Capítulo 9 | Un doloroso viaje al pasado.

        Me vestí con la mejor camisa que tenía, los mejores —aún sin estrenar— pantalones negros que tenía, y mi chaqueta de cuero. Las dos primeras piezas habían sido mi regalo de cumpleaños algunos meses atrás por parte de Ryan, junto a un carísimo perfume de marca, me arrepiento ahora de nunca haberle dado las gracias adecuadas. Sólo quería borrar ese día tanto del calendario como de mi memoria.

Me dijo con una sonrisa que usara ese atuendo en cualquier ocasión importante, y yo sólo gruñí y me encerré en mi habitación sin ni siquiera mirar el paquete en sus manos. Horas más tardes lo encontré puesto delicadamente frente a mi puerta. No lo vi en el resto del día, jamás me sentí tan culpable. Lo peor de todo es que nunca llegué a disculparme, o al menos, dar las gracias.

Y es que cuando el daño ya está hecho es que te arrepientes de haber sido tan mierda de persona con esos que no se lo merecían, y lo único que querían hacer era ayudarte.

Hice lo que pude con mi cabello, tirándolo a un lado y fijándolo con un poco de agua del oxidado grifo.

Mi piel estaba muy pálida de nuevo, pero a pesar de eso recuperé en muy poco tiempo todo el peso que había ganado en Yorkshire con las comidas que mi madre y Ryan preparaban con mucho cariño, y que perdí cuando llegué aquí, todo gracias a ella, y su generoso corazón.

Jamás sería capaz de agradecerle todo lo que había hecho por mi y mi padre. Ni mil acciones, ni un millón de palabras serían suficiente. Porque simplemente, yo no era ni sería algún día, suficiente para ella.

Ella me había salvado en todas las maneras en que se puede salvar a alguien, y me mataba saber que no era capaz de pagarle de vuelta.

Alisé la tela roja cuadriculada de mi camisa para luego cerrar bien mi chaqueta. Tenía que estar preparado para el gélido frío que se acumulaba en las calles desoladas.

Como supuse, la cuadra estaba repleta de hermosos autos y gigantes camionetas que brillaban como diamantes, los ojos casi se me salían de sus cuencas cuando veía un auto y el siguiente era mucho más hermoso, y luego el próximo los superaba a ambos.

La bombilla se encendió en mi cerebro. Iba a conseguir un trabajo lo más rápido posible e iba a estudiar hasta desgastar mis pestañas, y luego, después de tantos años de esfuerzo, yo también tendría un auto así.

Mi mano quedó tentada en palpar la suave superficie del Mustang plateado estacionado frente a la puerta de la casa de los Williams, pero al final no lo hice, todo por miedo. Imaginé lo que se sentiría tener mis manos firmemente sobre el volante, con la música a todo volumen, y la hermosa chica a mi lado. Estaba soñando despierto.

Llegué a la puerta más rápido de lo que creí, y cuando escuché el murmuro de las conversaciones de la gran cantidad de personas dentro quise dar vuelta atrás inmediatamente. Pero algo llamó mi atención como si tuviera un gran cartel con letras de neón y una flecha apuntándolo.

En la jardinera se encontraba un pequeño pedazo de papel rosa arrugado, y lo reconocí como ese pequeño papel que Brandy había lanzado a un lado un día después de haber dormido juntos. Antes de que todo cambiara.

No quería ser un entrometido, por eso dudé en si tomarlo o no, al final agachándone y tomándolo entre mis dedos. Cuando estuve a punto de abrirlo, la puerta de entrada se abrió en mis narices. Como pude lo introduje en uno de los bolsillos de mi chaqueta.

Un par de ojos celestes, que lucían muy familiares, me miraron curiosos. —¿Todo bien, chico? —habló con voz rasposa, debido al licor que se encontraba en un pequeño vaso en su mano y que seguro había estado bebiendo toda la noche.

