Capítulo 5 | El universo es un misterio.

        Las clases habían ido bien, mucho mejor de lo que esperaba en realidad. Al ser mi primera semana no tenía muchos trabajos que hacer, y desearía que se mantuviera así por un tiempo.

En cuanto a Brandy, ella me acompañó todos los días y nunca me quitaba la mirada de encima. Me confesó que se sentía como una madre en el primer día de escuela de su hijo. Me pareció adorable. Cada día nos volvíamos más unidos, sentía que podía confiar en ella a pesar de todo, tenía una chispa en su mirada capaz de incendiar un bosque entero.

Pasé mucho tiempo con los amigos de Brandy, Brandon y Callie, a los que ahora también podía llamar mis amigos. Eran chicos increíbles, fieles y leales, nadie podría pedir nunca algo mejor.

Recibí muchas miradas el primer día, sobretodo por el hecho de andar colgado del brazo de la chica "odiosa y ricachona" como escuché que la llamaban. Ella me pidió que simplemente lo ignorara, y lo hice, lo único que buscaban en sus patéticas y despreciables vidas era atención a causa del sufrimiento ajeno, y ni ella ni yo íbamos a permitir que ocurriera con nosotros.

Vi como agachó su cabeza mientras íbamos avanzando tratando de no mirar a nadie a los ojos, no me gustaba verla así. Así que sólo pasé mi brazo por sobre su hombro y la atraje hacia mi, mi cuerpo levantándose unos cuantos centímetro por sobre ella, su cabeza a la altura de mi cuello. Su brazo se posó en mi cintura y se pegó a mi costado, sonreí con superioridad al pasar junto al grupo que podrían prácticamente botar chispas de la rabia, sus cuchicheos cesaron de repente, y sabíamos que lo habíamos logrado.

Con la sonrisa aún plasmada en mi rostro, los miré por sobre mi hombro con sorna, una de las chicas se cruzó de brazos claramente ofendida. Nadie iba a arrastrarnos hasta abajo, por supuesto no iba a permitirlo. Luego la miré a ella que sonreía tan tímidamente con sus mejillas sonrosadas ¿Cómo alguien que se veía tan dura de dañar por fuera, por dentro resulta ser todo lo contrario?

—¿Que pasó con el Samuel tímido que tu padre dijo que eras? —dijo burlona.

Me acerqué a su oído y susurré: —No creas todo lo que te dicen.

Lo mejor de ese día fue que su cuerpo y el mio no se despegaron en ningún momento hasta llegar a casa, y por supuesto, mi corazón no se tranquilizó hasta llegar a casa.

[...]

Viernes por la tarde, el fin de semana llegó tan rápido y a la vez tan lento como se había ido la semana anterior. Tan rápido como un pestañeo, tan lento como cuando cuentas los segundos que tardas en no pestañear. Caminaba con paso apurado mirando por milésima vez la hora en mi reloj. Iba tarde.

Mierda. Iba a ganarme el regañón de año.

Sentía las botas húmedas y tenía el presentimiento de que me dejarían en el suelo en cualquier momento, suspiré resignado, otra cosa más que añadir a la lista de las cosas que necesitaba urgentemente.

Pero mi ánimo subió increíblemente cuando crucé la esquina y la vi acostada a mitad de la carretera. Me apresuré a llegar a ella y me tumbé de lado junto a su cuerpo bañado por la luz resplandeciente de la luna para poder observarla mejor. Sus ojos estaban cerrados, sus pestañas llenas de máscara negra reposaban delicadamente sobre el inicio de sus pómulos, las tenía muy largas y delgadas. Llevaba su chaqueta negra con las mangas estiradas lo más posible, y sus manos apoyadas sobre su vientre.

Una pequeña nube de vaho salió de mis labios cuando suspiré admirando su belleza. Sus párpados se movieron aún cerrados y supe que me había atrapado.

—Llegas tarde, Samuel —habló, muy, demasiado tranquila. Me preocupé de inmediato.

—¿No hay Samson hoy? —hice un puchero aún sabiendo que ella no podía verme. Así que suavemente con mis dedos abrí su párpado derecho y ella frunció el ceño, lista para gritar barbaridades en mi dirección, pero su rostro cambió cuando vio mis labios fruncidos.

