Capítulo 6 | Éramos como estrellas perdidas.

        Me removí incómodo entre las sábanas. El sol entraba por la ventana haciendo estragos en mi cuerpo, algo sofocado aparté todo aquello que se pegara a mi cuerpo. Mi ahora corto cabello estaba empapado en sudor, al igual que mi pecho y espalda.

La noche había pasado volando dándole paso al ardiente sol de la mañana, en los varios días que ya llevaba aquí este había sido el día más caluroso. ¿Desde cuando hace tanto calor a finales de septiembre? Se supone que el verano ya se había despedido lentamente y dándole paso a las tardes frías de otoño, pero supongo que no sólo en mi vida algunas cosas han perdido el sentido.

Recordaba perfectamente cada pequeño detalle de hace ocho horas atrás, había quedado grabado a fuego en mi mente. Nuestros cuerpos se habían acomodado perfectamente uno junto al otro, mirándonos con ojos suaves, pero sin ni siquiera tocarnos un milímetro entre nosotros. Era la primera vez que dormía junto a alguien que no fuera de mi familia o Finn, aquel único amigo que tuve en Yorkshire, y no fue como muchas personas creerían que sería, no fue incómodo, al contrario, se sintió como si lo hubiésemos hecho toda la vida.

Me incorporé lentamente y al hacerlo me di cuenta que la ventana estaba medio abierta, teniendo en cuenta que anoche al llegar la había cerrado completamente. Allí fue cuando caí en cuenta que era el único en la habitación. ¿Dónde estaba? ¿Se habría ido? Me aterraba la idea de haber ido muy rápido al dormir junto a ella y haberla asustado, pero al final de cuentas, fue ella quien lo pidió. Entonces ¿que había hecho mal?

La pequeña pizca de decepción en mi cuerpo cambió a una de ilusión cuando escuché como tocaban la puerta de mi habitación, mi cabeza giró inmediatamente esperándome encontrar una larga melena negra, pero lo que conseguí fue una cabeza canosa y varias arrugas en el rostro.
—¿Esperabas a alguien más? —preguntó mientras entraba tranquilamente.

Mis ojos brillaban de una manera que la ciencia jamás podría explicar cada vez que el músculo bombeador de sangre en mi pecho se emocionaba, y al parecer ya no era más mi secreto. Cada uno de mis trucos y misterios estaban empezando a ser revelados, me sentía algo expuesto; este mago no era de revelar sus secretos. ¿Que ocurría conmigo? ¿Desde cuando fui tan fácil de leer?

Sabiendo que no tendría ningún sentido mentir, suspiré, dejando salir todo el aire que había estado conteniendo dentro. —Supongo —dije en un murmuro, encogiéndome de hombros.

Caminó por la habitación con paso lento hasta posicionarse a mi lado. Me sentía como león enjaulado, acorralado contra los barrotes de metal, sin ninguna manera de salir. No faltaba mucho para que el interrogatorio llegara.

—Me gusta esta faceta tuya de honestidad —pronunció, casi saboreando las palabras en su boca.

—Sabes que siempre he sido honesto contigo, pá.

Nunca le di razones para que dudara de mi, y mucho menos de mi palabra, entonces ¿por qué empezaba a hacerlo ahora, cuando creí que mejor estábamos? Quizás había sido algo rebelde y grosero en años anteriores, podría ser cualquier cosa menos un mentiroso, y planeaba dejarlo bien en claro.

—Conmigo si, Samuel, pero no puedo decir lo mismo con tu madre.

Rodé mis ojos en disgusto, y reposé mis codos sobre mis piernas. —Ese es otro tema del que no me apetece hablar.

Él asintió guardando silencio, una de sus manos se recargó sobre mi espalda. —Los escuché anoche.

Mi cabeza se levantó y mis ojos se abrieron en alerta máxima, mi pulso acelerándose y mi cerebro maquinando una respuesta coherente. —¡No es lo que tu crees! —me excusé en un patético chillido, haciendo ademán con las manos.

