Capítulo 16

Ella

-Dime que has visto lo mismo que yo.- Dije nada más ver a Ian delante de mí, mientras el verde prado donde nos gustaba encontrarnos se extendía infinitamente. 

-Parecía que estuvieras atrapada... Luego vi una mano salir del agua y me asusté. ¿Que es todo esto?- Ian, hablaba más para sí mismo que para mí. Tenía la mirada perdida y se le veía desanimado

-Estoy convencida de que la flor tiene algo que ver con toda esto.- Dije con convicción. Él miró hacia el suelo cansado. Tomé su mano y la puse en mi corazón.-  Me gustaría que pudieras sentir el latido acelerado de mi corazón, me gustaría que supieras que mis sentimientos por ti son reales. Me gustaría tanto que vieras la tonta sonrisa que se me forma al pensar en ti cada mañana al despertar.- Dije desesperada.- Creo en esto Ian, por muy increíble que sea tengo esperanza.- Ian depositó mi mano en la suya y entrelazó mis dedos con los suyos, la miró durante unos breves instantes.

-No pienso tirar la toalla contigo.- Dijo fijando sus ojos azules en los míos. Una lágrima descendió por mi mejilla en señal de alivio. Cuando estaba con Ian podía quitarme la máscara, él jamás me juzgaría. A pesar de que no podíamos sentirnos físicamente nos fundimos en un beso que, a nivel emocional, lo significó todo. Cerré el puño en su camisa tratando de aferrarme a él. No quería volver, ojalá pudiera quedarme por siempre en aquel lugar. 

-Creo, que deberías quedarte esto.- Dije mientras me quitaba una pulsera azul de cuerda que llevaba anudada a la muñeca. Se la até en la muñeca, y me miró esbozando una sonrisa.

-¿Y esto a que viene ahora?

-Creo, que si tienes algo mío nuestra conexión se fortalecerá- Sonreí.- Como con la flor.

-Tal vez no me despierte con ella. -Dijo fingiendo seriedad. 

-¡Ian! ¿Por qué siempre tienes que estropear momentos preciosos como este?- Fingí enfadarme y él rió. 

-No podía ser tan perfecto.- Levantó los hombros  y posteriormente me abrazó.- En caso de que me despierte con la pulsera.- Puse los ojos en blanco.- No me la quitaré. ¿Contenta?.- Planté un beso en su mejilla satisfecha cuando empecé a oír a alguien tocando a la puerta. 

-¿Oyes lo mismo que yo?- Pregunté separándome de él.

-¿El qué? Solo estamos tu y yo.

-Eso solo puede significar...- Antes de poder acabar la frase la imagen de Ian fue sustituida por un cuarto insulso y pésimamente decorado que recordaba perfectamente. Me había despertado. Siempre dura tan poco...

Me levanté enfadada y abrí la puerta sin ganas. Al otro lado esperaba Sean empapado. A pesar de que fuera hacía frío el parecía no percatarse de ello, tan solo me miraba fijamente a los ojos. Nos quedamos inmóviles durante unos instantes sin saber que decir, no me lo esperaba allí.

-Antes de...- Traté de cerrar la puerta pero el pie de mi novio consiguió mantenerla abierta.

-No estoy de humor, vete.-Dije apretando los puños.

-Solo, déjame que te expliqué y me iré.- Apoyé la espalda contra la puerta tratando de cerrarla. Pequeñas gotas descendía por su cabello empapado y se precipitaban hacía el suelo.- Por favor...- Suplicó. Entonces cedí.

-No puedo mirarte a la cara.- Trataba de mantenerme de una pieza pero notaba como la voz se me rompía y los ojos se me llenaban de lágrimas y  en mi mente aparecían imágenes de Sean besando a Cassie. Apreté la mandibula y pestañee varias veces, ya había llorado suficiente.

-¿Crees que lo hice a posta?- Dijo molesto, puso una mano en su frente y cerró los ojos. Parecía cansado.- Estoy aquí para ti. Ella... te quiero a ti. No a ella.- Puso las dos manos en mi rostro para que fuera incapaz de apartar la mirada.- ¿Es que no lo entiendes?- No sabía que decir, seguía enfadada con él pero una pequeña parte de mí quería perdonarle todo,en cambio otra gritaba que lo echara de mi vida. Lo miré debatiéndome sobre que hacer.

Sean puso una mano en mi cadera y continuó sin apartar la mirada esperando una respuesta. Cuando acarició mi mejilla, fui incapaz de resistirme. Me percaté de lo débil que era en cuanto me vi pasando ambas manos por su cuello atrayéndolo hacia a mi.

 No pensé en que es lo que pasaría en el futuro, olvidé que me odiaría cuando todo acabara. Tan solo estábamos nosotros con una creciente tensión de por medio. Mi pulso se aceleró, mi cuerpo sabía exactamente que quería en aquel momento. Nuestros labios estaban muy cerca, casi se tocaban. Me decía continuamente que me separara de él y mantuviera a una distancia prudencial pero cuando Sean acortó la escasa distancia que nos separaba y me besó no pude evitar enredar mis dedos en su cabello y corresponderle. Me atrajo hacia la cama y me dejé llevar por mis deseos. Las prendas fueron desapareciendo y me olvidé de es lo que era correcto y que no lo era en aquellos momentos. Lo deseaba, tanto como él a mi.

-Te quiero. Eres la única.- Dijo Ian con sus ojos azules, por primera vez me lo creí, pero no era él. Me sobresalté y me tensé. "¿Pero que...?"  Cerré los ojos y Sean me miró extrañado.-¿Te pasa algo?- Cuestionó preocupado.

