Capítulo 43
Ian
—¿Alguna vez has deseado algo con tanta fuerza que has conseguido que se cumpla?—le pregunté a Harley. Ella asintió y se sentó en un banco exhausta.—¿Estás cansada?
—Si—dijo.
Sonreí y me senté a su lado. Viajar entre mundos no debía ser fácil.
—Deseaba que apareciera alguien que me quisiera—confesó mientras observaba como sus pies se balanceaban en el aire.—y se cumplió.
Sonreí.
—Recuerdo que aquel día parecías triste. Corrías, no como la persona mayor que quiere adelgazar, corrías como si quisieras irte.—dijo la pequeña.—Pensé que estarías mejor acompañado, a nadie le gusta estar solo.
Asentí.
Harley no se daba cuenta de lo importante que era. Sin querer se había convertido en uno de los pilares fundamentales de mi vida.
Aquella niña no se daba cuenta de lo que me había regalado.
Me había regalado una nueva vida.
—Gracias—le dije al fin. Ella me miró a los ojos sin entender el por qué de aquello y yo esbocé una tímida sonrisa.
—Tengo sed—se limitó a decir. Yo asentí y saqué una botella de agua de mi mochila. Ella la cogió con ambas manos y bebió hasta terminarla.—Gracias.
Apoyó sus manos en el banco y bajó de él despacio.
—¿Sabes dónde está?—le pregunté a ella.
Harley inspiró y se concentró. Minutos después pestañeó y asintió.
—La he visto. Está hablando con un chico muy guapo.—dijo tambaleándose. La sujeté para que no cayera y poco después recobró el equilibrio.
—¿Crees que podrás llevarme hasta allí?—pregunté impaciente.
—Lo intentaré.
Harley estaba débil y aún no acababa de recuperarse de lo que había pasado hace a penas unas horas. La entendía, sería muy difícil olvidar aquello...
Tomó mi mano y me dejé guiar por ella.
Caminamos a paso lento por las calles de Chicago mientras yo examinaba cada rincón y cada rostro que pasábamos.
Me esperaba algo diferente, pero todo parecía ser igual.
¿Y si no habíamos conseguido llegar hasta el mundo de Ella?
Harley se detuvo en un gran edificio de unas seis plantas un tanto descuidado.
—Está aquí. La siento.—anunció.
—¿Como lo haces?—pregunté curioso.
—Por esto.—Levantó mi brazo y señaló la pulsera que llevaba puesta, el regalo de Ella.
Acaricié la pulsera con mis dedos y sonreí. "Tenías razón"
Entré con Harley a la residencia y me detuve a la entrada de lo que parecía ser la cafetería.
Observé como un grupo de chicas me observaba de arriba a bajo y la gente comenzaba a murmurar. Harley tiró de mi manga sin entender nada de lo que estaba pasando.
—Todos te están mirando...—dijo.
—Lo sé.—Me agaché y puse ambas manos en sus hombros.—Voy a acercarme a ese grupo de chicas para preguntar por Ella. Quédate aquí y pórtate bien ¿Vale?
—Puedo localizarla...
—Estoy seguro de que puedes hacerlo pero ya has hecho suficiente, esas chicas me dirán encantadas dónde está Ella, es demasiado sencillo. Necesitas descansar—Ella asintió y se sentó en un sillón de la entrada.
Me dí la vuelta y me encaminé hacia aquel grupo de chicas que no dejaba de mirarme desde que había llegado. Caminé con seguridad y sonreí forzándome a ser el chico encantador que había sido antes, el tipo de chico que compartía cama cada noche con una chica distinta.
—Hola, chicas. Soy Ian.—dije dibujando una amplia sonrisa. Una de las chicas se había puesto roja y le apretaba la mano a su amiga con fuerza.—Soy nuevo y me encantaría que me enseñarais un poco la residencia. Esto parece un laberinto.—dije al tiempo que reía. Las cuatro chicas me imitaron.
—Yo puedo enseñarte la residencia si quieres.—dijo una morena rápidamente al tiempo que se colocaba a mi lado.
Las demás se quedaron un poco despagadas pero callaron y dejaron que fuera con su amiga más atrevida.
Recogí a Harley y tomé su mano. La chica ignoró la presencia de la niña, esta me apretó la mano con fuerza pues no se sentía a gusto en presencia de aquella chica.
—Y bueno, Ian. ¿Qué estás estudiando?—preguntó la joven.
—Física.—respondí con una amplia sonrisa.
—Interesante. ¿Y de dónde eres?
—De Iowa—mentí.—Vine aquí porque tengo familia, además toda mi familia se graduó en Chicago, no quería romper la cadena.
—Vaya—respondió.
