Capítulo 7



Cierro la puerta detrás de mí y permanezco apoyada sobre la superficie de ella, meditando si he hecho bien al dejarle aquella nota. A ver, si me hubiese ido sin más hubiese dejado viva la esperanza de volver a tener algún que otro encuentro con él. Sin embargo, al escribirle aquella carta me he asegurado de que no va a volver a buscarme. Sí, eso será lo mejor. No puedo permitirme tener una relación con un chico dos años menor que yo, por el simple hecho de que tiene edad de divertirse, de estar enamorándose continuamente, de estudiar para su futuro, de viajar... Yo necesito en mi vida a una persona madura, a alguien que haya vivido todas las experiencias que te ofrece la juventud. Ese alguien que está seguro de todas las decisiones que toma y sabe que no se va a arrepentir de ninguna de ellas a la mañana siguiente.

A medida que avanzo en dirección al salón me doy cuenta de que un silencio sepulcral ha invadido todas las estancias, ahogando cualquier sonido que demuestre la existencia de una vida humana en su interior. Es extraño, creía que iba a encontrarme a Clara desayunando en la cocina con su novio pero, al parecer, eso no va a ser posible.

—Clara, ¿dónde estás?

Abro la puerta de su dormitorio y averiguo que la cama está hecha y que ella no se encuentra allí. Lo cual quiere decir que mi hermana se ha quedado a dormir en casa de Marcos, por lo tanto, no hay nadie en casa. Qué alivio. Lo último que quería era escuchar una reprimenda con este dolor de cabeza que tengo.

Al menos, creía que estaba sola en casa hasta que llego al salón, lugar en el que descansan dos cuerpos masculinos desnudos acostados sobre el sofá. Doy tal grito que ambos se sobresaltan al escucharme y como consecuencia, caen al suelo, golpeándose con la mesa que yace a los pies del sofá del salón. Al parecer, mis visitantes no son otros que Andrés y David, quienes al parecer decidieron irse a mi casa a fornicar.

—¿Se puede saber qué hacéis aquí?

David se pone en pie y al hacerlo, deja al descubierto sus partes íntimas. Le lanzo un cojín para que se las oculte y luego este se marcha en dirección al servicio, dejando al descubierto sus glúteos. Por si fuese poco, se arrasca una de sus cachas con una mano. Joder, que asco. Cualquiera desayuna ahora con este panorama.

—No grites que me duele la cabeza—se queja Andrés.

Andrés se dirige hacia el interior de la cocina y yo decido seguirle pisándole los talones. Se acerca a uno de los muebles y saca un sobre de manzanilla, luego coge un vaso del escurridor y vierte un poco de agua del grifo. Tras calentarla en el microondas durante unos treinta segundos el agua, coloca el sobre dentro de esta con tal de que se disuelva.

—Oye, ¿dónde dormiste anoche?

Cambio el rumbo de mi mirada hacia el vaso de agua.

—Qué importa eso ahora. El asunto de vital importancia para mí es saber si has fornicado en el sofá con ese chico, tengo que decidir si comprar otro o no.

—Has perdido tu virginidad, ¿a que sí?—sus ojos adoptan un brillo inusual—¡Oh, Dios, mío! Ya estás contándomelo todo sobre él.

Me apoyo sobre una de las encimeras con las manos aferradas al borde del mueble que tengo justo detrás. Andrés, quien ya ha tirado el sobre de manzanilla y se está bebiendo el contenido del vaso, se coloca frente a mí y me observa con una sonrisa de oreja a oreja.

—No hay mucho que contar...

—Qué mentirosa eres. Dime, ¿era ese chico con el que estabas sentada en la barra? Porque si era él, has tenido una suerte del carajo, está buenísimo y además es muy mono.

—Y muy joven también.

—¿Cuántos años tiene?