Lo último que necesitaba era a mi padre pensando en su hijo haciendo barbaridades con una chica, cosa que no sucedió.

Y cómo no, me hizo sufrir por varios segundos, los cuales puedo asegurar disfrutó bastante.

—Lo sé, Samuel —su mano trazó su camino a mi nuca donde apretó un poco—. Es una buena chica, quedó lindo tu cabello —su dedo movió algunos mechones revueltos.

Una sonrisa cruzó por mis labios sin previo aviso, apartando sus manos de encima de mi. —Si, lo es.

Tarareó en aprobación dando una última palmada a mi espalda. —Ponte algo de ropa, tengo una sorpresa para ti esperando en la sala.

[...]

Con mi chaqueta, pantalones y botas bien puestas, salí de la habitación. Lo vi sentado en el sofá de segunda mano de la sala, una caja un poco alargada reposaba en su regazo. Me acerqué a él con el ceño fruncido ante el desconocido objeto. Parándome frente a su cuerpo, me crucé de brazos. No habían pasado ni dos segundos y ya estaba perdiendo la paciencia, se podría decir que no era muy bueno esperando. —¿Que es todo esto, pá?

—Ah-ah-ah —negó con la cabeza—. Yo hago las preguntas y tu respondes, Samson, así es el juego, y como premio... la caja —alzó sus cejas y me miró desde abajo.

No quería que ningunos otros labios pronunciaran ese nombre si no eran los de ella.

Mi mandíbula cayó al suelo. Estaba más sorprendido que cualquier otra cosa. —¿Estás sobornándome, papá?

—Sí. —Sonrió orgulloso, la doble fila de dientes blancos salió a relucir.

Me lo veía venir.

—Dispara. —Lo miré desafiante—. Pero si es alguna pregunta sobre Brandy, me arriesgaré y diré que todo es verdad.

Ni se inmutó, quieto en su lugar mirándome habló: —¿Como sabías que iba a hablarte de ella?

—Soy un producto de tus flácidas bolas, se supone que debo conocerte.

Dos pueden jugar este juego papá.

Su cabeza cayó hacia atrás, riendo. Luego una tos lo interrumpió, estaba ahogándose. Me estiré rápidamente hacia él pero con su brazo me mantuvo alejado. El pánico creció en mi como flor en primavera. Vi su rostro tornarse rojo sin saber que hacer, y luego volvió a la calma y me dijo que estaba bien. Se le estaba haciendo costumbre matarme del susto.

Lo miré furioso. —¡Deja de asustarme así, maldita sea! —espeté.

Sus cejas se fruncieron en disgusto. —¡Te he dicho que no uses malas palabras Samuel, joder! —me regañó.

Tenía que dejar de arruinarlo todo. —Lo siento —me disculpé, arrepentido, tapando mi rostro con mis manos, la frustración volvía a crecer en mi.

Quería gritar, llorar, jalarme el cabello. ¿Cuánto más iba a soportar? Me sentía impotente, de nuevo.

—Hijo mio —habló, tomando la tela negra de mi sudadera y acercándome al sofá junto a él—. Deja de torturarte pensando, vas a acabar contigo.

Y él tenía razón, si no dejaba de pensar, mi mente iba a matarme.

Sus ojos grisáceos miraban en mi dirección, con la preocupación latiendo en ellos. Tendría que dejar de pensar, o iba a matarme a mi mismo, y traer conmigo a mi padre. Se puso de pie y me tendió la caja, lo miré y luego al objeto, y luego a él de nuevo. Me sentí bastante confundido, un poco más que bastante.

—Debí habértelo dado desde el mismo instante en que llegaste, me disculpo por eso. Sé lo importante que es para ti y no quise dejarla en Yorkshire.

Nunca recibí muchos regalos, por parte de nadie, y cuando llegaban no sabía como actuar. Me sentía como niño en navidad.

