Capítulo 25

Ella

Aquella noche el cielo se cubría por un infinito manto de estrellas que brillaban orgullosas en el firmamento, las luciérnagas jugueteaban en el aire contentas y yo tan solo podía sorprenderme de la belleza que desprendía el lugar. A Ian y a mi nos gustaba reunirnos en ese prado, era tranquilo y parecía desprender magia y aunque pudiésemos modelar aquel diminuto universo a nuestro antojo siempre elegíamos la sencillez ante todo y acabamos por convertir en costumbre el hecho de vernos siempre allí, era nuestro pequeño lugar. 

Unas manos me taparon los ojos por detrás y yo sonreí.

-¡Oh dios mío! ¿Quién puede ser?- exclamé sobreactuando. Él chasqueó la lengua y retiró las manos lentamente de mi rostro para depositar un beso en mi cuello. 

-Te he echado de menos.- susurró pegando sus labios a mi oreja. Yo también te he echado de menos" me dije mientras nos fundíamos en un tierno y cálido abrazo. Me gustaría sentir su pulso, su tacto, su respiración acompasada y calmada pero tan solo podía hacerme una pobre idea de lo que en realidad era aquello en mi mente.

Pasé mis manos por su cuello y dejé que mis ojos viajaran hasta los suyos. Él me sujetó por la cintura y, aunque no podía sentir su respiración o sus manos fuertes atrayéndome hacia él, sentía una opresión en el pecho que era mucho más real que nada de lo que había sentido anteriormente. Lo besé y él correspondió a mi beso mientras mi corazón se aceleraba. 

-Voy a ir a por ti. No importa que tenga que atravesar fronteras que desconozco, te encontraré.- Dijo convencido, sus pupilas azules se fijaban en las mías inquietas. Acaricié su mejilla y asentí esbozando una media sonrisa. 

Una parte de mí tenía miedo de lo que podía pasar, tenía miedo de volver a sufrir por amor, pero, sin embargo, otra decía: "sueña". Tenía delante mía al sueño más bonito y temía que se convirtiera en una horrible pesadilla. Cuando él me devolvió la sonrisa mis pensamientos se desvanecieron y tan solo pude ceder a él, en mi mente solo había un lugar para Ian.

-¿Por qué crees que nos hemos conocido?- pregunté.-¿Por qué crees que estamos aquí?- Él se encogió de hombros y desvió la mirada.

-Creo que el destino quería que encontráramos alguien que nos quisiera de verdad, creo que nos concedió ese deseo.- respondió Ian con ternura. -Tal vez simplemente quiere que seamos felices.

-Pues nos ha puesto las cosas un poco difíciles. ¿No te parece?-Él rió mientras se inclinaba de nuevo para besarme.

Sonreí y tomé su mano.

-Ven, siéntate conmigo.- obedecí y puse mi cabeza sobre su regazo. Él acariciaba mi melena rubia mientras conversábamos.

-No te has quitado la pulsera.- dije mientras acariciaba la pulsera que yo le había regalado. Me alegraba de que aún la llevara consigo.

-No, nunca me la quito.- confesó él. Yo sonreí.- De alguna manera siento que al llevarla puesta estoy más cerca de ti.-Mi corazón dio un vuelco. A pesar de que tan solo podía pasar pequeños momentos con Ian, cada uno de ellos era especial y  único. Sentía que cada noche me enamoraba más y más de él, él era el único que me hacía sentir segura, él único con el que mis miedos se esfumaban. 

-Ian.- Dije sentándome a su lado. Él me observó con atención.-Debe de haber algún modo. El destino nos ha juntado por algo...

-No sé por donde empezar.- dijo agachando la cabeza compungido. Yo le miré fijamente dándole vueltas al asunto que llevaba varios días pensando.

-¿Te acuerdas de aquel día en el Millenium Park?

-Si, como olvidarlo.-contestó agachando la cabeza, yo apreté la mandíbula y lo miré muy seria.

-Pues... tengo una teoria.- anuncié. Ian me miró atento y yo proseguí.

-Te dí la pulsera con la esperanza de que, tal vez ella te conectara de alguna forma a mí. Sentía que aquella flor que me diste  me acercaba a ti y yo hice lo mismo para acercarte a mí.- respiré hondo.- La flor te pertenecía a ti y al regalármela de alguna forma ella actúa como una especie de llave que abre la puerta de tu mundo, y la fuente... sospecho que es la puerta que conduce a tu mundo.- Ian frunció el ceño.- Lo sé, es difícil de creer pero creo que funciona así, es como si la flor quisiera buscarte y creo que mi pulsera actuará de la misma forma.- Ian continuaba callado asimilando todo lo que había dicho me miró de nuevo y yo deseé con todas mis fuerzas que me creyera.

