Epílogo
En medio del bosque que crecía robusto a orillas del lago, el frío viento de finales de otoño movió sus cabellos castaños, arrastrando también las hojas secas de los árboles. Las nubes parecían pesadas y llenas, amenazando con colapsar en cualquier momento, pero ella creía - o al menos quería creer - que aguantarían todavía un poco más.
Dejó las flores que llevaba consigo a los pies de la gran piedra que se alzaba justo enfrente de ella, como un monolito. Sentada en la hierba, procuró arreglar las flores lo más posible, para evitar que se volaran con el primer fuerte soplido del viento. Las había recogido ella misma del jardín esa mañana, algunas eran flores de estación y otras que aún se resistían a abandonar el verano. Las había seleccionado cuidadosamente; había escogido las que más le gustaron a ella y las que pensó que también le hubiesen gustado a él.
Dejó escapar un corto suspiro de manera inconsciente y una corta sonrisa escapó de sus labios cuando lo imaginó sentado frente a ella.
Casi podía escucharlo...
"Gracias por las flores, princesa, pero en realidad no tenías por qué molestarte. ¿No ves que estoy rodeado de ellas? Además, con lo ocupada que debes estar, que te hayas tomado la molestia de venir a conversar un momento con este viejo jubilado, es más que suficiente. No necesito nada más".
- Bueno papá, pero estas flores son diferentes, porque las escogí yo - dijo en voz baja y sus labios compusieron una débil sonrisa. Ah-Un, que descansaba a su lado como siempre, movió su cola perezosamente al escuchar el sonido de su voz -. Y tendrás que aceptarlas quieras o no, porque hoy es tu cumpleaños. Quizás para la próxima piense en algo diferente... ¡Quizás te deje algunos hongos! Por aquí crecen unos bastante interesantes - soltó una pequeña risita -. Y puede que los disfrutes más que las flores...
Continuó arreglando su ramo con la rota sonrisa en su rostro, hasta que vio a su compañero levantar sus orejas, atento. Y en ese momento, a lo lejos, el frío viento también arrastró con él una voz grave entre los árboles, que hizo que su sonrisa se ensanchara.
- Towa, no corras - ordenó con su voz seria e imponente, justo segundos antes de que la niña -sin obedecer- tropezara con una raíz que sobresalía de la tierra y cayera de cara al suelo.
El peliblanco dejó escapar un silencioso resoplido. La vio ponerse de pie a duras penas y voltearse a verlo con sus mejillas sonrojadas.
Su cara tenía tierra, sus ojos amenazaban con colapsar en lágrimas en cualquier instante y su labio se estiraba hacia abajo peligrosamente.
- No llores - pronunció con más dureza de la que pretendía y el puchero de Towa se acrecentó. Su labio temblaba. Estiró sus brazos y sus manos hacia él y Sesshomaru entrecerró sus ojos ligeramente al descubrir sus intenciones.
Ese gesto en su cara...
Era irritantemente igual a su madre.
Dejó escapar un leve suspiro y finalmente, rendido, se agachó para limpiar la suciedad de su rostro y la cargó en sus brazos.
Ella se aferró a su cuello con sus pequeñas manos, tan sonriente como si no hubiese estado apunto de estallar en lágrimas hace menos de un segundo atrás y él se dispuso a seguir su camino por el estrecho sendero rodeado de árboles, pero no alcanzó a dar un paso más cuando de pronto sintió un ligero tirón en sus ropas.
Bajó su mirada para encontrarse con el par de ojos que reclamaban su atención.
- Setsuna. ¿Qué ocurre?
- Papá - murmuró ella, estirando su mano también, para alcanzar la suya.
Él la tomó, en silencio, mirándola ligeramente de reojo.
Esa palabra...
Jamás pensó que alguien lo llamaría así alguna vez. No a él. Él no estaba hecho para eso...