Me sentí intimidado, nervioso y asustado al instante, sumándole mis rápidas palpitaciones. Arqueó sus cejas cuando no respondí, no estaba ayudando en nada. Observé el reloj de oro, y su muy elegante traje blanco de tres piezas, su cabello bien peinado y la barba bien afeitada.

Como pude junté las ideas en mi cabeza y pronuncié palabra: —Brandy, busco a Brandy.

—¿De parte? —seriamente preguntó.

—De Samson. Digo, Samuel Johnson —tartamudeé un poco. Quise patearme a mi mismo.

—Ahh —sus labios se curvaron lentamente—. Pasa adelante, he escuchado bastante de ti Samuel. Más de lo que me gustaría —pronunció lo último en un susurro cuando pasé por su lado.

Me congelé en el acto y lentamente giré mi cabeza hacia él. ¿Quién era él, y que tanto sabía de mi?

—Ya sabes, nunca es bueno cuando tu hija se la pasa hablándote de un muchacho —me guiñó un ojo muy sonriente y pude respirar de nuevo.

¿Pero cuanto me duraría la tranquilidad cuando al padre de Brandy le entrara la curiosidad y se pusiera a investigar sobre mi?

Tenía el presentimiento de que no sería mucho tiempo, también tenía que dejar se ser tan paranoico.

El padre de Brandy me guió por su casa. El amplio salón con pisos de cristal estaba perfectamente iluminado por los grandes candelabros que colgaban del techo.

La banda tocaba tranquilamente en un rincón del salón, todos vestidos con traje negro y un moño.

Lo que parecían cientos de personas bañadas en oro pasaban a nuestro alrededor chocando sus copas y riendo falsamente. Analizaban cada centímetro de mi piel y dirigían sus cínicas miradas en mi dirección.

Me sentía pequeño. Diminuto. Inservible. Despreciado. Pisoteado. El horrible sentimiento repitiéndose una y otra vez.

Me sentía de nuevo como el mismo chico de quince años que se encerraba en su habitación a beber hasta perder el conocimiento, sólo para hacer que el dolor disminuyera un poco, porque no importase cuanto bebiera, éste nunca me abandonaba por completo.

Quería escapar.

Apreté los ojos fuertemente y reuní todas mis fuerzas tratando de no mandarlo todo a la mierda. Después de todo, lo que no te mata, te hace más fuerte. Respiré profundo sintiendo como el aire entraba en mi organismo y me tranquilicé, mis puños se suavizaron, y los latidos de mi corazón se ralentizaron.

La mano del padre de Brandy se posó en mi espalda, lo observé y vi sus ojos curiosos puestos en la puerta de cristal frente a nosotros. Claramente se podía distinguir la hermosa siluta de una chica, con la tela del vestido rojo amoldándose a cada fibra de su ser.

El señor Williams me dio un leve asentimiento en aprobación cuando le pregunté silenciosamente si podía ir con ella.

Estaba nervioso, pero no ese tipo de nervios que sientes cuando has hecho algo mal o estás en una situación de peligro; es ese tipo de nervios que una persona infringe en ti simplemente con estar allí. Un sentimiento puro y a la vez desesperante, en donde lo único que ella hace es respirar y yo ya estoy deshaciéndome.

Cuando atravesé la puerta de cristal, la fría brisa impactó contra mi cuerpo haciéndome estremecer. Me envolví más en mi chaqueta y caminé hacia ella con paso seguro.

Se encontraba de espaldas a mi, apoyada sobre la baranda de metal de la muy espaciosa terraza. Los vuelos en la parte baja de su vestido ondeaban con el viento con tanta libertad como si de papagayos se trataran.

Su cuerpo se tensó cuando mis manos la rodearon por la cintura, pero enseguida se relajó cuando escuchó mi voz: —Feliz cumpleaños —susurré en su oído, inclinando mi cabeza hasta apoyarla sobre su hombro desnudo.