—Veintidós—Andrés pone los ojos en blanco como si estuviese en desacuerdo conmigo—Sé que tan sólo son dos años pero...a él le corresponde vivir otra etapa diferente.

Andrés suelta el vaso en el fregadero y luego vuelve a adoptar la posición anterior. Mientras él lleva a cabo esa acción me tomo la libertad de pensar en qué decirle a continuación. Andrés es muy cansino con este tipo de cosas pero qué le vamos a hacer, siempre me saca la información que quiere saber. No sé el por qué. A lo mejor soy yo muy bocazas o tal vez esté deseando contárselo con tal de recibir un consejo por su parte.

—Ana, la vida la vive cada uno como quiere—mis ojos se encuentran con los suyos por una milésima de segundo, luego aparto la mirada—. ¿Has hablado de lo sucedido con él esta mañana?

Niego con la cabeza.

—Me fui justo antes de que llegara. Pero, le he dejado una carta en la cocina en la que le pido que no me vuelva a buscar.

—Pero, ¿qué has hecho? Joder... podrías habértelo tirado más de una vez.

—Andrés, ha sido un polvo sin importancia. Hoy en día las cosas son así. Te acuestas con un tío y ya está, no te llaman ni hacen por volver a verte. Y yo quiero evitar ilusionarme con un chaval que sé que no va a tener el más mínimo interés en mí después de echar un polvo.

Se forma un silencio en la estancia. El cuál es roto por el ligue de David, quien gracia a Dios lleva puesto unos pantalones. Se acerca a la encimera y coge del frutero una manzana, luego se la lleva a la boca y le da un bocado.

—Tengo que irme a currar—me examina de arriba a abajo—. Andrés, llámame y quedamos otro día para seguir por donde lo dejamos.

Andrés se muerde el labio con fiereza.

—Sí, tenemos mucho de que hablar tú y yo.

David se marcha de la cocina con una sonrisa de oreja a oreja, demostrando así que ha quedado muy satisfecho con el polvo que han echado en mi sofá. Y por si fuese poco, le ha insinuado que vuelvan a quedar para ¿echar otro polvo en mi sofá? Claro que sí. La cuestión es hacer a Ana comprar un sofá cada semana. Pues no tengo ni un puto duro, a ver de donde saco yo el dinero. Al final voy a tener que echarle lejía al sofá o mejor aún, regalárselo a mi hermana. Seguro que ella le da más uso que yo.

—Ahora que lo pienso, no me has respondido a lo más importante—sus ojos se iluminan como dos soles —Dime, ¿cómo la tiene?

Reprimo una sonrisa.

—Eh—...señalo con mis dedos índices una medida justa para su miembro, la cual resulta salirse de los límites de lo que es normal.

—¡No!

—¡Sí!—le contradigo.

—¿Te has acostado con un anaconda?

Oculto mi rostro con ayuda de mis manos. No había sentido tanta vergüenza desde que fui descubierto por Álvaro ayer. Maldita sea, ¿por qué todos mis pensamientos terminan siempre en el mismo punto?, ¿por qué siempre tiene que aparecer ese nombre en mi cabeza? Va a ser verdad eso de que cuanto más intentas olvidar a alguien, más lo recuerdas.

—No sabrás por casualidad si tiene algún amigo que tenga una marioneta igual de larga, ¿no?

—Joder, Andrés, creía que la desesperada era yo.

—Sólo era por saber. Ya sabes que soy muy curioso, además, nunca está mal experimentar cosas nuevas.

Intuyo que dentro de esas "cosas" entra una polla de unos treinta centímetros aproximadamente capaz de satisfacer sus deseos más oscuros.

—Bueno, se acabó de hablar de mí. Ahora quiero saber todo cuanto pasó anoche con ese tal David y quiero que me aclares cómo llegasteis al sofá de mi casa.

Vuelve a morderse el labio de la misma forma en la que lo hizo con anterioridad. Me mira y deja escapar una risa burlona.