O al menos eso era lo que solía creer. Pero ahora, extrañamente, cuando esas dos criaturas la pronunciaban, no se escuchaba extraña en sus oídos, ni mucho menos desagradable. Era un sonido tan cálido y familiar, como la suave risa de cierta castaña...
- ¡Mamá! ¡Mamá! - gritaron ambas al verla aparecer por el sendero.
Rin sonrió ampliamente. Sesshomaru dejó a Towa en el suelo y las dos niñas corrieron hacia ella.
- Hola pequeñas, ¿qué hacen aquí? - les preguntó cariñosamente luego de estrecharlas en un abrazo.
- Te vinimos a buscar - dijo Setsuna.
- ¿Ocurrió algo? - preguntó Rin, ligeramente extrañada -. Es muy temprano todavía.
Las dos negaron.
- Es que... queremos mostrarte algo - dijo Towa.
Setsuna asintió, con sus manos tomadas detrás de su espalda y dibujando círculos en la tierra con un pie distraídamente.
Rin miró a Sesshomaru con cuestionamiento y él sólo levantó ligeramente una ceja, con indiferencia. La castaña sonrió con curiosidad y tomó la mano de su peliblanco, mientras las dos niñas caminaban por delante de ellos de regreso a casa, secreteandose entre ambas y mirándolos hacia atrás de vez en cuando, con Ah-Un siguiendo sus pasos.
Justo antes de entrar a la casa, Setsuna se volteó a ver a Sesshomaru con complicidad.
- Papá... - murmuró entre dientes, "disimuladamente" - lo que acordamos.
Él la miró serio.
- Yo no he acordado nada con nadie.
Las dos inflaron sus cachetes frunciendo sus ceños y Rin soltó una risita.
- ¡Papá!
El peliblanco dejó escapar un leve resoplido y cubrió los ojos de su esposa con su mano, mientras la otra rodeaba su cintura, guiándola hacia adentro.
- ¿Alguien me va a decir qué está pasando? - preguntó la castaña, risueña, pero todo lo que recibió como respuesta fueron las risas y murmullos de sus hijas, mientras los cuatro caminaban adentrándose en la casa.
- Ahora sí - murmuró Towa cuando se detuvieron.
Sesshomaru quitó la mano de su rostro y Rin abrió sus ojos para encontrarse con un pequeño desastre en el piso de la sala de estar. Cajas con fotos desparramadas por el suelo, tijeras, pinturas, pegamento... Y sus dos hijas sosteniendo un cuadro entre sus manos, con fotos de ella, de los cuatro y de su papá.
- ¡Taraaá! - canturreó la peliplata, emocionada -. El señor Jaken nos contó que el abuelo estaba de cumpleaños hoy, y... quisimos hacerle una sorpresa.
- La señora Aneko nos ayudó - agregó Setsuna.
Rin pestañeó un par de veces, en silencio, con su mirada vidriosa. Llevó una mano a su boca y las lágrimas no tardaron en agolparse en sus ojos y caer libremente por sus mejillas.
- Mamá... ¿estás triste? - le preguntó Towa, preocupada.
Ella negó, pero las palabras quedaron atoradas en su garganta. Se sentía demasiado conmocionada aún para poder hablar, pero no podía apartar su mirada de ellas.
- Mamá - Setsuna tiró levemente de su ropa -, si estás triste porque cortamos algunas fotos... ¡Eso fue idea de Towa!
Una risa mitad sollozo escapó de sus labios.
- No, no - negó, con sus ojos cerrados y se agachó para poder abrazarlas -. No estoy triste princesas, estoy muy feliz. ¡Es una hermosa sorpresa! Estoy segura de que... al abuelo le hubiese encantado.
- ¿De verdad? - preguntó Towa, mirándola fijamente con sus ojos grandes y expresivos.
Rin asintió.
- Muchas gracias - susurró y dejó un beso en cada frente -. ¡Ahora vayan a ordenar sus cosas, que ya tenemos que partir!
Las dos asintieron, sonriendo ampliamente, orgullosas, pero antes de que pudieran salir corriendo hacia sus habitaciones, Sesshomaru aclaró su garganta, llamando su atención.
