Cap. 53: Primavera
Sesshomaru se sentó en su cama y, antes de acostarse, revisó su teléfono una vez más. Ya era tarde, con la diferencia horaria probablemente Rin debería estar levantándose.
Todos estos días lo había llamado a esa hora, cuando despertaba, para preguntarle cómo había estado su día y desearle las buenas noches. Lo había hecho toda la semana, desde que se separaron... excepto ayer.
Mentiría si dijera que no había estado esperando su llamada; era curioso cómo alguien podía tener tantas cosas que decir apenas despertando y, además, luego de pasarse el día en interminables y tediosas reuniones, escucharla a ella... era algo que le gustaba hacer.
Pero anoche, finalmente el cansancio y el sueño pudieron más con él y cayó dormido sin saber nada de ella. Esa mañana amaneció con un mensaje de disculpas, diciéndole que lo extrañaba, deseándole un buen día y suerte en sus reuniones, pero por alguna razón... a él le pareció que algo no andaba bien.
No supo más de ella en todo el día; sabía que debía estar bastante ocupada, al igual que él, pero también mentiría si dijera que no había revisado su celular en varias ocasiones, esperando encontrarse con algún otro mensaje o alguna llamada, pero no fue así y, al parecer, esta noche también se dormiría sin escucharla.
Dejó escapar un leve resoplido y dejó su teléfono a un lado. Si algo ocurría con ella, ella misma se lo diría y si no, bueno... entonces no había más que él pudiera hacer. No era un maldito perro esperando impaciente a su dueño.
Frunció su ceño ligeramente, con más extrañeza que molestia por su ausencia o incluso por su propio comportamiento y finalmente apagó la luz de su mesa de noche.
Era difícil de ignorar la sensación que rondaba en su pecho... algo le decía que debería estar a su lado en este momento.
***
La castaña bajó su mirada opaca y cansada para ver a su mascota, que caminaba sin despegarse de su lado por los jardines.
Ladeó su cabeza ligeramente, enternecida. Cada vez que salían juntos al aire libre, Ah-Un solía correr por todos lados, jugando o espantando a cualquier animalito que anduviera por ahí, pero ahora sólo parecía seguirla, curiosamente tranquilo, como si no quisiera dejarla sola. Como si pudiera darse cuenta de que había algo diferente con ella.
Como si pudiera saber que algo le dolía.
Sin notarlo, dejó escapar un suspiro apenas llegaron a la casa. Se arrodilló a su lado y acarició con cariño su cuello y su cabeza antes de abrir la puerta para entrar.
- Buen chico - susurró con una débil sonrisa -. ¿Estás seguro de que no quieres quedarte afuera un poco más?
El animal sólo movió su cola mirando hacia el frente, esperando a que ella abriera. Ambos entraron en la casa, Rin se quitó sus zapatos y vio a su padre acercarse con su paso lento y pausado.
No pudo evitar reparar en que estaba quizás más delgado que hace un año y su apariencia era evidentemente más frágil, ¿acaso no lo había notado antes?
Aunque... su mirada parecía más tranquila.
- ¿Cómo te sientes, papá?
Él aclaró su garganta y sonrió al verla.
- Hoy mucho mejor, princesa... ¿y tú? ¿Has descansado algo?
Rin asintió y esbozó una débil sonrisa que no alcanzó a sus ojos.
- Estoy bien.
- Hay un lindo día, ¿no? - comentó el hombre, mirando hacia la ventana. Tosió levemente y luego volvió a ver a su hija -. Venía a decirte que... saldré a comprar algunas cosas con el señor Jaken, aunque no creo que nos tome mucho tiempo... así que probablemente estaremos de regreso antes de que te vayas.
- ¿Qué necesitas? - le preguntó ella con el ceño levemente fruncido con preocupación -. Puedo ir yo, no creo que sea muy buena idea que salgas.
- No te preocupes, hija... Además, creo que salir me hará bien para despejarme un poco, ¿sabes?
- Entonces iré con ustedes.
Él negó con calma.
- No es necesario, princesa... tú ya has hecho más que suficiente, ayer te quité todo el día con esa visita al doctor... debes estar cansada y ahora tienes que preparar tus cosas para ir a la ciudad, no quiero retrasarte.