—Tras conocernos en uno de los servicios de la discoteca (simula un besuqueo en el aire) decidimos seguir con la fiesta en algún lugar más íntimo. En primer lugar pensamos en ir a su casa pero, al parecer, sigue viviendo con sus padres, así que era una idea inviable. Luego, optamos por fornicar en el coche y eso es lo que hicimos hasta que un agente de la policía nos pilló en plena faena. Bueno, el caso es que yo estaba tan seguro de que te ibas a tirar a ese chaval en su casa que decidí ir a tu casa. Como sé que guardas una llave bajo el felpudo, pues no tuve más que cogerlo y entrar—se encoge de hombros como si pretendiera restarle importancia—Después nos entró el calentón y pues fornicamos en el sofá como dos fieras.

Enarco una ceja.

¿Me lo está diciendo en serio? No doy crédito a lo que estoy escuchando. O sea, ni siquiera se molesta en mentirme con tal de quitarme de la cabeza la idea de comprar un nuevo sofá para el salón. Joder, ¿por qué tienen que pasarme estas cosas precisamente a mí? Dudo mucho que a mucho jóvenes de 24 años se les cuelen dos amigos gays en su casa para darle al tema en tu sofá.

—Tranquila, le puse una sábana al sofá, así que no tendrás que decidir entre sí comprar un nuevo sofá o deshacerte de este.

—Eso me deja más tranquila.

Andrés se coloca la camisa azul que llevaba puesta ayer por la noche, luego se dispone a ponerse los pantalones que utilizó con anterioridad. Mientras él se esmera en atarse los cordones de sus náuticos, yo me entretengo dándole suaves golpecitos a la encimera a la misma vez que observo el reloj que yace colgado en la pared de enfrente.

—Un momento, hoy es lunes, ¿no deberíamos estar trabajando?

Asiente una sola vez.

¿Qué leñes quiere decir eso?

—Tenemos que ocuparnos de un pequeño asunto—su dedo índice y pulgar señalan la cantidad indicada.

Me da la espalda y comienza un recorrido por el salón, lugar en el que recoge su teléfono móvil del sofá y se lo guarda en el bolsillo trasero de sus pantalones, luego camina en dirección a la puerta principal, la cual conduce al corredor del edifico. Segundos después me uno a su marcha, la cual finaliza en la puerta.

—¿Vienes?

—Por supuesto que sí. No sé qué harías sin mí.

Al pasar por su lado le despeino el cabello. A cambio recibo un gruñido por su parte, aún así no pienso sentirme culpable por lo que he hecho.

Cambio el rumbo de mi mirar hacia la ventana, lugar desde el que se puede contemplar un garaje de color azul, el cual tiene sus puertas abiertas, mostrando así un interior solitario y grasiento. Cerca del tejado descansa un cartel en el que se puede leer "Talleres Muñoz". Un hombre, regordete y con las mejillas sonrojadas, sale al exterior con tal de fumarse un cigarro.

—Creía que ibas a llevarme a un parque temático o algo por el estilo.

Esboza una amplia sonrisa.

—No venimos de paseo, ¿recuerdas? Tenemos que resolver un asunto.

—¿Podrías hacerme el favor de decirme de qué se trata?

—¿De verdad no te has dado cuenta?

Niego con la cabeza y me encojo de hombros.

—Anda, échale un vistazo al asiento de atrás.

Ladeo la cabeza hacia la zona de atrás con tal de ver aquello que me ocultaba Andrés. En el centro del asiento yace una mancha blanca que parece estar impregnada en la piel de los asientos. Luego, examino el techo, el cual tiene marcas de manos, las cuales espero que se hayan marcado ahí con ayuda del sudor corporal. Es realmente asqueroso, ¿es que alguien se ha corrido aquí? Un momento...

