Capítulo 32
Ian
—Todo está patas arriba. Nada parece tener sentido.—dije con la mirada perdida—¿Sabes? A veces me despierto pensando que esto es una broma del destino, un sueño del cual me despertaré y me olvidaré de él.—reí—Esa niña... estoy seguro de que esa niña tiene algo que ver con todo esto, Ella.—La joven de cabellos dorados y relucientes acarició mi rostro y posó sus ojos azules e inquietos en los míos.
—Lo sé Ian, sé que nada parece tener sentido pero, a estas alturas... ¿Qué lo tiene?—suspiró y entrelazó sus manos con las mías—Creo que tenemos muchas cosas que aprender sobre la vida y, por extraño que parezca, creo que esa niña es capaz de ayudarnos. No me preguntes como, sospecho que ni ella misma sabe de lo que es capaz. Todo esto va más allá de tu y yo, nosotros tan solo somos las piezas que se mueven en una incansable partida de ajedrez.—Yo asentí y observé a aquella hermosa joven que me había enseñado a soñar.
—No sé si creer lo que ella dijo, esa niña dice que puede ver a sus padres.
—¿Y la crees?—preguntó ella.
—Sí, la creo.—confesé—Es absurdo, siempre he creído que el mundo se basaba en números y formulas matemáticas, que todo era blanco o negro pero... apareciste tú... y luego ella...—yo sonreí tristemente y ella asintió comprendiendo lo que trataba de decir.—Entre toda esa tempestad y foso de amargura en el que me encontraba alcancé a ver un destello y... lo seguí. Eras tú, Ella.—tragué saliva y la miré fijamente.—Eres la única cosa de la que estoy seguro. Lo que siento aquí dentro es lo único que me parece real en este mundo de locos.
—Ian, yo...—titubeo—Siempre he huido del amor, siempre he querido alejarme de todo eso. Al principio pensaba que estaba loca, que esto; tú, mis sentimientos... eran producto de un corazón marchito y vacío como el mío. —Ella avanzó y pasó un brazo por mi nuca.—Pero ahora sé que todo es real, que cada día que paso sin verte mi corazón se desangra. Ya no tengo miedo a amarte.—Ambos nos fundimos en un beso cálido y dulce. Una luz nos envolvió a ambos mientras nuestras lenguas se buscaban, la blanca y cálida luz continuó avanzando e inundando nuestro mundo de sueños, pero nosotros tan solo podíamos concentrarnos en el otro.
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Sentí sus manos como me acariciaban el pelo, como su corazón golpeaba con fuerza en su pecho y como su lengua acariciaba la mía.
Cuando ambos nos separamos de aquel beso observamos que ya no estábamos en aquel prado, que en vez de hierba pisábamos un suelo de madera oscura y que en vez de un sol resplandeciente una luz en el techo iluminaba la estancia. Estábamos en medio de mi habitación.
Ambos nos miramos sorprendidos, no entendíamos como habíamos llegado hasta allí.
—¿Ian?—dijo su voz.
—Estás aquí...—susurré incrédulo mientras acariciaba su tersa y cálida mejilla, ella hizo lo mismo. Ninguno de los dos era capaz de creer lo que acababa de pasar.
—T-te... siento.—Ella acarició mis brazos cerciorándose de que realmente estábamos allí. Tomé su cara entre mis manos y la besé de nuevo. Tenía miedo de que se desvaneciera allí mismo, de que me dejara solo para siempre, pero en cuanto la vi me di cuenta de que tan solo bastaba con desearlo.
Ella
No podía creerlo, él estaba allí mismo. Me observaba, respiraba y había sentido sus cálidos besos.
Ya no era un sueño, era real.
No quería hacer preguntas, tan solo quería estar con él.
—Te quiero, Ella.—susurró pegando sus labios a mi oreja. Yo cerré los ojos y respiré hondo.
—Te quiero, Ian.—respondí.
Ambos nos fundimos en un beso ardiente y lleno de pasión, nos deseábamos pero ante todo nos amábamos.
Mis manos recorrieron su fuerte espalda y el tomó mi cara con ambas manos, me recosté en la cama y él se quitó la camiseta. Pasé mis manos por su cuello atrayéndolo hacia mí, no podía permanecer ni un segundo más sin su contacto.
Él puso sus manos en mis caderas y ambos reímos.
—No sabes cuanto te necesito.—susurró él.
—Cállate.—dije de nuevo acortando la distancia entre nosotros.
Ian levantó mi camiseta y yo le ayudé a quitármela, me puse encima suya y él sonrió.
Le desabroché los pantalones y le dirigí una sonrisa maliciosa.
—Esto está prohibido ¿Lo sabes?—dijo él mientras yo bajaba sus pantalones. Yo sonreí y me tumbé encima de él.
—¿Es una advertencia?—pregunté mientras, poco a poco me acercaba a él.
—Es una invitación.—Ian tomó mis manos y volvió a ponerse encima mía.
Comenzó a besar mi cuello, mi vientre... se detuvo en mis pantalones y yo me deshice de ellos rápidamente. No podía esperar más.
Acerqué de nuevo sus labios a los míos y nuestros movimientos acompasados hicieron que cada vez ambos quisiéramos más el uno del otro. Ya no había nada que nos impidiera estar juntos, ya no habían obstáculos entre nosotros.
Nos perdimos de la misma forma que nos habíamos encontrado.
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¡Hola de nuevo! El momento que estabais esperando por fin ha llegado. Espero que os haya gustado este capítulo, ha sido corto, pero intenso.
¿Qué pasará a continuación?
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