- Dejen todo donde lo encontraron.
- ¡Sí señor! - gritaron las dos, con una mano en sus frentes como dos pequeños soldados, fingiendo seriedad.
Rin rió y el peliblanco las miró a ambas con sus ojos entrecerrados mientras guardaban el resto de las fotos de regreso en la caja y volvían apresuradas a sus habitaciones.
Recién entonces, la castaña se acercó a él y lo abrazó, escondiendo su cara en su pecho.
- Gracias a ti también.
Sesshomaru acarició sus cabellos castaños con ternura.
- ¿Estás bien?
Ella asintió.
- Sí, sólo estoy un poco sensible.
- Está bien, Rin. - Tomó su rostro y limpió el rastro de lágrimas con sus pulgares -. Sabes que no tenemos que ir si no lo deseas.
- No, sí quiero ir, de verdad. Además, las niñas están muy emocionadas por ver a su prima.
Sesshomaru asintió ligeramente y Rin le sonrió con dulzura. Él siempre se preocupaba tanto por ella... y ahora también por sus hijas.
Sesshomaru nunca había sido una persona especialmente afectiva y quizás a veces era un poco estricto con ambas, pero Rin sabía que las amaba, tanto como la amaba a ella. Podía verlo en sus ojos, en ese brillo especial en su mirada cada vez que las veía correr y reír por ahí...
Aunque no lo dijera, sí les demostraba su cariño de otras formas... y cuando se trataba de hablar, ella podía hacerlo por los dos.
- Iré a ver si ya están listas - le dijo la castaña con suavidad.
Dejó su regalo sobre uno de los grandes muebles de la sala de estar y se alejó caminando hacia las habitaciones.
- Towa, Setsuna, ¿ya ordenaron? - les preguntó, al verlas de espaldas a la puerta y de rodillas en el piso revisando algunas de las fotografías de la caja que llevaron con ellas.
Parecían especialmente concentradas intentando descifrar lo que dos de las fotos decían al reverso, pero levantaron su mirada y se giraron rápidamente al escuchar su voz.
Rin caminó hasta quedar frente a ellas y se sentó a su lado en el piso.
- Mami - la llamó la peliplata, sosteniendo las dos fotos con sus pequeñas manos -. Yo... quería ocupar esta foto para el cuadro, porque te ves muy bonita aquí, pero... la señora Aneko dijo que no podíamos ocupar ninguna de estas dos, porque son muy especiales para ti...
Towa se las acercó tímidamente y Rin las tomó con mucha delicadeza en sus manos. Una era la fotografía de sus papás, la que solía usar como marcapáginas y la otra...
- ¿De verdad creen que me veo bonita ahí? - les preguntó.
Ambas asintieron dando varias cabezadas y Rin sonrió con ternura.
Realmente, esa foto era muy especial para ella, por tantas razones...
- ¿Nos puedes decir qué dice ahí atrás? La señora Aneko no quiso... dijo teníamos que preguntártelo a ti... ¿Es importante? ¿Qué significa? ¿Es una historia? Setsuna cree que es un conjuro mágico.
- ¡Towa!
- ¿Qué? Es verdad... Quizás por eso la señora Aneko no quiso decirlo.
Rin soltó una risita.
- Setsuna tiene razón - susurró -. Es magia... Y cuando crezcan un poquito más podrán leerla ustedes también.
Ambas abrieron más sus ojos y se miraron entre sí. Rin sonrió enternecida.
- Mamá... - le habló Setsuna. Su carita parecía un poco preocupada - ¿Ya no estás triste?
- No, princesa. No estaba triste, sólo... estaba muy emocionada.
- Pero sí extrañas al abuelo... Si papá no estuviera, yo también lo extrañaría mucho.
La castaña compuso una débil sonrisa.
- Por supuesto que lo extraño, pero... también sé que... él está muy feliz donde está.