Me bajo del coche lo más rápido que puedo, con tal de evitar vomitar en el interior. Una vez tengo los pies en la tierra, me sujeto a un árbol y comienzo a vomitar en la tierra bajo la que están ocultas sus raíces. Consigo deshacerme de las náuseas con ayuda del viento gélido que azota mi rostro. Si no fuese sido por él, me hubiese quedado sin bilis de tanto vomitar.

—Quizás no haya sido tan buena idea mostrártelo—añade una voz masculina a mi derecha.

Me doy media vuelta y me enfrento con valentía a su penetrante mirada.

—¿A qué clase de enfermo mental se le ocurre llevar a su mejor amiga en un coche que está rociado de semen por todos lados?, ¡esto es el colmo!.

—Fue un accidente.

¿Un accidente? Joder, un accidente es pisarle sin querer la pata a tu perro o romper un vaso pero eyacular por todas partes...parece haber sido aposta. No sé, quizás me equivoque pero... nada. Es técnicamente imposible que haya sido un accidente. Es como si yo digo que me he quedado embarazada sin querer.

—Hola, Iván, necesito que me hagas un favor muy grande.

El señor que con anterioridad estuvo fumándose el cigarrillo, le dedica una mirada de soslayo. Sin embargo, Andrés no parece percatarse de ello.

—¿De qué se trata?

—Creo que será mejor que lo veas por ti mismo.

Iván sigue a Andrés hasta su coche. Luego, abre una de las puertas traseras y introduce la cabeza en el interior con tal de encontrar el motivo de nuestra visita. Al igual que yo, adopta una expresión de repulsión y desagrado. No me extraña nada, aquella escena no resulta para nada agradable, es más, es incluso extraña.

—Joder, macho, ¿eres un aspersor o algo por el estilo?

Andrés abre la boca con tal de rebatir pero al darse cuenta de que no tiene nada bueno que decir, vuelve a cerrarla. Raro sería que tuviese una excusa con la que justificar lo que ha sucedido.

—¿Crees que podrías solucionarlo?

—No sé, tío, tendría que cambiar los asientos. Eso sí, no creo que las huellas del techo pueda llegar a eliminarlas. En serio, ¿no tenías otro sitio donde follar?

—Sí, mi casa fue su segunda opción—intervengo por primera vez—Al menos, no tendré que vender el sofá gracias a que ha utilizado sábanas.

—¿Por qué tengo la sensación de que os estáis poniendo en contra mía? Mira, ¿sabéis qué? Olvidadlo, no quiero saberlo. Iván, lo dejo en tus manos.

Una taza de café descansa sobre la mesa, de la cual escapa un espeso humo, anunciando la elevada temperatura en la que se encuentra el contenido. Unos centímetros más hacia la derecha se puede visualizar un periódico en el que aparece en la portada la Torre del rascacielos a lo lejos. En primer plano se halla la figura de un hombre, con esmoquin y mirada sincera. Aunque, apuesto a que la atención de los espectadores recae en sus enormes ojos verdes y en su sonrisa, la cual debe haberle robado el corazón a más de una. Y es que por más que intento huir, él siempre me encuentra forma u otra.

La noticia tiene como titular "¿Cuál es el secreto del éxito?

Alguna que otra vez nos hemos preguntado cómo ser exitosos en la vida y rara vez hemos encontrado la respuesta. Ayesa Advanced Technologies es una compañía que no deja de cosechar los frutos de un trabajo constante. El director de la empresa, Álvaro Márquez, quien se muestra muy orgulloso de haber conseguido ampliar sus fronteras, ha sido tan amable de respondernos a unas preguntas.

P: Hace relativamente poco has celebrado tu 26 cumpleaños, ¿han cambiado tus prioridades de un año a otro?

A: Bajo mi punto de vista, a medida que crecemos dejamos atrás los infantilismos y maduramos. Madurar conlleva cambiar tu forma de pensar y de ver el mundo. Nunca dejamos de madurar como persona, así pues, las prioridades que tenía hace unos años han cambiado.