Rin dejó escapar un corto suspiro.
- Si, sobre eso... - murmuró -. No creo que...
- Rin - habló su padre, con su voz más seria que antes, deteniéndola cuando comprendió lo que diría -. Ya conversamos sobre esto, ¿no? Te dije que... no quería que dejaras de hacer tus cosas por mi. Antes estabas muy emocionada por ir a ayudar a la señorita Higurashi, ya quedan pocos días para su boda, así que... deberías ir.
- P-pero, papá...
- No, sin peros - la frenó y se acercó a abrazarla -. Ya hemos pasado suficiente como para que esto nos detenga, ¿no crees? Eres joven y fuerte, no quiero que pierdas un año quedándote aquí, hija. No quiero que dejes de lado las cosas que te gustan; tu trabajo o tus amigos... La vida sigue - besó su frente y la miró a los ojos -. No te estanques... No la dejes pasar.
La castaña tragó el pesado nudo en su garganta y asintió, en silencio.
Su padre la estrechó por última vez entre sus brazos y luego de despedirse, ella caminó lentamente hasta la sala de estar y se dejó caer en uno de los grandes sillones que había frente a la chimenea, como si de pronto se le hubiesen agotado todas las fuerzas.
Ah-Un se sentó a su lado, con su cabeza apoyada en sus piernas y Rin dejó salir el aire que tenía retenido en sus pulmones; lentamente, en un suspiro trémulo y doloroso.
Agachó su mirada, en completo silencio, y las lágrimas no tardaron en agolparse en sus ojos.
No se sentía fuerte, aunque quería serlo...
En esos momentos, no podía evitar sentirse nuevamente como aquella adolescente... sola y perdida.
Mordió su labio y cerró sus ojos con fuerza cuando de pronto sintió la puerta abrirse a su espalda y pasos acercándose a ella. Se apresuró en limpiar su cara con ambas manos y las mangas de su ropa; se enderezó en el sillón y aclaró su garganta antes de hablar, aún sin voltearse:
- ¿Qué se te olvid...?
Un grito ahogado escapó de sus labios cuando se giró al sentir una mano tocando su hombro. Su corazón se aceleró y sus ojos brillantes se abrieron con asombro.
Ah-Un gruñó defendiéndola, alerta por su reacción, y él miró al animal con el ceño fruncido.
- Sesshomaru... - susurró Rin, reteniendo a su mascota para tranquilizarla y pestañeando varias veces, como si no pudiera creer lo que veía - ¿Q-Qué haces aquí? Sólo... ha pasado una semana...
- Quería verte.
Sus ojos se abrieron aún más y su boca cayó de la impresión.
- ¿Qué...? ¿Qué dijiste? - preguntó sorprendida, aún sabiendo que él no se repetiría.
- ¿Estás bien, Rin?
La castaña asintió, dando varias cabezadas, en silencio, aún demasiado conmocionada para poder hablar y Sesshomaru rodeó el sillón y echó al animal para sentarse a su lado. Tomó su mentón y, levantando su mirada, analizó detalladamente sus mejillas sonrojadas y sus preciosos ojos vidriosos, con su expresión seria e inescrutable, como siempre.
- Mientes - dijo bajo, recordando su vocecita suave y cantarina cada vez que ella le decía lo mismo a él.
Rin lo miró fijamente a los ojos, esbozando una sonrisa aturdida e incrédula y, sin pensárselo más, lo abrazó, escondiendo su rostro en el firme refugio que era su pecho. Se aferró a él con tanta fuerza, como si intentara convencerse a ella misma de que no era un sueño. De que realmente él había llegado ahí, con ella, justo cuando más lo necesitaba.
Y entonces, sintió como si, de pronto, un remolino de emociones hubiese golpeado su pecho... y no pudo contenerse más. Sus lágrimas empaparon la pulcra camisa que él llevaba, mientras su pequeño cuerpo se estremecía con cada sollozo.
Y él, ligeramente desconcertado, tardó algunos segundos en corresponder a su abrazo; la apresó lentamente, en silencio, acarició su espalda y sus cabellos castaños mientras Rin lloraba en la calidez de sus brazos y, como pocas veces antes, se sintió verdaderamente impotente... porque en el fondo sabía muy bien que no había nada más que pudiera decir o hacer para hacerla sentir mejor.