La dulce esencia de su perfume invadió mis fosas nasales, inspiré profundamente sobre su cabello queriendo guardar ese olor para siempre en mi memoria. La sentí sonreír mientras posaba sus manos sobre las mías que yacían ahora sobre su vientre. Su espalda pegada contra mi pecho.

—Gracias, Samson —tarareó pausadamente.

—No te he traído un regalo, en verdad lamento eso.

—No te preocupes, tu presencia era lo que más deseaba esta noche.

Duramos minutos así, abrazados bajo la mirada silenciosa de la luna, sin pronunciar palabra alguna porque no nos hacía falta. Nos teníamos el uno al otro y eso era más que suficiente. Las luces parpadeantes de la ciudad nos acogían entre sus brazos en esta gélida noche de mediados de otoño.

La suave melodía proveniente del salón nos envolvían pacíficamente, revolviendo cada uno de los sentimientos en mi interior.

Lentamente, su cuerpo empezó a balancearse de un lado al otro al ritmo de la música. Me congelé en el acto, yo no sabía bailar, me avergonzaba el simple hecho de intentarlo.

—¿Sabes? Vi a Callie y a Brandon jugueteando con la fuente de chocolate cuando venía para acá. —Le comenté tratando de alejar su mente de cualquier cosa relacionada conmigo y bailar.

Y al parecer funcionó. Rió suavemente murmurando lo inmaduros que eran y se apretó más a mi pecho. —¿Cómo llegaste hasta aquí arriba?

—Conocí a tu padre —dije sonriendo contra la piel de su hombro.

—Aún sigues en una pieza así que eso debe significar que le agradaste.

Quise besar su piel de porcelana y con mis dedos dibujar infinidades de figuras en ella, pero me contuve.

La sentí temblar contra mis brazos. Me dio la impresión de que tenía frío, por lo que desenredé nuestros brazos y quitándome mi chaqueta la pasé por sobre sus hombros desnudos.

Se dio la vuelta y enredó sus brazos detrás de mi cuello, sus uñas rascando suavemente la piel de mi nuca. Sonrió de lado y tímidamente bajó su mirada cuando me vio observarla con una gran sonrisa. Me pareció el gesto más adorable del mundo.

Mis dedos se colocaron bajo su barbilla, pidiéndole que me mirara, pero se negó.

Mi mundo se detuvo cuando su tan cálida y delicada mano, como un abrazo después de un largo tiempo separados, se posó sobre la mía, tan gélida, como una noche fría en soledad, entrelazando nuestros dedos juntos, para luego dejar un casto beso sobre el dorso de la mía. Sencillamente, ella lo era todo, y yo era nada.

El viento movía sus cabellos sobre su rostro, y ella algo apenada los apartaba con su mano restante, sin saber que eran esos pequeños detalles los que me gustaban tanto de ella; su valentía y sabiduría, su risa tímida y a veces exagerada, sus ojos brillantes cuando se le ocurría una idea, y podía seguir, porque no había nada que no me gustase de ella.

Me intrigaba el hecho de porqué estaba siendo tan tímida cuando era sólo yo quien estaba allí. Me intrigaba de sobremanera todo lo que pasaba por su linda cabeza.

—Mírame —volvió a negar—. ¿Que sucede? —inquirí.

Tardó un momento en responder, mordiendo su labio suavemente. —Sé que si te miro a los ojos voy a terminar hecha un mar de lágrimas, Samson.

Su cabello caía como cascada sobre su rostro y me impedía verla.

Me preocupé de inmediato, si algo sabía de ella era que no lloraba. —Por favor —rogué—. Déjame ver esos estanques de tan clara agua azulada. Los extraño.

Quise no habérselo pedido, oh Dios, como lo quise. Levantó la mirada y sus ojos estaban empapados, al borde de las lágrimas y un poco enrojecidos por el esfuerzo que había hecho por quizás cuanto tiempo de contenerlas.

Mi corazón se rompió en mil pedazos y pude escucharlo quebrarse incluso a través de la música. Un frágil sollozo se escapó de sus labios rosados, tapó su boca rápidamente, y entonces, las lágrimas empezaron a caer.

