Capítulo 38
Ian
Había escrito y escrito, por fin había terminado el trabajo universitario que tenía entre manos. En aquella tesis explicaba la posibilidad de un multiuniverso, planteaba la idea de que las personas estuvieran contadas de alguna manera con otras de otros universos cercanos. En otras palabras, eran las instrucciones para comenzar a construir una puerta hacia otros mundos. Si bien, lo había planteado de una manera muy primitiva y sabía que todo era mucho más complejo, aquello era el comienzo.
Los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses, exactamente dos. Ella seguía conmigo, no sé si hubiera sabido sobrellevar lo de Harley sin nadie a mi lado.
A veces la recordaba, en sueños... No, no eran sueños, eran imágenes superpuestas en mi mente que se confundían con mis pensamientos, a veces las confundía con la realidad.
Había días en los que pensaba que ella seguía en su casa: jugando con sus viejas muñecas mientras esperaba que yo fuera a buscarla, hablando con sus padres, dibujando...
—¿No los echas de menos?—dije rompiendo el silencio que se había creado. Ella me miró interrogante—Ya sabes... a tu familia, amigos...
—No recuerdo que tenga familia ni amigos... la única familia y amigo que tengo eres tú—respondió ella como si fuera lo más obvio del mundo.
—Abbie, Zack, Owen... ¿No los recuerdas?—pregunté. Ella sonrió y acarició mi mejilla.
—No tengo ni idea de quién me hablas. Debes descansar Ian, lo de Harley te ha afectado y...
—No, Ella. Tú harías lo que fuera por ellos, los quieres—apreté la mandíbula. De pronto recordé lo que me había dicho Harley "...no me paran de repetir algo sobre una chica a la que no deberías ver... pasará algo malo si vas a buscarla..."
—Tienes que volver a casa, esto es a lo que se refería ella—dije alarmado. Tomé su mano y deseé con todas mis fuerzas que volviera a su mundo, ella me miraba preocupada, no había funcionado. Cuando la miré a los ojos entendí el porqué, ella no quería volver a casa.
—Ian, no sé que mosca te ha picado, me estás asustando.
—Tienes que volver a tu mundo—Ella me miraba como si estuviera loco, como si todo aquello que decía fuera un disparate, en realidad lo era, pero aunque me doliera admitirlo, ella tenía que volver.
—Tú eres mi mundo—dijo ella acariciando mi espalda. Yo negué con la cabeza.
—No me refería a eso—dije negando con la cabeza—Cuanto más tiempo pasas aquí más los olvidas a ellos—suspiré y desvié la mirada. Tal vez estábamos destinados a vivir sin amor, tal vez tan solo podíamos observarlo tras un espejo sin poder palparlo. Estaba convencido de que ese era nuestro destino, imaginar el amor a través de un perfecto y efímero sueño. Ella plantó un beso en mi mejilla y se levantó de la cama, examinó mis estanterías y luego posó sus ojos sobre mis apuntes desparramados a lo largo de mi escritorio.
Ella era hermosa, dejaba mudo a todo hombre que la miraba. No poseía las curvas de Ann, tampoco era tan alta como Taylor ni tan inteligente como Cho, pero sus facciones perfectamente esculpidas, sus labios carnosos y sus profundos ojos azules dejaban hipnotizado a cualquiera. Era segura de sí misma, lo demostraba a cada paso que daba, pisaba fuerte y caminaba siempre con la cabeza bien alta, eso me gustaba.
Ella me hacía sentir bien, era la única capaz de tranquilizarme cuando lo necesitaba y la única que conseguía sacarme una sonrisa en los momentos más duros. La verdad es que no sabía como diablos lo hacía.
A veces el poder que ella tenía en mí me asustaba, pero ya estaba hecho... Me había enamorado.
—Son todo números y letras desordenadas ¿Cómo puedes entender todo esto?—preguntó ella riendo. Tomó uno de los libros y frunció el ceño a leer el título de uno de ellos, lo devolvió a su sitio y me observó desde el otro lado de la habitación esperando una respuesta. Sin embargo yo no contesté, estaba sumido en mis propios pensamientos. Ella continuó examinando mi escritorio hasta que se detuvo para arrancar una nota de mi tablón de corcho en el cual habían tan solo fragmentos recortados de artículos de opinión y noticias importantes.—Y mira esto. ¿Qué hace esta dirección en medio de todos estos recortes?—alcé la mirada. ¿Qué dirección? Me levanté de la cama y me coloqué al lado de Ella, ella me tendió la nota y la leí.