- Lo siento - murmuró la castaña luego de algunos minutos. Él sólo guardó silencio mientras ella se separaba levemente de él y limpiaba sus lágrimas con una mano, en silencio y sin levantar su rostro.
Tomó aire y justo cuando pensaba en alguna explicación que dar por su repentino quiebre, se quedó viendo algo que sobresalía del bolsillo de la camisa del peliblanco.
- ¿Qué... traes ahí? - le preguntó con curiosidad y en un intento por despejarse.
Él bajó su mirada y recién pareció recordarlo.
- Nada - sacó la pequeña flor de su bolsillo y se la entregó -. Era para ti.
- ¿Para mi? - preguntó Rin casi extrañada y aunque él no dijo nada más, ella sonrió ampliamente, verdaderamente emocionada, con sus ojos aún brillantes... y en ese exacto momento el peliblanco sintió como su frío corazón daba un vuelco.
¿Algo tan sencillo bastaba para hacerla sonreír?
Verdaderamente, Rin... era luz aún en sus peores días.
- Gracias Sesshomaru... - murmuró ella, con sus mejillas fuertemente sonrojadas, tomando la flor de cerezo con tanta delicadeza como si fuera lo más valioso y frágil que había sostenido entre sus dedos -. Ya florecieron... no lo había notado.
- Todavía no hay demasiadas.
La castaña rió dulcemente entre lágrimas, tomó su rostro y besó su mejilla, justo en la comisura de sus labios, con tanta ternura que él se sintió descolocado.
- Me trajiste la primavera - susurró.
Sesshomaru sólo acarició su mejilla, cuestionándose si en ese momento su expresión estoica reflejaría lo que ese beso y su sonrisa habían hecho de él, aunque... como nunca antes, no le interesó que así fuera. Esa pequeña criatura entre sus brazos, que le sonreía aún con las lágrimas desbordando de sus ojos... lo había desarmado.
Rin se acercó más a él y tomó su mano grande entre la suya, entrelazando y jugueteando con sus dedos.
- Sesshomaru, yo... - murmuró de pronto, pero un nudo en su garganta no la dejó continuar.
- Hablaste con tu padre.
Ella asintió con una parca cabezada, sintiéndose extrañamente aliviada al no tener que dar más explicaciones.
- Al parecer tú también...
- Me lo dijo el día que vinieron Inuyasha y Kagome - comentó él -. Pero no me correspondía a mi ser quién te lo dijera.
La castaña esbozó una sonrisa triste y rota.
- Está bien, lo sé, no te preocupes, él... también me dijo eso - murmuró, acariciando sus largos dedos con la yema de los suyos y luego lo miró con su cabeza ligeramente ladeada, con confusión -. Es que... pensé que quizás habían hablado de nuevo y por eso... habías regresado.
Sesshomaru negó. Rin abrió su boca para volver a preguntar, pero antes de hacerlo, su voz resonó en su cabeza...
"Quería verte".
Sonrió y sólo lo abrazó nuevamente, completamente rendida y apoyando su mejilla en su pecho.
- Siento no haberte dicho nada, es sólo que... sabía que si te llamaba me pondría a llorar... - farulló apenada - no quería preocuparte, sé que tenías mucho trabajo y... no lo sé, ahora me siento tonta al decirlo, tú estás aquí y yo...
- No digas eso.
Rin dejó escapar un suspiro y un corto silencio los invadió.
- ¿Cómo lo haces, Sesshomaru? - preguntó ella en voz baja, casi inaudible.
Él se separó ligeramente para poder verla a los ojos y comprender a qué se refería, y las mejillas de Rin se sonrojaron al sentir su intensa mirada sobre ella, exigiendo una explicación.
- ¿Cómo lo haces para llegar cada vez que te necesito? - aclaró, en un suave susurro.
Sesshomaru esbozó una leve sonrisa de lado al escucharla; sin ironía ni malicia, fue sólo una sonrisa, casi imperceptible, de esas que sólo Rin conocía, y tomó la flor de sus dedos para dejarla con suavidad detrás de su oreja, en una tierna caricia.