-No, no. Simplemente estoy... muy contenta Sean.- Apoyé ambas manos en su torso y sonreí intentando sacar a Ian de mi mente.- Eso es todo- Aclaré. Lo besé tratando de tranquilizarlo.- Yo también te quiero Sean.-Mentí.

Ian

Era sábado, y hacía un día espléndido. Ya había hablado con mi madre en que celebraríamos su cumpleaños juntos como todos los años.  Me puse al volante y me concentré en la carretera. Era temprano, no quería llegar demasiado tarde.  

Cuando pisé el asfalto y miré a mi alrededor me dí cuenta de que todo estaba exactamente igual como lo había dejado, el que realmente había cambiado era yo. 

Aquel lugar me hacía recordar tanto los buenos momentos como los malos, añoraba mi antigua vida. Subí las escaleras y toqué a la puerta y a pesar de que me había criado ahí me sentía como un completo extranjero.

Una mujer de cabellos rubios y ojos azules abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja. A pesar de que aquel día cumplía cuarenta y tres mi madre aparentaba muchos menos. 

Mi madre me tuvo a los veintidós años, casi mi edad actual. Yo era incapaz de imaginarme con un niño en brazos a tan temprana edad. Mi padre la apoyó con el embarazo y se casaron juntos poco después de nacer yo. A papá le iba bien en el trabajo, era abogado, y le pagaban muy bien, entonces mi madre decidió abandonar su puesto de trabajo como profesora para criarme a mi. Eramos felices. Nos iba tan bien... que nunca llegamos a pensar que una enfermedad se llevaría a papá. 

Cuando murió, mi madre se encerró en sí misma. Yo era muy pequeño y estaba asustado, mi madre no era capaz de encargarse ni de mi ni de ella misma como era debido. Estaba destrozada y la entendía, pero eso no era escusa suficiente como para dejar a su hijo de lado.. Los ahorros se agotaban y no habían ingresos así que, a los doce años, mediante pequeños recados y tareas conseguí ganarme unas cuantas propinas para tratar de ayudar a mamá.

 Los vecinos eran conscientes de nuestra situación económica, era un pueblo pequeño y los rumores corrían como la pólvora, sin embargo no hicieron nada por ayudarnos, se quedaron de brazos cruzados mientras todo parecía caerse a pedazos. Los que decían ser amigos de papá y mamá hicieron oídos sordos y nos dieron la espalda cuando más lo necesitábamos. Más tarde, cuando mi madre salió de la depresión, consiguió un trabajo como profesora de refuerzo para niños que necesitaban apoyo escolar. La situación mejoró y aunque mi madre ya conseguía dirigirme la palabra y parecía volver a ser feliz, por las noches lloraba aferrándose a una pequeña foto de su difunto marido hasta que conseguía dormirse. Jamás volvió a rehacer su vida con ningún otro hombre, ninguno podría remplazar el vacío que papá había dejado en su corazón.

La mujer que un día se había visto sumida en el caos y la desesperación me dirigía una sonrisa radiante, como si el pasado no hubiese hecho mella en su alma. A pesar de que ya lo había superado, jamás volvió a ser aquella mujer que amaba la vida. 

La abracé y ella, se puso a llorar. Supongo que de felicidad.

-Mi niño...-Dijo con los ojos cristalinos.- Te he echado tanto de menos...- Me acarició el pelo cariñosamente y me dio un par de besos muy sonoros en la mejilla.-¡Mírate! Desde luego que la universidad te sienta bien. ¡Que guapo estas!- Exclamó tocándome la cara.

-Mamá...sigo igual. Tan solo hace un mes desde que nos vimos por última vez.-Aclaré mientras sacaba la maleta del coche.

-¿Un mes solo?-Preguntó.- Juraría que ha sido una eternidad.-Dijo convencida. Reí. Yo también la había echado de menos.

-Feliz cumpleaños.- Susurré mientras le plantaba un beso en la frente.

-¡Ah! ¡No me lo recuerdes!- Dijo fingiendo horrorizarse.-No puedo evitar sentir envidia cuando te veo. Tú, tan joven... y yo haciéndome cada día más vieja.- Suspiró y esbozó de nuevo una sonrisa. 

-¡No digas tonterías!- Me senté en el sofá y ella hizo lo mismo.- ¡Más quisiera la señora Donovan tener tu aspecto!-Ella se carcajeó. 

-La señora Donovan jamás lo conseguiría ni aunque se lo propusiera.- Dijo orgullosa.

-Cierto.

-Lo he dejado todo tal y como estaba. No he sido capaz de tocar nada.- Entreví una mirada nostálgica.

-Vamos a pasar una semana estupenda mamá. Te lo prometo.- Dije depositando mi mano encima de la suya. Me levanté del sofá y subí la maleta a mi antiguo cuarto sin dificultad alguna. Tenía razón, no había cambiado nada. Todos los pósters de mis grupos favoritos seguían colgados en las paredes. Los libros seguían ocupando su respectivo lugar en la vieja estantería, incluso seguían las notas clavadas en el tablón de corcho de las tareas. "Comprar pilas para el mando de la tele" "Acabar de pintar la valla" "Comprar bombillas nuevas"  Leí.

-Jamás, acabaste de pintar la valla del jardín.- Aclaró mi madre apoyada en el marco de la puerta. Pasé un dedo por el grueso marco del viejo ordenador quitando el polvo que había en él. Habían demasiadas cosas que había dejado inacabadas. Me sacudí el polvo que se había acumulado en mi dedo índice y me tumbé en la cama perfectamente hecha, cerré los ojos y suspiré.

-Lo sé.

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