Conocía aquel lugar, había pasado a veces con el coche pero jamás me había parado a observar.
Solo ellos podían haberlo hecho, solo ellos podían saber dónde estaba.
Volvía tener esperanza.
—Tenemos que ir aquí, esta dirección es muy importante—Ella asintió sin preguntar por qué. Cogí las llaves del coche y ella se calzó las botas.
Una gran casa con la fachada un tanto descuidada apareció delante nuestra, varios niños correteaban alegremente alrededor de la casa y un anciano con los cabellos completamente blancos y de aspecto humilde estaba sentado en las escaleras leyendo un libro con una gran sonrisa en la cara.
Me dirigí hacía el hombre y este cerró el libro. Me presenté.
—Buenos días, soy Ian y ella es Elisabeth. ¿Cuida usted de todos estos niños?—pregunté. Me giré hacía Ella, que frunció el ceño en cuanto me escuchó llamarla por su nombre completo, sacudió la cabeza y sonrió.
—Si. Todos se quieren mucho. Era lo menos que podía hacer después del accidente...—dijo él entornando los ojos.
—Perdone, no quiero parecer morboso pero... ¿Podría hablarme del accidente?— El hombre me miró por encima de mis gafas y me examinó detenidamente.
—Hubo un incendio, el orfanato dónde estos niños vivían esperando a ser acogidos por una nueva familia se quemó y se quedaron sin hogar. Yo viví mi infancia en uno de esos horribles y tristes edificios, por eso siempre los tuve en cuenta. Para mí son como mis nietos, intento que se sientan como en casa, intento ser la familia que ellos necesitan hasta que alguien decida acogerlos en sus vidas. Tardarían mucho en reconstruir aquel edificio y muchos de aquellos niños iban a ser trasladados a orfanatos distintos. Juntos parecen ser felices y ellos me importan demasiado como para permitir que pierdan las amistades que han creado así que decidí acogerlos en mi casa. Mi mujer, descanse en paz, se fue hace un par de años y mis dos hijos viven muy lejos, si... estoy solo.—sonrió tristemente y yo le devolví la sonrisa—Tenerlos conmigo hace mi vida más interesante. ¿Alguna vez ha sentido que es un completo inútil? Es como... si no tuviera sentido su vida y los días pasaran lentos e iguales a los anteriores.—Yo asentí, claro que lo sabía. Lo sentí cuando observaba a mi madre deprimida, cuando mi padre se apagaba poco a poco y apenas podía mantenerse despierto, cuando Charlotte me engañó con otra persona que jamás la había querido tanto como yo, cuando Ella tuvo el accidente, cuando descubrí que Ann era maltratada, cuando Harley se fue... Impotencia, desesperación y, después, rabia, mucha rabia—Con esto... me siento útil—concluyó el anciano.
—Es un buen hombre—dijo Ella posando una mano en su hombro, él miró con ojos brillantes y sonrió sin despegar los labios. Mi mente comenzó a atar cabos y me adelanté dos pasos, miré fijamente al anciano y entendí que es lo que había pasado.
—¿Por casualidad ha visto a esta niña?—Saqué mi móvil y le mostré una foto en la que salíamos Cho, Harley y yo. Recordaba el día en el que nos la habíamos tomado. Harley sonreía, Cho sonreía y yo sonreía. Jamás olvidaría la tarde en la que todos sus sueños parecieron hacerse realidad.
El anciano tomó el móvil con sus manos callosas y temblorosas y se lo acercó un poco a la cara. La examinó con detenimiento y asintió.
—¿Usted es su padre familia de la niña?—Yo negué con la cabeza y él me devolvió el móvil—Esta niña vino aquí hace poco más de un mes—¿Tanto tiempo había pasado ya?—Ella es... una niña un tanto especial—El anciano sonrió. "Más de lo que tu crees" pensé para mis adentros.