-Es posible.-dijo al fin.

-Cuando mi mano consiguió tocarte, fue gracias a la flor. Pensé en sumergirme en la fuente para verte pero la gente sospecharía, no quiero problemas. Que me tomen por loca no es ahora mismo mi prioridad.- sonreí tristemente.

-Si, te entiendo.- respondió comprensivo.- Si me sumerjo en la fuente, podré verte ¿No es así?- dijo cambiando de tema.Yo asentí, sospechaba que aquella fuente era una puerta hacia su dimensión, realidad o lo que quiera que fuera eso.- Entonces me despertaré ahora mismo e iré a por ti.- Yo asentí mientras rezaba para verlo pronto cara a cara.

-Te esperaré.- Una puerta apareció de la nada y Ian se levantó soltándome la mano. Lo miré con tristeza y lo imité.

-Nos veremos pronto. ¿De acuerdo?-Ian tomó mi mano de nuevo y yo planté un beso en su mejilla alzándome sobre las puntas de mis pies para alcanzarle.

-De acuerdo.

 El joven de los cabellos dorados sonrió y dio media vuelta dispuesto a marcharse. Abrió la puerta que desprendía una intensa y blanca luz. Se giró una vez más y se despidió de mí, antes de cruzar la puerta y desaparecer de mi vista.

Aquella puerta desapareció en cuanto se cerró y yo me tumbé sobre la verde hierba profiriendo uno largo y melancólico suspiro. Observé como las luciérnagas parpadeaban justo encima de mi cabeza imitando a las estrellas, siempre pensé que aquellos pequeños insectos tenían algo mágico, Ian lo sabía y había creado aquel escenario hermoso solo par mi, sonreí y extendí el brazo permitiendo que una de ellas se posara en mi dedo indice, cerré los ojos y me obligué a despertar.

Nada más abrir los ojos me calcé unas deportivas y salí de mi cuarto tratando de hacer el menor ruido posible para no despertar a Abbie, que dormía profundamente en su cama con la boca entreabierta. El reloj marcaba las cuatro de la madrugada, a estas horas no habría nadie en el parque y Ian podría pasar sin ningún problema a través de la fuente. Tomé prestada la bicicleta de Abbie, aunque no me gustara ni un poco la idea, y me puse en camino. 

Fui pedaleando por las calles tan rápido como mis piernas me permitían, quedaba muy poco para llegar, tan solo tenía que pedalear un poco más y llegaría.

Al doblar la esquina, un coche apareció de la nada y me arrolló dejándome inconsciente en el suelo, tan solo me dio tiempo a observar con horror antes de ser atropellada.

 No soñé con nada, no estaba allí Ian ni tampoco nuestro paraíso. Solo había una infinita e inmensa oscuridad.

Mis ojos poco a poco se abrieron mientras se acostumbraban poco a poco a la fría luz que iluminaba la blanca e insulsa habitación, el olor a antiséptico propio de un hospital me hacía recordar que había sufrido un accidente. Un fuerte dolor me recorrió todo el cuerpo al tratar de incorporarme en la cama. 

Me quejé en voz alta a causa de mi malestar y observé con desagrado el sinfín de cables que se conectaban a mi cuerpo. 

Mamá estaba sentada en la silla con los ojos cerrados. ¿Cuanto tiempo llevaba allí? 

-Mamá.- La llamé desde mi cama. Ella abrió los ojos y se apresuró a colocarse a mi lado.

-Gracias a dios que ya estas bien.- Ella acarició cuidadosamente mi mejilla amoratada y colocó dos almohadas debajo de mi cabeza para que estuviera más cómoda.

-¿Cuanto llevo aquí?-pregunté confusa.

-Cuatro días.- Respondió.- Me tenías muy preocupada. El conductor que te atropelló llamó a la ambulancia, a las cuatro de la mañana Ella.- dijo muy seria, yo arqueé la ceja sin saber que responder. La luz del faro no alumbraba bien y yo simplemente iba muy rápido, no lo vi venir.

-Mamá... ha sido un accidente ¿vale?-¿En serio me iba a soltar el sermón ahora? Podía ahorrárselo.

-¿Qué demonios hacías a las cuatro de la madrugada yendo por ahí en bici?-Yo evité mirarla tratando de encontrar una escusa.

-Estoy cansada, no recuerdo nada.- fingí mientras apretaba con mi mano buena la manta que cubría mi cuerpo.

