Capítulo 3 | Las personas ayudan a las personas.

        Me desperté a la mañana siguiente sintiendo a alguien toser fuertemente repetidas veces, y instantes después un cristal chocar y hacerse añicos contra el suelo.

La habitación aún se encontraba un poco a oscuras por lo que supuse que no eran más de las seis. Igual seguía siendo muy temprano.

Me quité las mantas de encima lo más rápido que pude y corrí desesperado y aterrado hacia donde sabía que provenía el estruendo. Abrí la puerta de un empujón y lo que encontré hizo que mi alma cayera al piso.

Mi padre se encontraba agachado en el suelo con una mano sobre su pecho y la otra contra su boca tratando de retener la sangre que escupía. Mi corazón se detuvo por un segundo y las palmas de mis manos empezaron a sudar frío.

Me abalancé sobre él tratando de ayudarlo a ponerse de pie pero negó con su cabeza y señaló el teléfono celular de tapita, que podría fácilmente tener mi misma edad, sobre una caja de zapatos a un lado del colchón.

Con mis dedos temblorosos lo tomé y marqué como pude el número de emergencias, rezando internamente que en este país ese número fuera el mismo que nombraban siempre en las películas. Inmediatamente una voz de mujer resonó al otro lado de la línea, grité cosas inentendibles mientras ella me pedía que me calmara. Apenas pude recordar la dirección de la casa y preso en el pánico le dije que necesitaba una ambulancia.

Jamás había sentido tanto miedo en mi vida.

...

         En todo momento me había quedado a su lado mientras los paramédicos le colocaban oxígeno y trataban de hacer que volviera a respirar por si mismo. Me dijeron que debía salir de la habitación para que ellos pudieran tratarlo con una mayor accesibilidad, pero me negué rotundamente, no iba a alejarme de él.

Sus pulmones habían dejado de funcionar con normalidad, y nadie sabía el porqué.

Me sentía frustrado y enojado con ellos, con él, conmigo y con el mundo mismo. Ya no sabía que hacer. Sentía una impotencia más grande que la que mi flacucho cuerpo podía soportar, y eso estaba matándome a mi también.

Si algo aprendí de vivir prácticamente en las calles es aprender a ser fuerte no importa la situación que estemos atravesando, pero en este momento no me sentía así para nada.

Cuando él empezó a toser sangre de nuevo, uno de los hombres me tomó por los hombros y me empujó fuera de la habitación cerrando la puerta en mis narices, no sin antes darme una mirada de súplica.

No podría creer que por primera vez le haría caso a un médico. Me senté derrotado sobre el piso del pequeño pasillo que conectaba la cocina con ambas habitaciónes. Las luces seguían apagadas, y el aire gélido de las calles de San Francisco se colaba por cualquier endidura.

Cerré mis ojos e incliné mi cabeza hacia el techo, recostándola en la pared donde también se apoyaba mi espalda. Respiré hondo, dejando que el aire inundara mis pulmones, que mi pecho se expandiera y sentirme lleno. Y en menos de un segundo la culpa me invadió, ¿por qué respiraba tan hondo y lo disfrutaba, sabiendo que mi padre no puede?

Mierda.

Masajeé mis sienes, mi cabeza estaba empezando a palpitar. Supongo que una noche llena de lágrimas, muy pocas horas de sueño, y tener a un familiar casi muriendo en la habitación de al lado no eran una buena combinación.

¿Que iba a hacer si sus pulmones dejaban de funcionar completamente? ¿Que sería de mi sin él? Estoy en una ciudad desconocida, en un país que no es el mío, a miles de kilómetros de distancia de mi antiguo hogar. Sin mi padre, yo aquí no tenía nada. ¿Como iba a volver? Suponiendo que me dejaran viajar solo sin un permiso de tutoría renovado, el cual Ryan tardaría semanas en obtener a pesar de sus contactos, y sin contar el tiempo que tomaría llegar la noticia hasta Inglaterra.

Y sin pensarlo estaba llorando de nuevo, dejando que las lágrimas calientes me bañaran el rostro y bajaran hasta mi cuello.

Pero, no lloraba por el hecho de quedarme solo a la deriva en este barrio, lloraba porque altas eran las probabilidades de perder a mi única compañía y mi motivación para ser más fuerte cada día, seguir luchando, caer mil veces pero levantarme mil más. Perdería la razón por la cual lo arriesgué todo, lo abandoné todo y corrí hacia lo desconocido. Lo perdería todo, de nuevo.

Es mi padre, la primera palabra que aprendí a pronunciar cuando era tan sólo un bebé, quién me enseñó a caminar y largó el pellejo para que no nos faltara nada. Luego llegaron los problemas, y no puedo decir que fue un buen padre después de eso, porque estaría mintiendo. Pero lo amaba después de todo.

Nadie se merecía pasar por esto. Yo no me lo merecía.

...

        —Muchacho.

Me desperté cuando alguien zarandeó mi brazo. Frotando mis ojos, me acomodé sobre el suelo.

Mi corazón se aceleró al ver uno de los médicos de cuclillas frente a mi. Su blanca y perfecta camisa estaba arrugado con algunas pequeñas manchas de sangre, tragué duramente.