Rodó los ojos y refunfuñó. —No puedo enojarme contigo cuando te ves tan adorable haciendo pucheros —gruñó cruzándose de brazos y fijando su vista en el cielo oscuro.

Miré de nuevo la hora en mi reloj, aún nos quedaban un par de minutos.

—Lo siento —me disculpé, inclinándome en su dirección y besando húmedamente su mejilla. Sabía lo que venía ahora, y por eso mismo lo hice, a pesar del poco tiempo ya la conocía bastante. Y como no, si nos la pasábamos pegados los siete días de la semana.

Ella arrugó su nariz en disgusto y limpió cualquier rastro de mis labios sobre su piel. —Eres despreciable, Samuel.

Pero en el fondo sabía que le gustaba.

Reí profundamente tumbándome de espaldas sobre el asfalto, con los brazos detrás de mi cabeza.

Como ella lo prometió aquél primer día, todas las noches exactamente a las once con siete nos reuníamos a mitad de la carretera, acostados a un lado del semáforo, a pedirle, casi llegar al punto de rogarle a las estrellas que nos dieran un poco de su atención. Y yo nunca había llegado tarde a reunirme con ella, al contrario, siempre llegaba algunos minutos antes. El fuerte golpeatear de mi corazón y suave temblor de mis manos no dejaban que me concentrara en todo el día, contando los minutos exactos para compartir un poco de tiempo a solas con ella.

Y que afortunado me sentía, porque ella no era de esas que le regalaban su tiempo a cualquiera que lo pidiese.

El problema había sido mi padre y su larga conversación sobre cierto artículo de deportes en el periódico, hablaba hasta por los codos sin ni siquiera notar que no le estaba prestado nada de atención, como pude me escabullí de entre sus dedos muy nervioso.

Miles de estrellas brillaban ante mis ojos en el mar de oscuridad que era el cielo de San Francisco. Mi imaginación viajó hasta allá arriba, a todos los misterios que nos envolvían, a todas esas constelaciones que nos acompañaban en las noches frías y guiaban nuestros caminos.

—¿Crees que puede haber vida allá afuera? —le pregunté descuidadamente.

La pregunta había pasado infinidades de veces por mi mente, pero al final del día siempre tenía que desecharla porque no conseguía la explicación correcta.

—Está comprobado que hay millones de estrellas como el sol, y hay miles de millones de planetas que orbitan alrededor de todas esas estrellas. Si pudo haber vida aquí en la tierra, entonces allá afuera también. Hay miles de millones de posibilidades —respondió suavemente.

Ojalá tuviera miles de millones de posibilidades con ella.

—Pero aún no han podido confirmarlo del todo.

Aún trato de descifrar la manera de hacerte saber lo cautivado que me tienes.

—El universo es un misterio, Samson, y nosotros formamos parte de ello. Allá afuera sólo somos un pequeño e insignificante punto azul vagando entre las estrellas, y eso es todo, nunca vamos a poder llegar a descubrir en su totalidad toda la inmensidad del Universo en donde vivimos —ella explicó, sus ojos chispeaban emoción.

—Al final, somos nada, dentro de un gran todo —concluí.

Al final soy nada, en el gran todo de tu vida.

—Exacto —me dio la razón, asintiendo.

—Eres increíble.

Y es que cuando piensas puras cosas hermosas sobre una persona, estas simplemente se escapan de tu boca.

—Sólo me gusta leer mucho, sobretodo de ese tema —a pesar de la oscuridad pude notar sus mejillas rosadas.

—¿Sabes, Brandy? Nadie nunca podrá llegar a descubrir en su totalidad la inmensidad de los universos que existen en tu cabeza.

Me gustaría poder hacerlo.

—A ti no te falta mucho —susurró muy bajito, tanto que casi creí imaginarmelo.

Y fue cuando supe que quizás, después de todo, tendría una oportunidad de llegar a algo bueno con ella. Porque a ella no le importaba quien era yo, o las cosas que había hecho, a ella le importaba más lo que mi corazón y cerebro tenían que decir.

Exactamente a las once con once estuve a punto de pedir mi deseo, cuando varias gotas de agua fría salpicaron sobre mi rostro.

—Bryana... —empecé, pero su voz me interrumpió.

—¡Que no me llames Bryana, joder! —replicó enfadada.