La castaña sonrió tímidamente, con sus mejillas aún más sonrojadas que antes, y él... hubiese podido jurar que jamás había visto nada tan hermoso como a ella en ese momento.
Más aún cuando la vio acercarse a él lentamente, para dejar un casto beso en sus labios. Fue sólo un suave y tímido roce entre ambos, un roce cargado de agradecimiento y necesidad, tan puro como ella. Y él, que supo leer las silentes palabras detrás de ese gesto, le correspondió de la misma manera; sin segundas intenciones escondidas, sólo con una caricia inocente en sus labios, pero esa suave caricia fue suficiente para que ambos pudieran sentir aquella conocida sensación en sus cuerpos, esa electricidad recorriéndolos.
Para que ambos pudieran comprender cuánto se necesitaban; cuánto se habían hecho falta.
Rin rodeó su cuello con sus brazos, permitiéndole profundizar su beso, lento y tortuoso, y él sólo se dejó llevar por la dulzura de sus labios; permitiéndole tener el control, posó sus manos en su cintura y sus dedos se adentraron lentamente por su ropa, rozando la suave piel de su abdomen.
La castaña dejó escapar un suspiro cuando sintió su piel erizarse bajo su tacto y él, inclinando su cuerpo grande sobre ella, la ayudó a recostarse por completo en el sillón.
- Ya te lo dije una vez, Rin - susurró, rozando sus labios con su voz tan grave y profunda que ella se sintió estremecer -. No voy a dejarte sola.
La castaña susurró su nombre con sus ojos cafés empañados, vidriosos y enternecidos, y Sesshomaru volvió a hacerse de sus labios, delirante y embriagado de su sabor, como un maldito adicto.
Las manos pequeñas y curiosas se colaron tímidamente bajo su camisa, buscando sentir su calor y acariciando lenta y concienzudamente cada músculo de su torso y de su espalda, tensada para no abalanzarse sobre ella, y Rin gimió cuando de pronto sintió su dureza presionando contra sus muslos.
Movió sus caderas, con su mente nublada, jadeando y buscando sentirlo aún más y él se lo permitió, juntando sus cuerpos por completo, presionando aún más contra ella mientras su lengua profanaba toda la dulzura de su boca.
De pronto se sintieron los pasos de Ah-Un yendo hacia la salida y Rin dio un sonoro respingo y lo apartó con suavidad.
- Llegaron - murmuró, terriblemente sonrojada y Sesshomaru contuvo el gruñido que quiso escapar de su garganta cuando recordó que Rin no vivía sola en esa casa.
Luego de acomodar su ropa y respirar profundamente, intentando calmar los latidos desbocados de su pulso, arqueó una ceja al verla caminar con nerviosismo y ansiedad de un lado a otro.
- No se lo has dicho - asumió, serio y con un tinte de curiosidad en su voz que no se alcanzó a escuchar.
Rin se detuvo y lo miró por debajo de sus largas pestañas, en un adorable y exquisito puchero.
- N-no - admitió -. Aún no.
- Está bien si no quieres hacerlo, puedo decirle que estoy aquí por algo más - aceptó, mientras se ponía de pie, quedando mucho más alto que ella, y se aprovechó de su porte y de su nerviosismo para echar sus cabellos castaños hacia atrás y dejar un húmedo beso justo en el espacio entre su hombro y su cuello. Y se sintió como una maravillosa tortura.
Rin abrió sus ojos, más sonrojada aún.
- N-no es necesario - balbuceó, retomando su caminar nervioso -. Hablaré con él - decidió -. De todas formas... ya iba a decírselo antes, pero... no pude.
- Como quieras.
La castaña le sonrió tímidamente y él la admiró sutilmente de reojo.
- ¿Vendrás conmigo esta noche, Rin?
Ese tono, esa voz... esa pregunta había sonado tan condenadamente sensual que sus piernas temblaron al escucharlo y sintió arder la piel sensible de su cuello, justo donde él había dejado aquel malvado beso, como si todo su cuerpo le rogara por más.
Pero, cuando abría su boca para aceptar, completamente rendida ante él - una vez más -, recordó algo que hizo que sus facciones se fruncieran en un mohín.