- Me gustaría acordarme de él - dijo Towa, con el ceño ligeramente fruncido -. Mamá y el señor Jaken siempre hablan mucho del abuelo, pero... yo no me acuerdo de cómo era.
- Eso es porque ustedes todavía eran muy pequeñas. Mucho más pequeñas que ahora - contó sonriente -. Tenían sólo algunos días cuando el abuelo las cargó en sus brazos... Y luego tuvo que irse. Seguramente estaba muy ansioso por ir a contarle a la abuela sobre las hermosas nietas que tenían y sobre lo mucho que ya las amaba.
Las gemelas sonrieron con sus mejillas ligeramente sonrojadas. Rin las admiró a ambas. Sus hijas...
Se perdió en esos pares de ojos que la miraban expectantes y en aquel momento el significado de esa lejana y duradera promesa tuvo más sentido que nunca.
Una parte de ambos viviría en ellas, para siempre.
- ¿Y cómo era el abuelo? - le preguntó la peliplata, con sus ojos muy abiertos con curiosidad -. ¿Era tan fuerte como papá? ¿Podía cargarte también?
Rin rió.
- Quizás... cuando era más joven. Pero... no creo que haya sido tan fuerte como su papá.
- Mamá... ¿Crees que nosotras seremos tan fuertes como papá un día?
- ¡Claro que sí! Aunque, ¿saben algo? Las dos ya se parecen mucho a su papá.
- ¿De verdad? - preguntó Setsuna. Rin asintió emocionada -. Towa tiene el pelo como papá, pero yo no...
- Tú tienes su mirada.
- Mentira. Los ojos de papá son dorados. Los míos no.
Rin sonrió con ternura.
- No me refiero al color de ojos - aclaró con suavidad -, me refiero a la manera en cómo miran al resto. Es una mirada muy hermosa... Y además, las dos ya son bastante fuertes, muy valientes, inteligentes y amables también... como papá.
Setsuna se sonrojó.
- Moroha dice que el tío Inuyasha también es muy fuerte... - dijo Towa -. ¿Quién crees que sea más fuerte? ¿Papá o él?
Rin contuvo una risa.
- Papá, por supuesto - respondió rápidamente, mirando de reojo al peliblanco que había llegado a observarlas silenciosamente desde el marco de la puerta, de brazos cruzados y complacido al escuchar su respuesta.
- Sí, papá es muy fuerte - murmuró Setsuna.
- ¡Sí! ¡Nos carga a las dos con un sólo brazo!
La castaña se atragantó con su saliva.
- ¿Que papá hace qué? - preguntó con el ceño fruncido, mirando hacia la puerta.
El peliblanco desvió su mirada.
- Es muy entretenido cuando lo hace... ¡Mamá!, ¿crees que pueda cargarnos a las tres?
Rin negó, intentando ocultar su sonrisa.
- Mejor busquen sus abrigos, princesas, que papá las está esperando.
Acarició sus dos cabezas y se dirigió hacia la puerta.
- Tenemos que conversar seriamente - le dijo al oído a Sesshomaru, con fingida seriedad.
Él frunció su ceño ligeramente.
- No sé de qué hablas - respondió, mientras se alejaba por el pasillo con las niñas siguiendo sus pasos.
Rin negó entre risas y entró en su habitación.
Se sentó a la orilla de su cama, dejó escapar un corto suspiro y guardó la foto de sus papás en el cajón de su mesa de noche, pero se quedó mirando más detenidamente la otra, aquella a la que Towa se refería.
Era del día en que ella y Sesshomaru se habían casado...
Había sido ahí, en esos mismos jardines. Una ceremonia íntima en una tarde de verano sólo meses después del matrimonio de Kagome e Inuyasha.
En la foto, ella reía ampliamente y Sesshomaru la rodeaba con un brazo, posando sus labios en su cien.
Habían pasado algunos años y muchas cosas desde entonces, pero todavía recordaba ese día tan perfectamente...