Rodé los ojos. —Que humor tienes. Como me entere que has sido tu la que me ha mojado las cosas se van a poner feas

Se puso de pie rápidamente, pasando las manos por su jean oscuro. —Pues está lloviendo, idiota —pateó suavemente mi costado y fingí mucho dolor, ella rió a carcajadas tapando su rostro, para luego tenderme su mano para ayudarme a ponerme de pie.

El agua empezó a caer abundantemente sobre nosotros, tan fría como una noche de soledad, y tan liviana como lo era un corazón vacío.

Corríamos como almas perdidas en las calles desoladas, refugiándonos en el calor del otro. Estuvo a punto de resbalarse sobre el asfalto, reaccioné a tiempo y la atajé. Vi la duda en su mirada cuando me agaché un poco frente a su cuerpo.

La eché sobre mi hombro riendo como niño perdido en el país de nunca jamás, soltó un grito ahogado empezando a golpear mi espalda con sus puños. Quizás Peter había, finalmente, encontrado a su Wendy —¡Pedazo de animal! —chilló.

Rodé los ojos con una sonrisa en mis labios. Era increíble la confianza que habíamos desarrollado el uno con el otro. Pero sobretodo, la confianza que yo había depositado en ella, sin esperar nada a cambio. Su cuerpo liviano se levantaba y retorcía sobre mi mientras yo trataba de sostenerla fuerte, sabía que si la dejaba caer, aunque haya sido su culpa, me mandaría al infierno con un pase vip incluido.

Pero no me permitiría hacerlo.

Me dio una palmada en el trasero y yo me sobresalté. —Quédate quieta, pedazo de animal —dije dándole una palmada también, ella chilló por sorpresa.

—Brandy, haz un poco de silencio o van a creer que estoy violandote o algo —gruñí.

La bajé cuando me posicioné frente a la puerta color caoba de mi casa, tanteé los bolsillos de mi pantalón en busca de las llaves, pero toda acción fue en vano, las había olvidado mientras trataba de escaparme de los dominios de mi padre.

Maldije por lo bajo y rodeé la casa, siendo consciente de los pasos apurados de Brandy tras de mi. ¿Cómo pude ser tan idiota de olvidar la llave? Y cualquier intento de tocar la puerta y esperar a que mi padre abriera sería completamente absurdo, su hora de dormir empezó hace una hora atrás. Con mis manos empujé hacia arriba el borde de la ventana de mi habitación, recordaba haberla cerrado antes de salir, con algo de esfuerzo logré abrirla, al parecer era más fácil hacerlo desde adentro.

En silencio me di la vuelta, y ella en silencio también se dejó levantar por mi. La ayudé a subir, observando con cuidado cada uno de sus movimientos, para luego subir detrás de ella. La vi parada a mitad de la habitación acomodando sus cabellos y retorciéndolos para tratar de quitar el exceso de agua, sus mejillas habían estado sonrosadas toda la noche. Me acerqué al interruptor para dejar que la luz amarillenta alumbrara el oscuro lugar.

Su chaqueta de cuero se encontraba tirada con gracia sobre el suelo de mi habitación, mientras que su blusa de un tono azul pastel se pegaba a su piel, dejando notar su sujetador blanco de fondo. Notó que la estaba mirando y cruzó sus brazos por sobre su pecho incómoda.

Me pateé el trasero e insulté internamente. ¿Había otra cosa que pudiese sucederme?

Gruñendo aparté el largo cabello de mis ojos, con ganas de arrancarlo todo de una. —Está malditamente largo.

Sentí sus manos frías tocar la piel de mi rostro y me congelé en el acto, dejándola hacer conmigo lo que quisiera. —Puedo cortarlo, si quieres —susurró.

Asentí y aparté sus manos de mi rostro delicadamente, no quería asustarla o hacerle creer algo equivocado. Le hice señas para que supiera mis intenciones. Ingresé en el baño y rebusqué entre la caja bajo el lavabo, cuando di con lo que estaba buscando regresé a la habitación. Ella miraba curiosa cada uno de mis movimientos. Me senté sobre el colchón y le tendí las viejas tijeras, inclinando mi vista a su pálido cuerpo.

Ella las aceptó sin duda alguna y se arrodilló frente a mi cuerpo, con sus pies bajo su trasero. Sus manos empezaron a peinar y separar las hebras de cabello, para luego empezar a cortar las puntas. Aproximadamente diez minutos después sentía mi cabeza más liviana y la mitad de mi cabello yacía desparramado sobre el suelo, ella sonreía orgullosa de su trabajo.