Sus ojos estaban muy abiertos y me miraba con cautela. No quería ni preguntarlo.

—¿E-Está él bien?

Cerró sus ojos y suspiró inclinando su cabeza levemente, luego de un segundo que pareció una hora, una muy pequeña sonrisa sincera adornó sus labios y sentí que el alma regresaba a mi cuerpo.

Su mano se apoyó en mi hombro. —Está bien, le hemos dejado la mascarilla de oxígeno y el tanque está lleno, puedes quitárselo dentro de una media hora si se siente bien. Pero, ante la mínima dificultad para respirar o ardor en el pecho, no dudes ni un minuto en coger ese teléfono y llamar a emergencias. ¿De acuerdo, muchacho?

Asentí torpemente sin poder creerlo todavía. El hombre sonrió de nuevo y se colocó de pie, volvió a entrar en la habitación, tardó un par de minutos para finalmente salir con algunas gasas manchadas en sangre y su maletín en las manos. Caminó por el pasillo y cuando estuvo a punto de salir de la casa mi voz lo detuvo.

—¿Y que pasa con los gastos?

Apoyé mis palmas en el suelo y me impulsé hacia arriba, caminando rápidamente hacia la puerta de entrada.

—No te preocupes por eso. Somos del área de emergencias, nos paga el estado, y aunque no lo hicieran; la gente debe ayudar a la gente.

Asentí y respiré con tranquilidad. No sabía que hubiera hecho si me tocara pagar los servicios médicos con lo costosos que son. Sólo tengo diecisiete años y cargo sobre mis hombros un millón de responsabilidades.

La gente debe ayudar a la gente, como me gustaría que el resto del mundo pensara igual.

Me di la vuelta y me encaminé a su habitación. Los médicos lo habían dejado durmiendo y no quise despertarlo, por lo cual sólo me senté en el suelo al lado de su cama, una de sus manos colgaba del extremo y la tomé sin dudarlo. Estaban tan tibias en comparación a las mías, y temí despertarlo.


Lo miré de nuevo, la mascarilla adornaba su ahora vuelto a la vida rostro. Respiraba pacíficamente, su pecho subía y bajaba rítmicamente. Pequeñas canas se levantaban sobre la elástica que sostenía su fuente de oxígeno alrededor de su cara. Ligeras arrugas en las esquinas de sus ojos, y ojeras bajo éstos.

Apoyé mi cabeza sobre el colchón, cerrando los ojos y aferrándome con mi vida a su mano.

...

        —¿Samuel?

Levanté la cabeza y vi sus ojos azul oscuro mirándome. ¿En que momento me volví a quedar dormido?

—Hola, viejo. Me has asustado. —Desentrelacé nuestras manos y me incliné sobre él. —¿Cómo te sientes?

—Bien, pero quítame esta mierda que no me deja hablar —gruñó.


Ahí estaba mi padre de nuevo, y jamás me había sentido tan feliz de que saliera a relucir su lado grosero. Levanté el elástico y quité la mascarilla de su rostro, la coloqué a un lado mientras cerraba el paso de oxígeno del tanque.

Me senté a su lado, el colchón bajando sólo un poco por el peso de mi cuerpo. —¿Por qué no me dijiste que te estaba costando respirar?

—Porque no quería que te preocuparas por mi cuando estoy perfectamente —respondió con tranquilidad.

—No parecías estarlo esta mañana —dije agriamente. Y luego una idea cruzó por mi mente—. ¿No habrás vuelto a beber de nuevo, verdad?

Él negó con la cabeza, pero quería escucharlo. —Ni una gota desde que me fui.

—Bien.

Me sentía mucho más tranquilo al saber que en ningún momento de soledad recurrió a la bebida. Si hubiese algo que me doliera más que mi padre muriera, sería que muriera por culpa del alcohol.

Tres golpes suaves se escucharon en la puerta de la habitación. Lo miré sorprendido. —¿Esperas a alguien?

—No digas idioteces, Samuel. Aún estás en edad de azotarte con el cinturón.

Me eché a reír a pierna suelta, al parecer a él también le hizo gracia porque vi una pequeña sonrisa tirando de sus labios.

La puerta se abrió y unos brillantes ojos azules, seguido de una larga cabellera negra se asomaron por la puerta. Brandy.

—Disculpe, señor Robert, pero mis padres y yo nos preocupamos al ver la ambulancia frente a su casa y decidimos venir a ver si todo estaba bien. La puerta estaba abierta —dijo tímidamente señalando el pasillo y la puerta de entrada.

—Otra razón más para recibir esos azotes, ¿no, Samuel?

Me disculpé en silencio, nervioso por la presencia de la chica en la habitación.

—No te preocupes, cielo. Como verás todo está bien. —Él le sonrió, yo sólo podía observarlos desde aquí, justamente en el medio.

—De acuerdo —murmuró

Cuando ella iba a darse la vuelta para salir, mi padre la interrumpió —¡No olvides darle las gracias a tu madre por las galletas!

Su cabeza volvió a aparecer a través de la puerta, con una sonrisa en sus labios. —Claro. —Luego me miró—. Nos vemos en clases, Samson.

Ah si, las clases.

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