P:¿Está dentro de tus actuales prioridades contraer matrimonio?

A:Creo que ya es hora de sentar la cabeza y qué mejor forma que empezar con un compromiso.

P: ¿Como es ella?

A: Es una chica increíble, buena, simpática, hermosa tanto por dentro como por fuera. He tenido mucha suerte al encontrar a alguien como ella.

P:Al parecer, la vida te sonríe tanto en el ámbito sentimental como en el profesional. Hace relativamente poco comenzaste a trabajar en Ayesa Advanced Technologies, como director de la empresa y según tenemos entendido, está siendo todo un éxito. ¿Cuál es el secreto del éxito?

A: Con esfuerzos constantes y una mente positiva puedes llegar allá donde te propongas. Cuando se trata de alcanzar tus sueños, no existen los límites.

P:¿Qué te llevó a decidir montar tu propia empresa?

A: La idea de poseer algo enteramente de mi propiedad, me llevó a emprender este proyecto empresarial.

P: ¿Te invadió el miedo a fracasar?

A: No, en absoluto. Los fracasos nos sirven para aprender, así que sería un grave error no errar de vez en cuando.

P:Eres un hombre seguro de sí mismo, un aspecto muy importante en el ámbito profesional. ¿Crees en las casualidades?

A: Estoy convencido de que las casualidades no existen, si sucede una determinada cosa es por alguna razón.

Dejo el periódico sobre la mesa y me limito a darle el último sorbo a la taza de café. Luego, deposito el café sobre el plato de cerámica y lo dejo sobre la portada del periódico. Me incorporo y emprendo una marcha hacia la salida de la cafetería. Un Volkswagen Beetle rosa descansa justo en la acera de enfrente, reflejando en sus cristales delanteros los últimos rayos de sol. El cielo comienzo a tornarse de un tono violáceo, las estrellas no tardarán en brillar con todo su esplendor.

Tomo asiento en el lugar del conductor e introduzco las llaves en la ranura. Tras realizar mi característico giro de 180º me incorporo a la carretera. Por suerte, no hay ningún introvertido que se encargue de hacerme saber que lo que acabo de hacer está mal. Vaya día que llevo; en primer lugar, me encuentro con Andrés y David desnudos en el sofá, en segundo puesto se encuentra la desagradable experiencia que he vivido en el interior del coche de Andrés. La tercera posición esa maldita noticia que he leído en el periódico. Me pregunto cuanto puede empeorar mi día antes de acostarme.

Aparco el vehículo en el aparcamiento de costumbre.

Subo por las escaleras, a pesar de disponer de un ascensor, nunca viene mal perder esos kilos de más. ¿A quién pretendo engañar? Si he decidido tomar las escaleras ha sido porque me estoy orinando desde que era pequeña y estoy completamente segura de que si espero diez segundos, me voy a hacer pis encima. Una vez logro alcanzar la cima, busco desesperadamente las llaves en el fondo de mi bolso pero, al sentir mayor presión en la vejiga, decido abandonar mi acción y limitarme a coger la llave que guardo bajo el felpudo.

Emprendo una carrera en dirección al servicio, tal es la velocidad que alcanzo que justo antes de alcanzar la puerta casi pierdo el equilibrio. Uf, ha faltado poco. Llego a caerme y juro que me orino encima como una niña de dos años. Cuando abro la puerta descubro a mi hermana dándose una ducha con su novio, Marcos. Bueno, dándose una ducha no diría exactamente. Más bien estaban explorándose el uno al otro.

—¡Ana!

—Voy a orinar sí o sí pero vosotros seguir a lo vuestro.

Cinco segundos después he terminado de hacer mis necesidades. Aún así, permanezco unos segundos de más en el servicio, observando mi figura en el espejo. Clara se enrolla una toalla blanca alrededor del cuerpo y sale de la ducha, dejando a Marcos dentro de ella. Se aproxima al lavabo y se hace con una toalla marrón, la cual utiliza para secar su cabello.