La forma en que los rayos de sol calentaban su espalda mientras caminaba del brazo de su papá, el calor de sus manos temblorosas y el débil sonido de su risa. El viento tibio de la tarde, el olor a agua del lago y hierba verde. El brillo en los ojos dorados del hombre que tanto adoraba, la manera en que su corazón había latido con fuerza al escuchar sus palabras y el sonido de su voz...
Incluso recordaba cómo se sentía la sombra fresca bajo los árboles donde había prometido amarlo para siempre y el suave sabor de sus labios cuando se juntaron con los suyos al sellar su promesa.
Sonrió al recordar también el momento en que su papá le había entregado aquella foto, días después...
- Te tengo un regalo - le había dicho. Sus labios compusieron una tierna sonrisa pícara en su rostro pálido, cansado y arrugado -. Ya es momento de que cambies esa vieja foto que ocupas en tus libros...
- Papá...
Él negó y sacudió su mano con despreocupación.
- Estás hermosa - le había dicho, luego de dejar un beso en su cabeza -. A tu mamá le hubiese encantado.
Inconscientemente acarició la foto con sus dedos y la giró para poder leer una vez más las palabras ahí escritas con letra trémula e inconsistente, como las palabras de un viejo encantamiento.
Esas palabras que de verdad se sentían como magia...
"Mi Princesa, espero que sigas riendo y amando como lo has hecho hasta ahora, espero que recibas miles de besos en tu frente y que siempre tomen tu mano con ternura. Espero que sepas que a veces está bien estar triste, ir despacio y tener miedo, pero que nada de eso te detenga y menos cuando se trate de hacer lo que te apasiona. Espero que siempre encuentres un abrazo cuando la vida no va bien y que sepas que no siempre hay que ser fuerte. Espero que a su lado puedas cerrar los ojos y dejarte llevar, que te ame tanto como lo hago yo y si es posible, todavía más".
Sonrió suavemente y con mucha delicadeza guardó la foto en su cajón. Miró hacia adentro por cortos segundos antes de cerrarlo y luego se volteó hacia la gran ventana de su habitación, sorprendida al escuchar el sonido de la lluvia y recordar que era una mañana de finales de otoño y no la cálida tarde de verano en la que pensaba.
Buscó su abrigo y su bolso y finalmente salió de la habitación.
Caminó sin prisa hacia la salida y justo en el recibidor se encontró con su peliblanco, esperando por ella.
Él estaba tan guapo como siempre. A veces incluso tenía la impresión de que con los años se ponía cada vez más apuesto, como si eso fuera posible.
Al llegar a su lado, sus ojos dorados la analizaron detenidamente.
- ¿Y las niñas? - preguntó la castaña al notar que estaba solo.
- Las mandé al auto con Jaken.
- Pobre señor Jaken - murmuró divertida.
- ¿Llevas todo, Rin? - preguntó él con voz suave, acercándose más a ella.
Rin asintió, esta vez sin pensarlo mucho.
Sesshomaru tomó su mentón, levantando su mirada y acarició su mejilla. Dejó un mechón de sus cabellos castaños detrás de su oreja y Rin cerró sus ojos ante su cercanía. Sesshomaru la atrajo hacia él y dejó un suave beso en sus labios y luego otro en su frente, como si de alguna manera supiera que aquello era justo lo que necesitaba en ese momento.
Y probablemente lo sabía.
Él siempre sabía como hacerla sentir mejor...
- Papá está besando a mamá - dijo una vocecita a pasos de los dos y luego se escuchó una risita contenida.
Sesshomaru frunció su ceño y Rin rió.
- Creí haber dicho claramente que me esperaran en el auto, con sus cinturones puestos.
Jaken llegó corriendo apresurado hasta ellas, con su respiración agitada y una mano en el corazón.
- ¡Señor Sesshomaru! Sólo me descuidé un segundo, mientras guardaba los bolsos en el auto... ¡Y estás niñas desaparecieron! - las miró con el ceño fruncido -. Pobre de ustedes que vuelvan a arrancar del gran Jaken. ¡Yo no soy el niñero de nadie!