Por mi rostro goteaba el recuerdo de la lluvia, siguiendo su camino hacia abajo. Empezó a secar mi piel con lo primero que consiguió a su lado, sin saber lo que era. Pero yo si lo sabía, había ido a la lavandería por la tarde después de la escuela, dejando la ropa recién lavada a un lado del colchón. Los nervios empezaron a hacerse presente a medida que los segundos pasaban.

Como si hubiese leído mis pensamientos, o notado mi nerviosismo, con movimientos delicados y sus cejas arqueadas empezó a desdoblar la tela rojiza de mi ropa interior. Y de repente vi el rostro del Hombre Araña justo en la parte de mi trasero, pequeño dato: los bóxers de algodón con temas de Marvel son increíblemente cómodos. Los arrebaté de sus manos cuando empezó a reírse suavemente y los lancé a cualquier parte de la habitación. Muerto de vergüenza me lancé de espaldas sobre el colchón, tapando mis ojos con mi brazo.

Querido Dios: ¿No crees que me has avergonzado lo suficiente por hoy?

La escuché contener sus risas y gemí retorciendo mi cuerpo. —Ya basta —dije de la forma más patética posible. —No es gracioso.

Hubo un silencio y luego sentí como el colchón se hundía a mi lado. —Si lo es —susurró—. Me siento increíblemente afortunada de ser la chica a la que le mostraste tu ropa interior, dos veces, en un día —dijo burlona.

¿Había algo peor que esto? Bueno, al menos la ropa interior estaba limpia, de lo contrario hubiese tenido que enterrarme vivo para no tener que volver a verla a la cara.

—Para —gruñí—. ¿No tienes que volver a tu casa o algo?

Ella negó mordiendo su labio inferior.

—¿A tus padres no les importa que estés fuera a estas horas de la noche, y lloviendo? —volví a preguntar dándome la oportunidad de observarla bien.

—Mi madre está en Los Angeles en la firma de autógrafos de su nuevo libro, y mi padre tiene guardia toda la noche en la estación de policías —me contó.

Temblé un poco. Si su padre trabajaba en una estación de policías, fácilmente podría obtener el historial y antecedentes de cualquier persona, sobretodo de aquél que intenta cortejar a su hija, y no estaba preparado para que las cenizas de mi pasado volvieran a arder.

—¿No te molesta?

—¿Que no estén mucho tiempo en casa? Para nada

—Que no te brinden toda la atención que necesitas —me expliqué mejor.

—Mis padres me aman, y me lo hacen saber cada vez que tienen la oportunidad, sólo están un poco ocupados la mayor parte del tiempo —se encogió de hombros con una expresión desolada en su rostro.

—De acuerdo —musité, no muy seguro de que más podría decir en ese momento.

Me puse de pie y caminé al cuarto de baño, tomé una de las toallas de la repisa y se la tendí al cuerpo mojado que venía detrás de mi. La aceptó gustosa y empezó a eliminar el exceso de agua de su cabello.

Tomé la oportunidad y observé mi reflejo en el espejo de puntas desiguales y opacas, lo que vi no me impresionó mucho, la camisa se aferraba a mis clavícula y los huesos de mi rostro jamás se habían dado tanto a relucir. Y luego estaba mi cabello mojado unos centímetros más corto, me gustaba lo que había visto.

—Lo has hecho muy bien. —Asintió levemente y apoyó su mano en mi hombro.

Mi cabeza se giró para verla con su mirada gacha y tímida, algo le ocurría. Mis dedos se posicionaron sobre su barbilla e hice que me mirara. —¿Que pasa? —La miré, pero no como miras a cualquier cosa, sino a esa obra de arte colocada frente a ti, brillando con luz propia y ese pensamiento latiendo en tu cabeza de que es lo más hermoso que has visto jamás.

Haría lo que fuera para que ella confiara en mi.

Dudó un minuto, abrió su boca pero ningún sonido salió. La esperé, esperaría una eternidad si fuera necesario. —¿Puedo quedarme aquí esta noche?

Como respuesta sólo la abracé. De esa misma manera en que un alma perdida encuentra a su par, y sabe que no estará perdida por mucho tiempo más.

Se despide; Marie.

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