- ¡Mierda! - masculló y él la miró con el ceño fruncido y un muy ligero tinte de diversión en sus ojos dorados.
- ¿Qué?
- L-lo había olvidado por completo... n-no puedo irme contigo - murmuró con la mirada agachada -. Le prometí a Kagome que me quedaría con ella esta noche, para ayudarla con los últimos preparativos para su boda... además, como es la última semana antes, con Inuyasha decidieron dormir separados, así que estará sola - el peliblanco arqueó una ceja ante esa información que no necesitaba saber - y me matará si la dejo plantada a última hora... - frunció su boquita en una mueca de preocupación -. Pero tú viajaste para estar aquí y quizás... si hablo con ella...
- Rin.
- Probablemente lo entenderá, no creo que se enoje, aunque... debe tener mucho que hacer con tan poco tiempo - siguió diciendo, sin escucharlo, caminando a vueltas por la sala -, aunque también estará Sango... pero quizás está nerviosa y yo también me comprometí con ella... y quiero... quiero...
- Rin.
- ¿Uhm? - preguntó, parándose a verlo con sus ojos cafés tan expresivos, evidentemente aproblemados por algo tan sencillo.
- Haz lo que tengas que hacer. Ya tendremos tiempo.
- ¿D-de verdad? - Él asintió - ¿No estás molesto conmigo?
- ¿Por qué debería?
Ella sonrió ampliamente, pestañeando varias veces y el peliblanco pudo ver como se acercó a él, con la intención de besarlo, pero se arrepintió a última hora, cuando sintieron la puerta abrirse a sus espaldas.
Sesshomaru maldijo por lo bajo.
- ¡Amo Sesshomaruuuu! ¡Me pareció haber oído su voz!
- Señor Jaken - murmuró Rin nerviosa y luego miró a su padre que entraba tras él en ese momento - ¡Papá!, ¿cómo les fue?
- Hola princesa, bien, gracias - contestó amablemente y luego dirigió su atención al peliblanco, que se encontraba de pie junto a su hija.
Él se veía tan serio como siempre, pero Rin... ella se veía muy diferente a como la había dejado tan sólo hace un par de horas atrás. Sus ojos brillaban, pero... no tristes, ahora no. Reparó también en sus mejillas sonrojadas y en la flor que adornaba sus cabellos castaños y rebeldes... y no pudo evitar sonreír.
- Joven Sesshomaru, qué sorpresa, no esperaba verlo aquí... ¿A qué se debe su visita? - preguntó, con fingida ingenuidad.
- Vine a ver a Rin.
El hombre asintió calmadamente, complacido con la sinceridad, mientras la castaña movía sus dedos con nerviosismo a los costados de su cuerpo. Al peliblanco le pareció adorable, aunque... lo entendía. Entendía los motivos de su ansiedad.
- Oh, ya veo... Pero, el señor Jaken me había comentado que su viaje duraría al menos una semana más ¿no es así? - preguntó con su cabeza ligeramente ladeada - ¿Ocurrió algo?
- No. Todo está bien.
- Comprendo... - sonrió levemente y volvió su mirada hacia su hija - Rin, ¿ya alistaste tus cosas para ir donde la señorita Higurashi?
La castaña negó sacudiendo su cabeza, con su mirada inquieta.
- Aún n-no, pero...
- ¿Por qué no vas, princesa? Mientras tanto el joven Sesshomaru me ayudará a traer las cosas que compramos.
- Papá, yo... ehem, ¿podríamos... hablar antes?
- No te preocupes, hija, ya hablaremos. Ve o se te hará tarde.
- Papá... ¿me estás mandando a mi habitación? - preguntó extrañada, con el ceño fruncido. El hombre asintió.
Rin miró a su padre con sus ojos muy abiertos y al ver que no cambiaría de opinión, dirigió su mirada a Sesshomaru, con un gesto de disculpas.
- Suerte - murmuró por lo bajo, sin saber qué más hacer y salió caminando apresurada, sin estar completamente segura de a quién de los dos debía tenerle más miedo por esa conversación.
- ¿Me acompaña? - le preguntó el hombre al peliblanco.
Él asintió con tranquilidad.