- Lo sentimos señor Jaken - dijo Towa, ocultando su sonrisa -. Es que recordamos que teníamos que preguntarle algo a mamá y papá.
- ¿Qué ocurre? - preguntó el peliblanco secamente, mirándolas con sus ojos entrecerrados mientras las dos tomaban sus manos detrás de su espalda, removiéndose inquietas y batiendo sus largas pestañas.
- ¿Podemos... llevar a Ah-Un a casa de los abuelos? ¡Queremos que conozca a Moroha!
- Oh, princesas... quizás para una próxima vez - dijo Rin -. Primero deberán preguntarle a la señora Izayoi si es que lo recibe en su casa y luego...
- ¡La vez anterior el abuelo Toga dijo que podíamos llevarlo cuando quisiéramos! - dijo Towa apresuradamente.
- Sí, sí, es verdad - agregó la pequeña castaña -. Dijo que le tenían una cama especial y todo.
- Uhm, en ese caso... - murmuró Rin.
- No voy a subir al animal a mi auto, Rin - espetó el peliblanco en voz baja a su oído. Rin intentó contener una risotada.
- ¿Entonces puede ir en el otro auto, con el señor Jaken? - le pidió con la misma cara que sus hijas tenían en aquel momento, en un susurro bajo.
Sesshomaru bufó.
- Espero que "la cama especial" que le tienen sea la cama de Inuyasha - dijo irritado, mientras caminaba hacia el auto.
La castaña rió.
- Está bien, pequeñas, Ah-Un puede venir con nosotros, pero tendrá que irse con el señor Jaken.
- ¡¿Kyaa?! ¿Y por qué esa gigante bola de pelos tiene que ir conmigo?
- Y tienen que prometer que lo cuidarán y se harán cargo de él - continuó Rin, ignorando los quejidos del hombrecito.
- ¡Lo prometemos, mamá! ¡Lo prometemos! - respondieron las dos, saltando y gritando.
El viaje a la ciudad fue cargado de risas, alborotos, retos y muchas preguntas, como de costumbre. Solía ser agotador, sí... Pero Rin atesoraba cada uno de esos momentos en lo más profundo de su corazón, porque sabía que ya no estaba sola, que ya nunca más lo estaría.
Finalmente a ambas pequeñas les ganó el sueño y de un momento a otro ya no hubo más juegos ni palabras, sólo silencio. Un silencio tranquilo y acogedor, interrumpido únicamente por el sonido de la lluvia chocando en el parabrisas.
Sesshomaru miró por el espejo retrovisor y, al comprobar que sus hijas dormían, dejó una mano sobre la pierna de su esposa y la acarició suavemente con su pulgar, sacándola de sus pensamientos.
Rin se giró a mirarlo, con sus ojos cafés tan brillantes y transparentes que parecieron absorberlo todo a su alrededor y sin dudarlo le regaló una de esas sonrisas que él tanto amaba, de esas que lo dejaban sin palabras y a las que el tiempo no se atrevía a tocar...
- Lo que les dijiste hace un rato... - habló él de pronto, con voz seria, manteniendo su mirada al frente -. En realidad se parecen más a ti - admitió -. Y espero que siga siendo así.
Rin estiró su mano y acarició el contorno de su rostro con ternura y delicadeza, sin poder borrar aquella sonrisa de su rostro.
- ¿Aunque eso signifique que tendrás que lidiar con dos personitas más como yo, pero con mucha más energía?
Los labios del peliblanco se curvaron muy ligeramente hacia arriba, en una tenue sonrisa.
- Lidiar con ustedes tres es todo lo que quiero, Rin.
La castaña abrió más sus ojos al escucharlo y luego sonrió, enternecida.
- Te amo, Sesshomaru.
En ese momento comenzó a llover más fuerte...
Otro invierno estaba por comenzar, pero eso a Rin ya no le preocupaba.
A su lado, los inviernos ya no se sentían tan fríos.
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