Rápidamente la tomé por los hombros y la atraje a mi cuerpo en un abrazo apretado, inmediatamente se acurrucó, sus brazos rodearon mi cintura y su cabeza quedó escondida en mi cuello. Pude sentir sus lágrimas calientes empaparme a mi también, pero no me importó en absoluto.

—¿Que está mal, Brandy? ¿Que te han hecho? —pregunté con la preocupación latiente en mis venas.

¿Cómo alguien pudo siquiera pensar en herir a tan dulce chica? Tan sólo de pensarlo mi sangre se calentaba.

Mis manos corrieron por toda la extensión de su espalda tratando de calmarla.

Perdí la cuenta de cuantos minutos y sollozos habían pasado, cuando por fin me dejó verla. No me gustó lo que vi.

No quedaba rastro de la chispa que ardía en su mirada, o de la jovial sonrisa en sus labios. Había círculos oscuros bajo sus párpados, y a pesar de ser tan blanca, supe que a su piel le faltaba mucho más color. No me gustó lo que vi, porque sentí que me veía a mi mismo.

Mis manos limpiaron desesperadamente las lágrimas en sus mejillas pero éstas no dejaban de caer, sin importar lo que yo hiciera. —¡¿Que te hicieron?! —grité desesperado, cada vez que una lágrima se le escapaba, una navaja se clavaba en mi corazón.

Pero ella no decía nada, sólo lloraba en silencio.

—¡Háblame! —grité derrotado, poniéndome a mi mismo al borde de las lágrimas.

Ella apartó con furia mis manos de su rostro, me empujó por el pecho y retrocedió varios pasos. Empezó a golpear su rostro, tratando de eliminar cualquier rastro de las lágrimas saladas, pero lo único que hacía era lastimarse a ella misma.

Estaba en shock. Mi mente daba vueltas al igual que un torbellino de explosivas emociones.

Cuando fui consciente de lo que hacía corrí hacia ella y atrapé sus manos evitando que se siguiera magullando el rostro.

—¡No lo soporto! —lloró—. Duele.

—¿Que te duele? —Miré su rostro enrojecido, siguiendo por su cuello y sus brazos pero no veía nada fuera de lo normal.

—Me duele el alma, Samuel. ¡No puedo más! —chilló, tratando de apartarme de nuevo pero puse resistencia y no logró moverme ni un centímetro.

—Shh, amor —la atraje a mi y acaricié su cabello. No sabía que estaba pasando.

—No me gusta que me toque —habló fragilmente entre sollozos—. No soy una muñequita de cerámica como él dice.

Me paralicé ¿De que está hablando?
—Él me toca y me hace sentir sucia, me dice cosas horribles y ya no lo soporto —murmuró más tranquila.

—Ya, bebé. Shh, aquí estoy yo ¿De acuerdo? —la consolé.

Ella asintió contra mi pecho y buscó de nuevo la piel caliente de mi cuello.

¿Quién la lastimaba? ¿Quién la hacía sentir mal? No lo sabía. Lo único que tenía bien claro es que cuando encontrara al responsable, él simplemente iba a arrepentirse.

Minutos pasaron lenta y tortuosamente, hasta que finalmente sus sollozos cesaron.

—¿Estás mejor ahora? —Hablé tímida y suavemente con miedo a que me apartara de nuevo.

Asintió de nuevo y me dejó ver su rostro, se desenroscó de mi y limpió sus mejillas. —Gracias al cielo que no me había maquillado aún, en éstos momentos sería un horroroso mapache —murmuró, y al final sonrió. Algo débil, pero después de todo era algo.

—Un muy lindo mapache —Aclaré—. Creo que te ves mejor sin maquillaje, sigues siendo igual de hermosa.

Y como siempre las palabras salieron de mis labios sin siquiera preguntarle a mi cerebro.

