Capítulo 8
—¿Qué pasa? —pregunto por fin mientras mi madre se levanta haciendo arcadas, pero ninguno responde—. ¡Deja de mirarme así papá! ¿Qué está pasando?
Mi madre ha dejado de vomitar y mi padre de darle golpecitos al muro de concreto. Luego, levanta un sobre de manila con algo que parecen unas manchas de ketchup.
—¿Qué es eso? —inquiero.
—¿Por qué no me lo dices tú, Allison? —espeta, antes de tirarme el sobre, el cuál tomo entre mis manos y empiezo a abrirlo. Algo me dice que no lo haga, pero igualmente termino por registrar su contenido y siento como si alguien me diese un puñetazo en el rostro. El sobre está lleno de fotos de Fred y yo, en todos los ángulos posibles, mientras nos besuqueábamos en el callejón que queda detrás de la Universidad. Se ven claramente nuestras caras, nuestras manos buscando la piel del otro y la poca ropa que ambos llevábamos. ¿Cómo mierda puede ser esto posible si ese era nuestro lugar secreto?
Mientras los ojos de mis padres escupen rabia, me doy cuenta que creíamos que era un lugar donde nadie nos veía, pero en realidad éramos como animales de circo que posaban felices para cualquier detective privado, o incluso para cualquier ingenuo con una cámara. Siento ganas de echarme a llorar.
—Explícame eso, pequeña —dice, haciendo énfasis en la última palabra y acercándose a mí. Mi madre, en cambio, se queda parada en la puerta con ojos llorosos y negando con la cabeza.
—Yo... —titubeo, antes de sentir la fuerte cachetada que me da mi padre. Hace años que no recibía un golpe por parte de ellos.
Vuelvo la vista hacia su colérico rostro sin siquiera inmutarme. Puedo sentir un raudo palpitar en la adolorida mejilla, pero no le doy importancia.
—¿Quién es ese hombre? —me escupe—. ¿Cómo se te ocurre andar con alguien así de mayor? —Al ver que no respondo suelta—. ¡Vamos, dímelo!
—¿Por qué no le dijiste eso a tu secretaria cuando andabas con ella? —le suelto.
Y entonces, una segunda bofetada, esta vez en la otra mejilla. Las lágrimas corren inevitables por donde han impactado las manos de mi padre y puedo sentir el ardor de la furia en ellas.
—¿Qué es esto Allison? —pregunta mi madre por fin—. Ahora los pájaros le están tirando a las escopetas, ¿no? Muestra algo de respeto.
—Si mi padre no fue capaz de respetarte, ¿por qué debo hacerlo yo? —inquiero— ¿Qué no soy el reflejo de ustedes? ¡¿No crecí acaso en una maldita familia disfuncional con unos malditos padres que nunca me brindaron la atención que cualquiera necesita?! —Noto que mi padre alza la mano en el aire—. ¿Vas a pegarme? —Puedo ver la sorpresa en su expresión facial—. ¿Vas a golpearme maldito cobarde? ¡Hazlo! ¡Mátame si quieres de una puta vez!
Entonces mi madre me agarra del cabello y me lleva casi arrastrada hasta la puerta de la habitación. Por el rabillo del ojo puedo vislumbrar a Derek asomándose y preguntando qué ocurre. Del otro lado de la estancia, mi padre toma un vaso de la cocina y lo arroja con fuerza hacia la pared. En el vidrio hecho añicos puedo ver mi estúpido rostro y lo estúpida que fui al creer que nunca nadie se enteraría. Las mentiras se descubren tarde que temprano.
—¿Para esto te críe? —grita mi padre— ¿Para que te acostaras con cualquiera que se te apareciera en el camino? —Ríe amargamente—. Todo es mi culpa, todo es mi maldita culpa...
Mi madre me suelta y puedo ver a mi hermano, estupefacto, viéndonos a los tres continuamente.
—¿Puede alguien decirme qué pasa? —exclama.
—No es nada —dice mi padre—. Sólo que tu hermanita se ha estado acostando con quién sabe cuantos viejos depravados en su Universidad. ¿No es así, dulce, pequeña e inocente Allison?
—¡Ya papá. Detente! —farfullo—. Sé que soy una mierda pero no me lo tienes que recordar a cada instante.