—¿Podría verla?—pregunté. Él asintió y me condujo hasta una gran estancia con las paredes blancas manchadas de colores y decorada con muchos dibujos clavados con chinchetas. La habitación estaba vacía, tan solo una pequeña niña se encontraba ,rodeada por un montón de dibujos, agazapada en un rincón con una enorme libreta que tapaba completamente su rostro.
—Harley, ha venido alguien a verte—dijo el hombre con voz dulce. Ella levantó la cabeza por encima del cuaderno y posó sus enormes ojos azules sobre los míos. Ella los abrió como platos y lanzó la libreta a un lado, corrió hacia a mi y yo la recibí con los brazos abiertos. La levanté sobre los aires y la abracé como nunca. Cerré los ojos con fuerza y sentí el calor de una lágrima que descendía lentamente por mi mejilla.
—Sabía que vendrías—dijo ella apretándome más fuerte.
—No he estado solo, ellos me han ayudado—confesé mientras la colocaba de nuevo en el suelo. Ella sonrió y yo hice lo mismo, me alegraba de verla sana y salva.
—Oye Ian... creo que Elisabeth se ha ido—dijo la pequeña. Yo me giré y descubrí que lo que decía era cierto, ya no estaba.
—Como sabes...
—La flores susurran su nombre. Es un nombre muy bonito—dijo ella sin dejarme terminar la frase.
—¿Pueden decirte ellas dónde se ha marchado?—pregunté temiendo no volver a verla nunca más. A estas alturas ya no me parecía raro que Harley escuchara a las flores susurrar.
—Las flores son muy tontas, ellas no entienden—respondió—No te preocupes, está bien. La he visto volver a casa—Día tras día Harley me sorprendía más, no entendía por qué ella era capaz de ver todo aquello, me sentía desorientado, era como si aquello no fuera conmigo. Estaba convencido de que Harley podía responder a todas mis preguntas pero a veces olvidaba que a penas tenía nueve años recién cumplidos. Era muy difícil hacerle preguntas, ella simplemente no se preguntaba el por qué de nada, tan solo interpretaba su alrededor y dejaba que ocurriera sin más.
Pero yo seguía preocupado por Ella. ¿Estaría bien? ¿Y si no había vuelto a casa? Todas esas preguntas me reconcomían por dentro y Harley entrelazó sus pequeños deditos con los míos para intentar tranquilizarme.
Apreté la mandíbula y me giré al anciano que no se había movido de allí.
—Harley es huérfana de padre y madre, su tía fue quien la trajo aquí. Me gustaría adoptar a esta niña—confesé. El anciano asintió y me tendió un documento.
—El proceso es largo y complejo para una persona tan joven como usted pero se puede conseguir... ¿Lo sabe?—Yo asentí.
—No me importa.
—Estoy convencido de que será un buen padre para ella—Yo apreté la mano de Harley con delicadeza y le sonreí.
—Yo también lo creo.
Mi vida iba a cambiar radicalmente, lo sabía, pero ya no me daban miedo los cambios. Estaba dispuesto a afrontarlos.
Harley se subió a mi coche y ambos nos dirigimos a la facultad, lo único que Harley llevaba consigo era una vieja carpeta que parecía estar a punto de reventar a causa de la enorme cantidad de dibujos que habían dentro y una libreta en la que dibujaba para luego arrancar y guardar en la carpeta.
Cuando llegamos, subí las escaleras con ella detrás de mí. Para mi sorpresa, encontré al decano, Martín Jones en mi cuarto. Sostenía en una mano varios papeles con mi nombre que debían ser mi tesis, él parecía muy ocupado observando el caballito de madera de Harley. Mi corazón se aceleró y él se dio la vuelta lentamente.
Cho.
—Me has decepcionado, Ian. Eres brillante y todo el mundo lo sabe, podrías hacer grandes cosas, pero esto... es inaceptable—posó sus ojos sobre la pequeña que me apretaba la mano con fuerza y yo asentí—Sin embargo, tu tesis es una genialidad. Con esto podrías hacerte famoso... o mejor aún hacerme famoso a mí—Apreté la mandíbula y el entornó los ojos mientras esbozaba una sonrisa maliciosa—Puedes cederme tu descubrimiento y marcharte como viniste, no te demandaremos ni sancionaremos, o puedo quemarlos y privarte del prestigio que vaya... mereces—Martín encendió el mechero que sacó de su bolsillo amenazando en quemar aquel trabajo que tanto tiempo me había costado en escribir. Sabía que aquello era demasiado valioso para él y jamás se atrevería a quemar.
