Capítulo 41
Cassie
La odio. Odio cada centímetro que la compone. La odio a ella, lo odio a él y odio a cada persona que se relacione con ella. Odiaba aquel hospital y cada doctor que pensaba que iba a cambiar. Me cansaba de repetirles a aquellas personas vestidas con estúpidas batas blancas que yo no estaba loca. ¿Cuándo descubrirían que jamás cambiaría?
Aquella sala en la que me tenían recluida no poseía ni una sola ventana. A veces sentía que el aire me faltaba y que no aguantaría ni un solo día más allí. La esperanza de salir algún día de aquel horrible lugar era lo único que me permitía seguir.
Las semanas pasaban y nadie se dignó a visitarme, tan solo un par de llamadas en las que preguntaban como estaba para aparentar. Estaba completamente sola y no le importaba un carajo a nadie.
Pronto perdí la cuenta de los días, tal vez fuera otoño, primavera o incluso verano ahí fuera pero, dónde yo me encontraba siempre sería invierno.
Recuerdo cuando un buen día mi adorada y querida tía se dignó a venir. Quería verme.
Una luz de esperanza pareció de nuevo iluminar mi corazón pues pensaba que me iba a sacar de aquel infierno.
—¡Tía! ¡Oh! Gracias, gracias, gracias—dije abrazándola con fuerza. Ella me apartó con cuidado y yo me puse seria. En cuanto vi su rostro triste entendí que no iba a salir de allí.
—Cassie, he venido en cuanto me he enterado de que estabas aquí. Yo no tenía ni idea...—dijo. Suspiró y volvió a posar sus ojos azules sobre los míos. "Ojos traicioneros" pensé.—En otras circunstancias estarías fuera conmigo, pero tienes que quedarte. Eres peligrosa para la gente y para ti misma, ellos solo...
—¡Basta!—grité enfurecida. No quería seguir oyendo más. Todo eran palabras adornadas, excusas baratas. Dónde antes había amor ahora solo había dolor y odio. La odiaba, la odiaba por dejarme tirada. Mi único pilar, mi única esperanza se desmoronaba.
—Cassie, por favor...—suplicó ella.
—No finjas que te importo, jamás le he importado a nadie. Mamá con su maridito nuevo, mis "amigas" fingiendo que me escuchan, Zack enamorándose de muñecas de plástico insulsas e inútiles y... tú.Tú con tu estúpida revistucha.—espeté—Estoy harta de todos. Si realmente le importara lo más mínimo a alguien no estaría pudriéndome en este maldito manicomio.—No podía más, ya nada me importaba, solo quería que se marchara. Solo me quedaba Charlotte, ella siempre había sido la única que me ha comprendido.
—Cassie sé como te sientes pero yo tan solo quiero ayudarte...
—Pues sácame de aquí—pedí. Ella desvió la mirada y mi corazón se apretujó y murió.—Vete.
—Pero...
—¡He dicho que te vayas!—Recogió sus cosas y se marchó. Una lágrima ardiente se deslizó por mi mejilla.
—Yo no quería que acabáramos así, Cassie.
Ella abandonó la sala y yo lancé el vaso de agua contra la pared con fuerza. Cogí la silla y la estampé contra el suelo. Tenía mucha ira acumulada y aquella era la mejor manera de desahogarme.
Seguí destrozando la silla hasta que se rompió a pedazos.
Alguien debió oír el estruendo que estaba provocando pues unos hombres me detuvieron y alguien me inyectó algo en el cuello. Luego comencé a caer y caer y caer...
Una joven con mi mismo rostro se presentó delante mía. Se encontraba agazapada en el suelo llorando. Mi única amiga, mi alma gemela. Yo.
—Charlotte—susurré. Puse una mano en su hombro y ella se giró hacia mí.
—¿Por qué es tan difícil estar bien?—preguntó con la voz rota.
Aunque Charlotte y yo compartíamos el mismo aspecto físico eramos muy distintas, ella era débil y yo fuerte, ella era cobarde y yo valiente... Pero compartíamos un mismo sentimiento de frustración y odio hacia la vida.
—Te prometo que todo esto acabará—me desplacé hasta su mesa y saqué del cajón un pequeño bote de pastillas blancas. Ella lo cogió con ambas manos y lo observó dudando. Me miró y yo le sonreí.—Es la única manera de que todo esto acabe. Seremos libres, estaremos juntas para siempre.
La imagen se enturbió y abrí los ojos. Estaba sola y sentía que todo me daba vueltas. Observé mi alrededor. Me encontraba en una sala acolchada y con una camisa de fuerza.
—Malditos hijos de...—La puerta se abrió y un doctor apareció con una libreta en la mano.—Quiero que me quiten esta cosa.—exigí retorciéndome. El hombre se plantó delante de mí sin prestar atención y apuntó un par de cosas en su libreta.—¿Estás sordo?
—De momento oigo perfectamente, gracias—dijo esbozando una sonrisa mientras se ajustaba las gafas.
—Bien, ahora suéltame.—dije. Empezaba a impacientarme, eso de estar atada no era muy agradable.
—Me temo que hasta que no demuestre que puede comportarse como una persona civilizada no podré desatarla. Son por motivos de seguridad.
—Suéltame.—ordené elevando el tono. El doctor dió media vuelta y se marcho.—¡Eh! ¡No me deje aquí! ¡Por favor!—supliqué.
Aquello era humillante. Había pasado de ser una reina a una don nadie.
Cuando me quedé sola me permití llorar.
—Charlotte, nadie me entiende. Ojalá estuvieras aquí, solo tú sabes como me siento.—dije en voz alta.
—No estás sola.—oí una voz retumbar en mi cabeza.
—¿Ya lo has hecho?—pregunté.
—No. Lo haremos juntas.—susurró la voz de Charlotte. Yo asentí con la cabeza y dejé de llorar.
—Juntas.
Tal vez fueran minutos, tal vez semanas... no sabría decir cuanto tiempo pasó. Se me hizo eterna la espera pero, al fin me quitaron la camisa de fuerza y me llevaron de nuevo a mi celda, digo habitación.
—Lo has hecho muy bien.—dijo mi psiquiatra.—¿Qué sientes?—preguntó.
—Ira, dolor, desesperación... Y unas tremendas ganas de matarlos a todos.—confesé.
—¿Sigues viéndola?—asentí.—Tomate esto.—dijo extrayendo una pastilla de su bolsillo. Me la metí en la boca.—Abre la boca.—le hice caso—Bien, volveré a las ocho. Puedes leer un libro si quieres.—sugerió. Yo desvié la mirada y se marchó.
Cuando oí que sus pasos se alejaban y eran casi inaudibles escupí la pastilla en mi mano y saqué de debajo de un ladrillo todas la medicación que había evitado tomar. Me senté a un lado de la cama y cerré los ojos.
—Juntas.—susurré.
—Juntas.—repitió Charlotte tomando mi mano.
Introduje una pastilla tras otra hasta que no quedó ninguna. Me tumbé en la cama y cerré los ojos de nuevo esperando que la oscuridad me abrazara.
Comencé a caer y caer y caer...
Jamás volví a despertar.
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