- No estará pensando en hacer a mi amo cargar con todas esas bolsas, ¿verdad? - le preguntó Jaken, preocupado -. Que falta de respeto, yo lo haré amito, no se preocupe...
- Jaken - habló Sesshomaru, ya caminando hacia la salida, de espaldas a él -. Danos unos minutos.
El hombrecito se quedó ahí de pie, viéndolos alejarse, con su mirada confundida.
Takahashi soltó una débil risotada cuando cruzaron la puerta.
- El señor Jaken es todo un personaje, ¿no? Estaba un poco deprimido por no haberlo acompañado en su viaje... - comentó -. A propósito, ¿cómo le fue en Alemania, joven Sesshomaru?
- Bien. Aunque probablemente deba regresar en algunas semanas.
- Ya veo... - aclaró su garganta suavemente -. Leí que... finalmente su hermano se había quedado con la presidencia del conglomerado. ¿Usted seguirá como director en la fábrica? Sería una lástima que lo dejara, Rin me ha comentado que tiene mucho talento.
El peliblanco lo miró ligeramente de reojo.
- Compré las acciones, ahora la fábrica es mía - contó -. Estoy revisando la posibilidad de una ampliación y dedicarnos exclusivamente a la gama alta.
- Me alegro... autos de lujo - rió suavemente -. Le pega.
- Rin mencionó que usted también se interesaba en esta área.
- Oh, no... yo sólo era un aficionado, joven Sesshomaru... pero de autos en general. Creo que es una de las pocas cosas en las que Rin salió a mi. En todo lo otro... es muy similar a su madre.
- Ella habla muy bien de usted.
- Es porque en esos momentos era muy pequeña para notar que en realidad no era la gran cosa. Ahora ella sabe mucho más de lo que yo alguna vez supe... - sonrió -. Puede llegar a ser muy terca algunas veces, ¿sabe? Recuerdo que una vez... cuando era pequeña, me insistió tanto para que le enseñara a conducir, que finalmente terminé aceptando, ¡ni siquiera sé cómo lo logró! Fue una tontería... era tan chica que con suerte alcanzaba los pedales. Mi esposa casi me mató cuando tuve que contarle que habíamos chocado el portón.
El peliblanco soltó un ligero bufido por la nariz, casi como una silenciosa risa.
- Si, me lo contó - dijo, mientras tomaba las bolsas del auto para regresar.
- Gracias por ayudarme, joven Sesshomaru... mis huesos viejos ya no me permiten hacer muchas cosas - comentó, mirando sus manos temblorosas.
Sesshomaru asintió tranquilamente.
- Pero no me pidió que lo acompañara sólo para eso.
Takahashi rió.
- A usted no le gusta perder el tiempo, ¿no es así? - El peliblanco guardó silencio -. Bueno, en ese caso... agradezco que se haya tomado las molestias de escuchar las palabrerías de un viejo jubilado... pero no lo llamé aquí para lo que usted cree. No voy a someterlo a ningún interrogatorio ni nada por el estilo - rió -. Sólo quería pasar algo de tiempo con usted, antes de que se marchen... No tenemos la oportunidad de conversar muy a menudo, ¿no cree? No de cosas agradables, al menos...
Sesshomaru lo miró de reojo, con el ceño fruncido, como si no comprendiera del todo sus palabras.
Takahashi negó entre risas y se encogió de hombros.
- No me mire así, joven Sesshomaru... aunque no lo crea, le tengo aprecio.
Por alguna razón, las palabras de Rin llegaron a su cabeza justo en ese momento...
"- ...estoy segura de que te va a querer si alguna vez lo conoces.
- ¿Cómo puedes estar segura de eso? - le había preguntado él.
- Sé que te va a querer porque yo te quiero, y porque... me haces feliz".
Rin...
- No creí que estaría de acuerdo con esto - dijo serio de pronto, luego de algunos segundos de silencio. Y luego aclaró -: con que estuviera cerca de ella.
El hombre dejó escapar un suspiro.
- Sé que una vez le dije que su mundo le hacía mal, pero debe entender que fue un momento difícil para mi. Estaba asustado... y de todas formas, ya no lo veo así. Realmente usted... dejó todo por Rin - sonrió débilmente y una suave tos escapó de su boca -. Además, ya le dije una vez que... si mi hija decidía o no regresar a su lado, esa sería únicamente su decisión, no mía. Así que no importa realmente lo que yo piense.