—No se atrevería—dije desafiante. Él arqueó una ceja y acercó la llama hacia una esquina del papel que pronto comenzó a teñirse de negro. Yo carraspeé y ambos observamos como aquella página se consumía lentamente y se deshacía en cenizas.
Harley apretaba los puños furiosa, aquel hombre no le gustaba ni un pelo, a mi tampoco.
Parecía como si estuviera conteniendo una fuerza interior mucho más fuerte que ella misma. Había provocado un incendio en un orfanato y parecía estar a punto de desencadenar el mismo infierno, había hecho caer una lámpara del techo y también fue capaz de hacer que el suelo temblara, mi parte curiosa se preguntó que más podría hacer pero mi parte sensata dijo que era mejor no saberlo.
—Harley, cálmate—Puse mis manos sobre sus hombros y las retiré enseguida, estaba ardiendo. La lámpara del techo comenzó a balancearse.—Harley...
Una bombilla estalló, luego otra y otra.
—Sí esto es una broma para asustarme...—comenzó Martín. Podía ver el miedo reflejado en su cara y yo estaba desesperado por detener lo que acabaría sucediendo.
—Harley, por favor—Sin embargo mis intentos no sirvieron de nada. Parecía ausente, como si no estuviese escuchando a nadie, parecía poseída por la energía que crecía por momentos en su interior. Martín se llevó las manos a la cabeza y cayó al suelo dónde comenzó a retorcerse y gritar de dolor.
—¿Qué demonios es esa cosa? ¡Por favor, para!—Él se agarraba la cabeza con fuerza y su sangre comenzó a brotar de su nariz y sus ojos, anteriormente grisáceos se volvieron rojos como el mismo infierno. ¿Qué le estaba haciendo?
—¡Harley para! ¡Dios mio! ¡¡HARLEY!!—Grité zarandeándola. Ella parpadeó rápidamente y Martin dejó de moverse y de gritar, sus ojos enrojecidos permanecían inmóviles mirando hacia la nada y su boca entre abierta dejaba salir al exterior un hilillo de sangre. Estaba muerto. Lo había matado.
—Yo, no quería Ian. ¿Qué he hecho? ¿¡Qué he hecho!? No sé qué me ha pasado. Haz que pare, yo no quiero ser así—la niña lloraba desconsoladamente pero yo apenas la escuchaba—No era yo, Ian. ¡No era yo!—dijo ella. Solo podía fijar mi mirada en los ojos sin vida del hombre, en como su rostro pálido expresaba terror y como su piel se volvía pálida y fría. Lo había destrozado por dentro, había hecho estallar cada una de sus neuronas dentro de su cabeza hasta que al final no pudo soportar el dolor y se fué. Ahora, Martín Jones, tan solo era un cadáver. Su ambición le costó la vida.
Una parte de mí creía las palabras de la niña, era cierto que no parecía ser consciente de lo que hacía, una fuerza superior a ella parecía apoderarse de su cuerpo cuando se enfadaba. Había prometido que la cuidaría y, aunque ninguno de los dos olvidaríamos ese día, mantendría mi promesa.
Pero ¿la verdad? estaba aterrado, tenía mucho miedo de Harley. Nada podía explicar el porqué de sus increíbles y aterradoras habilidades, nadie podía ayudarla a controlar aquello que cada vez se hacía más y más fuerte en su interior.
Me agaché y abrí la mano inerte de Martín y recogí mi tesis del suelo, cerré sus ojos y lo mismo hice con los míos, no podía creer que Harley hubiese matado a alguien. Todas y cada una de las páginas estaban intactas, él no había quemado ninguna página de mi trabajo. Me levanté de nuevo y me giré hacía Harley ,quién no paraba de repetir que era un monstruo, y me acerqué a ella.
En aquel momento el mundo se había detenido para mí, no sentía dolor, pena, rabia... nada.
Solo frío.
La miré a los ojos y ella clavó sus ojos inundados y enrojecidos por las lágrimas en los míos. La observé durante unos instantes y susurré:
—¿Qué eres?
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