Esperaba que no me hiciera más preguntas, odiaba los interrogatorios y supe por el brillo de su mirada que ella era la clase de chica a la que le encantaban.
—¿Conoces a Ella Connors?—pregunté. Ella asintió.
—Claro ¿Por qué?
—Es...una vieja amiga—dije dudando. Estaba seguro de que si le decía que tenía algo con ella seguramente daría media vuelta y se marcharía, aquella chica solo quería una cosa y yo se lo haría creer hasta que me conviniese. Mi nueva vida iba a estar basada en mentiras pero no me importaba, era un precio justo a pagar.
—Ah bueno, por un momento pensé que erais hermanos. Os parecéis bastante.—Yo reí y ella me imitó.
—Me gustaría verla. ¿Serías tan amable de llevarme con ella?—dije. Ella arrugó levemente la nariz en señal de disgusto y me dirigió una sonrisa falsa.
—Si, claro. Te llevaré a su cuarto.—dijo al fin.
Subimos hasta la tercera planta y me condujo hasta el final del pasillo.
—Aquí es—anunció.
—Muchas gracias. Me alegro de conocer chicas tan simpáticas y guapas como tú.—Diana, que era así como se llamaba, se sonrojó y yo esbocé mi mejor sonrisa.
—Esto, Ian... Ten mi número. Ya sabes, por si te pierdes.—me guiñó un ojo y me escribió su número rápidamente en un papel.
—Nos vemos—dije. Ella se despidió y se marchó sonriente.
Una vez la vi alejarse arrugué el papel y me lo guarde en el bolsillo del pantalón.
—¿La llamarás?—preguntó Harley a mi lado.
—No creo—confesé—Yo solo tengo ojos para vosotras dos.—dije alborotándole los cabellos. La pequeña sonrió levemente y toqué a la puerta.
¿Qué iba a decirle cuando la viera? ¿Se alegraría? Las palmas de las manos se me mojaron de sudor. Estaba muy nervioso.
Una chica de aspecto inocente y estatura baja me abrió la puerta. Sus grandes ojos me recorrieron de arriba a abajo descaradamente.
—¡Joder que bueno estás!—exclamó. La chica se llevó enseguida las manos a la boca y se sonrojó.—¡Perdona, no quería decir eso! Esto... yo. ¿Querías algo?—preguntó. Yo reí.
—Tú debes ser Abbie ¿No?—pregunté.
—¿Como lo has...?
—Ella me ha hablado mucho de ti.—dije antes de que pudiera terminar de formular la frase.
—Ah vaya. La buscas a ella. Pasad, no tardará en llegar.—dijo sonriéndole a Harley.
Harley y yo entramos en la habitación y yo observé todo aquel desorden.
Un lado de la habitación estaba completamente hecho un desastre, en cambio, el otro estaba impecable. Enseguida supe cual lado ocupaba Ella y cual Abbie.
Abbie se sentó en su cama y le indicó a Harley que se sentara a su lado. Esta le hizo caso y se colocó a su lado. Le susurró al oído y asintió, acto seguido Abbie comenzó a trenzarle el cabello mientras esperábamos que Ella llegara.
—Me encanta tu color de pelo. Siempre quise ser peliroja.—le dijo Abbie a Harley.
—Gracias. A mi también me gusta el tuyo—respondió la niña satisfecha.
—Además eres muy guapa, seguro que dentro de unos años llegas a ser una modelo muy famosa.
Yo fruncí el ceño y ella sonrió.
—Gracias, pero yo lo que quiero es ser artista.—confesó la pequeña.
—¿Quién dice que no puedas ser ambas cosas?—Harley se quedó pensando y sonrió.—Por cierto, ¿De qué conocéis a Ella?—cambió de tema.
Yo me acerqué a la cama de Ella y observé una pequeña fotografía que se encontraba en la mesita de noche. Una niña de cabellos muy rubios, que debía ser Ella, sostenía en brazos a un niño de unos dos años. Al lado de ellos había una mujer de cabellos castaños y ojos claros muy bella, su madre.
La fotografía estaba doblada así que la tomé y la desdoblé para verla completa. En el otro lado, tomando la mano de su madre, estaba el que parecía ser su padre, un hombre alto de ojos azules y cabellos dorados.
Los dos se parecían mucho, eran como dos gotas de agua.
Volví a doblarla y la dejé dónde la había encontrado.
—Perdona, soy un maleducado. Mi nombre es Ian y ella es mi hermana pequeña Harley.—Abbie abrió los ojos como platos.
—¿Como has dicho que te llamas?—preguntó incrédula.
—Ian. Ian Jenkins—repetí. Abbie se llevó ambas manos a la boca y pestañeó muy deprisa.
—No puedo creerlo...—masculló—Tenía razón. ¡Maldita sea! ¡Tenía razón!—exclamó.