- Pero lo que usted piense es importante para ella.
Takahashi negó.
- Sé que Rin lo ama y, aunque yo no lo entendiera... o aunque nadie lo entendiera en realidad, sé que aún así, eso no importaría. Muchas veces... el amor más absurdo es el amor más verdadero. Amar a alguien cuando hay muchas razones para hacerlo, es muy fácil, ¿no cree? Pero... amar a alguien a pesar de algo, es una historia completamente diferente. Conocer todo de alguien, incluso sus defectos y amarlos también... eso es especial, es puro... y no es tan fácil de encontrar.
Él mayor se giró a ver al peliblanco antes de entrar y pudo reconocer un extraño brillo en sus ojos dorados siempre tan serios.
- Pero no tiene de qué preocuparse, joven Sesshomaru... yo sé que usted la hace feliz y también sé que... jamás dejará que nada malo le ocurra, ¿no es así?
- Jamás.
El hombre sonrió tranquilamente.
- Me alegra escucharlo.
- ¡Ay, pero por todos los dioses, amo Sesshomaru! - gritó Jaken, al verlo entrar cargando todas las bolsas -. Por favor, permítame ayudarlo.
El peliblanco las dejó caer sobre él y Takahashi soltó una débil risotada mientras negaba.
- Usted se lo buscó, señor Jaken.
La castaña, que los esperaba impaciente, llegó a despedirse apenas los sintió entrar, con el bolso ya sobre su hombro y su abrigo en las manos.
- Ya debo salir o se me hará muy tarde - comentó.
- Si, princesa. Anda y, por favor, dale mis saludos a la señorita Higurashi - dijo su padre mientras la abrazaba -. Espero verlo pronto, joven Sesshomaru.
El peliblanco se despidió con un ligero asentimiento.
- ¿Me vas a contar sobre qué hablaron? - le preguntó Rin una vez que iban camino a la ciudad, batiendo sus largas pestañas e inclinándose sobre él con un puchero de pura manipulación.
Él arqueó una ceja al verla por el rabillo del ojo.
- No.
- ¡Oh, vamos! ¿Por qué no?
- Porque no.
- Esa no es una respuesta, Sesshomaru - murmuró entre dientes, cruzando sus brazos y volviendo su mirada al frente -. ¿Puedes al menos...?
Lo que sea que haya querido pedirle no alcanzó a salir de sus labios. El peliblanco detuvo el auto y en un abrir y cerrar de ojos se abalanzó sobre ella, en un movimiento tan ágil y certero como el de un depredador, y se abrió paso en su boca sin ni un escrúpulo.
Rin sólo pestañeó un par de veces, mientras esa lengua experta y pecaminosa la invadía y se apoderaba de ella y, completamente derretida, cerró sus ojos y apoyó sus manos en su pecho, olvidando por completo dónde estaban, adónde iban o qué hablaban.
Sólo se dejó besar por él, como tanto le encantaba que hiciera.
Y Sesshomaru, malvadamente, la atrajo más hacia su cuerpo, aferrándose a ella con firmeza, justo antes de soltarla y volver a su lugar. Encendió el auto nuevamente y siguió como si nada hubiese ocurrido.
Rin lo miró con sus ojos muy abiertos, abrió su boca y la volvió a cerrar, y dejó escapar un resoplido al verlo sentado tan calmado e Imperturbable.
- ¿Q-Qué...? ¿Qué fue eso? - preguntó, completamente sonrojada, descolocada y fundiéndose en el asiento, con su pulso alborotado -. Ya te dije que... no podías hacer eso cada vez que... quisieras callarme.
- No fue para callarte.
- ¿Y entonces? Se puede saber por qué...
El peliblanco sonrió ligeramente de lado y Rin se sonrojó todavía más.
- Porque puedo.
La castaña lo miró incrédula y negó mientras reía.
Él la admiró disimuladamente de reojo, sintiendo como una extraña sensación llenaba su pecho. Calma, quizás... o algo diferente.
Su corazón latía tranquilo.
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