No dudó cuando se puso de puntas inclinándose, besando la comisura de mis labios. Una de sus manos se posó en mi mejilla y la otra en mi cuello, no quería que me apartara, y tampoco pensaba hacerlo. No es como si pudiera pensar mucho en ese momento.

Sus labios estaban fríos y húmedos, y lo único en lo que podía apenas pensar era en ese contacto tan simple que encendía todo en mi.

Sentí por un momento que todo el dolor había desaparecido y que era querido de nuevo.

Quise tomar su rostro y juntar sus labios con los míos y besarla hasta que fuéramos uno y nuestros corazones se repararan por completo. Quise.

—Siempre tienes las palabras correctas, gracias —murmuró, sus labios moviéndose sobre mi piel haciéndome estremecer.

Sus actos me hacían temblar mucho más que el frío de afuera que nos estaba envolviendo.

—Para eso estoy aquí ¿No? —le sonreí y ella me devolvió la sonrisa.

Tenía tantas preguntas que hacerle, quería saber tantas cosas pero lo dejaría para luego. Estaba calmada ahora y eso era lo único que me importaba.

—No me gusta llorar, me veo ridícula —hizo una pequeña mueca y arrugó su nariz.

—Está bien llorar, las lágrimas te recuerdan que estás vivo.

—Gracias, Samson —sonrió con sinceridad, y las estrellas brillaron aún más cuando lo hizo.

Ladeando mi cabeza, la observé, porque eso era lo único que había hecho desde que llegué aquí; observarla. Todos esos pequeños detalles, tan pequeños como las pecas que adornaban su delicada nariz y se extendían hasta sus mejillas, la hacían la más hermosa y mejor esculpida obra de arte.

Besó mis mejillas varias veces y hablaba en susurros para ella misma. Me dediqué a pasar mis dedos entre las hebras de su cabello tratando de eliminar los pocos nudos que el viento había formado.

La noche pasaba, y sólo éramos ella, la luna y yo. Me sostenía a mi con fuerza mientras yo trenzaba su largo y suave cabello olor a jazmín.

Sus dedos tantearon mi rostro y delineraon mis ojos y mejillas, hasta bajar a mis labios, los palpó suavemente y analizó con cuidado, estaba mirándome con curiosidad, observando cada una de sus facciones.

—Tus ojos —hizo una pausa—, están hinchados.

Sus mirada era interrogante pero no recibiría respuesta alguna.

—Estuviste llorando —llegó a la conclusión luego de observarme un rato más.

Negué, aparté mi mirada y ella me tomó por la mandíbula e hizo mirarla. —Ya pasamos por esto. Tu me arrebataste información, creo que mi turno ha llegado —su voz salió firme y potente. Sus ojos eran violentos y seguros, nada parecido a lo que presencié varios minutos atrás.

—Ese juego no funciona conmigo. No busques respuestas a preguntas que no quieres formular —espeté, aparté sus manos de mi rostro y ella tomó en puños mi camisa.

—¿Por qué puedes saber cualquier cosa de mi sólo con preguntarla pero tu evades todas mis preguntas?

—¡Porque así soy, Brandy! No me gusta meter a las personas que me importan en la mierda de vida que me ha tocado vivir.

Las palabras salieron como fuego líquido de mis labios. Y pude ver como la quemó.

Su mirada se volvió suplicante y quise no caer ante su poder. De nuevo, quise. —No te cierres, Samuel. Déjame entrar en tu vida.

Sacudí mi cabeza. —Ese es el problema, ya estás demasiado adentro, y ya no puedo hacer nada para remediarlo.

Acaricié su rostro con gentileza, rogándole que no hiciera más preguntas, y ella aceptó.

Acurrucándose de nuevo junto a mi me hizo entrar en calor. —Quiero que sepas quién realmente soy antes de que metas las manos al fuego por mi —murmuré.

—Nada me hará cambiar la opinión que tengo de ti —dijo y al mirarla a los ojos le creí.