—Creo que no te sigo...
—¡Oh Dios mío! Ahora mismo la aviso.—cogió su móvil y comenzó a teclear deprisa.
—¿Ella? Ven ¡YA!—colgó y me sonrió—Ya está, ya viene.
—Ian ¿Vamos a quedarnos aquí?—me susurró Harley a la oreja.
—No. Alquilaremos un piso para los dos y buscaré un trabajo de lo que sea. Tal vez pueda encuentre un trabajo como profesor particular o camarero. Esto es muy pequeño para los cuatro.—Harley asintió y oí como la puerta se abría.
—Abbie ¿Que demonios quieres? Estaba...
Ella calló en cuanto me vio. Se quedó paralizada.
—¿Como has...?Tú, Yo...—titubeó.
Dejo sin cuidado sus cosas y sin pensarlo dos veces enroscó sus manos en mi cuello y me besó.
Fue un beso ardiente, lleno de pasión y amor.
Lo viví como si fuera el primero y lo recordaré como si fuera el último.
Me dejó sin aliento, con ganas de más.
Jamás me cansaría de ella.
—Pensé que jamás volvería a verte—dijo Ella acariciando mi mejilla.
Fijé mis ojos sobre los suyos y por un momento creí perderme en ellos.
—He venido para quedarme, Ella. No me iré—prometí.
Ella depositó en mis labios un nuevo beso tierno y breve.
—¿Qué les pasa a estos dos?—preguntó Abbie detrás de nosotros.
—Están enamorados—respondió Harley.
Ambos nos separamos y sonreímos. Rodeé sus caderas con mis brazos y deposité un beso en su cuello.
—Bueno... creo que me llevaré a Harley a tomar un helado. ¿Que me dices, pequeña? ¿Te apetece?—dijo Abbie guiñándonos un ojo.
—¡Si! Lo quiero de vainilla—exclamó. Abbie rió y le dio la mano a Harley.
Harley salió por la puerta alegre y la amiga de Ella le lanzó un beso.
Cuando la puerta se cerró y ambos nos quedamos solos entrelacé los dedos con los suyos y apoyé mi frente contra la suya. Su pecho subía y bajaba con lentitud y su respiración acariciaba mi rostro.
Nunca había estado tan seguro.
—Cásate conmigo—dije sin pensar.
—Estás loco—dijo riendo mientras acariciaba mi cabello.
Depositó un beso en mis labios y yo tomé su cara con ambas manos.
—Cásate conmigo—repetí.
Sabía que era una locura pero era lo que sentía en aquel momento pero quería construir una vida a su lado, quería ser suyo y que ella fuera mía.
Ella era mi presente, mi pasado y mi futuro.
Jamás alguien me había hecho sentir tan vivo.
Había atravesado fronteras que nunca pensé que existieran, visto cosas que creía imposibles. Ambos habíamos luchado contra nuestro pasado y enfrentado a nuestro presente con valentía.
Lo habíamos conseguido.
Por fin podía decir que estaba completo.
—¿Estás dispuesto a abandonarlo todo por mí?—preguntó ella con una sonrisa pícara.
—Ya lo he hecho. Soy tuyo para siempre.
—Ian Jenkins, estás loco.—dijo ella acercando su cuerpo al mío.
—Elisabeth Connors, tú me vuelves loco.—respondí. Ella sonrió y acortó las distancias entre nosotros una vez más.
Solo ella era capaz de hacerlo, solo ella podía encenderme de esa manera.
—Si quiero.—dijo mientras pasaba lentamente una mano por debajo de la camiseta. Deslizó sus dedos sobre mi vientre y acercó sus labios hacía los míos.
La tumbé en la cama y pasé mi mano por sus muslos hasta llegar a sus pantalones.
Me deshice de ellos y en poco tiempo nos fuimos deshiciendo de las piezas de ropa que nos separaban.
—Yo os declaro marido y mujer.—dije besándola de nuevo. Ella rió y se me apartó con delicadeza, me mostró la mano esperando que le colocara un anillo en el dedo.
En vez de eso me lo llevé a la boca y lo chupé.
—¡Ah! ¡Serás!—rió mientras me daba un golpecito en el pecho. Ambos reímos y nos quedamos durante unos segundos mirándonos sin decir nada.
Su pecho subía y bajaba y mi corazón latía a un ritmo frenético.
Ambos eramos pura dinamita y estallábamos en cuanto nuestros cuerpos se unían.
—Te quiero—dije.
—Te quiero—respondió.
Y entonces ya solo eramos nosotros.
Nosotros enredados entre finas sábanas.
Nosotros bailando al son de nuestras entremezcladas y agitadas respiraciones acompasadas.
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