Cuando abrí la caja quise llorar, allí, plácidamente se encontraba mi vieja patineta. Esa que Finn y yo encontramos en un basurero cuando teníamos catorce, la pintamos y cambiamos las ruedas, y luego escribimos nuestros nombres en la parte posterior con tinta plateada. Era nuestro pequeño tesoro, algo sólo nuestro. La había escondido aquel trece de abril, esperando que con ella se escondieran también todos los recuerdos dolorosos del pasado, hasta llegar a un punto en que casi me había olvidado de ella. Era simplemente perfecta.

Lágrimas amenazaron con brotar de mis ojos y mi padre estuvo allí para reconfortarme. Me abrazó con fuerza, susurrando que no había sido mi culpa, yo sabía que no lo había sido, pero me sentía culpable después de todo.

—Ve a distraerte, juega un poco con ella, hijo —pronunció.

Pasé las manos por mi rostro y suspiré. —Tu estarás bien ¿Verdad?

—Por supuesto, tengo mi tanque y el número de ese Doctor, estaré bien.

—Si, cool.

[...]

Aferrándome a mi chaqueta negra, y un poco más calmado me deslizo sobre la carretera, sintiendo el aire frío golpeando mi rostro, tal como boxeador golpea su saco, duro y todo de una vez. Otro día más había llegado sin que pudiese hacer nada al respecto, por más tétrico que suene, era un día menos para que mi muerte llegase y con ella llevarse todo lo que fui, soy y seré en un futuro, que espero sea bueno.

Llegué al final de la calle y sin siquiera pensarlo ya me hallaba frente a la puerta de madera blanca. Era como si algo me atrajera hacia ella, el imán del destino quizás. Y de un momento a otro la tenía frente a mi, con su piel pálida y su cabello revuelto recogido en un moño desordenado en lo alto de su cabeza. Parecía algo apurada y confusa cuando me vio, rápidamente hizo una bolita con el papel que tenía en la mano y lo lanzó lejos.

Me miró con una sonrisa y bajó los escalones que nos separaban, su chaqueta de cuero había abandonado el lugar en donde pertenecía, el suelo de mi habitación, y volvió sobre sus hombros, donde se veía jodidamente genial.

—¿Vamos? —pronunció emocionada. Sus ojos achinándose y labios curvándose.

—¿A dónde?

Si algo sabía perfectamente sobre ella es que era como el viento, tan salvaje, libre, pero sobretodo impredecible.

No le pertenecía a nadie, y ella era su propia líder. La mayoría de las veces no dejaba que los comentarios le hicieran bajar la cabeza, pero cuando éstos lo lograban enseguida la levantaba de nuevo. Es valiente y audaz, sin miedo a nada y sin pelos en la lengua. Segura de si misma, pero incluso así puede llegar a enseñarte su lado tímido si aprietas los botones correctos.

Me sentía tan afortunado de que ella le dejara a este pedazo de mierda ser testigo de todas sus facetas.

—Ya lo verás.

Tomó mi mano entre la suya jalándone hacia lo desconocido pero tentador. Y supe en ese momento que quizás su mano era aquella que estaba destinada a tomar siempre la mía.

Caminamos, corrimos y jugamos por las calles junto a aquellas dos caras tan queridas y familiares para ambos. Su mano nunca soltó la mía, y mi corazón jamás se sintió tan vivo. Las horas pasaron casi volando ante nuestros ojos sin un ticket de regreso, pero así lo queríamos mejor. Me mostró lo que era la vida de noche en San Francisco, y que romper las reglas algunas veces podría traernos algo bueno.

Los cuatro juntos, apoyados en la verja que acabábamos de brincar, admirando un hermoso cielo estrellado y lleno de miles de posibilidades, nos dimos cuenta de que así era como debíamos estar. Brandon y Callie sumergidos en un mundo de fantasía en donde ellos eran los reyes e imponían sus propias reglas.

Mientras que Brandy y yo aún tratábamos de definirnos, palabras sobraban, pero creo que lo más adecuado sería decir que éramos como estrellas perdidas tratando de iluminar la oscuridad, pero al final ahogándonos en nuestras propias lágrimas.

Se despide; Marie.

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