Yo observé a mi madre confusa, cuatro días había dicho. Había salido para reunirme con Ian cuando un coche me atropelló. Ian... Tenía que buscar a Ian. Traté de levantarme de la cama pero me dolía todo, mi madre impidió que me moviera.

-¿Qué estás haciendo? Tienes que mantener reposo hasta que el médico nos diga que estás bien.- Yo negué con la cabeza.- Ya está bien de hacer tonterías, por una vez haz lo que te dicen.

-Yo, simplemente tengo que irme...

-No puedes, te han atropellado Ella. Podrías haber muerto ¿Es que no lo entiendes?- Dijo mi madre elevando el tono. Yo asentí y ella volvió a serenarse. Mi madre llevaba el cabello castaño despeinado y desproveído del brillo natural que siempre poseía su melena, podía ver unas pronunciadas ojeras en su rostro que indicaban a todo el que las viera que no había descansado bien en mucho tiempo. Tenía gracia que después de tanto tiempo sin vernos nos reencontráramos de esa manera.

-¿Y Owen? ¿Dónde está Owen?-Pregunté esperando verlo. Ella miró hacia el suelo apretando la mandíbula.

-No está aquí- respondió. Yo arrugué la frente sin saber la razón por la cual Owen no había venido a Chicago con ella. ¿Dónde estaba mi hermano menor? Lo echaba mucho de menos, necesitaba escucharle tocar el violín, ver con él Peter Pan y leerle cuentos antes de dormir. Necesitaba que estuviera allí conmigo.

-Y... ¿Dónde está?- Pregunté al fin. Ella apretó la mandíbula y suspiró volviendo a posar sus azules ojos en mi.

-Está con tu padre.-Mis ojos se abrieron como platos, no habíamos sabido nada de papá en muchos años y... ¿Ahora exigía pasar tiempo con mi hermano?

-¿Papá?- rugí.- ¿Por qué?- pregunté después de haber asimilado toda aquella información? 

Ella se aclaró la garganta y me miró a los ojos suplicante.

-Se presentó en casa y exigió la custodia compartida si no... nos volveríamos a ver en los tribunales. Ya sabes que perderíamos, él dispone de muy buenos abogados y yo no puedo permitirme uno, ganaría el juicio y se lo llevaría. Era la opción más sensata.- Yo apreté los puños y maldije a mi padre por ser tan capullo a veces, nunca entendería por qué mi madre se había casado con un hombre tan imbécil.

-¡Él no quería saber nada de nosotros!- exclamé sintiendo como los ojos me ardían conforme las lágrimas se agolpaban amenazando con desbordarse por mis mejillas.- ¿Por qué querría acercarse de nuevo a nosotros? ¡Eh! No nos quiere, nunca nos quiso, ni nos querrá.- Ella me cogió las manos tratando de tranquilizarme.

-Ella, tranquilízate.- Yo dejé que las lágrimas humedecieran mis mejillas y mi madre sonrió.- No tengo ni idea de que es lo que se propone. Tal vez tan solo quiere pasar tiempo con Owen. No sé... De todas formas es vuestro padre y tiene derecho a...

-Ese hombre no es mi padre.- interrumpí tajante. Ella asintió comprendiendo como me sentía. Apreté los dientes furiosa, odiaba aquel hombre, lo odiaba por todo lo que nos había hecho, lo odiaba por habernos abandonado, lo odiaba por haberlo querido. Un médico irrumpió en la sala y yo cerré los ojos mientras respiraba hondo tratando de tranquilizarme, probablemente quisiera hacerme pruebas. Mi madre se alejó de mí para que el doctor pudiera hacer su trabajo.

-Veo que ya ha despertado. Ha tenido suerte de haber sobrevivido a ese impacto.- Dijo el hombre de la bata blanca.- ¿Como se encuentra?

-¿La verdad? De pena.- El asintió y se alejó para informarle a mi madre de algo que yo no pude oír. Él se marchó y nos dejó de nuevo solas.

-¿Que te ha dicho?- pregunté a mi madre. 

-Nada que no sepas ya. Tendrás que quedarte un par de días más hasta que te recuperes del todo.- Ella me miró aliviada y se sentó de nuevo a mi lado.- Has tenido mucha suerte de que tan solo te hayas fracturado un par de huesos y no haya resultado en lesiones más graves.- Yo asentí, sabía que podría haber sido mucho peor.- ¡Ah! ¡Se me olvidaba! Unos amigos se pasaron por aquí hace unas horas antes de que despertaras, me dijeron  que volverían mañana para hacerte compañía.

-¿Quiénes eran?- Pregunté.

