesperación. A pesar de tanto tiempo, a pesar de que mi corazón amaba a Ian mi cuerpo seguía respondiendo a las caricias de Sean. Era débil. 

Aquel beso no fue más que una simple despedida. 

Cuando ambos nos separamos me percaté de una sombra que había visto todo lo que había sucedido. Me dí la vuelta y observé un joven de cabellos rubios y ojos azules que miraba inexpresivo la escena.

En aquel momento me quedé igual de paralizada que él. 

¿Por qué demonios había hecho eso? ¿Que me pasaba? 

Me acerqué a su lado sin saber que decir. 

—¿Lo quieres?—preguntó con frialdad. 

—Sí—respondí. Entrelacé mis dedos con los suyos.—Pero a ti te quiero más.

—Lo sé—respondió mirándome a los ojos con el mismo tono neutro.

—¿Entiendes por que lo he hecho no?

Asintió.                  

                  









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