Sex & the City
A la mesita inmediata mía de un restaurancito en una cuadra de Times Square, se sentaron 4 jóvenes mujeres bien producidas. Una vez pedidos los cócteles, se pusieron a conversar animadamente, coqueteando completamente en los intervalos con un mozo de tez morena.
«Sex & the City», así es, igual, pensé yo.
Elegantes y charlatanas, con la luz de la tarde de la cuidad de fondo, con finas copas en sus manos, tenían un aire tan neoyorquino que yo nunca pude despegar la mirada de ellas. Su conversación no era audible, pero yo, por alguna razón, pensé que también debería tratar sobre los hombres y el sexo -como en la famosa serie. Y aún, podría ser un poco sobre moda... pero sólo un poco.
¡Ajá! Aquí está, el sabor que quedó después de la serie. ¿Pero de veras que una mujer moderna americana en compañía de sus amigas no puede conversar sobre algo más? Digamos... sobre política, o mejor sobre algún sistema nuevo de educación... aunque, tampoco no. ¿Entonces, puede ser sobre el trabajo? Hum, al menos sobre el trabajo... ¿De verdad, por qué no?
¡Pero que va! Cuatro jovencitas amigas ataviadas que salen a la tarde por la ciudad "para tomar algo", no van a tocar, seguro que no van a tocar todos esos temas indudablemente importantes y por cierto interesantes, porque en esa acalorada tarde neoyorquina, simple y objetivamente no eran actuales.
Y van a hablar y hablar sobre hombres (aunque suene muy trivial). Van a sincerarse y a picardear, juntas se mofarán o al revés, se jactarán de sus parejas, de sus logros y sus habilidades particulares. Van a envidiarse hasta la locura y a compadecerse hasta el fondo del alma. Bah, como cualquier mujer promedio. Sí, sí, todo será casi como en la serie.
A propósito, a pesar de que a mí, en general, no me gustan las series como género, «Sex & the City» realmente me gustó. Según mi parecer, el producto es bastante cualitativo, de cabo a rabo está impregnado ajustadamente por el espíritu de Nueva York. Y aquí, ante mí, la encarnación viva de la película. Cuatro preciosas mujeres se ríen, toman cócteles, echan miradas a los hombres...
Pero aquí mis reflexiones fueron interrumpidos por el mozo de piel oscura, que trajo la bandeja con el pedido hecho por las señoras (realmente enormes porciones de papas fritas, hamburguesas, panchos y no sé qué otras cosas más).
Las glamorosas damas sin ninguna modestia ni observación de etiquetas especiales, comenzaron el refectorio fuera de toda ceremonia y, hay que decirlo, con un apetito grande.
Yo, al decir "¡Upa!" sin querer, bajé la mirada hacia mi plato con pollo asado ya enfriado de las mismas dimensiones indiscretas, y traté de concentrarme en él, dejando al fin en paz a las amigas. Pero la agradable sensación de presenciar un «ambiente particular» de Nueva York se quedó conmigo.
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