-Ay hija a tanto no llego... Recuerdo que eran un chico y una chica. El chico era alto y delgado con los cabellos negros ensortijados y bastante guapo, la chica que lo acompañaba tenía el pelo corto y castaño era bajita y la verdad, muy simpática.

Sonreí.

-Abbie y Zack.- Le informé a mi madre.

-Te trajeron esta flor. Dijeron que te gustaría tenerla a tu lado.- Mi madre me tendió la flor de Ian y yo les agradecí a ambos que me la hubiesen traído.- Me alegro de que tengas amigos tan buenos.- "Yo también me alegro."

-Gracias.- me limité a responder. 

Acaricié los pétalos y observé que, a pesar de que los días pasaban, la flor continuaba sin marchitarse, continuaba tan viva como el primer día.- Es realmente importante para mí.- Mi madre comprendió.

-Si, todos tenemos algo a lo que le tenemos mucho cariño.

Yo deposité la flor en la mesita que había a mi lado y suspiré.

-¿Puedo ver la televisión?- le pregunté a mi madre.

-Si, pero es de pago y no podrías ver la MTV ni nada de eso. Si te apetece ver las noticias o algo así...

Yo arrugué la nariz, los hospitales resultan tan aburridos.

-Pero me tienes a mí, me puedes contar como es tu vida universitaria. Hace mucho tiempo que no hablamos.- dijo entusiasmada. 

No tenía ganas de contarle nada sobre mi vida universitaria desorganizada, no quería que se preocupara por mí, así que me salí por la tangente evitando que la conversación se centrara en mi.

-En realidad... nada interesante. Mi vida universitaria se resume en estudiar, comer y dormir.- mentí esbozando una sonrisa.- Mejor háblame de vosotros ¿Que tal todo?

-Bueno, yo he conseguido un nuevo trabajo y estoy muy liada con los preparativos de la boda. Además a Owen lo han aceptado en aquella escuela de música en la que quería entrar.-suspiró.- Ya sabes, la abuela le estaba preparando para las pruebas y finalmente lo consiguió.

Yo me alegré por mi hermano, su sueño era llegar a ser un violinista importante y mi abuela siempre se volcó en el menor de sus nietos ya que ella misma decía que poseía un don para la música. Todo el que entraba en Julliard conseguía llegar muy alto en aquel mundo y estaba muy orgullosa de él.

-¡Eso es genial!- Exclamé contenta. Mi madre sonrió con tristeza y yo me puse seria preguntándome por qué ella no compartía mi alegría.- ¿Que pasa? ¿Por qué no te alegras? Es su sueño, deberías de estar contenta.- Ella asintió.

-Y lo estoy, pero pensar que el próximo curso él se irá a Nueva York y ya no os veré a ninguno de los dos me entristece. Mis hijos se hacen mayores.

Yo apreté su mano y le sonreí.

-Estará bien en Julliard.- Dije apoyando la mano buena en su hombro- Y tú también, con tu nuevo marido.

-Ya lo sé, pero tan solo tiene doce años. No puedo evitar preocuparme por él.- Ella se deshizo de las lágrimas que amenazaban con salir al exterior.- Perdona, me estoy poniendo demasiado sentimental.

-Mamá...- dije con un hilo de voz. 

Ella volvió a prestarme atención.

-¿Si?

-Te he echado mucho de menos.- Confesé apretándole la mano.

-Yo también mi niña.- Ella plató en mi frente un beso y se levantó.

-Bueno.- dijo cambiando de tema- Supongo que estarás hambrienta. ¿Quieres que te traiga algo de comida?- preguntó mi madre poniéndose la chaqueta y mirando la cartera.

-La verdad es que me muero por un buen donut de chocolate.- Ella cruzó los brazos y entrecerró los ojos.

-Ella, eso no es comida.-Respondió muy seria.

 Yo la miré suplicante.

-Venga mamá...

Ella puso los ojos en blanco y finalmente cedió. Nunca fallaba.

-Bueno vale. Pero solo uno.

-Eres la mejor.- dije sonriendo.

 Se maquilló un poco y se hizo un coleta.

-Si, si. Soy la mejor...- dijo para sí misma mientras cogía sus cosas.- Ahora vuelvo.

Yo le lancé un beso y se marchó.

Observé los libros que habían apilados en la mesita al lado de mi preciada flor y tomé el primero de ellos.

-Moby Dick.-leí en la portada.- Supongo que este servirá.- Lo abrí y comencé a leer mientras esperaba a mi madre.

Aquel sería mi único entretenimiento los próximos cinco días. 













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