Supe que podía confiar en ella. Sabía que si quería empezar a reparar mi corazón, primero tenía que dejar ir todo lo que tanto daño estaba haciéndome.

—Su nombre era Finn... era mi mejor amigo —empecé, y simplemente con la mención de su nombre quise echarme a llorar.

—¿Era? —preguntó, sus manos tantearon de nuevo mi rostro dejando suaves caricias a lo largo de mi piel.

—Nos conocimos siendo tan sólo unos críos, él vivía en el hogar para niños huérfanos del barrio, la conexión surgió de inmediato —sonreí con melancolía al recordarlo—. Por eso me alegró tanto tu intención con esta fiesta, se van a ayudar a cientos de niños como él.

«Nos gustaba beber y fumar, hasta quedar inconscientes, después de todo eso era lo único que habíamos aprendido, mi padre era un alcohólico ¿Que más se podría esperar de mi? Sólo queríamos olvidarnos un rato del dolor. Ambos también amábamos luchar, y por las noches nos escabullíamos como ladrones dentro del gimnasio a entrenar. Éramos los mejores en eso y todos nos temían. Nos metimos en problemas más de una vez, nuestros expedientes quedaron hechos un asco después de esos años. Me convertí en alguien que no me gustaba.»

«En cambio, él siempre le sonreía al mundo y siempre tenía una respuesta sarcástica para casi todo. Era el alma de la fiesta, y mi hombro en el cual apoyarme. Lo amaba, por como era, casi mi hermano. Y tú, tu forma de pensar y de vivir la vida al máximo me recuerda tanto a él, le hubiese gustado tanto conocerte, y esto que estás haciendo para los niños sin hogar.»

No sé en que momento las lágrimas empezaron a resbalar por mi piel pero ya no me importaba.

—Mi cumpleaños número diecisiete llegó como todos los años en un trece de abril. Había discutido con el que ahora será mi padrastro ese día y no me encontraba de humor, así que le pedí a Finn que saliera a dar una vuelta conmigo luego de haberme empinado una botella de vodka yo solo. El peor error de mi vida.

«A él le gustaba bastante la droga, en especial el éxtasis y ese día quizás estaba un poco más animado de lo normal. Caminábamos por las calles sin preocupación alguna, yo llevaba nuestra patineta ya que él quería constantemente usarla, le repetí varias veces que podría hacerse daño pero no escuchó. Se enojó bastante conmigo, no estaba en sus cinco sentidos después de todo, estábamos cerca de un bar con mucha gente borracha saliendo en sus autos.»

Tragué amargamente, no queriendo dejar salir las palabras de mi boca, apretando mis ojos y dejando que las lágrimas corrieran libres como el viento. Me resistí todo lo que pude, pero sabía que simplemente tenía que dejarlo todo ir.

—Él cruzó la calle sin mirar, uno de esos autos impactó contra él, murió al instante. Y todo porque no quise darle la maldita patineta. Al final fue mi culpa. —Terminé con un sollozo desgarrado desde el fondo de mi garganta. No dije nada más.

No volví a beber, ni a fumar, ni a sonreír desde ese día. Ese último cambió en el momento en que llegué aquí. Estoy seguro de que le hubiese gustado verme sonreír de nuevo.

Habían pasado sólo seis meses y la herida seguía aún muy abierta, y honestamente, dudaba que llegara a cicatrizar pronto.

Ella no hizo más preguntas.

Ni me juzgó.

Sólo se dedicó a abrazarme con ganas y secar mis lágrimas, justo como yo lo había hecho con ella, para al final de la noche terminar besándome el cuello.

Llegué en ese momento en que ambos necesitábamos desesperadamente un hombro donde llorar y apoyarnos cada vez que sentíamos que nuestro mundo se caía a pedazos.

Colisionamos de la mejor manera posible, cada parte de nosotros encajando perfectamente, como si nuestras almas hubiesen estado destinadas a simplemente chocar, aferrándose la una a la otra con miedo de caer de nuevo.

Se despide; Marie.

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