—Oye, ¿dónde has estado?

—Si yo te contara...

Clara se aferra a una de mis manos y tira de mí, con el propósito de conducirme hacia su habitación. Mientras ella se entretiene poniéndose la ropa interior y el pijama, yo tomo asiento en el borde de la cama y la contemplo ir de una lado hacia otro buscando accesorios para completar su vestimenta.

—Clara, me he acostado con un chico.

Mi hermana cesa su búsqueda y se detiene en seco, me contempla con los ojos como platos y la boca abierta debido a la sorpresa. Elimina la distancia que nos separa para tomar asiento junto a mí en el borde de la cama.

—¿Quién es?, ¿cómo se llama?, ¿le conozco?

Me muerdo el labio con tal de reprimir una sonrisa.

—Su nombre es Carlos, tiene dos años menos que yo y estoy totalmente segura de que no le conoces.

—Oh, buenas impresiones. Dime, ¿cómo es que te has acostado con él?

—Me emborraché como nunca antes lo he hecho y cómo temía tu reacción, decidí pasar la noche en casa de Carlos pero, una cosa llegó a otra y terminamos acostándonos.

—¿Has vuelto a quedar con él?

Niego con la cabeza.

—Hoy en día las cosas no son así. Conoces a un tío, echáis un polvo y si os volvéis a ver no os conocéis. Además, dudo que quiera verme después de que lea la nota que le dejé.

—Por favor, no me digas que le dijiste que no te buscase más ni hiciese por saber de ti.

Asiento una sola vez.

—Es exactamente lo que hice.

—No, Ana—dice desanimada—no puedes huir de todos los tíos que se cruzan en tu vida. Tal vez ese chico esté deseando volver a verte.

—Qué más da. Sé que no voy a volverle a ver, es más, no pienso volver a ir a esa discoteca. De todos modos, no encajaríamos, él tiene sus prioridades y yo las mías.

Se produce un silencio, el cual es roto por Clara.

—¿Te gustó?

—Estuvo bien para ser la primera vez. Además, me ha tocado premio...

—No puedo creerme que hayas dejado escapar a un anaconda, o sea, es muy difícil encontrar a un tío que te satisfaga de la misma forma en la que lo hace un alguien como él.

—¿Insinúas que Marcos no te satisface?

—Oye, no te metas con Marcos —me propicia un codazo entre las costillas—Es un tío genial y sabe hacer muchas cosas con esas manos y esa lengua traviesa.

Me tapo ambas orejas con ayuda de mis manos y murmuro una y otra vez que no quiero saber los detalles.

Segundos después puedo escuchar la risa chillona y contagiosa de mi hermana, a la cual no puedo resistirme, así que ambas terminados acostadas boca arriba en el colchón, riéndonos como si se nos fuese la vida en ello. Tal vez, el día no resulte ser del todo desastroso. No hay nada que no pueda solucionar una buena compañía acompañada de unas risas.

—¿Qué tal te va con la organización de la boda?

Clara hace una señal de desaprobación con el dedo pulgar.

—¿Tan exigentes son?

—Álvaro no me da problemas pero su novia... lo quiere todo perfecto, se pasa todo el día diciendo "Clara, esto se vería mejor allí", "Clara, ¿crees que me sientan bien estos modelos para la luna de miel?, "Clara, asegúrate de que cada miembro de la lista reciba su correspondiente invitación de bodas"—dice imitando a Claudia—. En serio, no la aguanto.

—Sólo piensa que vas a embolsarte diez mil euros.

—¿Imaginas cuántas cosas podríamos hacer con ese dinero?

—Ajá.