Derek se frota los ojos y sacude la cabeza. Me mira y parece no poder creer lo que acaba de oír. Ni siquiera yo lo creo.
—¿Es verdad eso, Ali? —pregunta, pero no contesto nada. Simplemente me quedo tirada en el suelo mientras me muerdo el labio con fuerza, como lo haría otras veces con Fred, pero esta vez lo hago llena de furia conmigo misma. No es tan cierto, pues a parte de Fred nunca llegué a acostarme con uno de ellos, ni nunca lo haría.
—Lo sabía —dice mi padre con una sonrisa—. La mejor forma de afirmar algo es quedarse callado. Siempre lo he dicho. —Entonces, sus ojos marrones se quedan fijos en mí—. Vete.
—¿Qué? —digo estúpidamente. Nunca me había odiado tanto por ser cómo soy.
—Vete, Allison. Vete con ese hombre. Eso era lo que querías, ¿no?
—Harold, déjala en paz —le dice mi hermano, pero eso sólo logra acrecentar su ira.
—Hazle caso a tu padre —espeta mi madre, o por lo menos quien solía serlo. Ahora entiendo las palabras de Marianne: "Tu vida cambiará a partir de hoy".
—Mamá, ¿tu también? —murmura Derek, incrédulo.
—Lo siento hijo —dice ella con un dejo de dolor—. Pero si no dejé que tu padre me faltara al respeto, mucho menos dejaré que lo haga tu hermana —puntualiza.
"Qué argumento tan estúpido" pienso, pero me ahorro las palabras. De cierto modo mi idiotez tenía que provenir de algún lado.
—¡¿No vas a irte maldita sea?! —suelta Harold al ver que no he movido un músculo. Entonces, se acerca hacia mi y me lleva a empujones y, por poco, a patadas hacia la puerta. Nathalie se queda apoyada contra la mesa de la sala y Derek sale impulsado a detener al hombre que está desatando su cólera consigo mismo en mí.
—¡Déjala papá! —espeta Derek—. No le hagan daño, por favor.
—Este daño se lo ha causado ella misma —dice Harold.
Descubro que ya estoy afuera cuando siento un par de gotas de lluvia caer sobre mi cabello. Derek retiene a mi padre por unos segundos, pero éste logra zafarse y me tira la puerta en la cara. Es ahí cuando, finalmente, rompo a llorar sobre la madera.
—¡Mierda, papá, déjala entrar! Ya estuvo bien todo el show que hicieron. Me sorprendería que los vecinos no los hayan escuchado. —Oigo hablar a Derek en el interior de la casa—. ¡Vamos, que ya la lastimaron lo suficiente! Está lloviendo y todo.
—Si quieres irte con ella, hazlo —dice Nathalie—. Pero también dejarás de formar parte de esta familia.
Luego escucho que alguien le echa seguro a la puerta, supongo que es Harold
—¡Hey! —grita Derek.
—Te conozco bien hijo —suelta él, lo que me hace deducir que Derek iba a salir tal como dijo mamá—, pero no te permitiré hacer eso —concluye—. Y tú, si aún estás ahí, ten la seguridad de que voy a matar a ese desgraciado —me recrimina—. Te juro que vamos a ir con tu madre y vamos a enviar a ese hombre a donde pertenece. ¡Frederick Tyson arderá en el infierno! —Al oír esto último suelto un susurro ahogado—. ¿Te sorprende? Claro que sé quién es ese hijo de perra. Sé lo que ha hecho, pero no dejaré que le haga lo mismo a mi hija. No a ella —termina, antes de irse.
Entonces, me quedo recostada sobre la puerta sin parar de llorar. Apoyo una mano sobre el marco y puedo sentir que Derek hace lo mismo del otro lado. Me he quedado sin familia y sin hogar, todo por ser una imbécil. Pienso en qué hacer y se me ocurre ir donde Lena y pedirle que me deje pasar la noche, al menos por hoy. Le contaré todo de una vez, y dejaré de ser una persona con secretos y mentiras por doquier. Hace un momento le pedí a mi padre que me matara, pero caigo en la cuenta de que no es necesario: ya estoy en el infierno y no hay nada, ni si quiera la muerte, que logre sacarme de él.
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