Clara permanece inmóvil, con la mirada perdida en el blanco impoluto del techo. No sé exactamente el porqué pero no veo en ella el entusiasmo que provoca oír las palabras "diez mil euros", es como si la cosa no fuese con ella. No entiendo qué le pasa a Clara por la cabeza, tal vez ni siquiera esté pensando en la cantidad de cosas que podría hacer con ese dinero. Es más, dudo que su cabeza esté conmigo.

—Ana, tengo que contarte algo.

Se incorpora de inmediato, quedando sentada en la cama con las piernas cruzadas y brazos apoyados sobre sus propios muslos. Su inesperado cambio de posición me obliga a mí a imitarla con tal de no invadir su espacio. Clara mira con resignación sus manos, lo cual no es muy buena señal. Tal vez haya ocurrido algún incidente con respecto a su trabajo o quizás con Marcos. Bueno, no tengo ni la menor idea de qué ha pasado pero me muero de ganar de averiguarlo.

—¿Recuerdas aquel festival que tanto me gustaba?

—Cómo para olvidarlo, te pasabas todo el día hablándome de él.

—Adivina a quién le han pedido que organice la London Fashion Week Festival at The Store.

Me llevo las manos a la boca con tal de reprimir un grito.

—¡Te vas a Londres!

No entiendo por qué soy yo la que está dando saltitos de alegría cuando la que se va es mi hermana. Mira si está rara Clara que le dan la mejor noticia de su vida y ni siquiera se inmuta y eso que ella es la número uno expresando sus sentimientos.

—¿Cuál es el problema?

Toma una de mis manos y la envuelve con las suyas. Luego, permanece con la mirada perdida en ellas.

—El festival es del 23 al 26 de febrero.

—¿Y qué? Mucho mejor, así vas a poder hacer una visita turística por Londres.

Me regala una de sus sonrisas.

—El enlace matrimonial de Álvaro y Claudia es el 23 de febrero y acabo de firmar el contrato por el que me comprometo a organizar su boda, no puedo abandonarles ahora sin más.

Qué le den a Álvaro y a su perfeccionista novia. Que le den a todo el mundo. Joder, no puedo creerme que Clara vaya a rechazar una oportunidad como esta, quizás no se le vuelva a presentar. Sería un crimen decir que no. Es más, estoy dispuesta a llevarla por los pelos hasta Londres, me cueste lo que me cueste.

—Ana, necesito que me hagas un favor—al oírle pronunciar mi nombre, bajo rápidamente de mi ensoñación y vuelvo a la realidad. Le miro y permanezco a la espera de escucharle decir qué es lo que se cuece en su pequeña cabeza—Tienes que organizar esa boda por mí.

¿Acabo de oír lo que creo?, ¿de verdad me esta pidiendo que me encarga de organizar el enlace matrimonial de mi amor platónico de la secundaria? No, eso sí que no. No pienso aguantar los berrinches de la novia por cada vez algo no sale según lo previsto. Y tampoco me hace ninguna gracia tener que ser partícipe de las muestras de cariño. Es un no rotundo.

—Ni lo sueñes.

Clara une ambas palmas a modo de súplica.

—Por favor—hace pucheros con la boca—He estado todos estos años esperando una oportunidad como esta, no puedo rechazarla ahora.

—No hagas eso, no vas a convencerme. Además, no sé organizar bodas y mucho menos tener paciencia con las novias histéricas.

—Ana, no te lo pediría si hubiera otra salida. Podrás quedarte con el dinero, si quieres. Lo importante es que la organices.

¿Por qué siempre soy yo la que pringa? Mi intención era evitar encontrarme de nuevo con Álvaro y seguir con mi vida. Para colmo, tengo que organizar un enlace matrimonial y volver a ver a mi amor platónico.¿Puede ser mi vida más miserable?

—Dí que sí—comienza a decir—. No me cortes las alas, por favor.

—Está bien pero no pienso volver a hacerte un favor en lo que me queda de vida.

Clara me envuelve con sus frágiles brazos y deposita un beso en mi frente.

—Eres la mejor—susurra en mi oído.

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